Las escapadas que mi marido nunca sospechó
A estas alturas de mi vida no tiene sentido fingir. Nunca he sido una santa, ni me lo he propuesto. Colecciono escapadas a escondidas, como dice esa vieja canción que tanto me gusta tararear. Pasado el medio siglo, con casi treinta años de matrimonio a la espalda, una empieza a notar que la vida corre de una forma casi temeraria. Cuando menos lo esperas, ya se te ha ido todo entre los dedos.
La fidelidad y yo jamás nos hemos llevado bien. Eso no significa que no haya querido a mi marido. Lo he querido, a mi manera. Pero la convivencia va desgastando lo que un día parecía irrompible. No existen los cuentos de hadas ni los príncipes azules. Tampoco las princesas capaces de hechizar a un hombre para toda la vida.
Un matrimonio tiene curvas. Algunas tan cerradas que serían capaces de hacer derrapar la relación más sólida. Por eso, cada cierto tiempo, ha surgido alguna oportunidad de alegrarme la existencia y volver a sumergirme en mi vida de siempre con otra cara.
No hablo de lo que ahora llaman parejas abiertas, esas en las que ambos acuerdan acostarse con quien les apetezca y después, en la cama, se cuentan o se callan los detalles. Hablo de pequeñas aventuras secretas, furtivas, de una sola vez o de unos meses, en las que el otro no se entera y sigue tan feliz. Lo que mi amiga Charo llama «las bombonas de oxígeno». Ese respiro tan necesario para que un matrimonio aguante tres décadas.
Podría hacer una lista de mis deslices, pero sería injusta con los que se me olvidan. Mencionaré solo algunos. El primero fue con Esteban, un jefe que tuvo mi marido cuando lo destinaron a una fábrica en Valencia. Un hombre realmente atractivo, mayor que nosotros, en plena cuarentena, elegante y morboso como pocos. Yo siempre fui llamativa: alta, mucho pecho, buen culo y con una risa fácil que desarmaba.
En la primera cena de Navidad de la empresa estaban invitados los empleados y sus parejas. Después de las copas, Esteban me sacó a bailar y entre nosotros surgió una química extraña. Rodrigo, mi marido, nunca ha dudado de mí; verme bailar y reír con otro hombre jamás le ha preocupado. Pero aquel baile tuvo consecuencias.
El jefe de Rodrigo era un auténtico encantador de serpientes. Desde que me vio supo que haría conmigo lo que quisiera. Y así fue. Durante seis meses nos vimos en un hotel a las afueras de la ciudad. Era mi primera infidelidad, y lo prohibido, unido al morbo natural que desprendía aquel hombre, lo convirtió en una de las experiencias más excitantes de mi vida.
Meses antes de que a Rodrigo le saliera una oportunidad en nuestra Málaga natal, Esteban y yo ya habíamos dejado de vernos. Todavía lo recuerdo con cariño. A estas alturas debe rondar los setenta.
De vuelta en nuestra ciudad, el matrimonio siguió viento en popa. Los hijos nunca llegaron, y eso fue una decisión nuestra. Ni a él ni a mí nos hacía ilusión. Preferíamos dedicarnos todo el tiempo libre el uno al otro, sin ataduras de ningún tipo.
Llevábamos varios años instalados cuando se cruzó en mi camino Iker, un compañero del bufete donde yo había empezado a trabajar. Era sobrino de uno de los socios del despacho. Un chico de Bilbao, diez años menor que yo, que pasaba por modelo. Altísimo, con carisma y una belleza salvaje de rasgos angulosos: mentón fuerte, mirada profunda y unas manos enormes.
Acababa de terminar un máster en Estados Unidos y su tío le había propuesto incorporarse al despacho. A mí me eligieron como su guía dentro del mundo de la abogacía local. Iker era arrogante, se mostraba sobrado en lo profesional, y eso me daba un morbo especial. Aquella relación de maestra y alumno se fue cargando de tensión sexual hasta que explotó un viernes, después de un juicio.
En la vista aparecimos los dos como si fuéramos actores de una película. Él enfundado en un traje italiano que le quedaba como un guante. Yo con un conjunto de falda de tubo y camisa escotada. Al entrar en el juzgado, todos giraban la cabeza para vernos pasar, y nosotros caminábamos altivos, sin prestar atención al revuelo que generábamos. Ganamos, por supuesto. Y fuimos a celebrarlo.
Almorzamos en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, lo regamos con gin-tónics en un local de moda y terminamos en el despacho. Nunca olvidaré aquella escena. Yo sentada en mi escritorio con las piernas abiertas y la ropa interior por el suelo. Iker, en mi silla de oficina, con la cabeza enterrada entre mis muslos, dándome el mejor sexo oral de mi vida.
Agarrada a su pelo, le ordenaba que no parase mientras él movía la lengua sobre mi clítoris y me hundía un dedo. Después se la chupé yo y me folló fuerte contra la mesa. Lo hizo sin condón. Ha sido el único hombre, además de mi marido, que se ha corrido dentro de mí.
Rodrigo nunca supo nada de aquello. Tampoco ha sospechado jamás. No sé si es porque no me cree capaz o porque, sencillamente, no querría aceptarlo. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Hubo otros hombres. Buenos polvos, malos y regulares. Algún arrepentimiento pasajero y muchísimos secretos guardados en estos treinta años. Hacía tiempo que no me permitía ninguna aventura. Ya he dicho que pasé la cincuentena hace rato. Hoy mi marido y yo trabajamos juntos en su propio despacho de abogados. Y justo cuando creía haber aparcado mi gusto por lo prohibido, apareció Marco, nuestro empleado.
***
Es cinco años menor que yo. Lleva dos trabajando con nosotros. Un hombre discreto, leal y competente. Y desprende un extraño atractivo que, con el tiempo, se me ha vuelto irresistible. Él se ha dado cuenta, claro, y desde hace meses nos lanzamos bromas con un doble sentido cada vez más subido de tono.
Aquella mañana, Rodrigo tenía una de sus reuniones interminables con un cliente inglés. Cuando aparece Mr. Collins, la cosa se puede eternizar. Llegó a las diez, justo cuando terminábamos el desayuno de trabajo en el que repasamos la agenda del día. Yo me había puesto una camisa de escote amplio, con los pechos marcándose de forma provocativa. Mis pezones se notan demasiado en cuanto pienso en algo morboso. El inglés hizo un comentario que mi marido celebró y que yo, sinceramente, no entendí.
Las miradas de Marco no me pasaban desapercibidas, por mucho que él intentara disimular y yo fingiera no darme cuenta. A las once y media, mi compañero se levantó al servicio, que queda en un pasillo apartado de las oficinas. Esperé unos treinta segundos antes de levantarme y dirigirme al mismo sitio.
Sabiendo que Rodrigo seguía absorto en la reunión con el inglés, abrí la puerta del baño y entré. Marco estaba de espaldas, meando. Podía oír el chorro golpear la taza. Miró por encima del hombro, pensando que sería alguno de los hombres de la reunión, y se sorprendió al verme a mí.
—¿Estás nervioso? —le susurré.
Pegué mi cuerpo al suyo y deslicé la mano por su cadera hasta alcanzar su sexo. Él negó con la cabeza, soltó lo que tenía entre las manos y me dejó hacer. Empecé a acariciar aquel trozo de carne caliente que se endurecía por momentos. Lo masajeé despacio, sintiendo cómo crecía poco a poco entre mis dedos. Tiré de la piel hacia atrás y dejé al descubierto una cabeza gruesa y violácea. En pocos segundos, Marco tenía una erección completa. Era una buena pieza, más grande que la de mi marido.
—No hagas ruido —le dije al oído—. Sigue como si no pasara nada.
Bajé la mano hasta agarrarle los testículos y los apreté hasta hacerle gemir. Luego volví a rodear su miembro entero y clavé un poco las uñas. Él soltó otro gemido ahogado. Empecé entonces a masajearle de arriba abajo, desde la punta hasta la base, mientras oía a Rodrigo reírse a carcajadas de algún chiste del cliente inglés.
Marco suspiraba y me pedía en voz muy baja que no parara. Yo le susurraba al oído que se corriera. Quería verlo eyacular ante mis ojos, con la paja que le estaba haciendo. Vamos, déjate ir, pensaba, sin dejar de mover la muñeca. Ahogó el grito cuando la punta empezó a escupir un par de chorros que impactaron contra la pared.
El resto resbaló entre mis dedos mientras él se sacudía en espasmos. La risa de mi marido nos llegó otra vez, lejana, justo en el instante en que yo me llevaba los dedos a la boca, impregnados de aquella sustancia tibia que Marco acababa de derramar.
El primero en salir del baño hacia su escritorio fue él. Yo me quedé dentro, lavándome las manos con calma. Después, frente al espejo, me desabroché el pantalón y lo bajé lo justo para verme el vientre coronado por la estrecha franja de vello que suelo llevar. Allí de pie, llevé los dedos a mi sexo y empecé a acariciarme despacio, todavía con el corazón acelerado.
Fue en ese momento, mirándome a los ojos en el reflejo, cuando lo decidí. Esto no podía quedar en una simple paja en un baño. Tenía que follarme a Marco como Dios manda, sin prisas, en algún hotel a las afueras donde nadie nos conociera. Y sabía, mientras me mordía el labio frente al espejo, que él no iba a decirme que no.