Mi socia experimentada se quedó conmigo de noche
Esto pasó hace apenas unas semanas y todavía me sorprende cuando lo recuerdo. Llevaba meses sin sentarme a escribir, porque el arranque del año en mi profesión no deja un hueco libre, pero lo que sucedió aquella noche fría merecía contarse.
El viernes anterior, nuestra consultoría organizó la comida de fin de año. Reservamos un salón privado en el restaurante de un cliente y allí nos juntamos las dieciocho personas que, de un modo u otro, hacemos girar la empresa: las compañeras de oficina, mis dos socias —Lorena y Renata—, la chica de la inmobiliaria con la que colaboramos, la agente de seguros, las dos señoras de la limpieza y un par de amigas que siempre nos echan una mano. Veinte mujeres y yo. Lo de siempre.
Fue una comida larga y excelente, pero me mantuve impecable. No tomé ni una copa de más, no tonteé con nadie, no me permití una sola mirada fuera de lugar. Con tantos ojos delante, mi papel fue estrictamente profesional, aunque más de una vez me hubiese gustado bajar la guardia. Sé que esas fechas son un imán para los deslices entre compañeros, sobre todo después de las cenas de empresa, y precisamente por eso me cuidé el doble.
Terminamos cerca de las seis. Después de las despedidas, en lugar de irme a casa, pasé por la oficina a dejar unos papeles. Bajé al garaje y me extrañó encontrar el coche de Renata aparcado en su plaza. Eran casi las ocho de la tarde de un viernes.
Subí. En la planta sonaba música muy baja por el hilo musical, las luces estaban apagadas y solo había claridad bajo la puerta de su despacho. Di dos golpes con los nudillos.
—¿Se puede? —pregunté.
—Pasa —dijo, sin levantar la vista de la pantalla.
—Renata, ¿qué haces aquí todavía? ¿Por qué no te fuiste a casa?
—Damián se fue tres días a la montaña con sus amigos, vuelve el martes. —Lo dijo seria, casi sin entonación—. No tengo a nadie esperándome y la casa vacía me ahoga. Prefiero terminar estos balances y dejarte las cuentas cerradas para la primera quincena.
—Eres una adicta al trabajo. Venimos de la comida y te encierras aquí. —Le di un toque suave en el hombro—. Estás como una cafetera.
—Mira, mira esto. —Giró el monitor hacia mí.
Me quedé observando las cifras del ejercicio. No esperaba esos números. Sabía que facturábamos bien para nuestro tamaño, pero el control que mis dos socias ejercen sobre cada gasto es de otro nivel: exprimen cada partida y me riñen si me desvío un euro del presupuesto. Tremendas, pero brillantes.
—Joder, qué bueno —dije.
—Y lo que viene. Si los proyectos se cumplen, el año que viene crecemos un diez por ciento. Será el de la consolidación, nos lo merecemos. —Me sonreía con esa seguridad que siempre me ha gustado de ella.
—Gracias a vosotras. Sois lo mejor que me pasó en lo profesional.
Fue entonces cuando la miré de verdad. Sentada en su sillón, con un vestido verde botella que se le ajustaba al cuerpo, el escote insinuaba bastante más de lo que mostraba. La melena rubia, lisa, le caía a los lados de una cara que a los treinta y ocho años estaba mejor que nunca. Dos ojos azules, despiertos, que en ese momento me sostenían la mirada más tiempo del prudente.
—¿Qué miras? —preguntó, llevándose la mano al escote, medio en broma.
—Renata, no soy de piedra. ¿Qué quieres que mire?
—No tienes remedio. —Se reía, pero no apartó los ojos.
—Soy un buen chico. Si no fueras mi socia, y si no llevaras tantos años con Damián, no sé qué pasaría.
—No pasaría nada. Hace ocho años que nos conocemos y nunca pasó nada.
Su mano descansaba sobre la madera de la mesa. Volví a mirarla y, no sé por qué, pensé en Lorena. Durante años me prometí respetar a mis dos socias por encima de todo, hasta que Lorena, el día que cumplió los cuarenta y cinco, me pidió como regalo una vuelta en mi coche y terminamos rompiendo aquella promesa en un descampado a las afueras. Pequé, sí, y descubrí que me gustaba demasiado. Con Renata la tentación llevaba más tiempo encima, pero nunca me había atrevido a tanto.
—Es verdad —dije, y apoyé mi mano izquierda sobre la suya—. Llevamos demasiado tiempo siendo solo amigos.
Pensé que retiraría la mano. No lo hizo. Giró la suya y entrelazó los dedos con los míos. Nos sostuvimos la mirada un segundo demasiado largo. Despacio, sin soltarme, se levantó. Quedamos los dos de pie, frente a frente, y me abrazó.
—Martín —murmuró contra mi cuello—, tuve muchas dudas cuando dejé mi trabajo fijo para meterme en esto contigo. Y hoy soy la mujer más feliz del mundo. Vengo a trabajar con ganas. Gracias por cómo nos tratas.
Era un abrazo de verdad, fuerte, agradecido. No separó el cuerpo mientras yo le respondía, y su pecho seguía apretado contra el mío. Dios, cómo está esta mujer.
—Gracias a ti, Renata. Eres muy importante para mí, lo sabes.
Apoyó la cara de lado y volvió a apretarme. Cuando se separó, sus ojos buscaron los míos y ya no hubo palabras. Cerró los párpados, acercó los labios y no pude contenerme. Nos fundimos en un beso largo, profundo, cargado con todo lo que llevábamos años callando. Una tarde fría de diciembre, en un despacho a oscuras, después de una comida en la que ni siquiera nos habíamos sentado cerca.
***
Nos mantuvimos pegados, ella apoyada contra el borde de la mesa y mi cuerpo contra el suyo. Sentí cómo respondía mi erección, incómoda dentro del pantalón, y bajé la mano para acomodarla sin dejar de besarla. Renata lo notó. Separó apenas la boca, tomó aire y habló con la voz ronca.
—Te deseo. Hace mucho que te deseo.
No respondí. Llevé una mano a su espalda y la otra a sus caderas mientras el beso seguía. Ella bajó la suya, despacio, hasta encontrar el bulto de mi pantalón, y al palparlo abrió los ojos de golpe.
—Dios, cómo estás.
—Es lo que provocas tú.
Metí la mano bajo su vestido y la subí al borde de la mesa. Aparté la fina tela de su ropa interior y la acaricié con la palma; estaba empapada, caliente, lista. Renata apartó la cara de la mía.
—Quiero que lo hagamos aquí. Ahora.
—Espera, busco un preservativo.
—No. Así. Quiero sentirte.
No discutí. La acerqué al borde, separé su ropa y entré despacio, sintiendo cómo me recibía centímetro a centímetro, cómo se iban abriendo sus paredes a cada pequeño empujón de mi cadera. Ella echó la cabeza hacia atrás, movió las caderas hacia mí y empezó a gemir bajito, mordiéndose el labio para no hacer ruido en aquel edificio vacío.
Me tomé mi tiempo. La sujeté por las caderas y marqué un ritmo lento y hondo, buscando ese punto que la hacía temblar. No tenía prisa: quería que aquella primera vez la recordara durante semanas, no minutos.
—Más rápido —pidió contra mi oído—. Así, no pares.
Aceleré. Su cara se transformó, los gemidos se volvieron jadeos cada vez más cortos, y cuando la sentí apretarse y estremecerse contra mí, supe que se estaba corriendo. Se aferró a mis hombros, clavó las uñas y dejó escapar un gemido largo que se le escapó del control. Aguanté hasta que dejó de temblar, sin acabar yo, sosteniéndola mientras recuperaba el aliento.
La abracé y la besé despacio, sin decir nada. No quería que se sintiera usada; quería que se sintiera deseada. Salí con cuidado y, cuando nuestros ojos se encontraron, vi que se le llenaban de lágrimas. Giró la cara, escondió la cabeza en mi hombro y rompió a llorar en silencio, unos sollozos pequeños junto a mi oreja.
No me apresuré. Le acaricié la espalda y la melena hasta que se calmó. Sabía que en su cabeza se cruzaban mil cosas a la vez: lo que acababa de pasar, Damián, el miedo a haberse equivocado. La dejé descargarlo todo, sin prisa, sin presión.
***
Tengo un pequeño apartamento en la última planta del edificio, una vieja zona de descanso que con los años convertí en refugio. Subimos. Renata bajó antes al coche a hacer unas llamadas y, cuando regresó, me encontró saliendo de la ducha.
—¿Te apetece un café? —preguntó desde la cocina.
La abracé por detrás mientras colocaba la cápsula en la máquina y le aparté la melena para besarle el cuello.
—Si tomo café, me tienes en pie toda la noche —le dije—. Y contigo al lado, no respondo.
—Qué exagerados sois los hombres. —Se reía—. En las películas pasan la noche entera follando. En la realidad nunca lo viví, por eso lo digo.
—¿Nunca?
—Nunca. Tuve dos relaciones tranquilas y Damián es buen chico, pero va a lo suyo. Jamás pasé una noche así.
La giré y la besé. Me está pidiendo justo eso.
—Pues prepárate —le dije—, y atente a las consecuencias.
Pasamos a la habitación. La desnudé despacio, sin urgencia, y antes de nada me tomé mi tiempo con la boca entre sus piernas, jugando con la lengua hasta que se corrió dos veces seguidas, agarrada al cabecero, sorprendida de su propio cuerpo. Cuando me incorporé y la besé con el sabor de su placer todavía en los labios, ella me lamió la boca una y otra vez, lanzada, encendida como nunca.
La primera vez que me dejé ir fue con ella debajo, las piernas en alto, los dos besándonos mientras yo empujaba cada vez más fuerte. En cuanto sintió el primer latido dentro, abrió los ojos, abrió la boca y se corrió a la vez que yo, convulsionando, confundiendo su jadeo con el mío en algo que parecía una sola voz.
—Madre mía —murmuró después, todavía temblando—. No sabía que esto existía.
Descansamos un rato abrazados, tapados con el edredón, acariciándonos como dos enamorados que quisieran detener el tiempo. Fue entonces cuando se sinceró.
—Tengo que confesarte dos cosas —dijo, con la cara pegada a la mía, sin mirarme—. Nunca había deseado el sexo de esta manera. Y esta ha sido, sin ninguna duda, la mejor noche de mi vida.
—No me des las gracias —respondí—. Te las doy yo.
Volvimos a empezar más de una vez aquella noche. A las dos de la madrugada la tenía de rodillas frente al espejo del armario, viendo reflejada toda la escena: mi mano en su melena rubia, sus pechos balanceándose con cada embestida, su boca abierta gimiendo sin disimulo. Cuando su sexo empezó a apretarme como si quisiera retenerme, no aguanté, y nos corrimos los dos a la vez por segunda vez en la noche.
—No puedo más —dijo, riéndose, reventada—. Me revientas. No sabía que se podía sentir así.
Dormimos apenas tres horas. Yo me despierto siempre al amanecer, no hay manera, así que preparé café y unas tostadas mientras ella abría los ojos despacio, perdida, preciosa.
—Buenos días, dormilona.
—Todavía estoy en trance —murmuró, y tiró de mí para besarme.
Desayunamos con calma y, a media mañana, después de que ella me montara y se corriera una vez más, busqué el final que llevaba toda la noche reservando. Me coloqué de manera que mi sexo quedara sobre su cara, le pedí permiso con la mirada y, cuando se dejó ir, descargué en su boca todo lo que me quedaba. Tragó casi sin querer, se puso roja un instante y, al terminar, no pudo contener la risa.
—Es la primera vez que hago esto —dijo—. Y no me avisaste, cabrón.
—Siempre hay una primera vez. Y estás preciosa.
Nos despedimos un par de horas después. Ella se fue a comer con sus padres, como cada sábado.
El domingo le mandé un mensaje y me respondió que le había encantado lo que pasó. Nada más.
Ha pasado un mes desde aquella noche y, os seré sincero, todo sigue exactamente igual que antes. Renata no ha vuelto a insinuar nada y actuamos en el despacho como dos socios que se respetan. Pero soy perro viejo y sé leer una mirada: algo cambió dentro de ella. Lo noto en cómo se queda pensando, en cómo me observa cuando cree que no la veo. No voy a presionarla ni a tenderle una trampa. Voy a esperar, sin prisa. Y estoy convencido de que esta historia, tarde o temprano, tendrá una segunda parte.