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Relatos Ardientes

Mi compañero de facultad me deseaba y yo no lo sabía

Me llamo Marisol y tengo cincuenta y dos años. Hace tiempo dejé de creer que mi cuerpo todavía sirviera para algo que no fuera cargar bolsas del mercado y subir las escaleras de mi edificio. Por eso lo que voy a contar todavía me cuesta reconocerlo como mío, aunque lo viví hace apenas unas semanas y lo recuerdo con un detalle que casi me da vergüenza.

Hace un par de años decidí terminar la carrera que había abandonado de joven, cuando me casé y quedé embarazada de mi única hija. Soy viuda desde hace más de quince años y mi hija vive con su pareja en otra ciudad, así que la casa es grande y silenciosa, y la idea de volver a estudiar me pareció una forma decente de llenar las tardes.

Este semestre, el primer día de clases, entró al aula un estudiante nuevo. Andrés. Tendría unos treinta y tres años, el pelo largo recogido en un nudo flojo y un cuerpo que se notaba trabajado incluso debajo de la camisa. Había estado fuera del país y también retomaba los estudios. En el salón hay muchas chicas jóvenes y guapas, y desde el primer momento varias de ellas empezaron a girar la cabeza cada vez que él pasaba.

A mí, en cambio, me trató distinto desde el principio. Conversábamos. Andrés era inteligente y tenía una manera de hablar que te hacía sentir la única persona en la sala. Fuimos armando una amistad sin etiquetas, de esas que se dan entre dos adultos que no esperan nada. O eso creía yo.

A los dos meses nos asignaron un trabajo en parejas y él me propuso que lo hiciéramos juntos. Acepté sin pensarlo. Quedamos en que vendría a mi casa un sábado por la mañana.

***

Llegó en su moto a eso de las nueve y media. Desayunamos café y tostadas en la cocina, y después nos sentamos en la mesa del comedor a resolver el trabajo. Era pura teoría, así que en poco más de una hora ya estaba terminado. Guardé los apuntes, serví dos vasos de jugo y nos quedamos conversando.

—Y de todas las chicas del salón, ¿cuál te gusta? —le pregunté, con esa curiosidad de madre que a veces no puedo evitar.

—Ninguna, si te soy sincero. Las veo demasiado jóvenes.

No le faltaba razón. La mayor de ellas no llegaba a los veinticinco.

—Ah, no te gustan las jovencitas —dije, riéndome.

—No. A mí siempre me han gustado mayores que yo.

—¿Así como…? —lo solté en broma, sin ninguna intención.

—Exactamente así. Como tú.

Se me quedó mirando, esperando mi reacción. Yo no tenía ninguna preparada. En mi cabeza no cabía la posibilidad de despertar deseo en un hombre como ese: él, un tipo de gimnasio; yo, una señora rellenita con casi veinte años más encima.

—No me digas esas cosas, que me las creo —murmuré.

—¿Y por qué no te las creerías, si eres hermosa?

Nos quedamos en silencio un instante. Sus ojos bajaron a mi boca. Se acercó apenas y, sin saber muy bien cómo, yo hice lo mismo. Nuestros labios se encontraron y un calor que no sentía hacía años me recorrió de arriba abajo.

Sus besos eran lentos, seguros. Se desviaron de mi boca hacia mi cuello y me dejé estremecer como una adolescente. Volvió a mis labios, me besó otra vez y entonces se separó solo lo justo para sacarse la camisa. Vi su pecho firme y lo acaricié sin pedir permiso, porque ya no había permisos que pedir.

Sus manos me ayudaron a quitarme la blusa. Yo misma me solté el sujetador, y al quedar casi desnuda frente a él sentí una vergüenza vieja, la de quien hace mucho que no se muestra. Pero en su mirada no había juicio. Había deseo, puro y sin disimulo.

No perdió el tiempo. Tomó mis pechos —los tengo grandes— y los acarició antes de llevárselos a la boca. Chupaba, lamía mis pezones, y yo sentía cómo entre las piernas empezaba a humedecerme demasiado. Su mano descendió por mi vientre, buscando colarse bajo el pantalón de algodón que llevaba puesto. Lo detuve.

—Espera, no estoy depilada.

—Eso no me importa nada —dijo, y siguió.

Sus dedos se metieron bajo la ropa interior y empezaron a jugar con los pliegues húmedos de mi sexo. Acariciaba despacio, dibujando círculos, hasta que deslizó un dedo dentro de mí. Me arqueé y se me escapó un gemido corto. Me besó de nuevo en la boca mientras me tiraba del pantalón y de la prenda interior hacia abajo, dejándome completamente desnuda.

Me separó las piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua recorrió todo el largo de mi sexo, atrapó mis labios, los besó con una calma que me volvía loca. Sus dedos volvieron a entrar, primero uno, después dos, y al rato tres se movían dentro de mí con una destreza que me hacía temblar. Lamió mi clítoris, lo chupó, marcó un ritmo con la mano que no me dejó defenderme. Estallé empapándolo, y él no se detuvo hasta que mi cuerpo dejó de sacudirse.

***

Se puso de pie, se sacó los zapatos y el pantalón, y quedó desnudo frente a mí. Su erección era, déjenme decirlo, un muy buen ejemplar. Se acercó, me besó mientras me abría las piernas y las levantaba un poco. Sentí su miembro rozar mi entrada y, sin apuro, empujar dentro. Fue una delicia. Después de tantos años, volver a sentir a un hombre dentro de mí me cortó la respiración.

Entraba y salía despacio, sin dejar de besarme. Yo apenas podía responderle, porque mis gemidos peleaban por salir y él se los tragaba todos. Se acomodó, apoyó las manos en mis muslos para mantenerme abierta y aceleró un poco. Ya libre de su boca, dejé que mis sonidos brotaran. Sentía mi sexo caliente, mojado, vivo. Siguió unos minutos así, luego salió y me masturbó con la mano hasta que llegué otra vez, más fuerte, con las caderas contrayéndose solas.

Paró para que recuperara el aire. Nos miramos sin decir nada. Después me tomó de las caderas y entendí, por la forma en que apretaba, que quería que me diera la vuelta. Lo hice. Me apoyé de rodillas en el sofá, con las manos sobre el respaldo. Acarició mis nalgas y me penetró desde atrás. El ritmo subió enseguida, rápido y rico, no brusco. Me llenaba hasta el fondo. Se recostó sobre mi espalda, me besó el cuello y me habló al oído.

—¿Puedo terminar dentro de ti?

—Sí, hazlo.

Volvió a acomodarse y empujó una y otra vez. Una de sus manos se aferró a mi cadera; con la otra me apretaba una nalga. Mi cuerpo temblaba, la excitación al límite, y entonces lo sentí hundirse hasta el final, pegado a mí como si quisiera atravesarme, y derramarse en mi interior. Me quedé sintiendo cómo palpitaba. No salió enseguida; se quedó dentro un buen rato, como asegurándose de dejarlo todo en mí.

—¿Te gustó? —preguntó cuando por fin se apartó.

—Muchísimo. ¿Te quieres duchar?

—¿Juntos?

—Jajaja, no. Me ducho yo primero.

Lo dejé en el sofá, todavía desnudo. Cerré la puerta del baño y me senté un momento, incapaz de creer lo que acababa de pasar. Me metí bajo el agua, sentí mis pechos un poco enrojecidos y esa sensación tibia de haber sido usada, en el mejor sentido. Me lavé despacio, dejé que el agua me refrescara y salí.

—Ya está libre el baño.

Me vestí en mi cuarto. Cuando volví a la sala, él había llevado su ropa al baño y la mía estaba doblada sobre el sofá, hasta la prenda interior. Me volví a sonrojar como una tonta y la guardé en la habitación.

***

Salí al balcón. Un rato después apareció él, ya vestido, y se sentó en la otra silla. Nos miramos, nos sonreímos y nos quedamos un momento en silencio, de esos que no incomodan.

—¿Te quedas a almorzar? —le pregunté.

—Me encantaría.

Hablamos de todo un poco mientras yo cocinaba: de la zona donde vivía, de cómo estaba el país, de cualquier cosa. Comimos, él se levantó, recogió los platos y se puso a fregar. Yo me apoyé en el marco de la cocina y lo miraba.

—¿Te puedo preguntar algo y me respondes con total sinceridad? —dijo.

—Claro, dime.

—¿De verdad te gustó lo que hicimos?

—Muchísimo.

—¿Y te gustaría repetirlo?

—Sí.

—¿Ahora?

—¿Ahora, dices? ¿De una vez?

—Si te apetece.

—Sinceramente, sí.

Se secó las manos, se acercó y me tomó de la barbilla. El beso fue distinto, más hambriento. Nos besamos con ganas, sin disimulo.

—¿Vamos a tu habitación o volvemos al sofá? —murmuró.

—A la habitación. Ven.

Lo tomé de la mano y lo guié. El cuarto estaba a media luz, con el sol filtrándose por las cortinas entornadas. Junto a la cama empezó otra vez la sesión de besos. Me quitó la blusa y el sujetador, se sacó la camisa y pegó su cuerpo al mío. Mis pechos contra su pecho me arrancaron un escalofrío de placer.

Se desabrochó el pantalón, tomó mi mano y la llevó hasta su sexo. Lo sentí duro, caliente, ansioso. Yo ya estaba mojada otra vez; en realidad no había dejado de estarlo desde la mañana. Lo acaricié con ambas manos, sintiendo su textura, sus venas, cómo reaccionaba a cada caricia.

Le besé el pecho y fui bajando, dejando una marca de besos por su abdomen como quien señala un camino. Llegué a su miembro y lo contemplé un instante antes de pasarle la lengua. Lo lamí recorriendo cada vena, despacio, disfrutándolo, y después me lo llevé a la boca. Por un buen rato me olvidé de todo. No existía nada más que yo y ese hombre que se mordía los labios y soltaba pequeños quejidos cada vez que yo subía la mirada.

Tenía un dilema: quería que me penetrara de nuevo, pero no quería dejar de hacer lo que hacía. Al final me eché hacia atrás sobre la cama y me quité la última prenda. Al sacarme la ropa interior se formó un hilo de lo empapada que estaba. Él se acomodó entre mis piernas, me las separó y pasó la lengua a lo largo de mi sexo, subiendo hasta el clítoris. Me besó el vientre con una ternura que no esperaba y trepó besándome hasta los pechos.

Me acomodó con las piernas casi sobre sus hombros y su miembro se deslizó dentro más rápido que en la mañana. Sentí su cadera pegarse a la mía, confirmando que estaba hasta el fondo. Empezó a moverse y yo a gemir cada vez más alto. Tocaba puntos dentro de mí que juro nunca había sentido. Salió, se puso de pie al borde de la cama y me hizo acercarme.

Me agarró por los tobillos, me levantó las piernas y me penetró de nuevo. De pie tenía más libertad, y el ritmo subió acompañado de mis gemidos.

—¿Así te gusta?

—Sí, sí, así.

Una de sus manos me apretaba un pecho mientras entraba y salía. Gemí muy fuerte; sentía que mi sexo iba a estallar, y estalló. Llegué al orgasmo con las caderas temblando, y él no se detuvo, siguió hasta derramarse otra vez dentro de mí y dejarse caer sobre mi pecho. Lo abracé y nos quedamos así un rato, recuperando el aire.

Después encendí la televisión, me apoyé en su pecho y, sin darme cuenta, me quedé dormida.

***

Desperté con la tarde ya caída. Eran más de las seis y la habitación solo estaba iluminada por la pantalla. Él dormía profundamente, desnudo. Lo miré y volví a calentarme; no me reconocía a mí misma. Me levanté con cuidado para no despertarlo, recogí su ropa y la dejé doblada a los pies de la cama.

Le preparé la cena. Al rato lo escuché venir por el pasillo. Conversamos, comimos juntos y una hora después se despidió con un beso en la boca y la promesa silenciosa de que aquello no quedaría ahí.

Así fue como, después de tantos años, volví a disfrutar del sexo. Y, sinceramente, espero que disfruten leyéndolo tanto como yo disfruté viviéndolo.

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Comentarios (5)

CachoMdq

Increible relato!!! no pude parar hasta terminarlo

Sofi_Glez

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continua

Clarita_BsAs

Me recordo tantisimo a una situacion que vivi en la facultad, esas miradas que lo dicen todo sin decir nada... me encanto

Fernando_cba

Bien narrado y se siente autentico, eso es lo que lo diferencia de otros. Sigue publicando!

LectorNocturno_88

Hermoso!!! me llego al corazon y tambien a otros lados jajaja

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