El regalo que mi novia me pidió para su madre
Afuera llovía como si el cielo entero quisiera vaciarse de una sola vez. Hacía frío, lo sabía por el sonido del agua contra los vidrios, pero en mi habitación el calor era una cosa viva. Sentía mis pezones rozar la sábana al ritmo de las embestidas de Vera, sus manos aferradas a mis nalgas, el arnés entrando y saliendo de mí con una urgencia que me arrancaba gemidos cada vez más roncos. La piel se me erizaba con cada golpe de cadera. Cuando el orgasmo nos alcanzó a las dos, casi al mismo tiempo, me dejé caer sobre el colchón y me volteé para buscarla.
Vera trepó por mi cuerpo hasta encontrar mi boca. La besé despacio, con la lengua, saboreando el cansancio dulce que nos quedaba. Después la volteé yo a ella y empecé a bajar a besos: el cuello primero, luego el valle entre sus senos, el vientre, hasta llegar a su sexo. Le abrí las piernas con cuidado y retiré la parte del arnés que todavía tenía dentro. Soplé sobre sus labios mientras dibujaba círculos con los dedos sobre su clítoris, y la escuché gemir bajito.
Tomé ese clítoris entre mis labios, lo solté, lo recorrí con la punta de la lengua. Le metí dos dedos mientras la chupaba. Tenía los ojos cerrados y se acariciaba los pechos, hasta que sus manos terminaron en mi nuca, empujándome contra ella. Sus gemidos se volvieron más intensos y acabaron en un orgasmo largo que la dejó temblando. Cuando abrió los ojos, me miró sonriendo.
Subí de nuevo hasta sus labios. Nos besamos. Acomodé la cabeza en su pecho y escuché su corazón ir bajando de a poco.
—Vera...
—Mmmh.
—Te extrañé.
—Yo también. Mucho.
—¿Qué hacemos este finde?
—El domingo es el cumpleaños de mi mamá. Quería regalarle algo muy especial.
—¿Ah, sí? ¿Y qué le vas a regalar?
—Estuve pensando una cosa. Y no te lo pediría si no confiara en ti.
—A ver. ¿Qué cosa?
Se quedó callada un momento, como midiendo las palabras.
—Mi mamá me contó una vez que de joven tuvo un acercamiento con otra mujer, pero que no llegó a nada porque en esa época era complicado. Después se casó con mi papá, y él le dio una vida de insatisfacción total.
—¿Y yo en qué te puedo ayudar?
—¿Y si vos le das eso que ella nunca tuvo?
En ese instante pasaron dos cosas dentro de mí. La primera fue una desilusión sorda: ahí confirmé que Vera no se tomaba en serio lo nuestro, ni esto ni nada. La segunda fue más simple. Había visto a su madre un par de veces y me había parecido una mujer extremadamente atractiva, de esas que entran a un cuarto y obligan a girar la cabeza. Así que tampoco era una oportunidad que pensara desperdiciar.
—A ver si entendí bien —dije, apoyándome en el codo—. Me estás pidiendo que me acueste con tu mamá.
—Exacto. Que le muestres el placer que se merece por todos los años que perdió con mi papá.
—¿Y eso cambia en algo lo que tenemos vos y yo?
—Eso depende de cómo te sientas con la idea. No quiero que te sientas obligada a nada. Pero te lo pido a vos porque sé que estaría en las mejores manos.
Le sonreí para que no notara la desilusión. Tampoco era que me muriera por una relación seria. Pero si hubiese tenido que elegir a alguien para algo serio, seguramente la habría elegido a ella. Ni modo, pensé. A seguir disfrutando del buen sexo. Hablamos un rato más sobre cómo sería todo, qué podía hacer y qué no, y después volvimos a enredarnos hasta quedarnos dormidas.
***
El domingo fuimos al cumpleaños. Había familiares, algunos amigos, demasiada torta y música a volumen medio. Vera ya le había explicado a su madre lo que pasaría esa noche; me confesó que le había costado convencerla, pero que al final había cedido ante sus propios deseos. Después de partir el pastel, cuando la gente empezó a despedirse, yo me quedé esperando en la sala. El plan era sencillo: salir de la casa, llevarla a un hotel cerca de la playa. Tenía todo listo en el auto. Solo faltaba que ella subiera.
Pasó cerca de una hora. Marisol se sentó en el asiento del acompañante, nos despedimos de su hija con un gesto y arranqué. El camino se hizo tenso. Ella iba nerviosa, jugando con el anillo de un dedo.
—¿De dónde conocés a mi hija? —preguntó.
—Del trabajo.
—¿Te dedicás a esto?
—No —dije, y me reí sin querer—. Digamos que es algo que me encargó su hija con mucho cariño.
—Estoy muy nerviosa. No sé qué hacer ni qué decir.
—No tiene que hacer nada. Solo dejarse llevar. ¿Quiere que paremos un rato en la playa antes?
—Sí. ¿Por qué no?
—Quiero que entienda una cosa —le dije, sin sacar los ojos del camino—. Esta noche es para usted. Lo que usted quiera, como usted lo quiera. Si en algún momento se siente incómoda, me lo dice y paramos. No hay apuro.
Mirarla de reojo era recrearme la vista. Una mujer madura, con todo exactamente en su lugar, con esa seguridad de quien ya no tiene nada que demostrarle a nadie. Llegamos a la playa, bajé una botella de champán del baúl y nos sentamos sobre la arena fría. Empezamos a hablar de cualquier cosa. A medida que el champán hacía su trabajo, ella se fue soltando: se rió de un par de mis bromas malas y, casi sin darse cuenta, empezó a contarme de su vida íntima, de lo poco que su exmarido se había ocupado de ella, del cuidado que él nunca tuvo. Yo la miraba con una atención absoluta.
Me levanté, fui hasta el auto y puse música. Volví y le extendí la mano para bailar. Marisol dudó un segundo y la aceptó. Le tomé la mano, apoyé la otra en su cintura, bien baja, casi en el nacimiento de sus nalgas, y la pegué a mí todo lo que pude para sentir su aroma. Bailamos despacio, mirándonos fijo. Cada tanto sus ojos bajaban a mi boca, y yo, sabiendo lo que eso significaba, fui acortando la distancia hasta que nuestros labios se rozaron.
El primer beso fue apenas un roce, una danza tímida. Ella se separó, me miró a los ojos como pidiendo permiso a sí misma, y enseguida volvió a lanzarse contra mi boca, esta vez con toda la pasión que tenía guardada hacía años. Mi lengua encontró la suya. El beso se volvió tan intenso que tuvimos que cortarlo para respirar. La mano que tenía en su cintura ya estaba en sus nalgas. Nos miramos sabiendo lo que las dos queríamos.
Terminamos contra la puerta del auto, besándonos sin control. Ella levantó una pierna y me dio acceso a su sexo; lo toqué por encima de la ropa interior y lo sentí caliente, húmedo, listo. Entonces se apartó, se sacó el vestido de un movimiento y, en ropa interior, salió corriendo hacia el agua. La miré alejarse mientras me desnudaba yo también. Que la playa estuviera vacía a esa hora era una suerte. Me metí en el mar y la alcancé, y volvimos a besarnos sin un milímetro de separación entre las dos, con desenfreno, con las olas rompiendo contra nuestras piernas.
***
Cuando salimos del agua nos secamos, nos vestimos a medias y manejamos hasta el hotel. Entramos a la habitación y lo primero fue una ducha para sacarnos la sal de la piel. Todas las alarmas de mi cuerpo me gritaban que la tomara ya, contra los azulejos, sin esperar. Pero no. Esta noche tenía que ser inolvidable para ella, y lo inolvidable se construye despacio. Verla desnuda bajo el agua de la regadera era un espectáculo: cuidada, firme, realmente hermosa.
—Voy a hacer que no te olvides nunca de esta noche —le dije al oído.
—Hazme tuya.
Le pedí que se acostara. Quedó completamente desnuda sobre las sábanas, deseosa, con las piernas apenas entreabiertas. Saqué del bolso algunas cosas que había comprado para la ocasión, entre ellas unas plumas suaves que empecé a pasar por sus pezones. Se reía, pero yo veía cómo se le tensaba el cuerpo. Bajé a su cuello y lo devoré; olía tan bien que costaba detenerse. Sus gemidos no tardaron. Llevé una mano hasta su sexo y masajeé su clítoris en círculos: estaba empapada.
Mi boca bajó a sus pezones y les dio una atención especial, mordiéndolos apenas, chupándolos con ganas. Seguí bajando hasta su sexo, que olía a deseo puro. Lo besé, lo lamí, lo recorrí entero como si fuera lo más rico que hubiera probado. Ella empezaba a desesperarse, gemía cada vez más fuerte. La penetraba con la lengua, subía al clítoris, lo chupaba y volvía a bajar.
—Mmmm, sí... así, por favor —jadeaba, arqueando la espalda.
Solté su clítoris y acomodé mi sexo sobre el suyo, asegurándome de que quedáramos en contacto, clítoris contra clítoris. A esa altura las dos estábamos mojadas. Empecé a mecerme suave, rozando nuestros labios, y a medida que la agitación crecía me frotaba más fuerte contra ella. Verla desde arriba, el rostro desencajado por el placer, sentir todo su cuerpo apretándose contra el mío, era una sensación que no había tenido en mucho tiempo. Pareció quedarse sin aire, hasta que por fin gritó su orgasmo y me clavó las uñas en los muslos.
Caí sobre ella, tratando de recuperar la respiración.
—Increíble —murmuró—. No recuerdo haber tenido un orgasmo así en mi vida.
—Todavía no terminamos, hermosa.
Busqué el arnés, lo humedecí y lo ajusté a mi cadera. Me senté en la cama y le pedí que viniera. Desde ahí tuve la visión perfecta de su sexo y le di otra larga lamida antes de pedirle que se sentara sobre mí. Bajó despacio, dejándolo entrar de a poco, y cuando estuvo del todo encima nos abrazamos, los senos juntos, las bocas que no querían soltarse. Empezó a subir y bajar a su ritmo. Llevé las manos a sus nalgas y la ayudé a mecerse, encantada de tener a mi alcance sus pechos, su cuello, sus labios.
De un movimiento la volteé, le subí las piernas a mis hombros y la tomé con más fuerza, entrando y saliendo con presión mientras ella apretaba las sábanas. Después la puse en cuatro y la penetré de nuevo, dándole alguna que otra nalgada suave, alcanzando con la mano libre su clítoris para acariciárselo. Empezó a gritar, perdida. Las dos habíamos perdido la cuenta de los orgasmos, pero ese fue el más intenso de todos.
Caí a su lado. Ella se dio vuelta, todavía agitada, y se quedó mirando el techo con una sonrisa boba. La penetré una última vez de costado, muy despacio, besándole el cuello y acariciándole los pechos, hasta arrancarle un orgasmo final y tranquilo. La calma que vino después fue tan buena como todo lo anterior.
—De lo que me estuve perdiendo todos estos años... —dijo, casi para sí misma.
Le besé el hombro. Su piel seguía siendo suave como al principio. Cuando ya era de madrugada, las dos seguíamos despiertas, enredadas en unas tijeras lentas que acompañaban el ritmo cansado de nuestra excitación, hasta que un último temblor nos alcanzó a las dos a la vez.
Marisol se había gozado su regalo de cumpleaños hasta el final. Y yo, mientras tuviera fuerzas, pensaba seguir disfrutándola el resto de la madrugada. Lo de Vera y lo nuestro lo resolvería otro día. Esa noche, frente al mar, no había nadie más que nosotras dos.