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Relatos Ardientes

La madura que apareció en mi portal tras las uvas

Después de aquella primera cita con Marisa, la del cine y lo que vino luego en su piso, supe que me estaba enganchando a ella como un crío. Pensaba en su voz, en cómo me había mirado al despedirse, en la frase que me soltó al oído antes de cerrar la puerta. No me la podía sacar de la cabeza, y eso era exactamente lo que ella buscaba.

Hablábamos a diario. Mensajes de buenos días, audios largos por la noche, fotos tontas de lo que cenaba o del libro que estaba leyendo. Hablábamos de todo menos de sexo, y esa era la trampa. Cada conversación me dejaba con ganas de más, con la necesidad de provocar otra cita que ella nunca terminaba de conceder.

—Si quieres mi culo —me había dicho aquel día—, te lo vas a tener que ganar.

La frase me taladraba el cerebro. La deseaba, la quería entera, pero no me daba pie. Me tenía esperando, midiendo el deseo a fuego lento, y yo me dejaba cocinar sin protestar.

Llegaron las fiestas y di la cita por imposible. Ambos teníamos compromisos familiares, cenas, sobrinos, suegras. Me hice a la idea de que aquello iba a quedarse en un único encuentro, un buen recuerdo y poco más.

***

La mañana del treinta y uno me despertó un mensaje suyo. Buenos días y una pregunta: qué planes tenía para esa noche. Le conté la verdad, la cena de siempre en casa, ayudar con los preparativos, atender a las visitas, los recados de última hora. Ella tenía obligaciones parecidas. Quedamos en felicitarnos el año nuevo después de las uvas, sin más promesas.

La cena transcurrió como cada año. Demasiada comida, los brindis de costumbre, las uvas contadas a destiempo entre risas. A los pocos minutos de las campanadas, el teléfono vibró en mi bolsillo.

Era una foto temporal de Marisa. Una maleta pequeña abierta sobre una cama, unos zapatos de tacón altísimo apoyados encima, y el plug de la última cita colocado al lado, como una declaración de intenciones. Me quedé mirando la pantalla con el corazón disparado.

Le contesté algo torpe, y su respuesta llegó enseguida: me esperaba en una hora en la puerta de mi casa. Que el año había que empezarlo bien, escribió, y que lo demás ya me lo contaría. Empecé a despedirme de mi familia inventando una excusa cualquiera.

Otro mensaje antes de que llegara al coche.

—Estoy de camino. Sé puntual y no dejes de sonreír como lo estás haciendo ahora al leer esto.

Iba acompañado de una foto de sus piernas dentro del coche, los mismos tacones, unas medias de rejilla que me secaron la boca. Tenía razón. Estaba sonriendo como un idiota en mitad de la calle.

***

Aparqué, salí de la cochera y allí estaba su coche, esta vez cerrado. La vi acercarse con la melena rubia suelta al aire frío, perfectamente maquillada, sonriéndome como quien ya ha ganado la partida antes de empezar.

Me acerqué a saludarla mientras abría la puerta del coche. Llevaba un abrigo grueso abierto, las medias y los tacones de la foto, pero debajo asomaba un conjunto de lencería negro y azul, con encaje y transparencias, y un liguero que sujetaba las medias. Venía espectacular, transmitiendo poderío, dueña de cada centímetro de la situación.

Nos fundimos en un beso. Mezclamos lenguas, nos mordimos los labios, y mis manos se colaron bajo el abrigo para recorrer su cuerpo. El conjunto le quedaba ceñido, como pintado sobre la piel. Nos felicitamos el año abrazados, y noté que su mano bajaba hacia mi pantalón y me agarraba con firmeza por encima de la tela, sonriendo contra mi boca.

Le devolví la caricia deslizando las manos hasta su culo. Era un body tanga, la tela se metía entre sus nalgas dejándolas casi desnudas. Apreté con ganas, empecé a jugar, y mis dedos fueron resbalando hacia el centro. Algo me extrañó. Por el tacto comprendí que llevaba puesto el plug anal.

Sonreí contra su cuello. Empecé a presionarlo y soltarlo, despacio primero, más rápido después, mientras seguía besándola. Ella dejó de besarme, se mordió el labio inferior y comenzó a gemir muy bajito.

—No pares —me susurró al oído—. Me quiero correr aquí mismo, en la calle, apoyada en el coche.

Seguí con el movimiento mientras le besaba el cuello y le mordía el lóbulo de la oreja. Sus gemidos se volvieron continuos, contenidos, hasta que noté cómo le temblaban las piernas. Se corrió así, en silencio, cómplice y discreta, agarrada a mí en mitad de la noche helada. Estuvimos un par de minutos quietos, recuperando el aliento, hasta que me pidió subir a casa.

Cogimos su maleta, cerró el coche y cruzamos de la mano hacia el portal. En el reflejo del cristal vi su mirada todavía descompuesta por el orgasmo.

***

En el ascensor volvimos a besarnos. Me desabrochó el pantalón y liberó mi polla de un tirón del bóxer. Salió disparada, hinchada, dura, marcando las venas, con un grosor que no le cabía entero en la mano.

—Abre así la puerta —me ordenó, divertida.

Me dio igual cruzarme con algún vecino del rellano con la polla al aire. Solo quería entrar.

Dentro de casa dejó la maleta en el salón y se quitó el abrigo. Entonces la vi entera y se me cortó la respiración. A sus cuarenta y nueve años era una diosa. El conjunto le sentaba como si lo hubieran cosido sobre ella, los tacones le estilizaban unas piernas firmes, y el culo respingón apenas quedaba cubierto por la tela del body.

Me preguntó por el dormitorio. Se lo señalé, me agarró de la polla y, tirando con suavidad, me condujo hasta mi propia habitación como si la casa fuera suya.

***

Se subió a la cama a cuatro patas. Soltó los corchetes del body, que apenas tapaba su sexo, y dejó a la vista el plug. No era el mismo de la otra vez. Este terminaba en una base morada que imitaba una joya, más grande, más imponente.

—Arrodíllate detrás de mí, en el suelo —ordenó—. Quiero tu cara justo aquí.

Obedecí. Su culo y su coño me quedaban a la altura perfecta. Apoyó la cabeza en el colchón y, con los dedos, se separó los labios.

—Come, cabrón. Mira cómo me tienes —dijo con la voz ronca.

Empecé a lamerle el clítoris con mucha succión. Le hice círculos con la lengua, cada vez más rápidos. Cuando noté que estaba a punto, aflojé el ritmo y recorrí su sexo de arriba abajo, hasta que mi lengua coincidió con el sabor metálico de la base del plug. Gruñó, se quejó, me ordenó volver a lo de antes y no parar.

Obedecí, claro. Ella sabía exactamente lo que quería y no me dejaba improvisar. Volví a los círculos sobre su botón, rápido, ágil. Sus gemidos se aceleraron. Le metí un dedo en el coño empapado, luego dos, sin dejar de succionar. Un tercero, mientras movía los dedos en semicírculo dentro de ella.

Empezó a chillar, a convulsionar, y llegó la corrida. Mis dedos quedaron encharcados, el líquido salió con fuerza. Seguí lamiendo hasta que dejó de temblar.

—Espera, un minuto —jadeó.

Esos minutos se me hicieron eternos mirándola. Aproveché para quitarme el pantalón y el bóxer y quedarme desnudo ante ella, empalmado, con algo de líquido asomando en la punta. No dejaba de mirarme. Me agarró la polla con una mano y empezó a masturbarme, mientras con la otra recogía su propio fluido para extenderlo sobre mi tronco.

Me apretó los huevos, me miró, sonrió y se la metió entera en la boca. Sin arcadas, sin esfuerzo, hasta el fondo. La sacó, le dio unos lametazos precisos en la punta, y yo aproveché para volver a metérsela despacio. La saboreaba, la apretaba con los labios todo lo que podía sin dejar de sujetarme.

***

Después de unos minutos mamando, se volvió a poner a cuatro patas sobre la cama. Se sacó el plug, más grueso que el de la cita anterior, y la vista fue increíble. Un culo perfecto, la entrada dilatada y dispuesta.

—Fóllame el culo —me ordenó sin rodeos—. Quiero sentirme llena con esa polla gorda. Nunca he tenido una tan gruesa ahí. La quiero ya.

Me tranquilizaba que fuera tan directa, tan explícita. Apoyé la punta en su entrada y empecé a empujar. Se deslizó con una facilidad asombrosa, centímetro a centímetro. No le costaba, no le dolía. Incluso movía las caderas hacia atrás para que entrara más rápido.

Cuando casi la tuve entera dentro, echó la cabeza hacia atrás.

—Despacio —pidió—. Sube el ritmo poco a poco. Quiero disfrutarla bien.

Obedecí, cómo no iba a obedecer. Sabía que no aguantaría mucho. Su cuerpo acogía mi polla con una perfección desesperante y las embestidas se volvían más fuertes a cada momento. Noté que metía la mano entre sus piernas y se acariciaba mientras me rozaba los huevos.

—Me voy a correr —la avisé—. Dentro.

Ella volvió a convulsionar, gritó, gimió, y su orgasmo se mezcló con el mío. Le inundé el culo mientras su squirt empapaba las sábanas y el suelo. Nos corrimos los dos a la vez, una corrida rápida y abundante que nos dejó sin fuerzas.

La saqué con cuidado y nos quedamos tumbados, jadeando, mirándonos. Nos echamos a reír sin motivo, como dos cómplices que acaban de hacer una travesura.

Había empezado el año y solo habían pasado dos horas.

Esto promete, pensé. Y por la forma en que ella me miraba, supe que la noche todavía guardaba más sorpresas.

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Comentarios (6)

GaboNight

buenisimo!! una de las mejores de la categoria

Fenix_BA

Por favor seguí con esto, no puede quedar ahi

Juanma_lector

La premisa ya es genial de por si. Me atrapó desde el titulo y no me soltó hasta el final, muy bien armado

DiegoCba92

tremendo relato, justo lo que buscaba hoy jaja

LorenaFuentes_ok

Me gusto mucho como lo contaste, se siente real sin ser forzado. Sigue subiendo relatos!

ElRocoMH

Tenes mas de este tipo? porque la verdad que engancha bastante. Saludos

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