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Relatos Ardientes

La vecina de Ruzafa que nunca había sentido nada

Marisa era de esas mujeres que pasan inadvertidas en la cola del mercado hasta que, de pronto, te das cuenta de que lleva un cuerpo que el marido nunca aprendió a mirar de verdad. Treinta y ocho años, casada desde los veintitrés, administrativa en una gestoría del centro de Valencia. Vivía dos portales más abajo del mío, en una de esas fincas viejas de Ruzafa con suelos hidráulicos y vecinos que lo oyen todo. Marido formal de Sagunto, aficionado al fútbol y a las rutinas, un coche siempre limpio y unas vacaciones siempre al mismo apartamento de la playa. Clase media de toda la vida: hipoteca casi pagada, cena a las nueve, telediario y a dormir.

Pero debajo de esa fachada de señora correcta había un fuego apagado que ni ella misma sabía nombrar, esperando a que alguien le pasara la cerilla.

La conocí de verdad una tarde de jueves, en la terraza del bar de la esquina, cuando empieza a oscurecer pronto y la gente llena las mesas con cervezas y conversaciones que se alargan. Yo escribía en el portátil, fingiendo trabajar y distrayéndome con el ir y venir del barrio. Ella esperaba un café que tardaba, con un vestido de punto color tierra que le marcaba la cintura y unas sandalias planas, el pelo castaño recogido con un pasador y dos mechones sueltos sobre el cuello.

No era una belleza de revista. Era algo mejor: una mujer hecha, con caderas anchas, pecho generoso y una manera de cruzar las piernas que pedía a gritos que alguien la mirara. En sus ojos marrones había un cansancio dulce, el de quien lleva años cumpliendo y nadie le pregunta qué quiere.

Me levanté con esa sonrisa de sinvergüenza que a veces funciona como un anzuelo y se lo solté sin rodeos.

—Perdona que te interrumpa el café, pero si sigues ahí sentada con ese vestido, voy a tener que pedir la cuenta y buscar una excusa para hablarte. Mejor te la ahorro: me llamo Darío, vivo en el cuarto del veintidós.

Se giró sorprendida y se puso colorada hasta las orejas, un rubor que le subió por el cuello. Soltó una risa nerviosa, de las que intentan disimular que te has colado en su radar.

—¿Siempre eres tan directo, o solo cuando no tienes nada mejor que hacer? —dijo, jugando con el pasador—. Hace mucho que nadie me dice nada parecido.

—Pues alguien debería decírtelo todos los días —contesté—. Y no me lo creo, mírate.

Bajó la vista al café, sonriendo para dentro. Hablamos veinte minutos de tonterías: el barrio, los vecinos, el escritor del cuarto que nunca terminaba nada. Cuando se fue, caminó un poco más despacio de lo necesario, sabiendo que la miraba, balanceando las caderas con un ritmo que no era del todo inocente. Me quedé con el café frío, pensando en cómo una mujer así, casada y resignada, acababa de encender una mecha que no iba a apagarse fácil.

***

Tres días después, casi a medianoche, me llegó el mensaje que no esperaba tan pronto pero que deseaba como un crío.

—Hola. Soy Marisa, la del bar. Mi marido está en Sagunto con su madre hasta mañana. Estoy sola en casa por primera vez en meses. ¿Te animas a subir un rato? Pero avísame si soy demasiado… sosa. Solo he estado con él, y siempre es lo mismo, rápido y a oscuras. Quiero saber cómo es de verdad. Sin presiones, eh.

Respondí enseguida. Bajo en cinco minutos. Y tranquila, lo de «a oscuras» se acaba esta noche.

Abrió la puerta con una bata fina y un camisón debajo, el pelo suelto por primera vez, más joven así, descalza sobre el suelo de baldosas. Olía a crema de almendras y a nervios.

—Pasa rápido, porfa —susurró, roja de nuevo—. Los vecinos oyen hasta cuando respiro.

Cerró con un clic suave y se quedó parada en el recibidor estrecho, sin saber dónde poner las manos, mirando al suelo, al techo, a cualquier sitio menos a mí. Me acerqué despacio, sin invadirla del todo.

—¿Segura de esto? Si quieres que me vaya, me voy ahora mismo y no pasa nada —le di la salida, porque lo último que quería era asustarla.

Negó con la cabeza y levantó la vista por fin, los ojos brillando entre el miedo y las ganas.

—No. Quiero quedarme. Es que… —tragó saliva—. Quince años casada y nunca me he corrido con él. Es buena persona, de verdad, pero acaba en dos minutos, apaga la luz y se duerme. Yo me quedo despierta, con un vacío raro, preguntándome si seré yo la del problema. Esta noche no quiero preguntármelo más.

Esas palabras fueron gasolina. La besé despacio, probando. Al principio cerró los labios, tímida como una primeriza; luego abrió la boca y su lengua, insegura, salió a buscar la mía con toques suaves. Sus manos subieron a mi pecho temblando, agarrando la camisa como un salvavidas. Le rodeé la cintura, sentí esa curva firme bajo la bata y, con la otra mano, le acaricié la espalda por encima de la tela.

La llevé al sofá del salón, uno de esos viejos y hundidos con funda de flores descoloridas. Le abrí la bata sin prisa, como quien desenvuelve algo que lleva años guardado. El camisón cayó de un hombro. Tenía un pecho pesado y cálido, de piel clara con alguna peca, y unos pezones que se endurecieron en cuanto el aire los rozó. Los tomé con las dos manos, los pesé, los acaricié sintiendo cómo se amoldaban a mis palmas.

—Qué bien hueles —murmuré contra su cuello—. Y qué desperdicio que nadie te dedique tiempo.

Se cubrió por instinto con un brazo, pero se lo aparté con suavidad.

—Es que ya no soy ninguna cría —dijo, casi disculpándose—. Pensé que estas cosas se le pasan a una con la edad.

—No se le pasan a nadie —contesté, y bajé la boca a uno de sus pezones. Lo lamí en círculos, luego lo succioné despacio. Ella soltó un gemido bajo, el primero de la noche, y arqueó la espalda.

Le subí el camisón hasta la cintura. Debajo, una braga sencilla de algodón que le quité mientras ella levantaba las caderas para ayudarme, ya rendida. Me arrodillé entre sus piernas, que temblaban un poco, y el sofá crujió bajo su peso.

—Voy a tomarme mi tiempo —le dije, mirándola desde abajo—. Y no te calles. Quiero oírte.

Empecé lento, recorriéndola entera con la lengua plana, de abajo arriba, saboreando su humedad. Luego me concentré en el punto exacto, círculos pausados, presión suave que la hacía jadear. Ella se agarró al respaldo, clavando las uñas en la funda, la cabeza echada hacia atrás.

—Dios… nadie me había… —la voz se le quebró—. Él dice que eso es una rareza.

Le metí un dedo, despacio, sintiendo el interior cálido y apretado; luego dos, curvándolos hacia arriba para rozar ese punto que la hizo gemir más fuerte. La acaricié por dentro mientras seguía con la boca, alternando lamidas rápidas con presiones lentas. En pocos minutos empezó a temblar, las caderas levantándose solas, los muslos cerrándose contra mi cara.

—Espera… espera, que noto algo raro… ¡no pares, por favor!

Se corrió con un grito ahogado contra el dorso de su propia mano, el cuerpo entero sacudiéndose en oleadas, los ojos húmedos de pura intensidad. No un orgasmo fingido para complacer a nadie: el primero de verdad, a los treinta y ocho años. Se quedó mirándome, aturdida, el pecho subiendo y bajando.

—Nunca… nunca había sido así, ni de lejos —dijo, riendo y llorando a la vez—. ¿Eso es lo que llevo perdiéndome toda la vida?

La besé para que probara su propio sabor y se rió contra mi boca, sorprendida de sí misma.

—Ahora aprende a pedir lo que quieres —le dije—. Sin vergüenza.

Se deslizó del sofá y se arrodilló, curiosa, mirándome como quien redescubre algo. Me bajó el pantalón con manos torpes y se tomó su tiempo, insegura al principio, ganando confianza con cada movimiento, mirándome de reojo para comprobar que lo hacía bien. La paré antes de tiempo, agarrándole el pelo con suavidad.

—Así no. Quiero acabar contigo, no por separado.

La tumbé en el sofá, le abrí las piernas y entré despacio, dejando que se acostumbrara. Ella gimió, arqueando la espalda, las uñas en mis hombros.

—No pares —susurró—. Por una vez, no quiero que se acabe enseguida.

No se acabó. Embestí lento al principio, luego más hondo, observando cómo su cuerpo se soltaba poco a poco, cómo perdía la vergüenza y empezaba a moverse contra mí, buscándome. Sus pechos se mecían con cada empujón y ella me clavaba los talones en la espalda, llevándome el ritmo, follándome de vuelta como si recuperara quince años de golpe.

—Otra vez… —jadeó, incrédula—. Cómo es posible, otra vez…

Se corrió apretándome dentro, contrayéndose en oleadas, mordiéndose el labio para no despertar a media finca. Aguanté un poco más, la giré de costado, una pierna sobre mi hombro, y la acaricié con los dedos mientras la penetraba lento, prolongándolo hasta que rogó.

***

Horas más tarde, agotados pero despiertos, ella se atrevió a hablar de algo que llevaba toda la noche rondándole.

—Hay una cosa que nunca he probado —dijo en voz muy baja, jugando con el vello de mi pecho—. Él ni lo menciona. Pero contigo… no sé, contigo me atrevería.

La puse boca abajo, con una almohada bajo las caderas, y me tomé todo el tiempo del mundo: primero las manos, luego la lengua, abriéndola con paciencia, sin la menor prisa, hasta que dejó de tensarse y empezó a empujar hacia atrás buscándome.

—Despacio —le susurré—. Tú me marcas el ritmo. Si te duele, paramos.

Entré poco a poco, milímetro a milímetro, leyendo cada respiración suya. Ella se acariciaba mientras tanto, y cuando por fin se soltó del todo, el placer y el desconcierto se le mezclaron en un gemido largo contra la almohada. Se corrió así, temblando entera, susurrando una sarta de palabras que no sabía que tenía dentro.

Acabé poco después, abrazado a su espalda sudada, los dos respirando como si hubiéramos corrido un maratón.

Nos quedamos enredados en su cama estrecha, el ventilador del techo girando despacio sobre nosotros. Ella dibujaba círculos en mi pecho, todavía agitada, el pelo revuelto pegado a la frente.

—Mi marido vuelve mañana por la tarde —dijo, sin mirarme—. Y yo no quiero que esto se acabe. Nunca me había sentido así. Como si fuera… mía. Por primera vez.

Le di un beso largo, lento.

—No tiene por qué acabarse —contesté—. Sabes dónde vivo. Y los jueves él trabaja hasta tarde, ¿no?

Sonrió en la penumbra, y no era la sonrisa cansada de la cola del mercado.

Salí de su casa cuando empezaba a clarear. Ruzafa se despertaba: las persianas metálicas subiendo, el olor a pan de la panadería de la esquina, alguien regando las macetas de un balcón. Marisa, treinta y ocho años, casada, administrativa, resignada a no sentir nada… hasta esa noche.

Y yo, el vecino del cuarto, acababa de descubrir que las mujeres a las que nadie mira son justo las que arden más fuerte cuando alguien, por fin, se molesta en encenderlas. El jueves llegó. Y con él, otra noche larga, y la certeza de que en esta ciudad, como en todo, cuando algo empieza así no hay vuelta atrás.

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Comentarios(5)

Norinha_85

Que relato tan lindo, me llego de verdad. Eso de que nadie le habia sabido leer el cuerpo... cuantas mujeres estaran exactamente en esa situacion sin animarse a admitirlo. Muy bien escrito.

Dante_relatos

buenisimo!!! se hizo corto, queria mas jaja

CarlaEnRed

Me encanto la ambientacion en Ruzafa, le da un toque muy particular y cercano. Sigue escribiendo!!

Adriana_76

Por favor segui con esto, quede con muchas ganas de saber como continua la historia de ella.

Enzo_Baires

increible como capturas eso que sienten muchas mujeres sin poder decirlo. muy real todo, se nota que hay algo personal en como lo contas

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