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Relatos Ardientes

El hombre maduro que conocí frente al río

Me llamo Camila y aquel viernes hui de la ciudad sin avisarle a nadie. Tenía veinticinco años y una semana entera apretándome el pecho, de esas en las que el trabajo, los plazos y las llamadas se te acumulan hasta que algo dentro tuyo pide respirar distinto. Agarré las llaves, dejé el departamento como estaba y manejé hasta el delta sin pensarlo demasiado.

La idea era simple: caminar, mirar el agua y sacar un par de fotos con el celular. El río siempre me calmó. Hay algo en la corriente lenta que ordena lo que tengo desordenado por dentro.

Cuando llegué al viejo muelle de madera, el viento me tiró el pelo a la cara como si quisiera decirme algo. Me senté en el borde, justo donde el brazo del río se ensancha, y dejé que el sol del atardecer me pegara de lleno. Llevaba una remera clara y una falda de jean que la brisa húmeda me pegaba al cuerpo. Me gustaba cómo se sentía esa libertad tonta de no esperar a nadie.

Ahí fue cuando lo vi.

Estaba apoyado contra la baranda de metal, mirando el agua con las manos en los bolsillos. Alto, pelo corto canoso en las sienes, barba candado prolija. No tenía cara de turista. Tenía cara de hombre que ya vivió varias vidas y aprendió de todas. Nos cruzamos los ojos un segundo, y me miró como si me reconociera de algún lado.

—¿Sos de acá? —me preguntó, como si fuera lo más natural del mundo.

—No. ¿Y vos?

—Tampoco. Pero apostaría a que los dos terminamos en este muelle por la misma razón.

Lo miré con curiosidad.

—¿Y cuál sería?

Sonrió de costado, sin apuro.

—Escapar un rato del ruido.

Escapar un rato del ruido. Repetí la frase en voz baja, como saboreándola. Tenía razón, y eso me molestó un poco.

Se acercó con paso tranquilo. No era invasivo, pero se movía con esa seguridad de los hombres que ya no tienen nada que demostrar. Me generó una mezcla de curiosidad y alerta, de esas que te aceleran el corazón sin una razón lógica.

—¿Te molesta si me siento? —preguntó.

Negué con la cabeza. Se sentó a mi lado dejando un espacio prudente, lo justo para no parecer que buscaba algo, pero lo suficiente para que yo sintiera el calor de su cuerpo cerca.

—Esteban —dijo, mirando el río en vez de mirarme a mí.

—Camila.

—¿Y qué hace Camila un viernes a la tarde, sola, sentada al borde del agua?

Sonreí sin contestar enseguida. Me gustaba cómo sonaba mi nombre en su voz grave. No era dulzón ni seductor barato. Era natural, como si de verdad le interesara la respuesta.

—No sé. Tal vez necesitaba recordar que puedo estar sola sin desarmarme.

—Eso suena pesado para un viernes.

—¿Y vos? ¿De qué escapás?

Se rió bajo, con la vista en el agua.

—De lo mismo que todos. Del trabajo, de las presiones, de una separación que me dejó más preguntas que respuestas.

Lo miré con más detenimiento. Tenía ojos oscuros, opacos, como si guardaran historia. Manos grandes, de venas marcadas, y un reloj viejo en la muñeca. Calculé que me llevaba unos quince años, quizá más, y por algún motivo eso no me asustaba. Al contrario: se me cruzó la imagen de esas manos apretándome las tetas y sentí que se me humedecía la bombacha ahí mismo, sentada al lado de un desconocido.

***

—¿Caminamos? —dijo de repente.

Asentí. Nos levantamos casi al mismo tiempo, como si nuestros cuerpos ya se hubieran puesto de acuerdo antes que nosotros.

Caminamos por la costanera sin apuro, sin necesidad de llenar el silencio. Cada tanto nuestras manos se rozaban. No sabía si era casual o intencional, pero cada vez que pasaba sentía un cosquilleo que me bajaba por la espalda y me terminaba directo en el coño.

En un momento se detuvo frente a un paredón viejo lleno de grafitis y me miró.

—¿Te puedo decir algo raro?

—Probá.

—Desde que te vi, sentí que esto ya había pasado antes.

—¿Como un déjà vu?

—Como una escena que soñé.

Y sin darme tiempo a responder, acortó la distancia. No me tocó. Se quedó ahí, con la cara a centímetros de la mía, esperando. Sus ojos seguían fijos en los míos y por un instante el mundo se silenció a propósito. No pasaba nadie. Solo el sonido leve del río, un auto lejano y ese vacío suave que se abre cuando alguien te mira como si te conociera de antes.

No me alejé. No dije nada. Solo sentí cómo el aire entre nosotros empezaba a pesar distinto.

Fue él quien dio el último paso. Su mano rozó la mía primero, suave, como pidiendo permiso. Después apoyó los dedos apenas en mi cintura, firme pero atento. Su boca encontró la mía despacio. Nada brusco. Un beso que empezó como pregunta y terminó como afirmación. Lo sentí en la piel, en la espalda, en los pezones que se me pusieron duros bajo la remera.

—Perdón —susurró sin separarse del todo—. No suelo hacer esto.

—Yo tampoco —respondí. Y no mentía del todo.

Caminamos un poco más sin soltarnos, mientras las luces del paseo se encendían de a una. La ciudad se ponía dorada. Esos brazos grandes sabían sostener.

—Me estoy quedando en una casa acá cerca —dijo, en voz baja—. A unas cuadras, entre los árboles. Tranquila, con vista al agua. ¿Querés un vino antes de que vuelvas?

Sentí el corazón golpearme el pecho. No por miedo, sino por esa certeza de estar por hacer algo que no figuraba en ningún plan y que de repente se sentía inevitable. Vino, mis huevos, pensé. Los dos sabíamos para qué me estaba invitando.

—Vamos —dije.

***

La casa era tal como la había descrito: un refugio escondido entre los árboles, con ventanas grandes que reflejaban el río y el cielo que ya se llenaba de estrellas. Esteban abrió con una llave antigua y una sonrisa casi tímida, como si me dejara entrar no solo a la casa sino a un universo privado.

Adentro olía a madera vieja y a algo dulce que no supe nombrar. Me invitó a sentarme cerca de la ventana, encendió una lámpara de luz cálida y descorchó una botella de Malbec.

—No tomo mucho —le advertí, agarrando la copa con las dos manos.

—No hace falta tomar mucho. Solo lo justo.

Hablamos. Al principio con timidez, después con una honestidad que hacía rato no me permitía. De su separación, de mi carrera a medio terminar, de los miedos que a veces nos paralizan. En un momento me tomó la mano y entrelazó los dedos con una suavidad que me hizo estremecer. Cuando me incliné para darle un beso en la mejilla, me detuvo con un gesto delicado y me llevó hacia sus labios.

Esta vez el beso fue más lento, más seguro, con lengua, con mordida en el labio, con la mano suya cerrándose en mi nuca como quien ya no piensa soltar. Como si ya no importara el afuera. Me guió hasta una habitación con una ventana ancha que daba al río iluminado por la luna. La luz plateada entraba apenas, pintando sombras suaves en las paredes y sobre la cama.

Me senté en el borde de la cama y él se sentó a mi lado, sin prisa, dejando que el tiempo trabajara a su favor. Me quité la remera despacio, mirándolo, y quedé en corpiño. Él me miró las tetas como si nunca hubiera visto un par igual, y esa mirada me prendió más que cualquier palabra.

—Vení —le dije, y le tomé la mano para ponérmela en el pecho.

Sus manos se deslizaron por mis muslos por debajo de la falda, subieron a mi cintura, me la desabrocharon y la tiraron al piso. Quedé en corpiño y bombacha, con las piernas apenas separadas, y él se acomodó entre ellas. Me besó de nuevo, largo, hasta dejarme sin aire, y después bajó por el cuello a mordisquearme. Me pellizcó los pezones por encima de la tela y yo ya sentía la humedad empapándome la bombacha.

Me desabrochó el corpiño con una sola mano, con la práctica de quien no aprende esas cosas en un rato. Se lo tiró por el hombro sin mirar y se quedó unos segundos con las tetas mías a la altura de la boca, respirándome encima.

—Qué lindas son —murmuró, y se prendió a un pezón como un chico con hambre.

Chupaba fuerte, alternaba con la lengua en círculos, me mordía apenas y volvía a chupar. La otra teta la tenía atendida con la mano, con esos dedos gruesos rodándome el pezón hasta hacerme gemir. Me arqueé contra su boca, con una mano en su nuca empujándolo para que no parara.

—Así, así, no pares —le pedí ya sin filtro.

Bajó la mano por mi vientre, se metió por adentro de la bombacha y me encontró completamente empapada. Sonrió contra mi teta, mordió una vez más y siguió bajando por el estómago con la boca, dejándome un rastro de saliva. Me corrió la bombacha a un costado con dos dedos, se agachó y me sopló el coño antes de tocarlo. Se me escapó una puteada solo de la anticipación.

Después metió el dedo mayor y lo movió despacio, buscando el punto adentro. Cuando lo encontró, empezó a masajearlo mientras con el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos lentos que fueron subiendo de ritmo. Yo ya no controlaba las caderas, se me movían solas contra su mano. El primer orgasmo me llegó así, sentada al borde de la cama, con dos de sus dedos hundidos en el coño y el pulgar castigándome el clítoris. Me corrí largo, mordiéndome el labio para no gritar, apretándole los dedos con todo el coño mientras él me miraba desde abajo como si le encantara lo que veía.

—No termina acá —me dijo, y me terminó de arrancar la bombacha por los tobillos.

Sin darme tiempo a recuperarme, me abrió las piernas de par en par, se arrodilló en la alfombra y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua era de hombre experimentado: sabía cuándo lamer plano, cuándo puntear el clítoris, cuándo bajar a chuparme la entrada. El roce áspero de la barba contra la parte interna de los muslos y contra los labios me sumaba una sensación nueva, ese ardor rico que te obliga a abrir más las piernas. Me tenía rendida, con las manos agarradas del acolchado.

—Puta madre, Esteban —le solté cuando me metió la lengua adentro y me la movió como si tuviera vida propia.

Volvió al clítoris y se lo tomó entre los labios, chupándomelo despacio primero, después más fuerte, hasta que unos mordiscos suaves justo donde más me dolía de ganas terminaron de doblarme. Le apreté la cabeza con los muslos, le clavé los talones en la espalda, y el segundo orgasmo me sacó un grito que se me escapó entero, sin poder ahogarlo. Me quedé temblando, con el coño latiendo contra su boca, mientras él me daba lengüetazos suaves para ayudarme a bajar.

Después se sentó en la cama. No hizo falta que dijera nada: me tocaba a mí. Le acaricié la verga por encima del pantalón, ya completamente dura marcándose contra la tela, y cuando terminó de desvestirse comprobé lo que la mano me había anticipado. La tenía gruesa, larga, con las venas marcadas y la punta brillando de líquido preseminal.

Me arrodillé delante de él en la alfombra. Algo de oficio tenía de encuentros anteriores, aunque nunca con una polla así ni con alguien así. Le agarré la base con una mano y lo recorrí con la lengua de abajo hacia arriba, sin apuro, siguiéndole una vena gruesa hasta la punta. Ahí me detuve, le lamí el glande en círculos, me metí en la boca solo la cabeza y la chupé fuerte hasta que le sacudí un gruñido.

—Así, Cami, así, no sabés lo bien que la chupás —me dijo con la voz enronquecida.

Escuchar mi nombre en ese tono me puso más caliente todavía. Abrí la boca y lo empecé a bajar hasta donde pude, sacando y metiendo, dejando que la saliva me chorreara por el mentón y le cayera en los huevos. Le tomé los huevos con la otra mano, se los amasé despacio mientras seguía chupando. Él me apoyó la mano en la nuca, no para forzar, sino para marcarme el ritmo justo. De vez en cuando me sacaba la verga de la boca para respirar y le pasaba la lengua por los huevos, uno primero y después el otro, mientras lo pajeaba con la mano.

Estuve un buen rato en eso, perdida en el sabor y en cómo se le tensaba todo el cuerpo, hasta que me detuvo con un tirón suave en el pelo.

—Pará, pará, que me hacés terminar y quiero cogerte —me dijo.

Me subió a la cama y se acostó de espaldas. Me sentó encima suyo y me pidió, en un susurro, que bajara despacio. Me acomodé sobre la punta de su verga, la sentí abriéndome apenas, y bajé unos centímetros. Estaba más que empapada y aun así me costó al principio; era gruesa y yo soy menuda. Subí y bajé un par de veces sobre la punta para irme acostumbrando, y de a poco lo fui tomando entero hasta sentarme del todo, con toda su verga metida hasta el fondo. Sentí una sucesión de sensaciones nuevas, esa plenitud de estar completamente ocupada, llena hasta un lugar que no sabía que tenía.

—Uf, qué apretada estás —me gimió, agarrándome fuerte de las caderas.

Empecé a moverme despacio, en círculos primero, después arriba y abajo, subiendo casi hasta la punta y bajando de golpe. Él me fue llevando con las manos en la cintura hasta que encontré el vaivén, y ahí me solté. Cabalgaba sobre él como si me hubieran destapado algo por dentro, mientras sus manos me subían a las tetas, me las amasaban, me apretaban los pezones, y su lengua iba de un pezón al otro. Cada vez que bajaba lo escuchaba gruñir, y cada gruñido de él me disparaba una descarga en el clítoris.

—Tocate —me pidió sin dejar de moverse debajo mío.

Me llevé la mano al clítoris y me lo empecé a masajear mientras seguía cogiéndolo. Cuando lo sentí cerca, me apretó más las caderas y me susurró que siguiera así, que no parara. Me moví con más fuerza, dejándome caer entera sobre su verga, y él empezó a embestir de abajo, chocando contra mí con un ruido húmedo que me llenaba la cabeza.

—Me corro, Cami, me corro adentro —me avisó apretando los dientes.

—Corréte, dame todo —le respondí, y esa era yo hablando así, sin reconocerme.

Sentí cómo se le tensaba todo, cómo la verga le latía adentro mío y me llenaba con chorros calientes de leche. Mi cuerpo respondió con un orgasmo todavía más intenso que los anteriores, arrastrado por el suyo, apretándole la verga a puros espasmos, exprimiéndole cada gota. Me quedé un rato sentada sobre él, sin moverme, demasiado sensible como para separarme, sintiendo cómo su semen empezaba a escurrirse fuera del coño y a caerle sobre los huevos.

Me tiré a su lado con la respiración entrecortada. Él me pasó el brazo por debajo, me acomodó contra su pecho, y me besó la frente sin decir nada. Ya no hacían falta palabras.

***

Se levantó a buscar algo fresco a la cocina y volvió pasada media hora, con dos vasos de agua y otra vez listo. Verlo entrar desnudo, con la verga otra vez dura balanceándose al caminar, me hizo apretar los muslos sola. Sin mediar palabra dejó los vasos en la mesa de luz, me tomó de la mano con ternura, me hizo poner de pie y me llevó contra la pared, al lado de la ventana. Me acorraló con el cuerpo entero, la verga clavándose entre mis nalgas, sus manos en mis pechos, sus dientes en mis orejas, la barba raspándome el cuello.

—Me ponés muy caliente, Cami —me decía al oído mientras me pellizcaba los pezones desde atrás—. No sabés cómo me tenés.

Le sentí la verga acomodarse entre las nalgas, dura, pesada, y me apretó contra la pared fría. Yo tenía las tetas aplastadas contra el vidrio y podía ver el río afuera, la luna reflejada en el agua, todo mientras él me manoseaba entera. Bajó una mano al coño, me metió dos dedos y los sacó brillando de todo lo que él mismo había dejado adentro. Con esa humedad me untó por atrás, y ahí supe para dónde iba la cosa.

—Nunca lo hice ahí —le confesé, con la voz temblándome.

—Tranquila. Vamos despacio. Si te duele, paramos.

Se estiró hasta la mesa de luz, buscó un pomo de gel y se echó un buen chorro en la mano. Me untó todo el ojete con dos dedos, masajeándolo en círculos hasta que sentí que se aflojaba. Metió un dedo apenas, después entero, y cuando dejé de estar tensa metió el segundo. Los movió despacio, en tijera, abriéndome de a poco. Yo tenía la frente apoyada en el vidrio, la boca abierta, respirando fuerte.

—Ya está, ya estás lista —me dijo, y sentí cómo se untaba la verga con más gel.

Se apoyó contra la entrada y empezó a empujar con paciencia. Al principio fue incómodo, ese ardor que te obliga a parar de respirar, pero el gel ayudó y la paciencia más. Fue ganando terreno de a poco por un camino menos transitado, empujando y aflojando, empujando y aflojando, hasta que la cabeza pasó. Ahí me llenó la nuca de besos suaves mientras yo me acostumbraba a la invasión.

—Respirá, Cami. Aflojá para mí.

Le hice caso. Solté el aire despacio y sentí cómo iba entrando más, centímetro por centímetro, hasta que la verga entera me quedó adentro. Cuando todo cedió, se quedó quieto un instante, dejándome sentir esa cosa tan nueva, esa sensación de estar tomada en un lugar donde nadie me había tomado antes. Y después me agarró de las caderas y arrancó.

Al principio despacio, casi con cuidado, para que me fuera armando el ritmo. Después, cuando escuchó que se me escapaba el primer gemido de placer y no de dolor, empezó a cogerme más fuerte. Cada embestida me levantaba apenas del piso, su pelvis chocando contra mis nalgas, sus dedos hundidos en la carne de la cintura. Me llevó una mano al coño y me la puso ahí para que me tocara.

—Tocáte mientras te cojo el culo —me ordenó, y le hice caso al instante.

Me trabajé el clítoris con dos dedos mientras él me embestía por atrás, y el placer se me mezcló hasta volverse una sola cosa densa y profunda. Nunca había sentido algo así, esa combinación entre estar completamente llena por atrás y la explosión que se me venía por adelante. Empecé a gemir sin cuidado, apoyada contra la ventana, con las tetas resbalándose por el vidrio empañado de mi propia respiración.

—Así, papi, así, cogéme más fuerte —le pedí, y me sorprendió mi propia voz.

Esa palabra lo prendió fuego. Me agarró del pelo con una mano, me tiró la cabeza para atrás y me clavó la verga con más fuerza, más rápido, hasta que no aguantó más. Se vació entre gemidos, con la verga latiéndome adentro del culo, mientras yo me arrancaba el último orgasmo con los dedos, un orgasmo que me sacudió entera y me dejó temblando contra la pared, con las piernas sin fuerza.

Quedamos quietos un rato, él aferrado a mi cuerpo, con la verga todavía adentro, yo tratando de recuperar el aliento con la mejilla pegada al vidrio frío. Salió despacio para no lastimarme, y sentí un hilo tibio bajarme por la parte de atrás del muslo. Después fui al baño, me duché rápido, volví a la cama y nos dormimos abrazados como si lo hubiéramos hecho mil veces.

***

Cuando desperté, la luz suave del amanecer entraba por la ventana y él todavía dormía a mi lado. Sentí una paz que hacía tiempo no experimentaba, un remanso después de la tormenta. Me levanté despacio y caminé hasta la ventana. El río estaba sereno, como si también se hubiera quedado sin palabras.

—¿Hace mucho que estás despierta? —preguntó Esteban detrás de mí, con voz ronca.

—Un ratito.

Se acercó y me abrazó por la espalda, apoyando la barbilla en mi hombro. Nos quedamos así, mirando el agua.

—No sé qué fue esto —dije, casi en un susurro.

—Ni yo —respondió—. Pero no me gustaría que termine con el desayuno.

Me di vuelta para mirarlo. Tenía la mirada tranquila, sin ansiedad, sin presión. Solo las ganas de que no se rompiera lo que habíamos armado en ese rincón mínimo del mundo.

—Entonces empecemos por un café —dije, sonriendo.

No sabía si esto iba a durar, si era el comienzo de algo o un cruce intenso y fugaz. Pero por ahora no importaba. Porque por fin había conseguido lo que había salido a buscar sin saberlo: respirar distinto.

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Comentarios(10)

SilviaRoca

Que bueno!!! me encanto la forma en que lo narraste, se siente tan real

LorenaC_BA

Dios mio, que descripcion tan linda. Me quede queriendo mas, por favor seguí!

DevotoGBA

Los hombres maduros tienen algo especial que los jovenes no entienden todavia. Buen relato.

Meli_BA

increible!! se me hizo corto, necesito la segunda parte ya

TotoBA

muy bueno, me tuvo pegado a la pantalla desde el principio

NocheSur_MX

Me recordo a algo que me paso hace unos años en un viaje. Esas casualidades de la vida... gracias por compartirlo

Caro_entusiasta

Me encanto!!! seguí escribiendo por favor

FedeRioja

Excelente relato. La tension del principio esta muy bien lograda, se nota que sabes escribir.

SandraGba

jajaja ese titulo me atrapo al toque. muy bueno todo

PabloLect_

Una pregunta, vas a continuar la historia? quedé con muchísimas ganas de saber que paso despues

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