La propuesta de mi marido que no me atreví a rechazar
Es la primera vez que me animo a contar algo así, de modo que dejen que me presente antes de entrar en lo importante. Me llaman Marina, llevo siete años casada y todavía no tenemos hijos. Mi marido, Damián, me pidió matrimonio cuando yo apenas pasaba los veinte, y desde entonces compartimos casa con su padre y su hermano menor, que viven con nosotros.
Crecí en una familia que no fue ni demasiado estricta ni demasiado liviana. Mis padres me inculcaron una sola cosa con verdadera firmeza: que no jugara con los sentimientos de mi pareja, y que no permitiera que jugaran con los míos. Querían que me hiciera respetar y que respetara por igual. Y así lo hice. Nunca engañé a ninguno de mis novios, y creo que tampoco dejé que ninguno me faltara el respeto.
Hablemos un poco de lo físico, que viene al caso. Damián es de esos hombres que prácticamente vive en el gimnasio. No tiene músculos exagerados, pero sí marcados, de buen tamaño, y con la barba que rara vez se afeita aparenta más edad de la que tiene. Es amable, cortés y servicial, pero por su porte y por esos lentes oscuros de aviador que usa siempre, la gente que lo conoce por primera vez suele tenerle un poco de miedo. Yo, en cambio, soy sociable, extrovertida, de las que conversan con cualquiera. Soy delgada, de altura promedio, y nunca me ha faltado la mirada ajena: tengo el pecho generoso y el cuerpo bien repartido, y eso, para bien o para mal, llama la atención de hombres y de algunas mujeres.
Nuestra relación arrancó de maravilla. Damián era atento, caballeroso, buena persona en el sentido más simple de la palabra. Yo daba por hecho que seríamos una pareja tradicional, porque él parecía querer una familia tradicional. Nunca lo hablamos en serio; simplemente lo asumimos. Entonces surgió la oportunidad de que se fuera dos años a trabajar al extranjero, y se fue. Yo lo esperé. Nunca le fui infiel, ni una sola vez. Pero él, allá lejos, se construyó en la cabeza la idea de que tal vez yo había tenido alguna aventura.
Cuando volvió, todo aparentaba ser como antes. Pero pasaron los meses y el tema empezó a aparecer cada tanto, como una gotera. Una noche, en la cocina, me lo preguntó otra vez: que si yo había estado con alguien mientras él trabajaba afuera. Le dije que no, que lo había esperado, y sentí que me cansaba de repetir lo mismo. Casi terminamos en una discusión seria. Él intentaba calmarme. Hasta que me miró a los ojos de una manera distinta.
—Quiero hablar contigo en serio —dijo.
Por el tono, pensé que estaba preparándose para terminar nuestro matrimonio.
—¿Qué es lo que me quieres decir? —respondí, nerviosa, sin bajar la mirada.
—No sé cómo decírtelo, así que espero que me entiendas y que no te asustes —me tomó de la mano y su voz fue bajando poco a poco.
—Sabes que te amo y que puedes confiar en mí. Pero si crees que te fui infiel, la respuesta es no. No sería capaz de hacerle eso a la persona que amo.
El corazón se me sentía en cada parte del cuerpo.
Y entonces llegó la bomba, sin aviso, como un balde de agua helada.
—Quiero que tengas un amante —dijo—. Quiero que te acuestes con otro hombre. Solo así voy a poder quitarme de la cabeza esta sensación de que estuviste con alguien.
Me quedé en shock un largo rato. No supe qué responder. Pero su cara no era la de alguien que bromea. Era la de un hombre serio, que sabía perfectamente lo que estaba diciendo, por más que mi mente insistiera en convencerme de que solo jugaba.
—Amor, por favor, dime algo —insistió—. Te hablo con toda sinceridad.
Lo que siguió fue una conversación que parecía un sueño. Yo me negaba una y otra vez. Le decía que eso podía terminar de arruinar lo nuestro, y él juraba que no, que sería al revés. Le repetí mil veces que no. Hasta que, agotada, terminé cediendo con una condición tajante: una sola vez. Una, y nunca más. Él aceptó.
***
Los días pasaron como si nada, hasta que a las dos semanas me preguntó si ya había pensado con quién. La verdad es que yo había pensado en su propuesta, pero nunca en alguien concreto, porque en el fondo seguía creyendo que se le iba a pasar.
—No he buscado a nadie —le dije, en tono serio, todavía dudando—. Y si lo hago, no quiero que sea un conocido nuestro, ni alguien que sepa de nuestra familia o de nuestra vida.
—Te entiendo —respondió, tranquilo pero seguro—. ¿Y si empiezas a hablar con personas por internet? Así te tomas tu tiempo, lo conoces, y él no sabe nada de ti más allá de lo que tú quieras contarle.
Le hice caso. Abrí una cuenta y empecé a conversar con los que parecían más interesantes. Fue una decepción tras otra. La mayoría quería enamorarme, y yo enamorada ya estaba de mi marido. Pero no perdí la esperanza de que apareciera alguien que cumpliera con lo que yo buscaba. Pasaron casi dos meses hasta que llegó un mensaje de alguien que acababa de aceptar mi solicitud. Un simple «hola, qué tal» que, sin saberlo, abrió un mundo entero.
Su foto no me pareció gran cosa. Era bastante mayor que yo, y no les miento: pensé que estaría casado, con hijos, buscando una aventura sin medir consecuencias. Me equivoqué. Su conversación era natural, fluida, sin doble intención. Pasaban los días y nunca insinuó nada sexual, y eso, justamente, fue lo que me dio confianza. Lo llamaré Rodrigo.
Quedamos en vernos para almorzar, como amigos. Mi primera impresión en persona tampoco fue deslumbrante; pensé, con algo de humor, «por lo menos se bañó». Pero la charla fue agradable. Me contó que nunca se había casado, que no tenía hijos, que se dedicaba a trabajar y que no andaba buscando pareja. Sonaba sincero. En esa salida no pasó nada, solo nos conocimos, pero para mí fue importante: le dije con todas las letras que estaba casada, le aclaré todo lo que necesitaba saber para que no hubiera malentendidos.
Cuando llegué a casa, Damián me esperaba ansioso.
—Amor, qué bueno que llegas. ¿Qué tal tu cita? ¿Hicieron algo interesante?
—Solo almorzamos —le dije—. Le conté que soy casada. Me aseguró que no tiene pareja ni hijos.
—¿En serio? —su decepción me entristeció un poco.
—Sí. Pero seguramente volveremos a vernos pronto —mentí un poco; no habíamos quedado en nada concreto.
—Qué bien —su voz se alegró—. Espero que la próxima vayas un poco más atrevida y lo dejes sin palabras.
***
Durante esa semana, Rodrigo me escribió todos los días, aunque fuera solo para darme los buenos días. Nunca un comentario fuera de lugar, nunca me pidió fotos como hacían otros. Era una conversación de amigos, tan tranquila que ni siquiera parecía dispuesto a proponer otra salida. Así que la propuse yo. Le pregunté si quería almorzar el fin de semana, y aceptó.
Cuando llegó el día, yo ya estaba decidida. Que pase lo que tenga que pasar. Me puse una falda entallada hasta la mitad del muslo, una blusa blanca de tirantes que dejaba ver buena parte de mi escote, y tomé mi bolso de mano. Damián me vio salir y silbó por lo bajo.
—Wow, amor, tu nuevo amigo se va a quedar mudo.
Reí. Iba más atrevida de lo habitual, con un maquillaje suave. Y cuando llegué al restaurante, la cara de Rodrigo fue exactamente esa: sorpresa, y un silencio de no saber qué decir.
—Hola, ¿llegaste hace mucho? Se me hizo un poco tarde —dije.
—No te preocupes. Hoy te ves muy bien. ¿Nos sentamos?
Por primera vez noté que estaba pendiente de mi cuerpo, y lejos de incomodarme, me sentí halagada. Comimos con una charla normal, hasta que él me preguntó por mi marido. Si no le molestaba que yo saliera a almorzar con otro, si era celoso. Le dije la verdad.
—La verdad es que mi marido quiere que me acueste con alguien. Por una cuestión personal suya.
—¿En serio? ¿Tienen ese tipo de relación?
—Así es. Por eso ando buscando a alguien que cumpla con ciertas condiciones.
—¿Y cuáles son esas condiciones? —preguntó, entre sorprendido y un poco molesto—. Cuando empecé a hablarte no imaginé que buscaras algo así. ¿Has salido con muchos?
—No, en realidad eres el primero al que le acepté una salida. Los demás parecían adolescentes en la cabeza. Aunque busque sexo, no quiero que me traten como un objeto desechable.
—Dime esas condiciones, entonces —ahora sí estaba interesado.
—Que sea una sola vez. Que no se meta en mi vida privada, que no me busque, que no me llame porque me extraña, que no genere sentimientos románticos y que no tenga pareja —lo dije firme, con la voz tranquila.
—Por lo que cuentas, me parece lógico. Estás casada y amas a tu esposo. No voy a preguntar por qué hacen esto; ustedes son la pareja, y yo me considero tu amigo.
Esas palabras terminaron de convencerme. Sin darle más vueltas, le pregunté si quería ser él esa persona. No lo dudó.
***
Salimos del restaurante y subimos a su auto rumbo a un hotel. Apenas arrancó, el aire entre nosotros cambió.
—Eres muy bella. Solo de imaginar lo que haremos me pongo ansioso —dijo.
—Creo que estás ansioso desde que llegué. Noté cómo me mirabas —respondí, con un dejo de picardía.
—Lo siento, no quise incomodarte. Pero es verdad, esa ropa te queda increíble.
—Lo importante es que yo me sienta cómoda. Y sé que no vas a verme solo con ropa —ya empezaba a calentarme.
—Y tampoco solo a mirar. ¿Qué tal si te toco mientras llegamos?
No dije nada. Tomé su mano y la puse sobre mi pecho. Sentí cómo apretaba, despacio primero, y un suspiro se me escapó sin permiso. Me acariciaba por encima de la blusa, hasta que con cuidado deslizó la mano bajo la tela. No me importó que en los semáforos otros autos quedaran a la par, ni la gente que cruzaba la calle. Solo quería que no parara. Y no paró.
Llegamos al hotel y, mientras él estacionaba, me acomodé la ropa para no entrar despeinada. Pero en cuanto la puerta de la habitación se cerró, dejamos de lado todo pudor. Rodrigo me abrazó por detrás, me bajó la blusa de un tirón y empezó a besarme el cuello y el pecho con un hambre que yo no esperaba. Pasaba la lengua despacio y después succionaba con fuerza, y esa intensidad solo me encendía más.
—Marina, hueles a gloria —murmuró contra mi piel.
Me giró contra la pared y me levantó la falda hasta la cintura, apretándome las caderas con ambas manos mientras me besaba la boca con brutalidad. Sentí su erección dura contra mi vientre, tensa, impaciente, y eso me hizo jadear. Le metí la mano por la cintura del pantalón y noté el grosor pesado de su polla, firme y caliente, marcándose bajo la tela. Él soltó una risa baja, rota por el deseo.
—Así me tienes —dijo—. Me estás dejando loco, Marina.
Le desabroché el pantalón con dedos torpes y lo empujé a la cama. Me miró como si yo fuera el premio y él no pudiera creerlo. Bajé de rodillas frente a él y, sin más charla, le saqué la verga de la ropa interior. Era grande, morena, con la punta húmeda y palpitante. La tomé con la mano, la recorrí despacio y luego llevé la boca hasta él, primero besando la cabeza, después tragándolo poco a poco. Chupé la punta, pasé la lengua por la veta, lo rodeé con saliva y fui profundizando hasta que escuché su respiración romperse.
—Mierda, qué bien mamas —gruñó—. No pares, carajo.
Le chupé los huevos, uno por uno, mientras mi mano seguía bajando y subiendo por el tronco. Rodrigo me sostuvo del pelo, sin brusquedad pero con firmeza, guiando el ritmo que quería. Cuando lo sentí temblar, me apartó con un gemido y me levantó otra vez, como si no pudiera esperar ni un segundo más.
—Ahora te toca a ti abrirte para mí.
Me tiró sobre la cama boca arriba y me desabrochó la falda. Me quitó la blusa, el sujetador y me dejó expuesta, respirando rápido, con los pezones duros y la piel ardiendo. Me abrió las piernas con sus manos grandes y hundió la cara entre mis muslos. Primero besó la parte interna de mis piernas, luego se acercó a mi coño ya empapado. Pasó la lengua por encima de la ropa interior, sintiendo mi humedad, y después me la quitó de un tirón. Me miró con una sonrisa sucia.
—Estás chorreando para mí —dijo—. Mírate qué puta de lo más rica.
Me sonrojé, pero no por vergüenza; por puro fuego. Cerré los ojos cuando empezó a lamerme despacio, abriéndome con la lengua, metiéndola donde más me hacía falta. Su boca trabajaba mi clítoris con paciencia cruel, alternando succiones fuertes con lamidas largas, y yo no tardé en mover la cadera buscando más. Él me sujetó de los muslos y me obligó a quedarme quieta mientras me comía el coño con una concentración enfermiza.
—Eso, así —gemí—. Chúpame más fuerte.
Él obedeció con gusto. Me metió dos dedos mientras seguía lamiendo, y la presión adentro me hizo arquear la espalda. Sentí cómo me estiraba, cómo me iba llenando al mismo tiempo por dentro y por fuera, y el placer se me acumuló en el vientre con una violencia deliciosa.
—Quiero sentirte dentro ya —le dije con la voz rota, tironeándolo hacia mí—. Ponte el preservativo, rápido.
Rodrigo obedeció sin dejar de besarme el cuello. Yo me acomodé sobre la cama, de rodillas, ofreciéndole el culo un poco elevado y el coño abierto para él. Sentí su mano en mi cadera y otra guiándolo entre mis labios mojados. La primera embestida fue lenta, pero aun así me arrancó un gemido largo. La cabeza de su polla entró abriéndose paso, dura, caliente, rozando cada pared de mí hasta hundirse por completo.
—Dios, Marina —gruñó—. Estás apretada y mojada como una condenada.
Se quedó quieto un instante, respirando fuerte, dejándome sentirlo entero dentro de mí. Luego empezó a moverse. Primero con golpes profundos, marcando el ritmo con la cadera, y después más duro, más rápido, entrando hasta el fondo con cada empuje. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Yo me agarré a las sábanas con fuerza, con las piernas temblándome mientras me follaba sin piedad.
—Me encanta cómo me recibes —dijo entre embestidas—. Estás esperando esto desde hace rato, ¿verdad?
Yo solo podía gemir y disfrutar.
—Sí, no pares —respondí, casi sin voz.
Me cambió de posición. Me puso de costado, una pierna apuntando al suelo y la otra sobre su hombro, sostenida por sus manos en mi muslo. Quedé completamente abierta al filo del colchón, y volvió a entrar sin titubear. Desde ahí me penetraba más profundo, golpeando donde me hacía perder la cabeza. Su mano libre me frotó el clítoris con dos dedos húmedos, y sentí el orgasmo acercarse como una ola brutal.
—Dios, qué bien lo haces —solté—. Sigue, así, no pares.
Ya no me quedaba un solo reparo. Escuchaba su respiración agitada, y la vista empezaba a nublárseme. Por un segundo pensé que iba a desmayarme, pero no era eso: estaba llegando al límite. Un gemido largo se me escapó de la boca, prolongado, y él, después de unos segundos más, tampoco aguantó.
Se apartó apenas, se quitó el preservativo con cuidado y me miró con una expresión casi incrédula, como si no supiera todavía qué acababa de pasar entre nosotros. Yo seguía temblando, el pecho subiéndome y bajándome rápido, con los muslos abiertos y la piel sudada, todavía sensible al mínimo roce. Me miré de reojo en el espejo de la habitación y casi no podía creer la postura en la que había terminado. Solo pensé, todavía agitada: esto fue increíble.
***
Rodrigo me llevó a casa. En el camino le agradecí, le repetí que no se repetiría y le pedí el favor de guardar el secreto, de hacer como si nada hubiera pasado. Aceptó sin problema, y de pronto volvió a ser el amigo tranquilo que había conocido. Me dejó en la puerta y nos despedimos con normalidad, como si solo hubiéramos almorzado.
Al entrar, Damián me estaba esperando. Por su cara, parecía adivinar todo antes de que yo dijera una palabra. Y, finalmente, se la dije.
Pero esta historia no termina acá. Esto fue apenas el comienzo de muchas otras aventuras que vinieron después. Sé que me extendí, aunque traté de resumir lo esencial, porque para mí era importante que entendieran cómo empezó todo y de qué manera conocí a las personas que aparecen más adelante. Prometo que las próximas serán más cortas y más atrevidas. Por ahora me despido, y si me lo permiten, me gustaría seguir contándoles.





