La au pair francesa volvió a mi despacho
El sol de invierno se ponía temprano y teñía el salón de naranja a través de las cortinas. Olía a la lasaña que Claudia había dejado lista antes de salir hacia el estudio. «Vuelvo sobre las nueve, amor. Mateo tiene entreno hasta las ocho», me había dicho en la puerta, con ese beso rápido de quien ya piensa en otra cosa. Yo asentí. Yo ya pensaba en otra cosa también.
Estaba solo en casa. O eso creía mi mujer. Mateo se había ido con el equipo y Élodie había recibido un mensaje mío esa misma mañana, uno que borré de mi teléfono en cuanto lo envié: «Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.»
Me había encerrado en el despacho del sótano, mi territorio: escritorio de madera oscura, estanterías de libros de finanzas que nadie más abría, una lámpara de pie que dejaba la mitad de la habitación en penumbra. Llevaba media hora fingiendo que revisaba unos contratos. No leí una sola línea. Solo pensaba en cómo la au pair tímida de hacía tres meses se había convertido, el sábado, en otra cosa por completo. En el modo en que me había mirado en la cocina. En lo que habíamos hecho cuando Claudia subió a dormir.
A las cinco en punto oí los pasos en la escalera. Ligeros, sin prisa.
Élodie entró sin llamar y cerró la puerta con un clic apenas audible. Llevaba ropa de correr: un top deportivo negro ajustado, unos pantalones cortos que le dejaban las piernas al aire y zapatillas. El pelo oscuro recogido en una coleta alta. La piel todavía sonrosada por el frío de la calle, porque había fingido salir a entrenar para tener su coartada. Sin maquillaje, pero con una expresión en los ojos verdes que no existía antes del sábado.
—He pensado en ti todo el fin de semana —dijo en voz baja, acercándose sin rodeos.
Su acento francés arrastraba las erres, pero ahora sonaba ronco, distinto. Se sentó en mi regazo, a horcajadas sobre la silla de oficina, y noté el calor de sus muslos a través de la tela. Me miró desde muy cerca.
—No he dejado de pensarlo ni un minuto. Quiero más. Mucho más que el sábado.
Tragué saliva. Mis manos subieron por sus piernas casi solas, rozando la piel caliente.
—Élodie… esto no deberíamos… Claudia podría volver antes…
Me calló con un beso profundo, la lengua buscando la mía con una urgencia que no le pedía permiso a nada. Sus dedos ya estaban en los botones de mi camisa, abriéndola uno a uno.
—No hables de ella —murmuró contra mi boca—. Hoy mando yo. Voy a hacerte todo lo del sábado. Y más. Porque sé perfectamente que lo estás deseando.
Tenía razón y los dos lo sabíamos. Se levantó, me empujó contra el respaldo para que me quedara sentado y se arrodilló entre mis piernas en la alfombra. Me bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón, sin ceremonia. La tenía ya completamente dura.
—¿Te acuerdas de cómo te la chupé? —preguntó, mirándome a los ojos mientras me rodeaba con la mano y empezaba a moverla despacio, girando la muñeca en cada pasada—. Hoy voy a ser peor.
Y lo fue. Abrió la boca y bajó entera, hasta el fondo, succionando con una fuerza que me arrancó un gemido ronco. La saliva le chorreaba por la barbilla. Le agarré la coleta y la guie, y ella se dejó guiar, mirándome desde abajo con los ojos vidriosos.
—Joder… así… —jadeé—. Claudia nunca llega tan adentro…
El nombre de mi mujer en aquel despacho era gasolina. Élodie sacó la polla, la lamió de la base a la punta con una lentitud calculada, bajó hasta los testículos, los rodeó con la lengua mientras la mano seguía trabajando. Después me levantó las piernas sobre los reposabrazos de la silla y me miró con una sonrisa que no tenía nada de tímido.
—Ahora una cosa nueva.
Se mojó un dedo con saliva y, mientras volvía a metérsela en la boca, me lo empujó despacio, buscando un punto que yo no sabía que iba a doblarme en dos. Me arqueé en la silla. El sonido que salió de mi pecho no lo reconocí como mío.
—Ah… espera… —apenas podía hablar—. Sophie, así me corro ya…
Me equivoqué de nombre. Élodie se detuvo en seco, sacó la boca y arqueó una ceja, divertida.
—¿Sophie? —repitió, sin dejar de mover el dedo—. ¿Cuántas hay como yo, Andrés?
—Ninguna —corregí enseguida, rojo—. Ninguna como tú.
—Buena respuesta.
***
Aceleró: la lengua y el dedo entrando y saliendo al mismo ritmo, la otra mano apretándome con firmeza. Yo temblaba, con el placer acumulándose en algún sitio nuevo, y el olor a sudor y a sexo llenando el despacho cerrado.
—Para —conseguí decir—. Quiero follarte antes de correrme.
Se incorporó y se quitó el top y los pantalones cortos en un solo movimiento. Quedó desnuda en mitad de la penumbra, con la piel marcada por la luz de la lámpara. Se sentó otra vez a horcajadas, se guio ella misma y bajó despacio, centímetro a centímetro, soltando el aire entre los dientes.
—Oh, oui… —murmuró, con la frente apoyada en la mía—. Así… fóllame, Andrés.
Empezó a cabalgarme con fuerza, rebotando sobre mi regazo, las manos clavadas en mis hombros para sostenerse. La silla crujía con cada embestida y amenazaba con volcarse. Le agarré las nalgas, se las separé y dejé un dedo presionando justo donde ella me había enseñado a hacerlo minutos antes. Élodie gimió más alto y aceleró.
—Ahora pídeme —susurró, sin parar—. Dime qué quieres que te haga. En voz alta.
Yo jadeaba, con la cabeza echada hacia atrás y la mente nublada.
—Quiero… que me ates las manos —dije, y oírme decirlo me dio vértigo—. Y que sigas con el dedo mientras me montas. Y después correrme en tu boca.
Sonrió. Se levantó un segundo, recogió del suelo la bufanda que había dejado caer al entrar y me ató las muñecas detrás del respaldo con un nudo firme pero que cedía si tiraba fuerte. Volvió a sentarse encima, cabalgando ahora más salvaje, y me metió dos dedos en la boca para que se los chupara antes de bajarlos de nuevo a su sitio.
—Así —dijo, observándome con la cabeza ladeada—. Atado y a mi merced. ¿Te gusta?
No podía contestar más que con sonidos. Las caderas se me iban solas hacia arriba, buscando, y aquel punto interior mandaba oleadas hasta cada centímetro de mi cuerpo. Ella se corrió primero: se le tensó todo el cuerpo, echó la cabeza atrás y dijo algo en francés entrecortado que no entendí y no me hizo falta entender.
—Maintenant… —jadeó, levantándose—. Ahora tú.
***
Me desató rápido, me empujó fuera de la silla y me dejó arrodillado en la alfombra. Después se puso a cuatro patas delante de mí, con el culo en alto y la cara vuelta por encima del hombro.
—Fóllame —ordenó—. Pero primero con la boca.
Me arrodillé detrás de ella, le separé las nalgas y respiré su olor antes de bajar la lengua. La trabajé despacio, con paciencia, mientras le metía los dedos por delante y la sentía empujar hacia atrás, exigiendo más. Tenía las rodillas marcadas por la alfombra y no me importaba nada.
—Ahora dentro —dijo, con la voz quebrada—. Sin nada. Quiero sentirte.
Me incorporé, me guie con cuidado y entré despacio, esperando a que el anillo cediera antes de hundirme hasta el fondo. Élodie soltó un grito que tuve que ahogarle tapándole la boca con la mano, porque arriba la casa estaba en silencio y cualquier ruido viajaba por el hueco de la escalera. La follé con ganas, sujetándola por las caderas, dejándole la marca de la palma en una nalga.
—Pídeme otra vez —gruñó ella, empujando hacia atrás contra mí—. ¿Qué quieres ahora?
—Correrme dentro —dije, sin pensar—. Y que después me la limpies con la boca.
Ella se rio bajo, casi sin aliento, y apretó a propósito alrededor de mí. Fue suficiente. Empujé hasta el fondo y me vacié con una serie de espasmos que me dejaron sin piernas, agarrado a sus caderas como a un salvavidas. Me retiré despacio, todavía temblando, y Élodie se giró sobre la alfombra, se arrodilló y cumplió su palabra: me limpió con la boca, sin prisa, mirándome a los ojos todo el rato.
Nos derrumbamos juntos en el suelo, sudados, sin aire. Ella me besó y compartió el sabor de su boca conmigo, y no aparté la cara.
—Esto ha sido mejor que el sábado —dijo, con la cabeza en mi pecho.
—No deberíamos repetirlo —murmuré, sin creérmelo ni yo.
—Vamos a repetirlo —corrigió ella, dibujando círculos con el dedo en mi pecho—. Muchas veces. Y va a ser nuestro secreto.
La abracé y dejé que el silencio del sótano nos cubriera. Por un momento no existió ni Claudia, ni Mateo, ni la lasaña enfriándose en la cocina.
—Ven mañana —dije.
Se levantó, recogió la ropa del suelo y se vistió a toda prisa, recogiéndose otra vez la coleta como si volviera de correr.
—Mañana, después de dejar a Mateo en clase —contestó desde la puerta—. Prepárate.
Y entonces lo oí: el motor del coche de Claudia entrando en el garaje. Élodie ni se inmutó. Subió las escaleras con la respiración ya normal, la coartada perfecta, y se encerró en su habitación. Yo me quedé sentado en la silla, recolocándome la camisa con dedos torpes, con el corazón todavía golpeándome el pecho y la promesa de mañana zumbándome en la cabeza como una mosca que no se va.
Arriba, la puerta del garaje se cerró. Oí los pasos de mi mujer cruzando la cocina.
—¿Andrés? —llamó—. ¿Estás abajo?
—Bajando ya —contesté, y mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Apagué la lámpara. En la oscuridad del despacho todavía olía a ella.





