El viejo funcionario acabó de rodillas ante mí
Marcos aparcó en doble fila, como siempre, porque era incapaz de encontrar un sitio decente. Me miró con esa sonrisa torcida que prometía noches largas, aunque estuviéramos a plena luz de la mañana.
—Venga, Carla, no te eternices, que tengo reunión a las once —dijo, y su mano subió por mi muslo hasta el borde de la falda.
—Ya sabes cómo son estas oficinas, amor. Un trámite de cinco minutos que te roba la mañana entera —contesté, y le di un beso rápido antes de bajar.
El aire fresco me golpeó las piernas desnudas. Llevaba un top blanco sin tirantes, ajustado, y una falda azul marino que no era especialmente corta, pero que marcaba cada curva. Un abrigo fino sobre los hombros, más por costumbre que por frío. Sabía perfectamente el efecto que provocaba, y me gustaba.
El edificio de la administración era una mole gris que olía a papel viejo y a café de máquina. Colgué el abrigo del brazo y crucé el vestíbulo con la cabeza alta, sintiendo las miradas posarse en mí. Hombres que se giraban con disimulo, mujeres que apretaban los labios. Yo avanzaba disfrutando de cada una. Marcos siempre me decía que era una descarada, y tenía razón, pero esa mañana no había venido a coquetear. Había venido a resolver algo que no podía esperar.
La sala de espera era un horno. Calefacción a tope, sillas de plástico, gente resignada. Había pedido cita previa, pero daba igual: más de una hora clavada en aquel asiento, notando cómo se me agotaba la paciencia. El plazo se cerraba al día siguiente, y sin ese papeleo arreglado, el recargo iba a ser brutal.
Por fin apareció mi número en la pantalla. Despacho tres.
Dentro, un hombre canoso de unos cincuenta y muchos levantó la vista del ordenador. Corbata anticuada, gafas de pasta, esa expresión de quien cuenta los días para jubilarse. Apenas me miró.
—¿En qué puedo ayudarla? —dijo con voz monótona.
Le expliqué el motivo y le entregué la pila de documentos. Los ojeó con desgana, frunciendo el ceño.
—Aquí falta un certificado. Sin él no puedo tramitar nada. Tendrá que volver otro día, con cita nueva.
—Pero es urgente. Si pido otra cita, se me pasa el plazo. Por teléfono me dijeron que con esto bastaba.
—Lo que le dijeran por teléfono es una cosa. El procedimiento es otra —respondió, encogiéndose de hombros, ya con la vista de vuelta en su pantalla.
Sentí el nudo en la garganta. Después de tanto esfuerzo, ¿iba a torcerse todo por un sello? Estaba a punto de rogarle cuando me fijé en un detalle. Mientras hablaba, sus ojos bajaban. A mi escote, a mis piernas cruzadas bajo la mesa. Disimulaba mal. No era ni la mitad de impasible de lo que aparentaba.
Una idea se abrió camino en mi cabeza. Perversa, pero tentadora.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en el borde de la mesa, de modo que el top se abriera un poco más. Mis ojos buscaron los suyos, que ahora no sabían dónde posarse.
—Mire, de verdad que es importantísimo —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. No sé qué hacer. Si usted me echara una mano… yo sabría agradecérselo. Muy bien.
Tragó saliva ruidosamente. Un sudor fino le brillaba en la frente.
—No… no sé a qué se refiere. Los trámites son los que son —murmuró, pero su mirada ya no se despegaba de mí.
Deslicé la palma por mi muslo, despacio, hasta rozar el borde de la falda. Él siguió el movimiento con los ojos.
—Me refiero a que soy muy agradecida. Usted parece un hombre capaz. Seguro que con un par de clics ese certificado aparece. Y yo me encargaría de que se sintiera muy bien por haberme ayudado.
Hubo un silencio largo. Su respiración se había acelerado. Después asintió, una sola vez.
—Digamos que puedo hacer la vista gorda con este papel —dijo, con la voz más ronca de lo esperado—. Pero si usted no cumple su parte, mañana a primera hora esto queda denegado. ¿Entendido?
—Entendido. ¿Cuándo y dónde?
Garabateó algo en un papel amarillo y me lo deslizó por la mesa. Una dirección y una hora. La letra le temblaba.
—Esta noche. Mi casa. Y no se olvide del resto de los documentos.
Salí del despacho con el corazón a mil y una sonrisa que no pude contener. La vergüenza se mezclaba con una excitación que no esperaba sentir.
—¿Lo tienes? —preguntó Marcos en cuanto me senté en el coche.
—Digamos que sí. He tenido que hacer un pequeño esfuerzo extra. Y esta noche tendré que hacer otro —contesté.
Él me miró, primero confuso, luego con esa chispa que conocía tan bien. Le encantaba que se lo contara todo. Cuanto más perverso, mejor.
***
La dirección me llevó a las afueras, a un chalet adosado con un jardín cuidado al detalle. Marcos me dejó a la vuelta de la esquina con un «pásatelo bien y no te dejes nada en el tintero» que me hizo encogerme entre los nervios y las ganas.
Llevaba un vestido de seda negro, corto, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Los tacones repiqueteaban en el asfalto mientras me acercaba a la puerta. Respiré hondo. Era una sensación extraña: parte reparo, parte una excitación salvaje que me recorría entera.
Toqué el timbre y la puerta se abrió casi al instante, como si hubiera estado esperando pegado a ella.
Era él. Pero sin la corbata anticuada ni las gafas, con una bata de cuadros y el pelo revuelto, parecía otro. Más pequeño. Más vulnerable. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de codicia y temor.
—Señorita… —su voz era apenas un hilo.
—Carla —dije—. Puedes llamarme Carla. ¿Me invitas a pasar o nos quedamos aquí, que hace frío?
Se hizo a un lado, tembloroso. El recibidor era pequeño y pulcro, con olor a ambientador floral. Cerró la puerta tras de mí con un clic que sonó a sentencia.
—¿Tienes claro para qué he venido? —pregunté, girándome hacia él.
—Sí… para lo del papeleo —balbuceó, pero sus ojos no estaban en la carpeta que sostenía, sino en mi boca, en mi cuello, en el escote.
—Eso ya está arreglado, ¿no? —le recordé, deslizando un dedo desde su barbilla hasta el cuello—. Yo estoy aquí para cumplir mi parte. Dime cómo te llamas.
—Eduardo —se apresuró a decir, con las mejillas encendidas.
—Bien, Eduardo. Pues vamos a ver qué quieres.
Su mano temblorosa se posó en mi brazo y subió hasta el hombro. Con una audacia que no le habría supuesto, su pulgar rozó el borde de mi escote.
—Quiero… quiero sentirme un hombre otra vez —murmuró—. Hace mucho que nadie…
—Lo tendrás. Pero vas a hacerlo a mi manera —le corté, dando un paso atrás y rompiendo el contacto. Sus ojos me siguieron, ansiosos—. Quítate la bata. Y lo que lleves debajo.
Dudó un instante.
—¿No querrás que cambie de opinión sobre tu certificado? —añadí, suavizando la amenaza con una sonrisa.
Con manos torpes, desató el cinturón y dejó caer la bata. Debajo, una camiseta interior y unos calzoncillos viejos. Su cuerpo no tenía nada del atletismo de Marcos: barriga prominente, brazos delgados, hombros caídos. Y, sin embargo, esa fragilidad suya, tan distinta de la prepotencia con la que me había tratado por la mañana, me encendió de una forma rara.
—Lo demás también —ordené.
Obedeció despacio, como si cada prenda le costara un pedazo de orgullo. Cuando estuvo desnudo, se quedó con la mirada clavada en el suelo.
—Mírame, Eduardo —dije, y él levantó la vista, los ojos llenos de miedo y deseo a partes iguales—. Así me gusta. Ahora, de rodillas.
Me miró con asombro, pero no protestó. Se dejó caer sobre la alfombra, temblando.
Me senté en el sofá, levanté una pierna y apoyé el tacón en su hombro.
—Quítame los zapatos. Despacio. Y dime lo que sientes.
Con dedos inseguros me liberó un pie y luego el otro. Sus labios se posaron en mi empeine y su lengua recorrió cada dedo con una devoción que me arrancó un escalofrío de puro poder.
—Eres… eres increíble —murmuraba entre besos—. No me lo merezco.
—No, no te lo mereces —dije, y noté cómo eso, lejos de detenerlo, lo encendía—. Pero esta noche eres mío. Sube. Quiero tu boca en mis piernas.
Trepó de rodillas, lamiendo mis pantorrillas, mis rodillas, sus manos abriéndose paso por el interior de mis muslos. Pensé en Marcos, en cómo le contaría cada detalle, en cómo se moriría de ganas al escucharlo. Ese pensamiento me derretía tanto como la lengua de Eduardo subiendo centímetro a centímetro.
—Más arriba —ordené—. No te cortes.
Llegó al borde del encaje, lo apartó con cuidado y su lengua encontró mi clítoris. Suave al principio, luego más firme. Una destreza inesperada en un hombre que aparentaba tanta torpeza. Un gemido escapó de mis labios y arqueé la espalda, enredando los dedos en su pelo canoso.
—Así, Eduardo. No pares.
Redobló sus esfuerzos, la respiración agitada contra mi piel. El placer subía en oleadas, cada vez más alto, hasta que mis caderas empezaron a moverse solas buscando su boca. Cuando el orgasmo me golpeó, fue como un latigazo. Me aferré a su cabeza y dejé que las convulsiones me sacudieran enteras, mientras él seguía, atento a cada estremecimiento, hasta que me quedé sin aliento.
Se incorporó con el rostro brillante y los ojos encendidos.
—¿Satisfecha? —preguntó, ronco.
—Solo un poco —contesté, recuperando el ritmo de la respiración—. Ahora te toca demostrarme cuánto me deseas. Túmbate.
Obedeció al instante, dejándose caer sobre la alfombra. Me coloqué a horcajadas sobre él, mis rodillas a cada lado de su cuerpo, y me incliné hasta rozarlo.
—¿Estás listo? —susurré.
—Sí, Carla. Por favor —suplicó, las manos buscando mis caderas.
Me dejé caer despacio, sintiéndome llena, caliente. Él gimió, apretando los ojos. Empecé a moverme: primero lento, saboreando cada centímetro, luego más rápido, las caderas subiendo y bajando con una ferocidad que lo hacía jadear. Sus manos se aferraban a mí, y yo marcaba el ritmo, el momento, todo. Él no controlaba nada, y eso era exactamente lo que ambos queríamos.
—¿Te gusta que mande yo? —le pregunté, bajando con fuerza.
—Sí… me encanta… —jadeó.
Noté cómo su cuerpo se tensaba bajo el mío, cómo se acercaba al límite. Aceleré, persiguiendo también el mío, hasta que el placer estalló en los dos casi a la vez. Él se arqueó con un grito ahogado; yo me derrumbé sobre su pecho, temblando, con el corazón desbocado.
Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, el único sonido el de nuestras respiraciones.
—¿Damos el trámite por cerrado? —pregunté al fin, incorporándome.
—Por cerrado —dijo, y luego, con una sonrisa tímida, añadió—: ¿No tendrás más gestiones pendientes para otro día?
Me reí mientras me vestía. Esa noche, Marcos me esperaba para escuchar cada detalle, y yo estaba deseando contárselo.
***
El certificado apareció a la mañana siguiente, sellado y en regla, justo a tiempo. Y aunque nunca volví a aquel despacho gris, a veces, cuando paso por delante de un edificio de la administración, sonrío pensando en lo poderosa que puede llegar a sentirse una mujer que sabe exactamente lo que quiere.





