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Relatos Ardientes

Los espié desde las escaleras cuando volví a casa

Me llamo Renata, aunque casi todos me dicen Renny. Tengo veintiséis años y, hasta esa noche, creía conocer a mi madre mejor que a nadie. Lo que voy a contar pasó un fin de semana largo, cuando un puente de cuatro días lo cambió todo, no por lo que yo hice, sino por lo que vi.

Por aquellos meses estaba terminando un proyecto freelance de diseño que me tenía contra las cuerdas. Mi amiga Camila, que vivía a unas cuadras de casa, me había propuesto encerrarnos los cuatro días en su departamento para sacarlo adelante de una vez. La idea me pareció perfecta: comida pedida, café infinito y cero distracciones.

Lo único que faltaba era avisarle a mi madre. Llegué a casa por la tarde y la encontré en la cocina.

—Ya llegué —dije, dejando las llaves sobre la mesa.

—Qué bueno —contestó sin girarse—. Necesito que después bajes a la tienda.

—Claro, pero antes te quería pedir algo. Es por trabajo.

—¿Qué pasó?

—Tengo un proyecto larguísimo que entregar. Camila me dijo que me quede en su depa este puente y lo terminamos de una. ¿Te parece bien que pase ahí los cuatro días?

Se quedó pensando un segundo, con esa costumbre suya de morderse el interior del cachete.

—Está bien —dijo al fin—. Pero acordate de que mañana temprano me voy con tus tíos al campo y no vuelvo hasta el martes. ¿Segura que no querés venir?

—No, ma. Sus sobremesas duran horas y yo necesito avanzar.

—Bueno. Solo no anden saliendo de noche.

—Tranquila, no salimos.

Le di un beso en la mejilla y subí a armar el bolso. Mi madre estaba por cumplir cuarenta y tenía un cuerpo que cualquiera le envidiaría: cintura estrecha, caderas anchas y una espalda firme de tanto gimnasio, al que se había anotado después del divorcio. Siempre me decía que el ejercicio era lo único que la había mantenido cuerda aquel primer año sola.

Como hacía calor, metí en el bolso un par de pijamas livianos, unos shorts y dos remeras holgadas. No pensaba pisar la calle, así que ni me molesté en llevar ropa de salir. Estaba doblando la última remera cuando la escuché desde el pasillo.

—¡Renny! Voy a salir un rato. Paso a hablar con don Ramiro, que el lavabo se volvió a tapar.

—Dale, ma. Seguramente cuando vuelvas yo ya me fui.

—Perfecto.

Escuché la puerta cerrarse y seguí con lo mío. Me senté en la cama un momento a revisar el teléfono mientras terminaba de despertar del sopor de la tarde y, sin darme cuenta, me quedé dormida. Cuando abrí los ojos ya había oscurecido. La casa estaba en penumbras y el bolso seguía a medio cerrar a mis pies.

Estaba por encender la luz cuando oí la puerta de entrada y la voz de mi madre, más suave de lo habitual.

—Pase, don Ramiro.

—Permiso. ¿Entonces el lavabo de abajo, dice?

—Ese mismo. Póngase cómodo.

Pensé en bajar a saludar y avisarle que ya me iba, pero algo en el tono de los dos me frenó. Había una familiaridad rara, una calma de gente que se conoce más de lo que admite. Me quedé quieta en mi cuarto, con el bolso en la mano, dudando.

—¿Y la nena? —preguntó él en voz baja.

—Se fue a lo de una amiga. Le dije que yo me iba al campo, así que tenemos la casa para nosotros estos cuatro días.

¿Para nosotros?

El corazón me dio un vuelco. Me acerqué a la puerta en puntas de pie y la abrí apenas, lo justo para asomarme a las escaleras. Desde el descanso del primer piso se veía parte del living, iluminado solo por la lámpara baja del rincón.

Y ahí estaba mi madre, contra la pared, besándose con don Ramiro.

***

Me quedé congelada en el último escalón, con una mano sobre la baranda y la respiración detenida. No podía creer lo que veía. Sabía que mi madre tenía derecho a rehacer su vida, jamás se lo habría reprochado, pero nunca, ni en mil años, la había imaginado con él. Don Ramiro era un hombre mayor, de barba canosa y panza redonda, el típico vecino al que saludás sin mirar. Y sin embargo ahí estaba, con las manos firmes sobre las caderas de mi madre, devolviéndole el beso como si el resto del mundo no existiera.

—Besás riquísimo —murmuró él contra su boca—. A ver, dejame sacarte esto.

—Lo que quieras, amor —respondió ella, y la voz le salió distinta, una que yo no conocía.

Mi madre se dio vuelta despacio, le dio la espalda y arqueó la cintura mientras se desabrochaba el pantalón. Lo fue bajando con una lentitud calculada, meneando las caderas, mirándolo por encima del hombro. Don Ramiro la observaba con una sonrisa torcida, sin tocarse, dejándola hacer.

—Mirá ese cuerpo —dijo él—. No me canso nunca.

—Es todo tuyo —contestó ella—. Hacé lo que quieras.

Yo debería haber dado media vuelta. Tendría que haber cerrado la puerta, agarrado el bolso y salido por la cocina sin hacer ruido. Pero no me moví. Algo me clavaba al escalón, una mezcla de asombro y de algo más oscuro que no quería nombrar. Sentía la madera fría bajo los pies descalzos y el latido golpeándome en el cuello.

Mi madre se arrodilló frente a él y empezó a desabrocharle el cinturón con una soltura que me dejó muda. Lo conocía. Esto no era la primera vez, ni la segunda. Era una escena ensayada, una rutina entre dos personas que llevaban tiempo encontrándose a escondidas, probablemente en las tardes en que ella me decía que iba «a resolver cosas de la casa».

—Despacio —le pidió él, hundiéndole los dedos en el pelo—. Así, tranquila.

Aparté la vista un instante, avergonzada, y enseguida la volví a clavar ahí. No podía dejar de mirar. Me apreté contra la baranda y, sin pensarlo, llevé una mano a mi pecho por encima de la remera. La piel me ardía. Una parte de mí se odiaba por seguir ahí; la otra no pensaba moverse por nada del mundo.

—Mejor vamos a la pieza —dijo él al rato, con la voz más ronca—. Acá vas a terminar con las rodillas marcadas.

—Dale —contestó mi madre, levantándose—. Vamos.

***

El dormitorio de mi madre estaba en la planta baja, al final del pasillo, y la puerta había quedado entornada. Esperé a que entraran y, conteniendo el aire, bajé las escaleras un escalón por vez, evitando el tercero, que siempre crujía. Sé que estuvo mal. Sé que no tenía ninguna excusa. Pero a esa altura mi cuerpo había dejado de obedecerme y se movía solo, empujado por una curiosidad que me quemaba por dentro.

Me detuve junto al marco, en el ángulo muerto donde la sombra del pasillo me tapaba. Por la rendija veía la cama de costado. Mi madre estaba apoyada en cuatro puntos sobre el colchón, la espalda formando una línea perfecta, y don Ramiro se acomodaba detrás de ella tomándola de las caderas.

—Avisá si voy muy rápido —dijo él.

—No te preocupes por eso —respondió ella, riéndose bajito—. Vení.

Lo que siguió lo escuché tanto como lo vi. Los muelles de la cama, la respiración entrecortada de mi madre, su voz pidiendo más sin ningún pudor. Yo estaba pegada a la pared del pasillo, con una mano tapándome la boca para no hacer ruido y la otra perdida bajo la cintura del short. Tenía la frente apoyada en el yeso fresco y los ojos entrecerrados, atrapada entre el bochorno y un deseo que nunca había sentido con esa intensidad.

—Así, no pares —decía ella—. Justo ahí.

—Te gusta, ¿no? —contestaba él—. Decímelo.

—Me encanta. No pares.

Cambiaron de posición. Mi madre se dio vuelta y quedó de espaldas al colchón, y don Ramiro se inclinó sobre ella, besándole el cuello, el hombro, el nacimiento del pecho. Había algo casi tierno en cómo la sostenía, una intimidad que volvía la escena más perturbadora todavía. No era un encuentro apurado. Era algo que venían construyendo hacía rato.

—Sos lo mejor que me pasó en años —le dijo él al oído.

Ella le contestó algo que no llegué a entender, una frase ahogada contra su hombro, y después soltó un gemido largo y tembloroso que la recorrió entera. Se aferró a la espalda de él, se arqueó y se quedó así unos segundos, temblando, antes de dejarse caer sobre las sábanas con una risa floja, satisfecha.

—Tan rápido —se burló él, acariciándole el muslo—. Si todavía falta lo mejor.

—Es tu culpa —respondió ella, sin aliento—. Dame un segundo.

Yo también estaba al borde. Mordiéndome el labio, conteniendo cada sonido, sentía las piernas flojas y el pulso latiéndome en todas partes. Tuve que apoyar el hombro en la pared para no perder el equilibrio. Nunca, en ningún encuentro propio, había estado tan al límite como espiando algo que no me pertenecía.

***

Fue justo entonces cuando todo se torció.

—Esperame —dijo don Ramiro, sentándose en el borde de la cama—. Voy por un vaso de agua. Tengo la garganta seca.

—La jarra está en la heladera —contestó mi madre, estirándose perezosa sobre las sábanas.

El alma se me fue a los pies. Para llegar a la cocina tenía que cruzar el pasillo, pasar a un metro de donde yo estaba clavada. Escuché el crujido del colchón cuando se levantó y reaccioné por puro instinto. Me despegué de la pared y caminé hacia la puerta de la cocina lo más rápido que pude sin correr, rezando para que el piso no me delatara.

Alcancé a meterme detrás de la barra justo cuando la luz del pasillo se encendió. Conté tres pasos pesados, el ruido de la heladera al abrirse, el chorro de agua contra un vaso. Yo estaba agachada en la oscuridad de la cocina, con el corazón a punto de salírseme por la boca y el bolso, gracias a Dios, todavía colgado del hombro. Si me encontraba ahí, no había explicación posible.

—¿Falta mucho? —llamó mi madre desde la pieza.

—Ya voy, Marisol —contestó él—. Andá preparándote, que la noche es larga.

Escuché sus pasos alejarse de vuelta por el pasillo. En cuanto la luz se apagó, me levanté, descorrí el pestillo de la puerta de la cocina con dedos temblorosos y salí al patio trasero. El aire fresco de la noche me golpeó la cara como un baldazo. Salté la verja baja del fondo, la misma que de chica usaba para escaparme a lo de los vecinos, y caí del otro lado todavía con la respiración entrecortada.

Caminé hasta lo de Camila sin sentir el suelo. Me ardía la cara, me temblaban las manos y entre las piernas seguía latiendo esa urgencia que no se apagaba. Cuando Camila me abrió la puerta y me preguntó si estaba bien, mentí: le dije que había corrido para que no me agarrara la lluvia. Me encerré en el baño antes de saludar siquiera, abrí la canilla para tapar cualquier sonido y terminé en menos de un minuto lo que había empezado contra la pared del pasillo de mi propia casa.

Esa noche casi no dormí. No por culpa, aunque algo de culpa había, sino por todo lo demás. Por descubrir que mi madre tenía una vida secreta y un costado que yo jamás había sospechado. Por haberla visto desearse así, sin máscaras. Y, sobre todo, por no haber podido apartar la vista ni un solo segundo.

Los cuatro días en lo de Camila se me hicieron eternos. Terminamos el proyecto, sí, pero yo apenas estaba ahí. Cada vez que cerraba los ojos volvía al último escalón, a la rendija de esa puerta, a la sombra del pasillo. Y aunque entonces no lo sabía, esa fue solo la primera vez que espié sin querer algo que no debía. Pero esa, como dicen, ya es otra historia.

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Comentarios(5)

Mati_LP

increible... no podia parar de leer

Pancho_BsAs

Necesito la segunda parte ya! con eso del ultimo escalon me dejo con el corazon en la boca jaja

Tatianita97

Que morbo tan rico. Me paso algo muy parecido de chica y nunca mas lo pude olvidar. Bien contado.

CuriosoBA

Como termino todo?? me quede con la intriga

DanteNoche

La tension que lograste en esa escena es increible. Se siente que uno esta ahi parado en los escalones sin atreverse a respirar. Muy buena pluma.

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