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Relatos Ardientes

La joven comercial que sedujo a esta madura

Una amiga me pidió por favor que recibiera a una conocida suya que se dedicaba a vender planes de medicina privada. Por lo visto le pagaban una pequeña comisión por cada visita concertada, contratara el cliente o no. La verdad es que no me hacía ninguna gracia: soy una defensora acérrima de la sanidad pública, que para algo la pagamos entre todos. Pero al final cedí. Total, le hacía un favor a la chica aunque no pensara firmar nada. Le dije a mi amiga que le pasara mi número y que me llamara cuando quisiera.

Esa misma tarde sonó el teléfono. Era ella, agradeciéndome la cita con una voz suave que no encajaba con la imagen de comercial agresiva que yo me había hecho. Quedamos para el día siguiente, sobre la una.

—Le prometo que no le robaré mucho tiempo —dijo antes de colgar.

Fue puntual. A la una en punto llamó al timbre. Me calcé y abrí la puerta. Marina tendría unos veintisiete años, morena, con unos ojos verdes que cortaban la respiración. Iba impecable: traje de chaqueta con chaleco, falda por encima de la rodilla y unos tacones de aguja que le añadían los centímetros que la naturaleza le había escatimado.

La hice pasar al salón y nos sentamos a la mesa redonda, una al lado de la otra. Sacó del bolso una carpeta con cuestionarios y me explicó el procedimiento.

—Le iré haciendo preguntas y usted me contesta. Si alguna no la sabe, la dejamos en blanco y no pasa nada. —Sonrió—. Y tranquila, ya sé que no va a contratar. Mi amiga me avisó.

Aquella honestidad me relajó. Empecé a responder y ella iba marcando cruces en las casillas. No tardé en darme cuenta de un detalle: cada vez que se inclinaba hacia delante para anotar algo, el chaleco se le ahuecaba lo justo para dejar a la vista parte de unos pechos que, claramente, no llevaban sujetador.

Como lesbiana y observadora incorregible de las mujeres con las que me cruzo, fui incapaz de apartar la mirada. Era un descuido demasiado constante para ser un descuido.

—Le gusta lo que ve —dijo de pronto, sin levantar la vista del papel. No era una pregunta.

Me quedé sin palabras un segundo. Pensé que era una táctica para ablandarme antes de la firma. Pero unos pechos como aquellos no se rechazan por orgullo.

—No voy a negarlo —admití—. Aunque sigo sin querer el seguro.

—Eso ya lo veremos —respondió, y dejó el bolígrafo sobre la mesa.

***

Se desabrochó el chaleco con una lentitud calculada, botón a botón. Cuando terminó, lo abrió hacia los lados y movió los hombros para que los pechos se balancearan. Eran firmes, altos, de una piel tersa que delataba su juventud. Mi cabeza seguía el vaivén como en un partido de tenis, incapaz de quedarse quieta.

Se acarició los pezones hasta ponerlos duros, jugando con mi excitación. Y yo me delataba sola: había empezado a frotar un muslo contra el otro sin darme cuenta. Me tomó la mano con suavidad y se la llevó al pecho, acomodándome el pezón entre los dedos.

—La otra también —murmuró, girándose hacia mí.

Le obedecí. Mientras yo jugaba con sus pezones, ella empezó a desabrocharme la blusa sin apartar los ojos de los míos. Coló una mano dentro de mi sujetador y apretó.

Cerré los ojos. Sentí que se acercaba y no me atreví a abrirlos, por miedo a que todo aquello se desvaneciera. Su aliento llegó a mi cuello antes que su lengua. Cuando la noté recorrerme la piel, mi cuerpo respondió de inmediato, mojándome.

Me pasó las manos por la espalda y aflojó el cierre del sujetador. Esas mismas manos subieron de nuevo hasta mis pechos, se colaron bajo la prenda y los tomaron por completo. Los sopesó. No son los de una de veinte, pero parecen gustarle igual.

Deslizó los pulgares por mis pezones mientras su lengua subía por mi mandíbula hasta mi boca. Me mordió el labio inferior con delicadeza, lo chupó, y luego giró la cara y me besó hundiendo la lengua todo lo que pudo. Le devolví el beso con la misma furia, en una guerra de lenguas que me estaba volviendo loca por dentro.

Sin dejar de besarnos ni de soltarnos los pechos, nos arrastramos hasta el sofá. Me tumbó boca arriba y se tendió sobre mí. Una de sus manos bajó por mi cuerpo hasta el pubis. Abrí las piernas y le di paso libre.

Sus dedos entraron, se empaparon y subieron hasta el clítoris. Lo pellizcó. Empecé a gemir, removiéndome sin control, buscando su boca a ciegas. Me frotó con un ritmo frenético y me corrí entre jadeos, cerrando los labios alrededor de su lengua.

***

Me dejó un instante para recuperar el aliento y entonces empezó a descender, con la lengua pegada a mi piel, desabrochándome el resto de la ropa a su paso. Se detuvo en el ombligo mientras me bajaba las bragas, y siguió bajando, lamiéndome los muslos antes de llegar a donde yo ya la necesitaba.

Atacó directamente, chupando y deslizando la lengua justo por debajo del vértice. En cuanto levanté las caderas hacia su cara, presionó de lleno sobre el clítoris y me corrí en un orgasmo largo, de esos que te dejan temblando.

Entonces se desnudó del todo y se sentó a horcajadas sobre mis pechos. Adelantó las caderas hasta poner su sexo sobre mi boca. Chupé como si me fuera la vida en ello, alternando los labios con círculos sobre el clítoris hasta que se corrió. Insistí, y enseguida volvió a tensarse buscando el segundo. Cuando lo alcanzó, se apartó y se derrumbó contra el respaldo, con la respiración rota.

Nos quedamos un rato así, recuperándonos, hasta que nos buscamos para un beso lento en el que se mezclaron los sabores de las dos.

***

Eran casi las tres de la tarde. El tiempo había volado sin que ninguna lo notara. Le pregunté si quería quedarse a comer. Miró el reloj de la pared y aceptó.

Entre las dos preparamos una ensalada y un pescado a la plancha. Comimos en la misma mesa donde había empezado todo y charlamos, sobre todo de su trabajo. Me contó que era bisexual, que se había dado cuenta de que le gustaban las mujeres ya entrada en la facultad, enamorada de una compañera de carrera. Y que perdió la virginidad un par de veranos después, en un viaje, con un chico al que apenas conocía y al que no volvió a ver.

—¿Y tú? —preguntó, robándome una aceituna del plato.

—Yo lo tuve claro desde el principio. Los hombres nunca me llamaron la atención. Me desvirgó una amante ocasional, ya en la universidad, con un consolador. —Me reí—. Toda una declaración de intenciones.

Ella se rió conmigo, y por un momento aquello dejó de parecer una visita comercial para convertirse en otra cosa.

Le ofrecí postre. Me dijo que lo que más le apetecía era volver a comerme entera. Le propuse un café; lo aceptó, pero «para después», dijo con una sonrisa. La tomé de la mano y me la llevé al dormitorio.

***

Esta vez nos quitamos toda la ropa. No queríamos barreras de ningún tipo. Me pidió un sesenta y nueve y me pareció una idea espléndida. Me tumbé boca arriba y ella se colocó encima, ofreciéndome su sexo a la altura de la boca mientras hundía la lengua en el mío.

El orgasmo nos llegó casi a la vez, pero ninguna desistió. Seguimos chupándonos con desesperación, buscando el siguiente, y lo conseguimos, vaya si lo conseguimos. El sabor de una mujer joven, recibido directamente de su pubis, era muy distinto al de las cincuentonas como yo con las que suelo acostarme. Era un elixir cuyo gusto había olvidado, lo mejor que probaba desde mis propios años de juventud.

Quedamos sin resuello, y el agotamiento nos arrastró a un sueño profundo de casi dos horas.

Al despertar, terminamos de rellenar el dichoso cuestionario, que seguía olvidado sobre la mesa. Volvimos a perdernos la una en la otra y quedamos en vernos el día que tuviera que pasar el reconocimiento médico, para que ella cobrara su comisión.

—El día y la hora te los confirmo en persona —dijo, guiñándome un ojo.

Al cerrar la puerta, me sorprendí pensando que, quizá, después de todo, sí contratara aquel seguro.

***

Una semana más tarde me llamó. Tenía que verme, supuestamente para acordar la cita en la clínica. Era algo que podíamos haber cerrado por teléfono en un minuto, pero ninguna de las dos dijo lo evidente. Le contesté que esa misma tarde estaba libre. Quedamos a las siete.

A las cinco ya me estaba arreglando. Me depilé el pubis, me di unos polvos de talco para suavizar la piel, me duché y me sequé el pelo con cuidado para darle volumen. Me unté crema hidratante por todo el cuerpo y me quedé desnuda un rato, dejando que la piel la absorbiera, mientras esperaba.

En cuanto sonó el telefonillo, me puse un vestido escotado, abrochado por delante y sin nada de ropa interior debajo. Escuché el ascensor detenerse en mi planta y abrí antes de que llamara. Se me echó a los brazos en un beso apasionado, con la suerte de que ningún vecino salió al descansillo. Aún no habíamos cerrado la puerta y su mano ya buscaba mi sexo entre los pliegues de la tela.

Fuimos directas al dormitorio. Cuando caímos sobre la cama ya estábamos desnudas, listas para un sesenta y nueve salvaje que nos arrancó dos orgasmos a cada una en menos de cinco minutos.

Más relajadas, me confesó que había traído algunos juguetes que iban a gustarme. Sacó del bolso tres consoladores, uno de ellos con vibrador y succionador de clítoris incorporado. Sin darme tregua, empezó a lamerme entre las nalgas hasta que, cuando quise darme cuenta, me estaba penetrando con la lengua.

Tomó el consolador más estrecho y, ayudándose con saliva, me lo fue metiendo poco a poco por detrás. Después acomodó el vibrador en mi sexo y me ajustó el succionador sobre el clítoris. Al encenderlo, una descarga me hizo gritar; bajó la potencia y mi cuerpo se fue acostumbrando a aquel placer imposible. Me chupó los pezones mientras subía la frecuencia de la succión. Creí morirme cuando llegó el primer orgasmo de una secuencia interminable. No sé cuántas veces me corrí seguidas; solo sé que, cuando me quité los aparatos, todo me palpitaba.

Le tocaba a ella, y seguí sus instrucciones al pie de la letra. La lamí de arriba abajo y le fui colocando los juguetes. El del succionador se lo puse al revés, de modo que en lugar del clítoris trabajara sobre el otro punto. Cuando todo estuvo en su sitio, me dediqué a su clítoris con la boca mientras maltrataba sus pechos con las manos. Con cada orgasmo me pedía que parara, y en cuanto iba a hacerlo, me suplicaba que siguiera, porque ya venía el siguiente.

Confieso que aquella tarde aquella mujer, casi la mitad de joven que yo, me enseñó a disfrutar del sexo de una manera distinta, mucho más intensa de la que conocía.

Dos días después me acompañó a la clínica. Cuando el médico dictaminó que estaba sana y apta, decidí contratar el dichoso seguro de salud para que le pagaran la comisión completa. Era lo mínimo que podía hacer por ella, después de todo lo que me había hecho disfrutar.

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Comentarios(6)

BeatrizMR

Que buenisimo!!! Me encanto la dinámica entre las dos, muy bien contado 🔥

Fabian_MZA

Espero que haya segunda parte jaja, quede con ganas de mas

VeroMdq

Tremendo. Lo lei de un tiron sin parar, excelente

MarceloGBA

jajaja la de la comercial inclinandose es un clasico, me mato esa parte

LauMendez

Me encanta que la protagonista sea la madura y cuente todo desde su perspectiva. Le da un toque especial al relato. Muy erotico sin ser vulgar, justo lo que busco cuando leo aca.

NoraPampa

se hizo cortoooo!!! quiero mas por favor

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