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Relatos Ardientes

La madura del club me eligió en la gala anual

Todo club que se respeta organiza una gran velada al menos una vez al año. La nuestra, la del Círculo Valdés, era famosa por dos cosas: por la entrega de premios a los socios más destacados y por lo que ocurría después, cuando el protocolo se aflojaba y el salón se convertía en otra cosa. La etiqueta era obligatoria. El vino corría sin medida. Y nadie que hubiera estado una vez se perdía la siguiente.

Yo era el más joven de la sala aquella noche. Veintitrés años, recién admitido por un padrino que prefiero no nombrar, y con la sensación de haberme colado en una fiesta que me quedaba grande. Llevaba el esmoquin prestado y una copa que apenas tocaba, observando desde una columna cómo los veteranos se saludaban con esa familiaridad de quienes comparten secretos.

La cena empezó con los premios. Una mujer llamada Renata recibió el de socia emprendedora del semestre. Era inteligente, de cuerpo discreto, pero con una mirada que delataba apetitos enormes. En su discurso solo miraba a un hombre, el señor Belmonte, como si todo el agradecimiento fuera para él y para nadie más.

A mí me dieron el premio al socio más joven. Subí al atril sin saber qué decir, recorrí el salón con la vista y me detuve, sin querer, en una mujer sentada en la primera mesa.

Era Daniela Belmonte. Rubia, alta, con unos cuarenta años llevados con una seguridad que ninguna chica de mi edad tenía. El vestido le marcaba las curvas sin vulgaridad, y cuando cruzó las piernas y me sostuvo la mirada, sentí que la sangre se me iba al lugar equivocado en el peor momento posible. Bajé del atril deprisa, rezando para que el corte del pantalón disimulara la erección que ya empujaba contra la tela.

—Bonito discurso —dijo alguien a mi lado. Era ella. Se había levantado y caminado hasta mí sin que yo lo notara—. Aunque no dijiste casi nada.

—No soy bueno con las palabras —admití.

—Mejor —sonrió—. Las palabras suelen sobrar.

***

La cena transcurrió como todas: demasiado vino, conversaciones que subían de tono, risas que se volvían procaces. Cuando retiraron los postres, casi nadie quedaba sobrio del todo. Las felicitaciones empezaron a moverse de mesa en mesa, y el señor Belmonte se acercó a Renata para felicitarla por su premio.

Lo que pasó después lo vi de lejos, y no fui el único. Renata no escuchaba lo que él le decía. Tenía los ojos fijos en el bulto de su pantalón, mordiéndose el labio inferior, y de pronto sus manos lo tomaron de la cintura y lo atrajeron hacia ella. Se hincó frente a él, ahí, en mitad del salón, y con dedos hábiles le bajó la bragueta, le sacó la polla ya semi-dura y se la metió entera en la boca de una sola pasada, hasta la garganta. Belmonte soltó un gruñido ronco y se agarró a su nuca. Ella empezó a mamársela sin disimulo, con las mejillas hundidas por la succión, un hilo de saliva cayéndole por la barbilla, chupando y sacando la verga hinchada con un ruido húmedo que se oía desde tres mesas más allá.

Nadie se escandalizó. Era esa clase de noche. Algunos apartaron la vista por cortesía; otros se acercaron despacio, atraídos por el espectáculo de aquella mujer correcta convertida en una hembra en celo con una polla en la boca. Belmonte echó la cabeza hacia atrás y le empujó la cara contra su pubis, follándole la garganta a un ritmo pausado, mientras Renata gemía alrededor de la verga como si llevara meses soñando con ese momento.

—Sabía que esto pasaría tarde o temprano —murmuró una voz junto a mi oreja.

Daniela había vuelto a aparecer a mi lado. Miraba la escena sin un gramo de incomodidad, casi con ternura.

—¿No le molesta? —pregunté, señalando con la barbilla a su marido, que en ese momento tenía los dedos enredados en el pelo de Renata.

—Hace años que dejamos de ser dueños el uno del otro —respondió—. Solo seguimos siendo cómplices. Es distinto. Que se corra en la boca de quien quiera, mientras vuelva a casa.

Se giró hacia mí. De cerca olía a algo caro y oscuro, y la luz de las arañas le suavizaba la cara sin quitarle ni un año de los que tenía. Esos años, justamente, eran lo que me tenía hipnotizado.

—Tú no eres como los demás de aquí —dijo, estudiándome—. Todavía te avergüenzas. Eso me gusta. Los tímidos aguantan más.

—No sé qué se supone que tengo que hacer —confesé.

—Nada. Esa es la gracia. —Me tomó de la mano. Tenía los dedos fríos y firmes—. Acompáñame. Necesito comprobar si lo que tenés en el pantalón hace juego con esa cara de nene bueno.

***

Me llevó por un pasillo lateral, lejos del rumor del salón, hasta una pequeña sala con paneles de madera y un escritorio antiguo. Cerró la puerta con llave. El ruido de la fiesta quedó reducido a un latido sordo al otro lado de la pared.

—Relájate —dijo, acercándose—. No muerdo. Bueno. No siempre.

Me besó antes de que pudiera responder. No fue un beso tímido ni de tanteo. Fue el beso de alguien que sabía exactamente lo que quería y cuánto tiempo llevaba sin tomarlo. Su lengua entró en mi boca con autoridad, buscando la mía, mientras me apoyaba contra el escritorio y sus manos me aflojaban la corbata, el primer botón, el segundo, con una calma que me ponía más nervioso que cualquier prisa.

—Tranquilo —repitió contra mi boca—. Tenemos toda la noche para que me llenes de leche.

Olía a perfume caro y a vino tinto, y bajo el control absoluto de sus gestos había algo que la traicionaba: la respiración un poco más rápida de lo que pretendía aparentar, los pezones marcándose duros bajo la seda del vestido. Me di cuenta entonces de que ella también deseaba aquello, y de que esa seguridad suya no era frialdad sino oficio. Saber eso me tranquilizó más que cualquier palabra.

Sentí cómo me desabrochaba el pantalón sin dejar de mirarme a los ojos. Metió la mano dentro del bóxer, sacó la polla y soltó una pequeña risa de satisfacción al sopesarla en la palma.

—Vaya. Los rumores sobre el socio nuevo eran ciertos. —La apretó despacio, de la base hasta la punta, y se quedó mirando cómo una gota transparente le asomaba en el glande—. Y encima estás empapado. Buen chico.

Me ardió la cara. Ella se arrodilló sobre la alfombra con una elegancia que no perdió ni en esa postura, me abrió el pantalón del todo y sacó la verga con los dos huevos por fuera del bóxer. Primero me lamió despacio, de abajo arriba, siguiendo la vena gruesa con la punta de la lengua, y cuando llegó al glande cerró los labios y bajó, bajó, bajó hasta que sentí la punta chocarle contra el paladar. Cerró los ojos, respiró por la nariz y siguió bajando hasta que la tuve entera en la garganta.

No tenía nada que ver con la torpeza de las chicas de mi edad. Cada movimiento era preciso, deliberado, pensado para volverme loco y dejarme justo al borde sin permitirme llegar. Me la chupaba con una succión constante, se la sacaba de la boca con un pop obsceno para escupir sobre la punta y volver a tragársela, mientras con una mano me acariciaba los huevos y con la otra me apretaba la base para cortarme el orgasmo cuando me sentía tensarme. Tuve que apoyar las dos manos en el escritorio para no perder el equilibrio.

—No, no, así no —jadeé—. Me vas a hacer terminar en tu boca.

—De eso se trata —dijo, sacándose la polla con un beso húmedo en el glande y limpiándose la comisura con el pulgar—. Pero todavía no. Antes quiero que me la metas hasta el fondo.

Se llevó las manos a la espalda y bajó la cremallera del vestido. La tela cayó hasta su cintura, y luego al suelo, y se quedó de pie frente a mí en un tanga negro diminuto, con las tetas al aire, redondas, firmes, con los pezones erectos y oscuros como dos aceitunas maduras. Se llevó las manos al tanga, lo deslizó por las caderas, y apareció el coño depilado, brillante de humedad, con los labios ya hinchados. Yo, en cambio, no sabía dónde poner las manos.

—Tócame —ordenó, tomándome las muñecas y guiándolas—. Aquí, los pezones. Pellizcámelos, no soy de cristal. Ahora abajo. Los dedos dentro. Más despacio. Sí, así. ¿Sentís lo mojada que me tenés?

Fue una clase en toda regla. Metí dos dedos en su coño y los sentí resbalar sin resistencia, apretados por un calor que me hizo apretar los dientes. Me enseñó dónde y con qué ritmo, me guio el pulgar hasta el clítoris hinchado y me marcó los círculos, me corrigió cuando me apuraba, me premió con un suspiro cuando acertaba. Le hundí los dedos hasta los nudillos y ella empezó a cabalgármelos, apoyada contra el escritorio, con la boca abierta y las tetas moviéndose al compás. Nunca nadie me había dirigido de esa manera, y descubrí que me encantaba dejarme llevar.

—Basta de dedos —jadeó, apartándome la mano y llevándose los míos a la boca para chupárselos—. Metémela. Quiero sentir esa polla dura de nene bueno abriéndome entera.

La subí sobre el escritorio, le abrí las piernas de par en par y me acomodé entre sus muslos. Me agarré la verga con la mano, restregué el glande arriba y abajo por sus labios empapados, y cuando empujé y entré de una sola vez hasta el fondo, soltó un gemido largo, gutural, y cerró los ojos.

—Despacio —dijo, clavándome los talones en la parte baja de la espalda—. Quiero sentir cómo me la mete centímetro a centímetro.

Obedecí. La saqué casi entera, dejando solo el glande dentro, y volví a entrar despacio, viendo cómo su coño se abría alrededor de mi polla y la tragaba entera. Aprendí a leer su respiración, a frenar cuando se tensaba, a empujar cuando su voz se quebraba. Cada embestida arrancaba un sonido húmedo del punto donde nos uníamos, y sus tetas rebotaban en cada golpe de cadera. La fiesta seguía sonando al otro lado de la pared, ajena a nosotros, y yo solo era consciente del calor apretado que me envolvía la verga y de la forma en que pronunciaba mi nombre como si lo hubiera inventado esa noche.

—Más fuerte —pidió al cabo de un rato, abandonando toda la calma anterior—. Ya basta de despacio. Rómpeme. Hazme olvidar mi nombre. Follame como el hijo de puta joven que sos.

Y eso intenté. La tomé de las caderas, le clavé los dedos en la carne y dejé de pensar. Empecé a embestirla a un ritmo brutal, chocando pelvis contra pelvis, con el escritorio golpeando la pared en cada arremetida. Ella se agarró al borde con las dos manos, echó la cabeza hacia atrás y empezó a soltar gemidos cada vez más agudos, obscenos, sin importarle quién pudiera oírla. La levanté del escritorio, la puse boca abajo sobre la madera y le abrí las nalgas con los pulgares para verme entrar y salir de su coño rojo e hinchado. La embestí desde atrás con toda la fuerza que tenía, escuchando el chapoteo de mis huevos contra su clítoris.

—Ahí, ahí, no pares, no pares —gimió, con la mejilla aplastada contra el escritorio y una mano metida entre sus piernas frotándose el clítoris—. Me vengo, me vengo encima tuyo.

Sus uñas raspaban la madera, su voz subió hasta convertirse en algo sin palabras, y cuando se corrió su coño me apretó la polla en espasmos que me arrastraron con ella. Le clavé la verga hasta el fondo y me vacié dentro, corrida tras corrida, con la frente pegada a su espalda sudada, mientras ella seguía temblando y contrayéndose alrededor de mí, exprimiéndome hasta la última gota. Nos quedamos quietos, jadeando, ella tendida sobre el viejo escritorio de madera con la leche saliéndosele por los muslos y yo encima, incapaz de moverme.

—Para ser nuevo —dijo cuando recuperó el aliento, con una sonrisa de medio lado, metiéndose un dedo entre las piernas y llevándoselo a la boca—, aprendes rápido.

***

Cuando volvimos al salón, la velada había cambiado de naturaleza por completo. El protocolo era un recuerdo. Renata seguía con el señor Belmonte en un rincón, ahora a cuatro patas sobre una otomana, con el vestido subido hasta la cintura y él penetrándola por detrás con embestidas cortas y firmes, mientras ella se mordía el dorso de la mano para no gritar. En el centro de la sala un grupo de socios había perdido cualquier pudor. Dos mujeres se comían la boca tendidas sobre un sofá, una con la mano metida bajo la falda de la otra, moviendo los dedos en un ritmo que hacía arquearse a su compañera. Un hombre era el centro de atención de tres invitadas que se turnaban con una complicidad ensayada: una se la chupaba, otra le lamía los huevos, y la tercera se sentaba sobre su cara para que él le comiera el coño mientras las otras dos trabajaban abajo.

Yo miraba todo aquello como quien asiste a un mundo que no sabía que existía. Daniela me observaba a mí, divertida con mi asombro.

—La primera vez impresiona —dijo—. Después te acostumbras. Algunos demasiado.

Reconocí entre el grupo a Renata, la del premio, irreconocible respecto a la mujer correcta del discurso. Belmonte acababa de salirse de ella y de correrse sobre sus nalgas, y Renata se giraba ya para lamerle la punta y limpiarle los últimos restos con una sonrisa hambrienta. La timidez se le había caído como un abrigo en la entrada, y ahora reía con una libertad que daba gusto ver, con el semen escurriéndole por la piel. Entendí, mirándola, que aquel salón no era un lugar de excesos sin sentido, sino una especie de tregua: gente que durante el resto del año cargaba con apellidos, cargos y matrimonios, y que una noche al semestre se permitía dejar de fingir.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo elijo. Esta noche te elegí a ti. —Me dio un beso corto en la comisura de los labios, con sabor todavía a mi polla—. Y dudo que sea la última.

Una de las mujeres del sofá la llamó por su nombre, invitándola a sumarse, abriéndose de piernas para mostrarle el coño brillante. Daniela negó con la cabeza y me sostuvo la mirada, como diciéndome que ya tenía con qué entretenerse. Sentí un orgullo absurdo, impropio de la escena, pero real.

Nos sentamos en un sillón apartado, su mano en mi pierna, cerca pero no encima de la bragueta, observando juntos cómo la fiesta seguía su curso. No volvimos a follar esa noche más de lo necesario. No hacía falta. Había algo más íntimo en quedarnos así, ella explicándome en voz baja quién era cada uno, con quién se acostaba, qué historias arrastraban, mientras el salón ardía a unos metros y los gemidos rebotaban entre los cuadros.

—Vuelve el próximo semestre —dijo cuando ya clareaba y los invitados empezaban a marcharse, algunos todavía a medio vestir—. Pregunta por mí. No me hagas buscarte yo.

Le prometí que volvería. Y vaya si volví. Pero esa, como dicen los veteranos del club, es una historia para otra noche.

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Comentarios(7)

Miguelin77

tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

LauraV87

Ay que envidia sana jaja. Hay algo en la elegancia de las mujeres maduras que te hipnotiza, lo captaste perfecto.

CasiCasanova_ok

Una mujer que sabe lo que quiere y va por ello. Lo mejor es esa tension previa, muy bien lograda.

Rodolfo_45

Por favor seguilo!!! quede justo en la mejor parte con ganas de saber que paso despues

lechtor77

increible como en pocas palabras lograste meterme en la escena. Se nota que es algo vivido, no inventado.

Costera22

me recordo a una situacion parecida que tuve en un evento de trabajo, pero esto esta mucho mejor contado jajaja

MarinaRIO

y como termino la noche?? nos dejas con intriga jaja

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