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Relatos Ardientes

La noche que mi tía me llevó al mar a oscuras

Acababa de cumplir diecinueve años y había suspendido medio curso. Mi madre estaba harta de mí y mi padre amenazaba con echarme de casa, así que, a finales de junio, decidieron mandarme una temporada con el hermano de ella, mi tío Honorio, que vivía a todo lujo en la costa con un negocio de transportes. Dinero le sobraba.

Hacía cinco años que no lo veía. Cogí un autobús con una sola maleta y, durante el trayecto, pensé en todo lo que dejaba atrás: los amigos, las noches de cervezas baratas y un puñado de chicas que nunca habían sido suficientes para las ganas que yo tenía siempre encima.

Bajé en la estación de Caldemar y el olor a sal me golpeó de inmediato. Honorio me esperaba junto a un coche deportivo azul, enorme, con un bigote espeso y una sonrisa que parecía no caberle en la cara.

—¡Mi sobrino preferido! —gritó, y me estrujó en un abrazo que casi me parte una costilla—. Y no me llames tío, joder, que ya no eres un crío. Llámame Honorio.

Montamos en el coche. Por el camino me contó, sin que yo preguntara nada, que se había separado hacía un par de años y que ahora vivía con una mujer mucho más joven que él.

—Te gustará la ciudad —dijo, mirándome de reojo con una sonrisa torcida—. Aquí la gente sabe disfrutar de la vida.

La urbanización tenía vigilante y muros de piedra. La casa era de dos plantas, con piscina, jardín y un porche de mimbre. Cuando entramos al salón, dos mujeres se levantaron a recibirme y me quedé clavado en el sitio.

—Te presento a Yamila, mi pareja, y a su madre, Dolores —anunció Honorio, divertido por mi cara de bobo.

Yamila era una mulata de curvas imposibles, con un vestido de tirantes ajustado a un cuerpo que no parecía real. Su madre, Dolores, algo más baja y más ancha de caderas, tenía esa belleza rotunda de las mujeres que han aprendido a usarla. Las dos me dieron sendos besos en la mejilla y noté que se demoraban un segundo de más.

—Qué chico más guapo —dijo Dolores, y Honorio soltó una carcajada.

Salimos al jardín a tomar una cerveza. En cuanto nos quedamos solos, mi tío se inclinó hacia mí.

—Yamila se mira, pero no se toca —me advirtió, todavía sonriendo—. Con la suegra, en cambio, haz lo que quieras. Está más sola que la una y es de buena boca.

Me reí sin saber muy bien qué contestar. Honorio era directo como un puñetazo. Antes de que pudiera responder, sonó su teléfono. Habló un momento y colgó.

—Era Marina, mi hija. Viene para acá a verte. Te va a secuestrar el resto del día.

***

A mi prima Marina apenas la recordaba. La última vez que coincidimos éramos dos críos, y ahora se presentó hecha una mujer alta y delgada, de pelo corto con mechas rojas y una sonrisa que no paraba quieta. Me dio dos besos, me miró de arriba abajo y anunció que nos íbamos.

En cuanto cerramos las puertas del coche, soltó lo que llevaba dentro.

—No aguanto a esas dos. Mi madre te está esperando, anda muerta de ganas de verte.

Su casa, cerca de la playa, era mucho más modesta que la de Honorio, pero tenía un jardín que daba directamente a la arena. Y allí, con una copa de vino en la mano y una pamela sobre el pelo, estaba mi tía Elena.

Cuando se levantó a saludarme, perdí el hilo de lo que iba a decir. La recordaba como una señora discreta, casi invisible. La mujer que tenía delante no se parecía en nada a aquel recuerdo. El vestido veraniego se ajustaba a un cuerpo pleno, de pecho generoso y caderas anchas, y dejaba ver unas piernas que terminaban en unas sandalias de plataforma. Tenía el pelo castaño con reflejos dorados y unos ojos que sonreían antes que la boca.

—¡Mírate! —exclamó, y me llenó la cara de besos—. Te has hecho un hombre guapísimo.

—Gracias, tía. Tú estás… estupenda.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal.

Comimos los tres en el jardín. Conté mis desastres del curso con la gracia justa para hacerlas reír, y, en algún momento, Elena empezó a hablar de su separación. No había rencor en su voz, más bien una especie de alivio.

—En el fondo me vino bien para espabilar —dijo, dándome una palmadita en el muslo—. Ahora salgo, me río, me doy algún capricho de vez en cuando.

La palabra «capricho» le quedó flotando en los labios. Yo le devolví la palmada en su muslo desnudo, como si fuera lo más natural del mundo.

—Haces bien, tía. La vida es una.

Se quedó mirándome con una media sonrisa y me apartó un mechón de la frente. Hubo un silencio raro que Marina rompió diciendo que por la tarde íbamos a la playa.

***

La arena estaba casi vacía a esa hora. Marina y yo nos metimos en el agua y, entre risas, acabó abrazada a mi cuello, contándome chismes del pueblo. Era guapa y descarada, pero, mientras me hablaba, yo no podía dejar de pensar en su madre tumbada al sol unos metros más allá.

Al rato aparecieron dos amigas de Elena. Marina las llamaba «el club de las separadas».

—Son cuatro o cinco, todas divorciadas —me explicó por lo bajo—. Juegan a las cartas, se van de copas y hablan de tíos todo el día. Prepárate, que te van a comer con los ojos.

No exageraba. Charo y Bea, dos mujeres de la edad de mi tía, me saludaron repasándome de arriba abajo con un descaro que me hizo enrojecer. Charo, delgada y de risa fácil, dijo algo sobre lo bien que se había puesto «el sobrino de Elena» y las tres se rieron a la vez, con esa complicidad de quien lleva años contándose lo mismo. Mi tía se reía también, pero, cada vez que nuestras miradas se cruzaban, la suya se apagaba un poco, como si guardara algo solo para ella.

—Mejor nos vamos —dijo Marina, salvándome—. Que estas se lo meriendan.

***

Cenamos los tres en casa de Elena. Marina contó, muerta de risa, cómo las amigas de su madre me habían acorralado en la playa, y la noche fue derivando hacia las copas y el silencio cómodo de la gente que se cae bien. Sobre las once, mi prima bostezó, anunció que se iba a dormir y me dejó a solas con su madre en el jardín, frente al rumor del mar.

Elena se sirvió otra copa. La luz de las farolas apenas llegaba hasta nosotros; el resto era oscuridad y el sonido de las olas rompiendo a unos metros.

—¿Sabes una cosa? —dijo, con la mirada perdida en el agua negra—. De noche, en esta época, no viene nadie a esta playa. Y el agua sigue caliente del sol de todo el día.

—Eso suena bien —respondí, sin saber muy bien adónde iba.

Se levantó despacio, dejó la copa sobre la mesa de hierro y me tendió la mano.

—Ven. Te voy a enseñar la mejor costumbre de esta casa.

Cruzamos el jardín y bajamos a la arena. Caminamos hasta la orilla, donde la oscuridad nos tragó por completo. Una luna en cuarto creciente apenas dibujaba el filo de las olas.

—Aquí —dijo ella, y se quitó las sandalias.

Luego, sin dramatismo, como quien hace algo que ha hecho mil veces, se bajó los tirantes del vestido y lo dejó caer sobre la arena. La penumbra me ocultaba los detalles, pero el contorno de su cuerpo pleno, las curvas de sus caderas y el peso de su pecho, me dejó la boca seca.

—¿Te da vergüenza? —preguntó, y noté la sonrisa en su voz.

No contesté. Me quité la ropa con dedos torpes y la seguí al agua. Llevaba razón: estaba templada, como un baño. Avanzamos hasta que nos cubrió la cintura y entonces ella se volvió hacia mí.

—Llevo toda la tarde pensando en esto —murmuró—. Desde que te he visto bajar del coche de Honorio con esa cara de niño bueno que no engaña a nadie.

Se acercó lentamente y me pasó los brazos por el cuello. El agua nos sostenía a los dos. Sentí sus pechos contra el mío, la piel mojada, el calor que desprendía a pesar del mar. Giró la cabeza y me besó. Fue un beso lento al principio, casi de prueba, hasta que abrió la boca y todo se volvió hambre.

—Tía… —empecé a decir, sin convicción.

—Aquí, ahora, no soy tu tía —me cortó contra mis labios—. No llevamos la misma sangre. Solo soy una mujer que hace mucho que no se siente así.

Le puse las manos en la cintura y bajé hasta sus caderas, palpando bajo el agua la firmeza de su carne. Ella suspiró y me mordió el labio inferior. No había nada de la timidez que yo esperaba; me besaba con la seguridad de quien sabe exactamente lo que quiere y cuánto tiempo lleva esperándolo.

—Salgamos —dijo de pronto—. En el agua no se disfruta de verdad.

Caminamos de vuelta a la orilla, donde las olas más suaves nos lamían los tobillos. Allí me empujó con suavidad hasta hacerme sentar sobre la arena húmeda y se colocó encima de mí, a horcajadas, su silueta recortada contra el cielo apenas iluminado.

Me besó el cuello, el pecho, mientras yo subía las manos hasta su pecho y lo recorría despacio, sintiendo cómo se estremecía cada vez que mis dedos rozaban un pezón. Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido largo, ronco, que se mezcló con el ruido del mar.

—Hacía años que no me tocaban así —susurró.

Se acomodó sobre mí y, con una mano, me guio dentro de ella. La sentí cerrarse a mi alrededor, cálida, y un escalofrío me recorrió entero. Empezó a moverse despacio, marcando el ritmo, las manos apoyadas en mi pecho para sostenerse. Yo le agarré las caderas y la acompañé, hundiéndome más con cada vaivén.

—Así —jadeó—. Despacio… que esto no se acaba enseguida.

La arena se nos pegaba a la piel mojada, las olas nos alcanzaban los pies, y ella se movía sobre mí cada vez con más urgencia, mordiéndose el labio para no gritar. La oscuridad lo cubría todo, pero yo veía el brillo de sus ojos clavados en los míos, sin apartarse ni un segundo. Cuando aceleró, su respiración se volvió un jadeo continuo, entrecortado, hasta que se tensó entera sobre mí y se dejó caer contra mi pecho, temblando.

—Ahora tú —me dijo al oído, y volvió a moverse, lenta y firme, hasta arrancarme todo lo que tenía dentro.

Nos quedamos un rato tumbados en la arena, recuperando el aliento, mirando el cuarto de luna sobre el agua. Elena me acarició el pecho con la punta de los dedos.

—Bienvenido a Caldemar —dijo, y se rio bajito—. Aquí vas a aprender muchas cosas que no enseñan en el instituto.

Yo miré el mar negro, todavía sin creérmelo del todo, y pensé que aquel verano iba a ser, de lejos, el mejor de mi vida. El curso suspendido me parecía, de pronto, la mejor decisión que había tomado nunca.

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Comentarios(4)

Marisol_BA

Que hermoso inicio, se nota que tiene algo de real. Esperando la continuacion!!

SombrasDelCine

La descripcion del mar de noche me transporto completamente. Muy bien escrito, se siente la tension en cada parrafo.

Romi_Norte

cortoooo quiero masss jajaja por favor subi la segunda parte

PedroRosario

Me recordo a unas vacaciones de adolescente, esa mezcla de libertad y algo que no deberia pasar... muy bien narrado, se siente autentico.

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