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Relatos Ardientes

Abrí la puerta de casa a cinco desconocidos

Hola otra vez. Soy Renata, y vuelvo con uno de esos recuerdos que todavía me calientan cuando los repaso en voz baja, con la mano metida entre las piernas. Hacía años que no veía a Mariela, una amiga con la que coordinábamos un comedor de barrio cuando éramos más jóvenes. Me la crucé de casualidad en el supermercado, entre las góndolas de fruta, y nos quedamos charlando como si no hubiera pasado el tiempo.

Me contó que seguía con lo suyo, que ahora ayudaba a un grupo de hombres que hacían changas en las quintas de las afueras. Tipos solos, lejos de su familia, que cocinaban en un galpón al mediodía. Le ofrecí una mano y me comprometí a acercarme un viernes con ropa y algo de comida.

Fui esa misma semana, a la hora de la siesta, cuando estaban terminando de almorzar. Ahí los conocí. Cinco hombres grandes, de manos curtidas y miradas que se demoraban un segundo de más en mí. Y ese segundo de más me trajo de golpe todos mis viejos apetitos.

Yo nunca fui de las que disimulan. Me gusta la ropa que insinúa, las situaciones que se tensan, el momento exacto en que un hombre se da cuenta de que lo estoy mirando y no sabe qué hacer. A los cuarenta y tres ya no me avergüenza nada de lo que deseo. Al contrario: aprendí que el deseo, bien administrado, es lo único que no se gasta con los años. Y tener cinco pollas duras a disposición es una fantasía que no pensaba dejar pasar.

No tuve mejor idea que ofrecerles algo que Mariela no necesitaba saber. Les dije que el sábado pasaba a buscarlos. Que en casa tenían ducha caliente, comida decente, ropa limpia y, lo demás, lo iban a descubrir solos.

***

El sábado los cargué a todos en mi camioneta. Eran cinco, como había prometido. Me vestí como me gusta cuando quiero que me miren: una musculosa blanca, fina, que con el calor se me pegaba al cuerpo y dejaba ver mis pezones endurecidos apuntando a través de la tela. Una calza clara, casi traslúcida, y nada debajo. Sentía cada bache del camino directamente en el coño, la costura frotándome el clítoris cada vez que apretaba el embrague.

Ellos no decían mucho. Pero los veía por el espejo retrovisor, cruzando miradas entre ellos, acomodándose en los asientos, tratando de disimular los bultos que se les marcaban en los pantalones. Esa tensión callada me encantaba. Todavía puedo provocar esto, pensé, y apreté un poco más el acelerador, abriendo las piernas apenas lo suficiente para que el que iba de copiloto pudiera ver la sombra de mi coño a través de la calza.

Llegamos a casa cerca del mediodía. Les serví un desayuno tardío en la galería, café fuerte y facturas, y mientras comían los estudié uno por uno. El más callado tenía una barba descuidada que pedía a gritos una afeitada. Otro, el mayor del grupo, me sostenía la mirada con una calma que me decía que él ya sabía cómo terminaba el día.

—Los voy a poner presentables —dije, y los llevé al quincho del fondo.

Tenía una silla, una toalla y todo lo necesario. Fui cortándoles el pelo y afeitándolos de a uno, despacio, rozándoles la nuca, el cuello, la mandíbula, apoyando mis tetas contra sus hombros mientras trabajaba. Mientras me ocupaba de uno, los demás se duchaban y salían a la pileta con unos shorts que les presté. El sol pegaba fuerte. El agua, las risas, el rumor del verano. Y yo, sintiendo cómo se me humedecía el coño con solo pasarles la cuchilla por la piel, con la calza empapada pegada a los labios.

***

Dejé al más callado para el final. Cuando los otros cuatro ya chapoteaban en la pileta, lo acompañé a la ducha del fondo. Antes de que él se moviera, me quité la musculosa y la calza y las dejé caer sobre un banco. Me quedé desnuda, con los pezones parados y el pelo suelto sobre los hombros, y vi cómo se le secaba la boca.

—Dejá que te higienice yo —le dije.

No contestó. Solo asintió, con los ojos muy abiertos.

Lo enjaboné entero, sin apuro, pasándole las manos por el pecho, la espalda, las piernas. Cuando llegué abajo lo agarré de la verga y casi me quedo sin aire: la tenía gruesa, dura como piedra, con una vena marcada que le latía contra mi palma. Se la trabajé con las dos manos, subiendo y bajando el prepucio, jugándole con el pulgar en la punta hasta que empezó a soltar líquido. Me arrodillé bajo el chorro tibio y me la llevé a la boca despacio, probándole primero la cabeza, chupándosela con los labios apretados alrededor del glande antes de tragármela entera.

Él soltó un gruñido y apoyó una mano en la pared, la otra en mi pelo, sin empujar, dejándose llevar. Yo se la mamé como si no hubiera comido en semanas: la lengua trabajándole el frenillo, las mejillas hundidas por la succión, la garganta abriéndose para tragármela hasta las bolas. Le agarré los huevos con una mano y se los masajeé mientras con la otra le clavaba las uñas en el culo para que se me acercara más. Sacaba la verga de mi boca solo para lamerle los testículos, chuparle la base, y volver a tragármela.

Hacía tiempo que no estaba con nadie y lo sentí tensarse rápido. Los músculos de los muslos se le endurecieron, la mano en mi pelo se cerró en puño, y descargó con un gemido ronco que rebotó en los azulejos. Sentí el semen caliente golpearme el fondo de la garganta, chorro tras chorro, espeso, salado, y no dejé escapar ni una gota. Me tragué todo y todavía le seguí chupando la punta para que no se perdiera nada, hasta que se estremeció y tuvo que apartarme suave por lo sensible que había quedado.

La demora no pasó inadvertida. Los otros cuatro aparecieron en el umbral del baño, todavía mojados de la pileta, con los shorts marcándoles pijas ya duras, y se encontraron con la escena: yo de rodillas, con la boca todavía brillante, y su compañero deshecho contra los azulejos. Hubo un silencio espeso, de esos que se cortan con un cuchillo. Y después, casi a coro, reclamaron lo mismo.

—Tranquilos —reí, secándome la boca con el dorso de la mano—. Hay para todos.

***

Me dejaron afeitada y limpia bajo la ducha, y entonces se abalanzaron. Cuatro pares de manos curtidas me recorrieron entera, apretándome las tetas, agarrándome el culo, separándome las piernas sin pedir permiso. Una boca me atrapó un pezón y tiró con los dientes, justo en ese punto entre el dolor y el placer que me vuelve loca; otro se ocupaba del otro pecho, chupándomelo entero, dejándome marcas rojas alrededor de la areola. Otro me mordía la nuca y el cuello mientras me hacía sentir la verga dura contra el culo. Sentí una lengua hábil abrirse paso entre mis piernas y empezar a trabajarme el clítoris con una paciencia que no esperaba de un hombre tan grande, chupándomelo, haciéndole círculos, metiéndome dos dedos gruesos hasta el fondo del coño.

Me corrí ahí mismo, parada, con la espalda contra la pared fría y el agua todavía cayendo. Grité fuerte, sin importarme nada, apretándole la cabeza contra mi coño para que no dejara de comerme. Las rodillas me temblaron y dos de ellos me sostuvieron para que no me fuera al piso, con la vagina todavía latiéndome alrededor de los dedos del que estaba abajo.

Me pusieron en cuatro sobre la baldosa tibia. El primero me la metió de una, hasta las bolas, y yo casi me trago la lengua del golpe de placer. Me la clavó entera, sin cuidado, agarrándome de la cadera con las dos manos, y yo empujaba el culo hacia atrás para que me la enterrara más profundo. Se turnaron, entrando y saliendo, dejándome elegir a veces, decidiendo otras por mí. El mayor me la puso desde el costado, tirándome del pelo, obligándome a arquear la espalda; otro se me acomodó adelante y me metió la verga en la boca al mismo ritmo con que el de atrás me cogía. Yo tenía la boca ocupada casi todo el tiempo, pasando de una verga a otra, chupando, escupiendo, sintiendo cómo se me llenaba la cara de saliva y presemen.

Uno de ellos se corrió sobre mis tetas, larguísimos chorros blancos que me quedaron colgando de los pezones. Otro me acabó adentro sin avisar, con un rugido, y sentí el semen tibio derramándoseme por los muslos cuando sacó la verga. Y yo seguía pidiendo más, con el coño empapado, contrayéndome sola, ya sin fuerzas para hablar y solo capaz de gemir.

Era exactamente lo que había ido a buscar al supermercado sin saberlo: sentirme deseada por varios a la vez, ser el agujero central de todos, la puta que se ofrece y recibe todo lo que le den.

Lo que más me gustaba era cómo se coordinaban sin hablar. Una mano me sujetaba la cadera mientras otra me apartaba el pelo de la cara para que la verga que tenía adelante entrara más profundo. Uno marcaba el ritmo cogiéndome y los demás esperaban su turno con una paciencia que no esperaba, la pija en la mano, masturbándose despacio para no acabar antes de tiempo. No había prisa ni torpeza, solo ganas acumuladas durante mucho tiempo y la decisión de aprovecharme bien. Yo me dejaba llevar, sintiendo cómo el agua tibia me corría por la espalda mezclándose con el semen, y el placer me subía en oleadas que no terminaban nunca.

Cuando se cansaron, nos fuimos secando y entramos a la casa. Era hora de almorzar de verdad.

***

Comimos desnudos en la cocina, todos, como si fuera lo más natural del mundo. Hubo vino, asado, charla. Por un rato fuimos solo cinco hombres y una mujer compartiendo una mesa un sábado caluroso. Pero las miradas seguían ahí, encendiéndose de nuevo con cada copa, y yo sentía cómo los muslos me quedaban pegajosos contra la silla, todavía con la corrida de ellos escurriéndoseme del coño.

Me gustaba esa parte tanto como el sexo: el rato de calma, los cuerpos relajados, las bromas que iban y venían. Uno me contó de dónde venía, otro me hizo reír con una historia tonta de la quinta. Yo escuchaba con la copa en la mano, sintiéndome el centro de una mesa de hombres que no me sacaban los ojos de encima de las tetas. Esa sensación, la de ser deseada sin disimulo por varios a la vez, es una de las pocas cosas que me hacen sentir realmente viva.

Vi a uno de ellos recostarse en el sillón del living, relajado, con la verga a media asta y todo a disposición. Me acomodé entre sus piernas, le agarré la pija con la mano y empecé a mamársela despacio, disfrutando del momento, sin prisa. Se la chupé con calma, lamiéndosela desde las bolas hasta la punta, sintiendo cómo se me endurecía en la boca hasta ponerse otra vez como piedra. Le hacía ruido al mamársela, dejaba que la saliva chorreara, y él me acariciaba el pelo mientras susurraba puteadas.

Al ratito sentí una lengua tibia recorrerme desde atrás y tuve que morderme para no gritar. El mayor de todos se había arrodillado detrás de mí y me trabajaba con una habilidad que no encajaba con sus manos toscas: me abrió el culo con los pulgares y me lamió desde el clítoris hasta el ojete, sin ningún reparo, comiéndome los dos agujeros como si fuera lo mejor que había probado en años.

Sus dedos jugaban, se humedecían, exploraban con una mezcla de firmeza y cuidado que me arqueó la espalda. Me metió dos dedos en el coño y el pulgar en el culo, moviéndolos al mismo tiempo, mientras la lengua seguía trabajándome el clítoris. Yo gemía contra la verga que tenía en la boca, perdida, empujando hacia atrás para sentir más, mordiéndole la pija sin querer cada vez que él encontraba el ángulo justo. El mayor me levantó la cara con suavidad, me miró a los ojos un segundo —ese segundo de más, otra vez— y volvió a lo suyo con la boca hundida en mi entrepierna.

Después se acomodaron para una doble penetración. Uno se acostó en el sillón y me subí encima, empalándome despacio en su verga hasta sentirla en el fondo del útero. Empecé a cabalgarlo, pero apenas había arrancado cuando otro se me puso detrás, me escupió en el culo, y me metió la pija en el ojete de a poco, forzándome, hasta que sentí las dos vergas separadas solo por una pared delgada de carne dentro de mí. Grité, no de dolor, sino porque nunca me había sentido tan llena en la vida.

Un tercero se me paró adelante y me metió su verga en la boca. Yo estaba atrapada entre los tres, sin poder moverme por mí misma, dejándome cog­er en los tres agujeros al mismo tiempo, sintiendo cómo cada empujón de uno me sacudía contra los otros dos. Los otros dos, alrededor, me acariciaban las tetas y se masturbaban esperando el turno.

Sentí las tres descargas casi seguidas, una atrás de la otra, en cuestión de minutos: el de abajo me llenó el coño de semen caliente, el de atrás me acabó en el culo con un gruñido animal, y el de la boca me hizo tragar hasta la última gota mientras me tiraba del pelo. Yo me corrí con ellos, sacudida de pies a cabeza, contrayéndome alrededor de las dos vergas que todavía estaban adentro.

El último, el más callado de la mañana, esperó su turno y me embistió con una fuerza contenida hasta hacerme acabar una vez más. Me acostó boca arriba, me abrió las piernas hasta casi partirme, y me la clavó a fondo con ese cuerpo grande cargándome entera. Me miraba fijo mientras me cogía, sin decir palabra, y yo le clavaba las uñas en la espalda con cada embestida hasta que sentí otro orgasmo sacudirme de arriba abajo. Él acabó dentro de mí y se derrumbó sobre mi pecho, jadeando.

***

Como hacía tanto que ninguno estaba con una mujer, y eran hombres grandes con mucha energía guardada, la cosa siguió. Pero aprendimos a darnos descansos, a estirar el placer, a dejar que las ganas volvieran a juntarse antes del siguiente round. Comíamos algo, nos refrescábamos en la pileta —donde de paso alguno me arrinconaba contra el borde y me hacía acabar con los dedos bajo el agua—, y volvíamos a empezar.

Los invité a quedarse todo el fin de semana, y aceptaron sin pensarlo. Esos dos días fui suya y ellos fueron míos. Me tomaron cuando quisieron, como quisieron, y yo no me cansé de pedir más. Me cogieron en la cama, en el sillón, contra la mesada de la cocina, con la cara aplastada contra el vidrio de la ventana mientras alguno me la clavaba desde atrás. Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí. Ellos también perdieron la cuenta de las suyas. Amanecí varias veces con una verga en la boca y otra ya buscándome el coño desde atrás, y no había mejor manera de despertarse.

El domingo a la tarde los llevé de vuelta. En la camioneta nadie hablaba demasiado, pero el silencio ya no era de tensión: era de algo compartido. Antes de bajar, el mayor me apoyó una mano en la rodilla.

—¿Volvés? —preguntó.

—En cualquier momento aparezco —le dije, y lo decía en serio.

***

Manejé de vuelta a casa con una sonrisa idiota y el cuerpo deshecho, el coño hinchado, los pezones sensibles y el sabor de ellos todavía en la boca. De esa manera buena que solo conozco después de un fin de semana así. Me di un baño largo, me serví una copa y me quedé en la galería viendo caer la tarde, con la mano metida entre las piernas repasando cada escena.

A los cuarenta y tres, una aprende a no pedir permiso para desear lo que desea. Y yo, esa noche, me sentí más viva que nunca. Hasta la próxima, amigos. Porque va a haber próxima.

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Comentarios(5)

NachoCba

tremendo relato!! me tuvo pegado a la pantalla hasta el final

Valentina_07

Quede con ganas de mas, por favor contanos como siguio todo ese fin de semana!!

lectornocturna22

La introduccion ya te engancha sola, sabes crear tension desde el primer parrafo. Espero que haya segunda parte porque asi no se puede terminar jaja

Trampolinero

cinco desconocidos... vaya fin de semana. jajaja muy bueno

CaminoNorte

Me recordo a unas vacaciones del verano pasado, hay mujeres que saben exactamente lo que hacen y eso se nota. Muy buen relato!

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