La madura que me dio las llaves no se quedó en la puerta
La empresa, en uno de esos arranques de tacañería que tanto presumen de eficiencia, me había reservado un apartamento por una de esas webs de alquiler en vez de un hotel decente. Me fastidiaba especialmente que después de tragarme kilómetros y kilómetros de carretera, ya entrada la noche, todavía tuviera que hacer trámites, aunque fueran los mínimos para poder meterme en una cama.
Al llegar a la ciudad abrí un mensaje que me habían enviado desde la oficina con un teléfono de contacto y la dirección del piso, en la calle Robles. Lo confieso, estaba de mal humor. A veces la diferencia de precio entre un apartamento y un hotel es ridícula, si es que la hay. Pero en fin. Llamé al número y sí, me respondió una voz de mujer bastante directa, sin azúcar de más, que me indicó que las llaves no estaban en una de esas cajitas con clave, sino que me las entregarían en un bar y allí me explicarían cómo entrar al piso.
Era raro. Olía a timo, porque nunca es así, pero a esas horas no me quedaba otra que comprobarlo.
El bar no era un bar, era una especie de pub a reventar de gente. Algunos con abrigo, otros de punta en blanco, las dos camareras jóvenes en top con todo el brazo al aire. La ciudad era pequeña y parecía que allí confluía gente de todas las edades: chavales, parejas maduras, tipos perfumados que entraban a recoger su copa y salían otra vez al ambientazo de la calle. Me costó llegar hasta la barra. La música reventaba los tímpanos.
—¿De qué piso? —me gritó una de las camareras cuando le pedí las llaves.
Casi me río. Le pasé el móvil con el mensaje abierto, porque con aquel volumen yo era incomprensible para ella. Lo leyó, me lo devolvió y me señaló la puerta.
—La de las llaves está fuera —entendí a duras penas—. Sal a buscarla.
Salí con una cerveza helada en la mano a ver si daba con ella. Fuera había más ambiente todavía, gente mezclada que no conocía de nada. Ahogué mi enfado por tanta cicatería dándole sorbos a la cerveza, mientras con la mirada intentaba adivinar cuál de todas sería el «ama de llaves». Nos cruzábamos los ojos unos con otros. Yo no me movía. Disfrutaba de la cerveza y de su frío bajando por la garganta.
A un dedo de vaciar el vaso, busqué de nuevo el dichoso número y llamé. No respondió. Volví a probar, y esta vez sí. De entre la gente, una mujer madura levantó la vista, me buscó con la mirada y asintió. Nos estábamos buscando. Era cerca de la una de la madrugada.
Nos acercamos y sí, era ella. Una voz un poco ronca por la hora, unos kilos de más bien repartidos, melena rubia de peluquería con ondas suaves, algo de maquillaje corrido. Tenía los ojos de un marrón claro casi transparente y los labios pintados de rojo. Cuarenta y muchos, puede que cincuenta. Me quedé un instante embobado.
—¿Eres tú? Hemos hablado por teléfono hace un momento, ¿no? —dijo, y sin esperar respuesta me puso las llaves del piso de la calle Robles en la mano.
—¿Cómo llego más fácil desde aquí? —pregunté—. Tengo el coche aparcado en la puerta del edificio.
—Vengo contigo, vivo justo al lado.
Apuró su copa, en la que ya no quedaba más que hielo derretido con un dedo de alcohol, y dejó el vaso sobre uno de los toneles que hacían de mesa delante del pub.
—Me voy, chicas —le dijo a un grupo cercano—. Ya he entregado las llaves.
—Vamos contigo, Amalia —respondió una.
Se sumaron cuatro mujeres más de su edad. El apartamento estaba a unos trescientos metros, doblando una esquina por una calle estrecha. Con las luces de Navidad puestas, hasta resultaba bonito.
Por el camino me interrogaron con simpatía: de dónde venía, adónde iba, si viajaba mucho. Un interrogatorio amable en toda regla que me hizo olvidar el cabreo y convertir la caminata en un paseo casi agradable. Eran graciosas, bromeaban con las copas que llevaban encima y sus perfumes abundantes llenaban el aire frío de la noche.
Tres de ellas vivían en el mismo bloque; las otras dos eran vecinas del barrio. Nos metimos todos en el ascensor, apretados, dos frente a dos, porque la caja era diminuta y ellas, con los abrigos, no eran precisamente delgadas. Nuestros cuerpos se rozaban. Frente a mí, una amiga muy morena de Amalia me aguantaba la mirada mientras subíamos sin dejar de hablar. Se bajó en el segundo con otra.
Amalia y yo quedamos frente a frente. Olía un poco a alcohol y seguía empeñada en ser amable: que si era la primera vez que paraba allí, que si conocía la zona. Así llegamos al sexto.
—Pues aquí es. Buenas noches, que descanses —me dijo en el rellano, puerta con puerta.
—Buenas noches. Hasta mañana.
Iba a quedarme cinco días y cuatro noches.
***
Inspeccioné el piso por encima. Muy limpio, muy cuidado, pero con un frío de nevera industrial. No daba con el termostato. Deshice un poco la maleta, saqué algo de ropa, pero me congelaba. Pensé en darme una ducha hirviendo, aunque estaba reventado y lo único que quería era tirarme en la cama y quedarme frito. El problema es que aquello era un congelador.
Total, que aprovechando la franqueza de antes, me decidí a salir y preguntar cómo se encendía la calefacción. Toqué el timbre de enfrente. Tardó un poco. Salió ella, ya desaliñada, con unos calcetines blancos, un pantalón corto de pijama y una camiseta vieja de marca, bastante ancha. Encima, una bata tipo albornoz que se cruzó al abrir para taparse un poco. Me interrogó con la mirada, sin decir nada.
—¿Sabes cómo se enciende la calefacción? El piso es una heladera.
—Ay, perdona, se me olvidó dejarla puesta. Te la enciendo desde el móvil. ¿Quieres un café mientras se templa un poco? Será un momento.
Me pareció razonable. Y entré, porque ya olía a café recién hecho.
—Es muy tarde para un café, pero bueno —dije, y me encontré dentro de su casa sin saber muy bien cómo.
—Siéntate en el sofá si quieres.
Era un sofá de tres plazas frente a un televisor enorme.
—Pon algo si te apetece, tengo Netflix. ¡Ya vengo! —oí desde la cocina—. Te hago uno con aroma de almendras, ¿vale?
No respondí. Estaba derrengado en el sofá, con la mirada perdida en la pantalla apagada. Cinco minutos y a la cama, pensé.
Volvió con dos tazas. Olía bien, muy bien. El albornoz se le había abierto del todo, colgando como una capa, y sus tetas, ya sin sujetador, se balanceaban libres bajo la camiseta, marcando dos pezones gordos y duros que empujaban la tela fina.
—No juzgues el desorden, no esperaba visita —dijo, y dio un sorbo—. ¿Azúcar?
—Huele de maravilla. ¿Tú tomas azúcar? —respondí, intentando no mirarle el escote.
—Solo si tú tomas.
Mis ojos saltaron como en una máquina tragaperras. No podía con mi cuerpo, y aquella mujer, con ese balanceo suelto bajo la tela, me estaba poniendo la polla dura sin proponérselo. O eso creía yo.
El café era un ristretto buenísimo, pero a sorbitos se terminó enseguida.
—¿No te quemas, tan caliente? —pregunté.
—Me gusta muy caliente —dijo ella, mientras se acariciaba sin disimulo una teta por encima de la camiseta, pellizcándose el pezón entre dos dedos hasta que se marcó aún más, y se sentaba a mi lado—. A mí también me gusta muy caliente. Muy dentro y muy caliente, ¿sabes?
Se abrió un poco más el albornoz y se colocó el pelo, sin apartar los ojos de los míos. Cansado como estaba, reaccioné lento. Ella se acercó mucho más, la mirada clavada en mí, hipnotizándome con esos ojos color miel.
—¿Y qué más está caliente? —susurró, apretando una teta contra mi brazo hasta llegar a mis labios con un beso de campeonato, la lengua directa dentro de mi boca, revolviéndome, mordiéndome el labio inferior al retirarse.
Sabía a alcohol y a café. Mis pocas fuerzas alcanzaron para que mis manos buscaran esas tetas, primero sobre la camiseta, luego por debajo: pesadas, tibias, la piel suave y los pezones ya erectos como piedritas contra las palmas. Se los pellizqué y ella soltó un jadeo largo en mi boca. Su lengua otra vez en la mía, o la mía en la suya, ya no sabía. Y noté en el pantalón que la polla se me había puesto dura como una piedra, a pesar de los kilómetros, empujando la tela hasta hacerme daño.
—Uy, aquí abajo alguien no está tan cansado —murmuró bajando la mano y apretándomela por encima del pantalón, buscándome el bulto con la palma abierta y midiéndomelo entero de arriba abajo—. Qué polla tienes, cariño… la quiero ver.
La ropa nos sobró rápido. Me desabrochó ella misma el cinturón, luego el botón, y me bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón hasta los tobillos. La polla me saltó tiesa contra el vientre, y ella se quedó mirándomela un instante con esa media sonrisa, mordiéndose el labio. Me la agarró por la base con la mano derecha, apretando, y con la izquierda me sopesó los huevos, hinchados y calientes de horas de coche.
—Mmm, mira qué guapa —dijo, y sin dejar de mirarme a la cara se agachó y se la metió en la boca de golpe, hasta la mitad.
La lengua caliente enroscándose en el glande, la garganta apretándome, un chupetón largo mientras subía y otro chasquido al soltarla. Me chupó despacio, saboreando, moviendo la mano y la boca a la vez, arriba y abajo, con un ruido húmedo que llenaba el salón. Se detenía en el capullo, jugueteaba con la lengua en la ranura, bajaba a lamerme los huevos uno a uno metiéndoselos en la boca, y volvía a tragarse la verga entera. Le babeaba la barbilla, se le corría el pintalabios rojo por la polla dejándola manchada de arriba abajo, y ella parecía disfrutarlo más que yo.
—Amalia, joder… así —jadeé echando la cabeza atrás.
—Chssss, cariño, déjame —dijo ella con la voz ronca, la polla todavía en la boca—. Que hace mucho que no chupo una polla tan rica.
Se subió a horcajadas y se quitó la camiseta por la cabeza. Las tetas grandes, blancas, con las areolas anchas y los pezones duros y oscuros me quedaron a la altura de la cara. Se las agarró con las dos manos y me las ofreció, empujándomelas a la boca.
—Mámame las tetas. Fuerte, no seas cursi.
Le chupé un pezón y luego el otro, mordiéndoselos, tirando de ellos con los dientes. Ella arqueó la espalda, gimió y se restregó el coño empapado contra mi vientre, dejándome un rastro pegajoso justo encima del ombligo. Le metí la mano entre las piernas, aparté el pantaloncito y le encontré el coño hinchado, mojado hasta el muslo, con los labios abultados y el clítoris asomando duro. Le hundí dos dedos hasta el fondo, sin preámbulos, y ella dio un respingo.
—Ay, sí… así, más adentro… —jadeó pegándome la boca a la oreja—. Ábremelo bien.
Se los metí y los saqué, curvándolos hacia arriba, oyendo el chapoteo del coño mientras la follaba con la mano. Le acaricié el clítoris con el pulgar, en círculos, y ella se dejó caer sobre mí temblando, mordiéndome el cuello.
Se bajó el pantalón corto y se lo quitó tirándolo al suelo. Se movió hasta quedar sentada a horcajadas sobre mí, ofreciéndome las tetas otra vez con sus propias manos, los pezones casi en mi cara. Se agarró la polla mojada de saliva y se la colocó en la entrada del coño, restregándose el capullo por los labios y por el clítoris antes de dejarme entrar.
—Qué bien me cabes… uf.
Encajó bien, sin prisa, y con un leve gesto de cadera me deslicé dentro de ella, mojada como si estuviera untada de aceite. El coño la tenía apretado, caliente, y me envolvió centímetro a centímetro hasta que noté su culo aplastarme los huevos. Empecé a apretarla contra mí, a embestir desde abajo, pero ella me sujetó la cabeza contra el respaldo.
—Shhh… no… —murmuró—. Suaaave, cariño. Déjame yo.
Y se quedó quieta, completamente quieta, conmigo dentro, sin moverse un milímetro, apretándome con el coño de manera consciente, ordeñándome la polla con pequeñas contracciones.
—Notas cómo te aprieto, ¿eh? —susurró—. Con esto te vas a correr, ya verás.
—Despaaacio… —susurró después, y empezó un vaivén mil veces lento, subiendo hasta que la polla casi le salía, dejándome ver cómo salía brillante y ensopada, y bajando otra vez despacio, tragándomela entera hasta la base. Empujándome contra el respaldo del sofá, separándose después sin llegar a salir, para volver otra vez a hundírsela hasta el tope.
Yo estaba rendido. Mis manos resbalaban de sus tetas a sus caderas y de sus caderas a sus tetas, acariciándola, apretándole el culo, dejándome llevar. No tenía fuerzas para imponer ritmo, y la postura me obligaba a que mandara ella. Me la cabalgaba con una calma exasperante, midiendo cada milímetro, deteniéndose arriba y bajando en cámara lenta.
—Así, Andrés… sigue… —jadeó—. Me llenas la coño entero… no pares… mira cómo entra.
Bajó la vista entre nuestros cuerpos para ver cómo mi polla desaparecía dentro de ella y volvía a salir brillante de flujo. Se relamió y me obligó a mirar también, cogiéndome la nuca.
—¿La ves? Toda para ti. Toda dentro de mi coño.
La camiseta ya había volado. Le chupaba los pezones cada vez que se hundía y me los apartaba después, enredando los dedos en mi pelo para volver a bajar. Dulce, largo, lentísimo. Algún espasmo suyo me hacía notar su humedad resbalando por mis huevos, chorreándome hasta el sofá. Sonaba a húmedo, un chof-chof pegajoso cada vez que su culo me golpeaba los muslos, y ella seguía sin acelerar.
—Estás empapada —gemí.
—Es lo que me haces tú, cariño. Mírame. Chúpame otra vez.
La abrazaba contra mí, la empujaba, pero era ella la que marcaba cada compás. Me lamió la boca, me mordió el labio, me mordisqueó el cuello sin dejar de subir y bajar la cadera. Sentía el capullo hinchado dentro de ella, cada vena de la polla apretada por ese coño empapado, y sabía que no iba a aguantar mucho más.
—Amalia, me corro… espera… me voy a correr dentro —logré balbucear.
—Córrete dentro, córrete todo dentro de mí, no te salgas —jadeó ella acelerando por primera vez, apretándome contra el respaldo—. Quiero notártelo. Llename.
Intenté avisarla de nuevo, pero tapó mi boca con otro beso que me dejó sin aire, la lengua metida hasta el fondo. Y llegué. Sentí las primeras sacudidas subiéndome desde los huevos, y ella me regaló un movimiento circular con las caderas mientras yo descargaba a chorros dentro de ella, apretándome contra su cuerpo con cada espasmo, incapaz de hacer otra cosa. Noté la polla latirle dentro, vaciarse en golpes calientes, y ella gimió en mi oído cada vez que sentía un chorro nuevo.
—Eso es… eso es, todo dentro… ay, qué caliente…
Solo entonces aceleró. Más deprisa, más fuerte, cabalgándome ya con la polla todavía dura y resbalando de mi propia corrida. El sofá crujía, sus tetas rebotaban delante de mi cara, y yo le agarré el culo con las dos manos para clavármela hasta el fondo en cada bajada. Se llevó una mano al coño y se frotó el clítoris a toda velocidad mientras me montaba, mordiéndose el labio, mirándome fijo.
—Me corro yo también… no te salgas, no te salgas… ay… ay, joder…
Gimió de manera ahogada mientras yo seguía dentro de ella, y todo su cuerpo se estremeció. El coño se le contrajo alrededor de mi polla en oleadas, exprimiéndome hasta la última gota, y noté cómo un chorro tibio de nosotros dos se me escurría por los huevos hasta el sofá. Creo que el mío también se estremeció. Se quedó abrazada a mi cabeza, las tetas aplastadas contra mi pecho, sin separarse, con la polla todavía metida y ablandándose despacio dentro de ella, aprovechando esos últimos temblores que llegan tarde, susurrándonos tonterías al oído en la penumbra del salón.
—No te salgas todavía —murmuró—. Déjamela ahí dentro un rato.
Cuando estuvimos medio recuperados y por fin me sacó la polla de dentro, sentí cómo un hilo espeso de semen me chorreaba por la ingle. Ella se llevó dos dedos al coño, se los metió, los sacó brillantes y se los relamió delante de mí, sonriendo. Después me cogió de la mano.
—¿Vamos a la cama, Andrés? —dijo—. Ven, que la noche es larga y aún te queda mucha polla que darme.
Y me llevó al cuarto sin soltarme, dejando las dos tazas frías sobre la mesa y la calefacción, por fin, calentando un piso que ya me daba igual. La heladera había dejado de ser un problema. Pensé, mientras la seguía por el pasillo a oscuras con la polla todavía goteando y colgándome pesada entre las piernas, que tendría que darle las gracias a la empresa por su tacañería. Cinco días y cuatro noches. Esa primera, desde luego, no la dormí entera.





