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Relatos Ardientes

Lo que el viejo obispo le enseñó a la novicia

La vida de Amparo había transcurrido entera entre los muros de piedra del convento de Santa Brígida, entre rezos, silencios largos y la certeza serena de su vocación. A los veintiséis años, su devoción era tan honda como el castaño de su pelo, siempre escondido bajo el velo. El cuerpo que el hábito disimulaba era firme y generoso, y ella lo entendía como una ofrenda más, un templo de tela áspera que pertenecía a Dios y a nadie más.

Fue precisamente esa entrega sin grietas la que decidió a la madre superiora. Necesitaban a alguien para la misión más delicada de la diócesis: acompañar a monseñor Esteban en sus últimos días. El obispo rondaba los ochenta años y pasaba sus horas finales en una casona anexa a la catedral, sin más compañía que el tictac de los relojes y el olor a cera quemada.

—Tú eres la indicada —le dijo la superiora—. Necesita manos pacientes y un alma que no se asuste de la muerte.

Amparo aceptó el mandato bajando la cabeza, como aceptaba todo.

La casa del obispo era un mundo callado. Olía a libros viejos, a polvo dorado por la luz de la tarde y a las velas que él prefería sobre la electricidad. Monseñor Esteban la recibió con una sonrisa que le partió en dos el rostro surcado de arrugas.

—Bienvenida, hija —murmuró, con una voz gastada por el tiempo y por mil sermones—. Esta casa vieja agradece la luz que traes.

Los días se fueron ordenando en una rutina sagrada. Amparo le leía pasajes del evangelio, le servía el té con manzanilla, lo acompañaba en sus paseos lentísimos por el jardín de los naranjos. Hablaban de la fe y también de las dudas, de la belleza de la creación y de esa paz extraña que, según él, precede al final. Ella encontraba en esas charlas una confirmación de su camino. Todo era luminoso y limpio.

Todo, salvo un momento del día.

El baño.

La primera vez que llegó la tarea, Amparo contuvo el aliento. Se vistió, como mandaba la costumbre de la casa, con una túnica blanca de algodón pensada para el agua. Una prenda práctica que, al mojarse, se pegaba a sus curvas con una fidelidad inquietante. Era la primera vez que su cuerpo, negado al mundo, se dibujaba bajo una tela.

Con dedos que apenas le obedecían, ayudó al anciano a desvestirse. Mantuvo la mente clavada en la oración, en la pureza de la caridad. Le soltó la sotana, le quitó la camisa, después el pantalón. Lo sostuvo con firmeza mientras él, con la dignidad rota por la edad, daba pasos cortos hacia la bañera de hierro.

Y al inclinarse para ayudarlo a bajar, lo vio.

Era la primera vez en su vida que veía la desnudez completa de un hombre. Y no de cualquier hombre, sino de un príncipe de la Iglesia. La piel manchada por los años, como pergamino antiguo. La carne rendida, frágil, colgando entre dos piernas marchitas. No había en aquello nada que se pareciera a lo que ella imaginaba que era el pecado. Había, en cambio, algo más crudo: la humanidad desnuda, mortal, a punto de apagarse.

Un torrente de sensaciones contradictorias la atravesó. La vergüenza le quemó las mejillas, sí. Pero también brotó, desde un lugar que creía muerto, una curiosidad profana, casi animal. Y por encima de todo, una compasión inmensa. Aquel cuerpo era el vehículo que pronto dejaría de servir a un alma que se preparaba para partir.

Monseñor Esteban, con los ojos cerrados, sumergido en el agua tibia, pareció adivinar su turbación.

—El cuerpo nos recuerda lo que somos, hija —dijo sin abrir los párpados—. Nos humilla y nos glorifica al mismo tiempo. Es el instrumento que Dios nos dio para sentir Su mundo. Ahora solo me sirve para recordar que el viaje de vuelta está cerca.

El vapor empañaba los azulejos. Amparo trataba de concentrarse en la tarea, en lo espiritual del gesto, pero su mirada se deslizaba una y otra vez hacia aquella fragilidad expuesta. Sus dedos, al enjabonar la espalda curtida, temblaban apenas.

Él no era un hombre cuyos sentidos se hubieran apagado del todo. A través de los párpados entornados percibió las miradas furtivas de la joven, la lucha que le nublaba los ojos. Vio cómo su mano, apoyada en el borde de la bañera, se abría y se cerraba con un temblor que delataba un deseo que ella ni siquiera sabía nombrar.

Un suspiro cargado de años y de una ternura infinita se le escapó.

***

Con un movimiento lento, sin ninguna intención de asustarla, el obispo estiró su mano arrugada. No hacia ella, sino hacia la mano de Amparo, que se aferraba al hierro frío. La cubrió con una suavidad que contradecía su firmeza.

Amparo dejó de respirar. Un jadeo se le quedó atascado en la garganta. Sus ojos, muy abiertos, se encontraron con los de él, serenos y llenos de una comprensión que la avergonzó todavía más.

—Tranquila, niña —murmuró—. Esto es lo más natural del mundo. Es algo que se nos dio para conocer, para honrar a su tiempo.

Guiada por la mano del anciano, la suya se movió con una lentitud agónica. El brazo de Amparo se resistía con firmeza, pero la ternura de aquellos dedos la desarmó. No era un forcejeo. Era una invitación. Y entonces sintió el contacto.

Su palma, acostumbrada al hábito áspero y al frío del rosario, se posó sobre aquella carne que momentos antes había visto dormida. Era suave, tibia, vulnerable. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero, y la túnica blanca, pegada a su piel, se sintió de pronto como una segunda piel ridículamente delgada.

—Pero yo soy un viejo —susurró él, recorriendo con la mirada la silueta que la tela mojada dibujaba sin piedad—. Un hombre quebrado por los años. Y tú estás en plena flor.

Amparo sintió que el rubor le incendiaba la cara, el cuello, el pecho. La vergüenza y una excitación desconocida peleaban dentro de ella. Pero bajo su palma, algo empezó a cambiar. Aquella carne dormida comenzó a latir. Un pulso leve al principio, que se convirtió en un endurecimiento lento e inevitable.

Sin que él la guiara ya, casi por un instinto que nació entre la curiosidad y una piedad extraña, sus dedos empezaron a moverse. Una caricia tímida, torpe, exploratoria. Recorrió la longitud que crecía bajo su tacto, asombrada de la tensión nueva y firme que se alzaba.

No estoy lavando un cuerpo que muere, pensó. Estoy tocando algo que está vivísimo.

En el silencio, roto apenas por el goteo del grifo y por su propia respiración entrecortada, Amparo aprendió una oración nueva. Una que no venía de los libros, sino del temblor de su mano sobre la carne mortal y sagrada de aquel anciano.

***

La túnica empapada cayó al suelo de madera y formó un círculo pálido a sus pies. Amparo se había despojado de ella como quien se quita una vida entera de represiones. El aire fresco sobre su piel desnuda fue un sobresalto, un recordatorio brutal y a la vez dulce de su propia vulnerabilidad.

Monseñor Esteban, envuelto en una bata de seda gastada, la observaba desde el borde de la cama. Sus ojos ya no eran los de un anciano frágil, sino los de un hombre que descubre un manantial después de décadas de sed. Con una fuerza que parecía renacer de sus huesos cansados, la atrajo hacia él.

—Ven, hija —pidió, y su voz era áspera ahora, cargada de una necesidad que ya no tenía nada de espiritual.

Los labios de Amparo, que solo habían pronunciado plegarias, se encontraron con los de él. Fue un roce seco al principio, que la hizo estremecer y querer retroceder. Pero él no se lo permitió. Con la paciencia del maestro que había sido toda su vida, le guió la boca.

—Despacio —murmuró entre besos—. Así. Deja que pase.

Le enseñó la coreografía secreta: cómo ladear la cabeza, cómo entrelazar los labios sin prisa, cómo dejar que la lengua explorara, tímida primero y después con una curiosidad ardiente. El sabor a té y a años de él se mezcló con el sabor limpio, a miedo y a juventud, de ella. Amparo jadeó dentro de su boca, y aquel sonido fue el de su inocencia disolviéndose.

Mientras se besaban, las manos del obispo, que apenas sostenían el misal, cobraron una firmeza sorprendente. Una bajó por la curva de su espalda hasta las nalgas y las apretó con una seguridad que la hizo gemir. La otra subió hasta uno de sus pechos, lo sopesó y encontró el pezón endurecido. Lo pellizcó apenas, y un latigazo le recorrió las piernas hasta hacerlas flaquear.

Ella, en su torpeza, solo atinaba a aferrarse a lo único que le parecía firme en aquel mar de sensaciones nuevas. Sus dos manos rodearon aquella carne que bajo su tacto se había vuelto dura y vibrante. La acariciaba midiendo su largo, su grosor, asombrada de la vida que palpitaba ahí. Era un viejo, sí, pero estaba vivo de un modo feroz.

—Sí —susurró él, rompiendo el beso, con el aliento caliente en su oído—. Para sentirlo. Para sentirlo todo.

***

El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por una vela. Él se apoyó en un codo y la miró con una intensidad que ya no tenía nada de pastoral.

—Arrodíllate, hija —dijo—. Como cuando rezas.

Amparo, desnuda y temblorosa, sintió otro escalofrío. La orden era clara; el sentido, no. Con la docilidad de toda su vida, pero con el corazón golpeándole como el de un animal acorralado, se deslizó de la cama y se hincó sobre la alfombra. El frío del suelo le recordó las baldosas de la capilla. Cruzó las manos buscando el consuelo de un rosario que no estaba.

Pero él no quería sus rezos. Se acomodó hasta que ella entendió, de golpe, qué se esperaba. Un sonido ahogado, a medio camino entre la protesta y la súplica, se le escapó. Y sin embargo abrió los labios.

El contacto fue eléctrico. La piel suave y firme a la vez, tibia, con un sabor a jabón neutro y a algo intensamente masculino que jamás habría imaginado. Monseñor Esteban dejó escapar un gemido ronco que vibró en el silencio.

—Así —murmuró, y su mano se posó en la nuca de ella, no para forzarla, sino para guiarla—. Suave. Aprende.

No fue nada experto ni profundo. Fue torpe, exploratorio, tembloroso. Su lengua, que solo había sabido de oraciones, se atrevió a moverse, a recorrer, a sentir el pulso de vida que latía ahí. Cada gemido que le arrancaba al anciano la envalentonaba un poco más. Miró hacia arriba y no vio a un moribundo: vio a un maestro revelándole los misterios que el convento siempre le había negado.

Y mientras su boca aprendía el ritmo, sintió una humedad nueva y vergonzosa brotar entre sus propias piernas. Se estaba excitando con un acto que sabía pecado mortal. Pero en ese instante, arrodillada como ante un altar profano, el único dios era el placer que daba y que, para su sorpresa, empezaba a sentir como propio.

***

Él la apartó con suavidad, la respiración hecha un susurro acelerado.

—Acuéstate boca abajo, querida —pidió.

Amparo obedeció, con el miedo enredado en el vientre junto a una excitación prohibida. Apoyó la mejilla en la almohada y escondió el rostro ardiente. No era tan ingenua: los murmullos entre novicias, las confesiones a media voz, algo le habían enseñado.

Oyó abrirse el cajón de la mesita. El clic leve de un frasco. El corazón le golpeaba las costillas. Sentía su humedad entre las piernas, en ese lugar que instintivamente intuía como destino natural.

Entonces sintió la punta de él, caliente y firme, jugando en la entrada de su sexo. Un gemido se le escapó, mezcla de espera y temor. Pero la presión no avanzó. En cambio, la voz de Esteban, grave y cargada de una autoridad nueva, le habló al oído.

—No, pequeña. Ese lugar es para dárselo a alguien que te merezca. A un hombre joven que te ame y te honre. No a un viejo como yo.

Amparo giró la cabeza, los ojos brillantes de confusión.

—Pero yo quiero… —alcanzó a protestar, con la voz quebrada.

—Shhh. —Su mano le acarició la espalda, bajando hasta la base de la columna—. Yo te pido otra cosa. Algo más íntimo. Un secreto entre nosotros.

Antes de que pudiera procesarlo, sintió la punta resbaladiza presionando contra un sitio distinto. Estrecho, virgen, oculto. Un dedo, también untado, recorrió el mismo camino y empezó a masajear en círculos lentos que enviaron una sensación alarmante y nueva por todo su cuerpo. La yema penetró apenas un poco, y bastó para que Amparo arqueara la espalda y soltara un grito sofocado. No era dolor puro: era una intrusión que quemaba y excitaba al mismo tiempo.

—¿Estás de acuerdo, hija? —preguntó él, con una necesidad que ya no podía disimular.

Amparo, con la mente nublada por esa devoción torcida que sentía y por un deseo que anulaba toda razón, asintió contra la almohada.

—Sí —logró susurrar.

Fue la invitación que esperaba. La presión regresó, ahora decidida. La carne, lubricada, se abrió paso contra la resistencia. Amparo gritó, una mezcla de dolor agudo y de una plenitud extraña. Sus manos se cerraron sobre las sábanas hasta dejar los nudillos blancos.

Y entonces empezó el movimiento. Lento, gradual, agónico. Esteban gemía sobre ella, palabras entrecortadas que ya no eran latín ni consuelo, sino el lenguaje crudo y antiguo de la carne. El dolor inicial se transformó en una plenitud abrasadora, un pecado tan hondo e íntimo que, en su confusión, casi le pareció una comunión más verdadera que cualquier otra.

El sudor frío de ella se mezclaba con el calor del cuerpo del anciano sobre su espalda. Los gemidos de ambos llenaban el cuarto y ahogaban cualquier resto de sacralidad.

—Ya… ya casi, niña —jadeó él, el ritmo cada vez más errático—. Prepárate.

Con un gemido largo y tembloroso que parecía salir de lo más hondo de su alma cansada, Esteban se hundió hasta el fondo y se detuvo. Amparo sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo palpitaba dentro de ella, y después un estallido de calor, intenso e íntimo, que le arrancó un grito desgarrador. No era solo dolor. Era un placer perverso, una conexión que la marcaba para siempre.

Él se desplomó sobre su espalda. No se separó. Permanecieron unidos, jadeando, el sudor mezclándose. Sus labios secos buscaron a tientas los de ella, hinchados por los besos. Amparo, en un gesto de pura necesidad, le devolvió el beso. Su boca sabía a sal, a sudor, a pecado y a una redención rara.

Supo, en ese silencio, que su vida ya no volvería a ser la misma. El convento, los votos, todo había quedado atrás, lavado por un acto tan terrible y tan humano que de algún modo lo santificaba todo.

***

Los días siguientes se deslizaron en una doble vida. Bajo la luz del sol, Amparo seguía siendo la cuidadora devota: bañaba a monseñor Esteban con una ternura ahora teñida de intimidad, le servía las comidas, le leía salmos con una voz que apenas titubeaba. Pero en sus ojos ya no había solo compasión. Había un saber secreto, una chispa que se encendía cuando su mirada se cruzaba con la de él.

En la soledad de la casa, el obispo se convirtió en el narrador de un mundo que ella solo había entrevisto en sus pesadillas más culpables. Ya no hablaba de teología ni de la creación. Hablaba del cuerpo, de sus placeres y de sus rincones más oscuros, con una voz baja cargada de nostalgia. Le describía ciudades lejanas, mercados, encuentros secretos donde la única palabra sagrada era el deseo.

Amparo lo escuchaba, primero horrorizada, las mejillas encendidas. Pero pronto el horror se mezcló con una fascinación que no podía vencer. Su mente, tan disciplinada para rechazar lo impuro, ahora se entregaba a ello. Las noches de rezo fueron reemplazadas por noches de fantasías encendidas, alimentadas por las confesiones del anciano.

Y las noches eran su verdadero ritual. La cama grande se volvió su altar privado. A Amparo dejaron de importarle las arrugas o la piel manchada; solo importaba el fuego que él era capaz de prender en ella. Exploraron posturas nuevas. A veces ella, con una audacia que la sorprendía, lo cabalgaba marcando el ritmo que los llevaba al borde a los dos. Otras, de costado, entrelazados, en una unión que sentía más honda.

Perfeccionó también su nueva devoción. Aquello que al principio la hacía toser y llorar se convirtió en un acto de entrega gozosa. Aprendió a respirar, a relajarse, a perderse en los gemidos profundos que le arrancaba. Ya no era la monja que cuidaba a un moribundo. Era la discípula de un maestro que, frente a la muerte, había decidido recordar y enseñar todo sobre la vida.

Y Amparo, con cada caricia y cada lección, se alejaba sin remedio del cielo que una vez prometió, hundiéndose con un deleite que ya no sabía esconder en un infierno de sensaciones que sentía, por fin, más reales y vibrantes que cualquier paraíso.

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Comentarios(2)

CarlosM_85

Increible relato, me dejó sin palabras!!!

Vale_Quilmes

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas!

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