Ocho días en la cabina de aquel camionero
Me llamo Daniela, tengo veintidós años y estudio en la universidad. Llevo soltera más de un año y medio, así que digamos que conozco bien el aburrimiento de las noches largas. Soy delgada, no tengo mucho pecho, pero estoy convencida de que a más de uno le gusta lo que hay. De caderas tampoco voy sobrada, aunque lo poco que tengo es redondito y, al parecer, mi mejor arma. Piel clara, cabello corto hasta el cuello, un metro sesenta y la gente dice que soy bonita. Quedémonos con eso.
Lo que les voy a contar pasó hace unas semanas. Uno de mis primos se graduó y se mudaba al extranjero por un mejor trabajo, así que las dos familias decidieron despedirlo con una cena y varios días juntos en la casa donde vivían mis tíos. Hasta una tía lejana iba a venir desde el otro lado del país. Era un evento importante, de esos que no te puedes perder, y faltaba poco más de una semana.
El problema empezó con la logística. Mi madre y mi prima salieron antes, porque mi madre iba a guiar a la familia de mi prima, que vivía más lejos y necesitaba ventaja para llegar a tiempo. Mi padre le prometió que él se encargaría de mí y que llegaríamos juntos sin retrasos.
Me quedé sola con él. Mi padre es uno de los jefes de su empresa, y entre el trabajo y la familia siempre anda con la cuerda al cuello. Justo un día después de que mi madre se fue, le avisaron de un viaje de negocios urgente. Eso lo puso de un humor de perros. Tenía que llevarse el auto y no podía cargar conmigo, porque yo todavía debía empacar, entregar trabajos de la facultad y dejar varias cosas resueltas antes del viaje familiar.
No sabía cómo mandarme. Si él iba, volvía por mí y partíamos juntos, llegaríamos demasiado tarde. Lo veía caminar de un lado a otro del comedor, murmurando maldiciones porque no encontraba la manera. Su viaje, por lo visto, pesaba más que el nuestro.
Al final dio con una solución. Contactó a un «conocido» suyo que manejaba un camión por la carretera que pasaba cerca del pueblo de mis tíos. Lo contrató para que me llevara durante esos días. A mí no me hacía ninguna gracia irme con un desconocido; sería incómodo y no me sentía cómoda con la idea. Pero mi padre no estaba para discusiones. El viaje duraría ocho días. Me obligó a empacar y a dejar todo listo con anticipación. La mitad de las cosas me salió mal, pero hice lo que pude.
***
Llegó el día. Sonó el timbre y bajé con mi equipaje. Al abrir la puerta me encontré con un hombre de unos cuarenta y cinco años, alto, de casi un metro ochenta y cinco. Tenía cara de pocos amigos, seria, como de gruñón, aunque por la forma en que habló con mi padre parecía alguien tratable. Su cuerpo era fuerte, macizo, pero no de gimnasio, sino más bien de luchador curtido por el trabajo. Botas negras, pantalón holgado oscuro y una camisa azul que le quedaba algo justa y lo hacía ver todavía más grande.
—Hija, él es Rubén. Te va a llevar con tu madre —dijo mi padre.
Lo saludé con una sonrisa amplia.
—Hola, mucho gusto. Soy Daniela.
—Hola, Dani. El gusto es mío —respondió, y su sonrisa fue mucho más amable de lo que su cara prometía.
Rubén cargó mi maleta hasta el camión y fue a preparar las últimas cosas. Antes de subirme, mi padre me llamó aparte y bajó la voz.
—Dani, ven. Rubén es un viejo amigo y sé cómo se pone en ciertas situaciones. A veces es gruñón y hasta grosero, así que trata de no hacerlo enojar, ¿sí? Y cuando bebe se pone raro, así que si lo ves tomando, ten cuidado.
Por mi propio padre me está mandando con este hombre, sabiendo lo que dice. Pensé eso, pero no quise discutir. Me despedí y caminé hacia el camión.
Era negro y enorme. No llevaba la típica caja gigante detrás, como yo me lo imaginaba; era solo la cabina, alta como una montaña. Subir resultó toda una odisea. Rubén me esperaba con la puerta del copiloto abierta y me ayudó colocando un escaloncito, aunque ni así fue fácil trepar.
El interior me fascinó. Sobre el asiento del copiloto había un compartimento amplio donde ya descansaba mi maleta. Encima del asiento del conductor, una hilera de botones para las luces y huecos para guardar papeles. Pero lo que más me gustó fue el centro: entre los dos asientos, una cortina abierta dejaba ver una cama bastante grande, como para dos personas, con una ventana al fondo que daba a la carretera. Quiero vivir dentro de un camión y viajar a donde se me antoje.
Rubén subió, arrancó y, apenas tomamos camino, me tendió una botella de agua de dos litros.
—Toma, Dani. Va a hacer mucho calor en el viaje, vas a querer beber bastante.
—Vale, muchas gracias.
Y vaya que tenía razón. A los veinte minutos sentía el cuerpo ardiendo y ya me había bebido media botella. Empezó a explicarme cómo funcionaba todo, señalando cada botón uno por uno.
—Estos de arriba son para las ventanas, el aire acondicionado, las luces de afuera, las de la cabina. Siéntete libre de usarlos para estar a gusto. Y aquí detrás —indicó una puerta tras su asiento— está el baño, úsalo cuando lo necesites.
—¿Hay un baño ahí?
—Sí —rio—. Hasta un espejito tiene.
Definitivamente quiero vivir en un camión. Frente al baño había otra puertita más pequeña. Pregunté qué guardaba.
—Nada interesante, herramientas y cosas del camión. Y mira, detrás de tu asiento hay una neverita; no enfría mucho, pero igual te puede servir.
Después de un par de horas, Rubén no me parecía tan terrible como mi padre lo había pintado. Era amable, sonreía seguido y tenía un carácter cálido. Cuando me acabé el agua, ya no aguantaba las ganas de orinar.
—¿Puedo pasar al baño?
—Claro, es tu camión por estos días —bromeó.
El baño era más bonito de lo que imaginé, aunque tan estrecho que se escuchaba todo, incluso con la puerta cerrada. Intenté no hacer ruido y fracasé por completo. Salí con las mejillas calientes y volví a mi asiento.
—Oye, Dani, ¿qué quieres cenar?
—Mmm, algo que no sea muy caro.
—No te preocupes por eso. Pide lo que se te antoje.
Paramos en un restaurante de una gasolinera. Cené una hamburguesa con papas; él pidió lo mismo. Para cuando regresamos, eran casi las nueve y, pese a la oscuridad, el calor seguía ahí. Tomé mi equipaje.
—Ahora vuelvo, me pondré algo más ligero, no aguanto.
—Adelante, te avisé que el calor sería un problema.
Entré a la cabina y corrí la cortina. Lo único fresco que tenía era una camiseta de tirantes. Me cambié sin pensarlo demasiado y salí.
—Si quieres puedes acostarte ahí dentro, no tienes que estar aquí.
—Estoy bien, me gusta ver el camino.
—Entonces te contaré lo que se me ocurra, para que no te aburras.
Y se soltó. Una tras otra, fueron cayendo sus anécdotas de carretera, historias de pueblos perdidos y de gente extraña, y de verdad me atrapaban. Habló hasta la medianoche, cuando los dos nos caíamos de sueño. Estacionó en una gasolinera repleta de camiones, donde los conductores pasaban la noche, y apagó el motor.
—Duerme tú en la cama. Yo me acomodo aquí, en el asiento.
—¿Seguro?
—Claro, no te preocupes.
Me metí, cerré las cortinas y él apagó todas las luces. Las telas eran tan finas que, con el resplandor de la gasolinera, lo vi quitarse la playera. Su torso desnudo se recortó contra la luz. De verdad parece un luchador. Me di la vuelta y, sin saber a qué hora, me quedé dormida.
***
Al día siguiente desperté primero. Al salir de la cabina lo encontré dormido en el asiento, encogido como podía. Creo que hice ruido, porque se despertó.
—Ah, hola. Perdón por despertarte.
—No pasa nada. ¿Cómo dormiste?
—Muy bien, la verdad.
Y no mentía. La cama era suave, la almohada cómoda; ni recuerdo cuándo me venció el sueño.
—¿Y tú? —pregunté.
—Hace mucho que no dormía ahí. Es incómodo —dijo, y empezó a sobarse el cuello con una mueca.
—¿En serio? —pregunté, preocupada.
—Tranquila, estoy bien.
Bajó a la tienda y me trajo un burrito y un refresco. Desayunamos en los asientos y retomamos el viaje. Desde temprano el calor se sintió pesado, espeso, de los que se pegan a la piel. Él llevaba una playera negra; yo, una blanca pequeña. Volvió a sus historias, esta vez tan graciosas que me hacían reír sin parar.
A media tarde el bochorno era insoportable. Le avisé que me cambiaría otra vez. Pasé atrás, me puse la camiseta de tirantes del día anterior y, para refrescarme, decidí quitarme el sostén y ponerme un short de mezclilla. Mala idea. Conforme avanzaba la tarde, el calor solo empeoraba. Bebíamos agua sin parar y no alcanzaba. Rubén encendió el aire acondicionado, pero apenas soplaba.
Sudé tanto que la frente me chorreaba. La tela de tirantes se me pegó al cuerpo y, sin que yo lo notara, se transparentaba que no llevaba nada debajo. Lo descubrí cuando él pidió permiso para quitarse la playera por el calor. Claro que le dije que sí; era su camión, la que debía pedir permiso para todo era yo.
Sin soltar el acelerador, jaló la playera por encima de la cabeza. Su pecho ancho brillaba de sudor. Arrojó la prenda hacia la cama y siguió conduciendo. Cada vez que volteaba a hablarle, los ojos se me iban solos a su torso, a sus brazos, a la línea de su abdomen. ¿Qué me pasa?
Un rato después llegó el olor. Rubén despedía un fuerte aroma a sudor, y eso siempre me había molestado; en la escuela, después de educación física, los chicos olían así y me daba asco. Ahora no sabía dónde meter mi incomodidad. En una parada, él bajó por más agua y aproveché para buscar perfume en la mochila. Fue entonces cuando me di cuenta de algo peor: la que olía a sudor era yo. Mucho. El desodorante se me había terminado y lo poco que quedaba no cubría nada.
Rocié perfume al aire y un poco en la camiseta, y ahí confirmé lo evidente: se notaba demasiado que no traía sostén. Me dio una vergüenza enorme. ¿Lo habrá notado? Acomodé la tela como pude justo cuando él regresaba con una botella para mí.
El viaje siguió, y con él el olor, que ya no sabía si era suyo o mío. Rubén continuó bromeando, sacándome carcajadas, hasta que cayó la noche y volvió a estacionarse en uno de esos descansaderos de camioneros. Apagó el motor y bajó un momento al baño de la estación. Yo aproveché el cubículo del camión y, al salir, empecé a despejar la cama.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. El asiento es incomodísimo para él. La cama es grande, cabemos los dos sin problema. No es justo que yo ocupe todo el espacio. Cuando volvió y empezó a apagar las luces, junté valor.
—Oye, Rubén.
—Dime, ¿qué pasó?
—Estaba pensando que tal vez podrías dormir aquí conmigo también.
—No, no. Sería inapropiado. Aquí estoy bien.
—Por favor, el asiento es incómodo y mañana te va a doler el cuello. No ocupo mucho espacio. Me parece injusto que duermas ahí habiendo lugar.
Puso cara de indeciso y siguió negándose, pero yo insistí.
—Me sigue pareciendo inapropiado. Voy a dormir aquí, en serio, no te preocupes.
—Hay sitio de sobra. Si te quedas en el asiento, en la mañana me vas a hacer sentir mal conmigo misma. Anda, ¿sí?
Me miró como si se le hubieran acabado los argumentos.
—Mmm… bueno, está bien.
Sonreí mi pequeña victoria y acomodé la cama. Me corrí hasta el fondo, contra la pared, y le dejé la orilla. Pero al recostarse noté que no se había puesto la playera: dormiría con el torso desnudo. Me arrinconaré para no tocarlo.
Mientras buscaba el sueño, me removí un poco. Sin querer me moví de más y mi espalda chocó con su pecho enorme. Me quedé tiesa. Intenté avanzar hacia adelante empujando con las caderas y, al hacerlo, sentí cómo mi trasero se restregó contra él. Me paralicé de nuevo. ¿Qué carajos estoy haciendo? ¿Qué va a pensar? Volví a impulsarme con los brazos, y otra vez mis caderas lo rozaron. Solo que esta vez sentí algo más firme, más marcado, y eso ya no me dio nervios, me dio pánico.
Cuando lo toqué por segunda vez, balbuceé con voz temblorosa.
—Perdóname.
—Jajaja, tranquila, Dani —contestó con un tono que no supe si era burlón o cómplice.
Escuché esa risa baja y mi cabeza se disparó. ¿De qué se ríe? ¿Se ofendió? ¿O le gustó? Le di mil vueltas hasta que, por fin, conseguí acomodarme y el sueño me ganó.
El problema es que tengo el sueño ligero; cualquier ruido me despierta. Estaba soñando algo que no recuerdo cuando una sensación me cortó de golpe. En plena madrugada, Rubén debió creer que ya dormía profundo, porque sentí, sin ningún disimulo, su mano enorme posada en mi cintura. No solo eso: lo noté más cerca, su cuerpo casi pegado al mío. La mano subía y bajaba despacio por mi costado.
Abrí los ojos en la oscuridad, pero no moví ni un músculo. No entendía qué estaba pasando y el corazón me golpeaba el pecho. Su mano siguió subiendo hasta que la punta de sus dedos rozó el lado de mi pecho derecho. Luego descendió por la cintura, más y más, hasta cerrarse sobre mi nalga. La apretó con firmeza, sin prisa, y después retiró el brazo y lo acomodó bajo su almohada como si nada.
¿Qué acaba de pasar? ¡Qué descaro! No sabía cómo reaccionar. ¿Encararlo? ¿Quejarme? ¿Hacerme la asustada? Al final elegí lo más fácil, lo que llevaba haciendo desde que subí a ese camión: dejar pasar las cosas. Y, mientras fingía dormir, una parte de mí supo que todavía quedaban seis días por delante.





