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Relatos Ardientes

La profesora nueva sabía que alguien la miraba de noche

Renata aceptó la plaza de maestra en Cuesta Honda por dinero, no por vocación. El pueblo quedaba a seis horas de la ciudad, encajado entre cerros, y el sueldo extra era justo lo que faltaba para la entrada de la casa con la que su marido y ella soñaban desde hacía años. Gustavo la dejó en la terminal con un beso largo y una promesa que los dos sabían incompleta.

—Voy a extrañarte —dijo él, con la mano apoyada en la cadera de ella más tiempo del necesario.

—Y yo a ti —contestó Renata.

Eso era verdad. Lo que no le dijo fue qué parte de él iba a extrañar exactamente.

Llevaban once años casados y Renata seguía enamorada. Gustavo era atento, gracioso, buen hombre. El problema empezaba y terminaba en la cama, casi siempre demasiado rápido. Él la montaba con ganas, le hablaba al oído, le apretaba las nalgas con esas manos grandes que a ella le gustaban tanto, y justo cuando el cuerpo de Renata empezaba a abrirse de verdad, justo cuando el calor le subía desde el vientre hasta el pecho, él se vaciaba con un gemido y se desplomaba a su lado, satisfecho y dormido en cuestión de minutos.

Ella se quedaba mirando el techo. Después se daba la vuelta, metía la mano bajo la sábana y terminaba sola, en silencio, para no despertarlo.

***

La casa que le alquilaron en Cuesta Honda era de doña Amalia, una viuda que vivía al frente. Dos habitaciones, una cocina con piso de mosaico gastado y un patio interior cuadrado, de los antiguos, con las ventanas de todas las piezas dando hacia el mismo centro empedrado. Del otro lado del patio había un cuarto que no era suyo.

—Ahí duerme mi sobrino, Damián —le explicó doña Amalia el primer día, señalando con la barbilla—. Me ayuda con los animales y los arreglos. Es serio, no molesta. Usted ni lo va a notar.

Renata lo notó esa misma noche.

Estaba deshaciendo las maletas, en bata, con la ventana abierta porque el calor del valle no aflojaba ni de madrugada. Al levantar la vista hacia el cristal lo vio: una silueta inmóvil al otro lado del patio, recortada contra una luz tenue. No se movía. No fingía hacer otra cosa. Simplemente estaba ahí, mirándola.

El primer impulso fue cerrar la cortina de golpe. Su mano llegó a tocar la tela. Y entonces, por algún motivo que tardaría días en entender, no la cerró.

Se quedó quieta, fingiendo doblar una blusa, dejando que la bata se le abriera apenas un poco en el pecho. El corazón le latía en la garganta. Cuando por fin apagó la luz y se metió en la cama, descubrió que estaba mojada como no recordaba haberlo estado en mucho tiempo.

***

Damián tendría unos treinta y ocho años, calculó al verlo de día. Alto, callado, de brazos curtidos por el trabajo afuera. Cuando se cruzaron junto al pozo, él la saludó con un movimiento de cabeza y bajó la vista enseguida, como si no se atreviera a sostenerle la mirada de frente.

—Buenos días —dijo Renata, deteniéndose más de lo necesario.

—Buenos días, profesora —respondió él, y en la palabra «profesora» había algo que le erizó la nuca.

Esa noche Renata no dobló ropa para disimular. Esa noche se sentó frente al tocador con la ventana abierta y se soltó el cabello despacio, cepillada tras cepillada, sabiendo que del otro lado del patio había alguien observando cada movimiento. No miró hacia el cuarto de él ni una sola vez. No hacía falta. Lo sentía como se siente el sol en la piel, sin necesidad de levantar la cara.

Se quitó los aros. Se pasó la crema por los brazos, por el escote, demorándose. La bata resbaló de un hombro y la dejó caer un rato antes de acomodarla. El cuarto de Damián estaba a oscuras, pero ella sabía que no dormía. Sabía que respiraba contenido en esa oscuridad, atrapado, sin poder dejar de mirar.

Esto está mal, pensó. Y nunca en su vida algo malo le había gustado tanto.

***

Durante una semana el juego creció en silencio, sin una sola palabra que lo nombrara. Renata llegaba de la escuela, cenaba algo ligero y esperaba a que cayera la noche como quien espera una cita. Aprendió a moverse para él. Aprendió en qué ángulo la luz de la lámpara le marcaba la curva de la espalda, a qué hora la sombra del cuarto de enfrente se hacía más densa y la figura de Damián se volvía más nítida tras el vidrio.

Una noche, por fin, se permitió más.

Se recostó en la cama, sobre las sábanas, con la ventana abierta de par en par. Cerró los ojos como si estuviera sola, aunque nunca había estado más acompañada. Dejó que su propia mano subiera por el muslo, despacio, por encima del camisón fino, y después por debajo. Se acarició sin prisa, escuchando su propia respiración mezclarse con el canto de los grillos del valle.

Imaginó la mirada de él sobre su cuerpo y eso bastó. El placer le llegó hondo, distinto, mucho más intenso que cualquiera de los que se había arrancado en silencio al lado de Gustavo. Cuando terminó, abrió los ojos, giró la cabeza hacia la ventana y, por primera vez, miró directamente hacia el cuarto de enfrente.

La silueta seguía ahí. Y esta vez no se escondió.

***

Al día siguiente Damián no estaba en el patio cuando ella salió, ni cuando volvió de la escuela. Renata sintió un vacío absurdo, como si le hubieran quitado algo que ya consideraba suyo. Pensó que tal vez lo había asustado. Pensó que tal vez se había asustado ella.

Lo encontró al anochecer, apoyado en el marco de la puerta de su cuarto, del otro lado del patio. Esta vez no fingió no verla. La miraba de frente, con una franqueza nueva que la hizo apretar los muslos donde estaba parada.

—¿Necesita algo, profesora? —preguntó él, con la voz un poco ronca.

Renata cruzó el patio empedrado descalza. El piso todavía guardaba el calor del día. Se detuvo a un paso de él, lo bastante cerca para oler su sudor limpio de trabajo, lo bastante lejos para que cualquiera de los dos pudiera dar marcha atrás.

—Lo que necesito —dijo ella— es que dejes de mirar desde tan lejos.

Él la tomó de la cintura y la metió en su cuarto de un solo movimiento, y la boca de Renata encontró la suya antes de que la puerta terminara de cerrarse.

***

No hubo nada apresurado en Damián. Eso fue lo primero que la sorprendió. La besó largo, contra la pared, sosteniéndole la cara con las dos manos, como si tuvieran toda la noche por delante. Porque la tenían.

Le bajó los tirantes del camisón con una lentitud que la volvió loca. Le recorrió el cuello con los labios, bajó por la clavícula, por el pecho, y ahí se quedó, sin prisa, hasta que Renata enredó los dedos en su pelo y lo empujó con suavidad hacia abajo. Él obedeció. Se arrodilló frente a ella en la penumbra del cuarto y la sostuvo de las caderas mientras la besaba entre las piernas, paciente, atento a cada estremecimiento, leyendo en su respiración lo que le gustaba y repitiéndolo hasta que las rodillas de ella amenazaron con ceder.

—Así —jadeó Renata, agarrándose del filo del catre—. No pares, por favor, no pares.

No paró. La llevó hasta el borde una vez y la dejó caer del otro lado, y ella tuvo que morderse el dorso de la mano para que doña Amalia no la oyera al otro lado del patio.

Cuando él la recostó por fin en la cama y se hundió en ella, Renata sintió que se le escapaba el aire. Damián se movía despacio, hondo, mirándola a los ojos todo el tiempo, sin esa urgencia de terminar que ella conocía de memoria. Le sostenía las muñecas contra el colchón y se detenía justo cuando ella estaba a punto, para empezar de nuevo, hasta que Renata dejó de pensar en Gustavo, en el pueblo, en la casa de la ciudad, en cualquier cosa que no fuera ese cuerpo que la llenaba con una paciencia casi cruel.

—Mírame —le pidió él en un susurro—. Toda la semana te miré yo. Ahora mírame tú.

Y Renata lo miró mientras el placer la partía en dos, un orgasmo largo y profundo que le subió desde los pies y la dejó temblando, agarrada a sus hombros, con la cara hundida en su cuello para ahogar el grito.

***

Después se quedaron quietos, enredados, escuchando los grillos por la ventana abierta. La misma ventana desde la que él la había espiado toda la semana, y que ahora los enmarcaba a los dos.

—Sabías que te miraba desde la primera noche —dijo Damián, recorriéndole la espalda con la yema de los dedos.

—Sí —admitió ella.

—¿Y por qué no cerraste la cortina?

Renata se apoyó en el codo y lo miró en la oscuridad. Pensó en Gustavo, en los once años, en la casa con la que soñaban. Pensó en todas las noches en que había terminado sola mirando un techo. No sintió culpa. La sentiría después, quizá, en el viaje de regreso. Esa noche no.

—Porque me gustó que me miraras —dijo—. Y porque hacía mucho que nadie tenía tanta paciencia conmigo.

Faltaban cuatro meses para que terminara el ciclo escolar. Cuatro meses en ese cuarto con el patio en medio. Renata apagó lo poco que quedaba de pensamiento, se acomodó contra el pecho de Damián y entendió, con una claridad serena, que no iba a volver a cerrar esa cortina ni una sola noche.

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Comentarios(3)

Tatianita97

Que inicio tan bueno... me dejo sin palabras. Espero que haya mas!!

LecturaDeNoche

Engancha desde el primer renglon. Esa sensacion de ser observada y aun asi no cerrar la cortina dice todo del personaje. Muy bien escrito

Colombiano_leo

genial!!! sigan escribiendo asi por favor

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