La profesora nueva sabía que alguien la miraba de noche
Renata aceptó la plaza de maestra en Cuesta Honda por dinero, no por vocación. El pueblo quedaba a seis horas de la ciudad, encajado entre cerros, y el sueldo extra era justo lo que faltaba para la entrada de la casa con la que su marido y ella soñaban desde hacía años. Gustavo la dejó en la terminal con un beso largo y una promesa que los dos sabían incompleta.
—Voy a extrañarte —dijo él, con la mano apoyada en la cadera de ella más tiempo del necesario.
—Y yo a ti —contestó Renata.
Eso era verdad. Lo que no le dijo fue qué parte de él iba a extrañar exactamente.
Llevaban once años casados y Renata seguía enamorada. Gustavo era atento, gracioso, buen hombre. El problema empezaba y terminaba en la cama, casi siempre demasiado rápido. Él la montaba con ganas, le hablaba al oído, le apretaba las nalgas con esas manos grandes que a ella le gustaban tanto, le metía la polla de una estocada y empezaba a bombear como si tuviera un tren que agarrar. Justo cuando el coño de Renata empezaba a abrirse de verdad, justo cuando el calor le subía desde el vientre hasta el pecho y sentía las paredes internas latirle alrededor de esa verga, él soltaba un gemido ahogado, se vaciaba adentro con tres embestidas cortas y se desplomaba a su lado, satisfecho y dormido en cuestión de minutos, con la polla resbalando afuera todavía chorreando semen tibio sobre el muslo de ella.
Ella se quedaba mirando el techo, con el sexo hinchado, el clítoris palpitando sin descarga y la corrida de él escurriéndosele entre las nalgas. Después se daba la vuelta, metía la mano bajo la sábana, se abría los labios con dos dedos y se frotaba el clítoris en círculos lentos, apretados, hasta arrancarse un orgasmo pequeño y triste, mordiéndose el labio para no despertarlo. Se dormía con los dedos pegajosos y la sensación amarga de haber quedado siempre a mitad de camino.
***
La casa que le alquilaron en Cuesta Honda era de doña Amalia, una viuda que vivía al frente. Dos habitaciones, una cocina con piso de mosaico gastado y un patio interior cuadrado, de los antiguos, con las ventanas de todas las piezas dando hacia el mismo centro empedrado. Del otro lado del patio había un cuarto que no era suyo.
—Ahí duerme mi sobrino, Damián —le explicó doña Amalia el primer día, señalando con la barbilla—. Me ayuda con los animales y los arreglos. Es serio, no molesta. Usted ni lo va a notar.
Renata lo notó esa misma noche.
Estaba deshaciendo las maletas, en bata, con la ventana abierta porque el calor del valle no aflojaba ni de madrugada. Al levantar la vista hacia el cristal lo vio: una silueta inmóvil al otro lado del patio, recortada contra una luz tenue. No se movía. No fingía hacer otra cosa. Simplemente estaba ahí, mirándola.
El primer impulso fue cerrar la cortina de golpe. Su mano llegó a tocar la tela. Y entonces, por algún motivo que tardaría días en entender, no la cerró.
Se quedó quieta, fingiendo doblar una blusa, dejando que la bata se le abriera apenas un poco en el pecho, lo justo para que se le asomara la curva de una teta y el borde oscuro de la areola. El corazón le latía en la garganta. Cuando por fin apagó la luz y se metió en la cama, se bajó las bragas hasta las rodillas y descubrió que estaba mojada como no recordaba haberlo estado en mucho tiempo: los dedos se le hundieron en un coño empapado, resbaladizo, con los labios inflamados y el clítoris duro como un botón. Se masturbó pensando en los ojos de ese desconocido clavados en ella, y se corrió mordiendo la almohada con una fuerza que la asustó.
***
Damián tendría unos treinta y ocho años, calculó al verlo de día. Alto, callado, de brazos curtidos por el trabajo afuera. Cuando se cruzaron junto al pozo, él la saludó con un movimiento de cabeza y bajó la vista enseguida, como si no se atreviera a sostenerle la mirada de frente.
—Buenos días —dijo Renata, deteniéndose más de lo necesario.
—Buenos días, profesora —respondió él, y en la palabra «profesora» había algo que le erizó la nuca y le mojó las bragas en un segundo.
Esa noche Renata no dobló ropa para disimular. Esa noche se sentó frente al tocador con la ventana abierta y se soltó el cabello despacio, cepillada tras cepillada, sabiendo que del otro lado del patio había alguien observando cada movimiento. No miró hacia el cuarto de él ni una sola vez. No hacía falta. Lo sentía como se siente el sol en la piel, sin necesidad de levantar la cara.
Se quitó los aros. Se pasó la crema por los brazos, por el escote, demorándose. La bata resbaló de un hombro y la dejó caer un rato antes de acomodarla, mostrando la teta entera un instante, el pezón ya endurecido por el aire fresco y por saberse mirada. El cuarto de Damián estaba a oscuras, pero ella sabía que no dormía. Sabía que respiraba contenido en esa oscuridad, atrapado, sin poder dejar de mirar. Se lo imaginó con la polla dura en la mano, meneándosela despacio mientras la espiaba, y sintió un tirón húmedo entre las piernas que le hizo apretar los muslos bajo la mesa del tocador.
Esto está mal, pensó. Y nunca en su vida algo malo le había gustado tanto.
***
Durante una semana el juego creció en silencio, sin una sola palabra que lo nombrara. Renata llegaba de la escuela, cenaba algo ligero y esperaba a que cayera la noche como quien espera una cita. Aprendió a moverse para él. Aprendió en qué ángulo la luz de la lámpara le marcaba la curva de la espalda, a qué hora la sombra del cuarto de enfrente se hacía más densa y la figura de Damián se volvía más nítida tras el vidrio.
Una noche, por fin, se permitió más.
Se recostó en la cama, sobre las sábanas, con la ventana abierta de par en par. Cerró los ojos como si estuviera sola, aunque nunca había estado más acompañada. Se subió el camisón hasta la cintura, abrió las piernas de par en par apuntándolas hacia la ventana y dejó que su propia mano bajara por el vientre, despacio. Se pasó dos dedos por los labios del coño, arriba y abajo, abriéndose para él como una flor obscena. Estaba tan mojada que se oía el chapoteo suave de sus dedos hundiéndose. Se los llevó a la boca, los chupó con calma, y volvió a bajarlos.
Se metió dos adentro y empezó a bombearse el coño mientras con el pulgar se frotaba el clítoris en círculos apretados. Sabía que él lo estaba viendo todo: los dedos entrando y saliendo brillantes, las tetas subiendo y bajando al ritmo de una respiración cada vez más rota, las caderas empujando contra su propia mano. Imaginó que era la polla de él la que le abría el coño, la lengua de él la que le lamía el clítoris, y eso bastó. El placer le llegó hondo, distinto, mucho más intenso que cualquiera de los que se había arrancado en silencio al lado de Gustavo. Se corrió con un espasmo largo que le hizo cerrar los muslos alrededor de la mano, empapándose los dedos, mojando la sábana bajo el culo, con un gemido bajo que no intentó tragarse del todo.
Cuando terminó, abrió los ojos, giró la cabeza hacia la ventana y, por primera vez, miró directamente hacia el cuarto de enfrente.
La silueta seguía ahí. Y esta vez no se escondió. Renata alcanzó a ver el movimiento inconfundible de un brazo bajando y subiendo, y entendió que él se había corrido casi al mismo tiempo que ella, mirándola.
***
Al día siguiente Damián no estaba en el patio cuando ella salió, ni cuando volvió de la escuela. Renata sintió un vacío absurdo, como si le hubieran quitado algo que ya consideraba suyo. Pensó que tal vez lo había asustado. Pensó que tal vez se había asustado ella.
Lo encontró al anochecer, apoyado en el marco de la puerta de su cuarto, del otro lado del patio. Esta vez no fingió no verla. La miraba de frente, con una franqueza nueva que la hizo apretar los muslos donde estaba parada, sintiendo cómo se le mojaba la ropa interior de golpe.
—¿Necesita algo, profesora? —preguntó él, con la voz un poco ronca.
Renata cruzó el patio empedrado descalza. El piso todavía guardaba el calor del día. Se detuvo a un paso de él, lo bastante cerca para oler su sudor limpio de trabajo, lo bastante lejos para que cualquiera de los dos pudiera dar marcha atrás.
—Lo que necesito —dijo ella— es que dejes de mirar desde tan lejos.
Él la tomó de la cintura y la metió en su cuarto de un solo movimiento, y la boca de Renata encontró la suya antes de que la puerta terminara de cerrarse.
***
No hubo nada apresurado en Damián. Eso fue lo primero que la sorprendió. La besó largo, contra la pared, sosteniéndole la cara con las dos manos, mordiéndole el labio de abajo, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca como si tuvieran toda la noche por delante. Porque la tenían.
Le bajó los tirantes del camisón con una lentitud que la volvió loca. La tela le resbaló hasta la cintura y las tetas de Renata quedaron al aire, los pezones tiesos apuntándole. Damián se agachó y se metió uno entero en la boca, chupándolo despacio, mordisqueándolo, tirando con los dientes hasta que ella soltó un jadeo agudo. Pasó al otro y lo trabajó igual, mientras una mano bajaba por el vientre, se metía bajo el camisón y le encontraba el coño ya empapado.
—Estás chorreando —le murmuró contra la piel—. Toda la semana así, ¿no?
—Toda la semana —admitió ella, con la voz quebrada.
Le hundió dos dedos gruesos de golpe y Renata se dobló contra él, agarrándose de sus hombros. Empezó a bombearla contra la pared, curvando los dedos adentro, buscándole ese punto blando y esponjoso que Gustavo nunca había encontrado, mientras con el pulgar le castigaba el clítoris. Le recorrió el cuello con los labios, bajó por la clavícula, por el pecho, y no paró: siguió bajando, arrodillándose, hasta que la cabeza le quedó a la altura del sexo de ella. Le levantó el camisón hasta la cintura, le pasó una pierna sobre el hombro y le abrió los labios del coño con los pulgares.
—Mira cómo estás —dijo, y ella bajó la vista para verse abierta, rosada, brillando de humedad bajo la luz amarilla del cuarto.
Damián sacó la lengua y le dio un lengüetazo largo, plano, de abajo hacia arriba, terminando en un beso húmedo sobre el clítoris. Renata se agarró del filo del catre para no caerse. Él la sostuvo de las caderas y la empezó a comer con hambre, chupándole el clítoris, envolviéndolo con la lengua, metiéndole la punta en el coño y sacándola, alternando, paciente, atento a cada estremecimiento, leyendo en su respiración lo que le gustaba y repitiéndolo hasta que las rodillas de ella amenazaron con ceder.
—Así —jadeó Renata, con las dos manos hundidas en el pelo de él, empujándole la cara contra su coño—. No pares, por favor, no pares. Chúpamelo así, dios mío, chúpamelo…
No paró. Le clavó dos dedos adentro y le siguió mamando el clítoris con succiones lentas y perversas, y la llevó hasta el borde una vez, y la sostuvo ahí, temblando, hasta que ella empezó a suplicar. Recién entonces cerró los labios alrededor del clítoris y chupó fuerte, y Renata se corrió a chorros en su boca, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndose el dorso de la mano para que doña Amalia no la oyera al otro lado del patio. Sintió el orgasmo estallarle desde el vientre, sacudirle las piernas, empaparle la barbilla a él de su propio flujo.
Damián se enderezó con la cara brillante, se relamió los labios sin dejar de mirarla, y se abrió el pantalón. La polla saltó afuera, gruesa, larga, con la punta hinchada y una gota clara colgándole. Renata se le arrodilló delante sin pensarlo, se la agarró con las dos manos y se la metió en la boca hasta atragantarse. Lo chupó con hambre atrasada de meses, lamiéndole el capullo, ensalivándole el tronco, tragándosela hasta la raíz mientras él le sostenía el pelo apartado con una ternura que no cuadraba con lo obsceno de la escena.
—Basta —jadeó él después de un rato—. Basta o me corro en tu boca y todavía no.
La levantó, la recostó por fin en la cama boca arriba y se acomodó entre sus piernas. Renata se abrió para él, sosteniéndose las rodillas contra el pecho, ofreciéndole el coño ya castigado y brillante. Damián se la apoyó en la entrada, la restregó de arriba abajo mojándose la punta, y se hundió despacio, centímetro a centímetro, hasta que Renata sintió que se le escapaba el aire y que él tocaba fondo. Se quedó quieto un instante, dejándola sentir la polla entera adentro, latiéndole.
—Dios —susurró ella—. Qué grande eres, Damián, por favor…
Él empezó a moverse despacio, hondo, mirándola a los ojos todo el tiempo, sin esa urgencia de terminar que ella conocía de memoria. Cada embestida le arrancaba un gemido a Renata; cada salida le dejaba el coño llorando, reclamándolo. Le agarró las muñecas y se las sostuvo contra el colchón por encima de la cabeza, la clavó con todo el peso del cuerpo y aceleró un poco, con estocadas largas que le hacían chocar el pubis contra el clítoris. Se detenía justo cuando ella estaba a punto, se quedaba quieto adentro sintiendo cómo el coño le latía alrededor, y empezaba de nuevo, hasta que Renata dejó de pensar en Gustavo, en el pueblo, en la casa de la ciudad, en cualquier cosa que no fuera esa polla que la llenaba con una paciencia casi cruel.
La cambió de posición sin salir de ella, la puso a cuatro patas y se hundió de nuevo por atrás, agarrándola de las caderas. Ahora sí embestía duro, chocándole el culo contra el vientre, haciéndole temblar las tetas colgando bajo el pecho. Le pasó una mano por debajo y le buscó el clítoris con dos dedos, frotándoselo al ritmo de las estocadas. Con la otra mano le agarró un mechón de pelo y le tiró la cabeza hacia atrás.
—Mírame —le pidió él en un susurro áspero—. Toda la semana te miré yo. Ahora mírame tú.
Renata giró la cara sobre el hombro y lo miró mientras él la seguía cogiendo por atrás, con esos ojos oscuros clavados en los suyos y esa polla entrando y saliendo de su coño chorreante. La cama crujía. El olor a sexo llenaba el cuarto. Damián le metió el pulgar en el culo mientras seguía frotándole el clítoris y bombeándole el coño, y eso fue todo: el placer la partió en dos, un orgasmo largo y profundo que le subió desde los pies y la dejó temblando, con los brazos aflojándose, la cara hundiéndose en la almohada para ahogar el grito, las paredes internas ordeñándole la verga.
Él aguantó unas embestidas más, con los dientes apretados, y salió a último momento. Le volteó el cuerpo hasta dejarla boca arriba, se arrodilló sobre ella y se la meneó con la mano dos, tres veces. Se corrió con un gruñido bajo, chorros gruesos y calientes que le cayeron a Renata sobre el vientre, entre las tetas, en la barbilla. Ella abrió la boca por reflejo y atrapó los últimos, tragándoselos, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Damián se dejó caer a su lado, sin aliento. Le pasó dos dedos por el semen del vientre y se los llevó a la boca de ella. Renata los chupó despacio, saboreándolo, sintiendo el corazón todavía galopándole en el pecho.
***
Después se quedaron quietos, enredados, escuchando los grillos por la ventana abierta. La misma ventana desde la que él la había espiado toda la semana, y que ahora los enmarcaba a los dos.
—Sabías que te miraba desde la primera noche —dijo Damián, recorriéndole la espalda con la yema de los dedos.
—Sí —admitió ella.
—¿Y por qué no cerraste la cortina?
Renata se apoyó en el codo y lo miró en la oscuridad. Pensó en Gustavo, en los once años, en la casa con la que soñaban. Pensó en todas las noches en que había terminado sola mirando un techo, con el coño insatisfecho y los dedos húmedos escondidos bajo la sábana. No sintió culpa. La sentiría después, quizá, en el viaje de regreso. Esa noche no.
—Porque me gustó que me miraras —dijo—. Y porque hacía mucho que nadie tenía tanta paciencia conmigo.
Faltaban cuatro meses para que terminara el ciclo escolar. Cuatro meses en ese cuarto con el patio en medio. Renata apagó lo poco que quedaba de pensamiento, sintió la polla de Damián empezar a endurecérsele otra vez contra el muslo, y entendió, con una claridad serena, que no iba a volver a cerrar esa cortina ni una sola noche.





