Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El hermano de mi alumno vino a buscar revancha

Marcos llegó a mi puerta convencido de que venía a cobrarse algo. Era el hermano mayor de Bruno, uno de mis alumnos del turno noche, y se había enterado de que su hermano y yo teníamos una historia que no figuraba en ningún programa de la materia. Lo invité a subir. Bebimos un par de cervezas en la terraza, compartimos un cigarrillo y hablamos de nuestras vidas, como dos desconocidos que tantean el terreno. En algún momento dejé de escucharlo. Le tomé la cara con las dos manos y lo besé. Un beso largo, sin apuro.

—Besás increíble —dijo, separándose apenas—. Y ahora quiero saber. ¿Hace cuánto que te acostás con mi hermano? ¿Cuántas veces?

—El cuándo no importa —contesté—. Y el cuántas, tampoco: varias, perdí la cuenta. Pero elegiste mal las preguntas, si de verdad te importa Bruno.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles serían las correctas?

—Si tiene algo serio con la chica de la que te hablaron. Eso deberías preguntarte, si te importa. En cambio viniste hasta acá porque te dio bronca que tu hermano menor se llevara a una mujer como yo, y te metiste esa idea en la cabeza. Tranquilamente podríamos haber tomado algo, charlar y darnos unos besos. Justo lo que acabamos de hacer.

Marcos me miró sin saber qué decir. Le sostuve la mirada.

—Así que no te hagas el que defiende a nadie —seguí—. Ni él te importa demasiado, ni yo. Por eso, mejor cogeme y dejá las preguntas para otro día. No son lo tuyo.

—No voy a decir nada más —murmuró—. Te voy a coger como pedís. Es lo que los dos queremos.

Nos besamos con ganas mientras bajábamos de las sillas y terminábamos arrodillados sobre las baldosas todavía tibias de la tarde. Le abrí la camisa y se la sacó de un tirón. Le desabroché el pantalón, liberé su erección y lo empujé de vuelta hacia la silla. Le quité los pantalones, le abrí las piernas y me lo metí en la boca despacio, sin prisa. Lo chupé un rato largo, con dedicación, con esa concentración que pongo cuando algo me gusta de verdad. Terminé con la boca llena y me lo tragué todo, sin dramatismo.

—Mariana, sos una diosa —jadeó, todavía con los ojos cerrados—. Esos labios, la forma en que usás la lengua...

—Gracias —reí—. Me la dejaste fácil.

—Sos tan buena que me la dejás dura igual, aunque me hayas vaciado. La cogida que te voy a dar...

—No puedo esperar a verlo —le dije.

Me saqué la remera, el corpiño, las botas, el pantalón y la bombacha. Quedamos los dos desnudos en mi terraza, pasada la una de la madrugada, con la ciudad apagándose alrededor. Se abalanzó sobre mí. Me agarró del culo con las dos manos, lo amasó y bajó la boca por toda mi zona íntima. Recorrió con la lengua cada pliegue, subió besando el vientre, fue dejando un rastro húmedo hasta llegar a mis pechos. Ahí se demoró. Los lamió, los chupó como si quisiera quedárselos, succionó mis pezones hasta que me hizo doler. Me arrancó un gemido que no esperaba dar tan pronto.

Subió a mi cuello y lo devoró. Me besó con bronca, con esa mezcla de deseo y resentimiento que lo había traído hasta acá. Metió dos dedos en mí y me masturbó mientras seguíamos besándonos. Le rodeé el cuello con los brazos, pegué nuestros cuerpos y me dejé llevar por sus dedos. Sentí cómo se humedecía su mano, mientras la otra me apretaba la nalga izquierda con fuerza. Los dos disfrutamos esos minutos sin decir nada.

Con los dedos todavía dentro me bajó al piso. Me recosté sobre las baldosas, le chupé los dedos que me había metido y entonces me penetró. Empezó a moverse con un ritmo de cadera que me hizo morder mi propio labio. Sin preservativo, todo se sentía más directo: entraba y salía sin freno, y yo gemía cada vez más alto, sin importarme los vecinos.

Un rato después se sentó en el suelo y yo me monté de frente, abrazada a él. Le mostré mi movimiento de cintura, ese que aprendí hace años y que desarma a cualquiera. Intentó seguirme el ritmo, pero terminó recostado, conmigo encima, moviéndome sin parar. Cuando su cara me avisó que faltaba poco, empecé a saltar sobre él, más intenso, aunque para mí siempre rinde menos. Me apretaba los pechos sin soltarlos, resoplaba, me elogiaba entre dientes. Volví a los movimientos de pelvis, más fuertes y menos lentos que al principio. Necesitaba mi propio orgasmo y lo busqué con egoísmo. Lo conseguí con un quejido largo, la vista clavada en el cielo sin estrellas. Marcos terminó dentro de mí casi al mismo tiempo.

Me dejé caer sentada sobre las baldosas. Él se incorporó, agitado.

—Sos experta —dijo—. Nunca tuve algo tan intenso. Entiendo al boludo de mi hermano. No debe saber la suerte que tiene.

—Gracias —respondí—. Y en eso coincido. No creo que sepa la fortuna de haber conocido mi cama. Vos aprovechaste tu oportunidad, yo conseguí lo que necesitaba. ¿Bajamos a tomar algo?

—Lo que quieras. Me encantaría verte caminar así, adelante mío.

Bajé la escalera desnuda y le di el gusto de mirarme. Lo pasé bien con él. Conseguí mi pequeña revancha, aunque ni yo sabía contra quién. El destino nos había cruzado con los mismos planes de rencor y, vaya ironía, los dos quedamos satisfechos. Una noche soñada, podría decirse. Lo único pendiente era verle la cara a Bruno el lunes, en clase.

***

El lunes me presenté en el instituto y di el primer módulo sin novedades. Después tocaba el grupo de Bruno. Empecé la clase y él no estaba en su lugar, pero no le di importancia. Pasó media hora y seguía sin volver del recreo, así que dejé un ejercicio escrito y salí un par de minutos a buscarlo por los pasillos. No tuve éxito. Volví al aula y retomé. Cuando sonó el timbre y los demás salieron, Bruno entró a contramano.

—Profe, le dejo el permiso de ausencia firmado. Estuve en sesión con la psicopedagoga. Después le pido lo que vieron hoy. —Dejó la hoja sobre mi escritorio y amagó irse.

—Bruno. Vení acá. —Lo frené sin levantar la voz—. Acá no hacés lo que querés. Te aviso una sola vez: en mi clase esto no se repite. Tus charlas con la psicopedagoga, en otro módulo.

—Cuando me querías coger no te importaba que faltara —soltó, con esa sonrisa de quien cree tener la sartén por el mango.

—A otra clase. A la mía no faltás. —Me acerqué un paso—. Si volvés a faltar en mi horario, te veo en febrero. Ah, y una cosita más: yo no te dejaba marcas en el cuello adentro del instituto. Chau.

Agarré mis cosas y salí del aula antes de que pudiera contestar. Con Bruno seguimos sin hablar. Con su hermano, en cambio, sí. Marcos y yo nos mandábamos mensajes de distracción, nos reíamos bastante, sin promesas ni dramas. Justo lo que necesitábamos los dos.

***

Unos días después, caminando por un pasillo, me crucé con Nicolás. Era compañero de Bruno, otro alumno del turno noche. El mismo que el viernes anterior se había ido conmigo y había terminado demasiado rápido, tanto que lo dejé un poco de lado. Nos sonreímos y me saludó con un beso en la mejilla.

—Hola, profe. Quería hablar una cosa con vos, pero fuera de clase.

—Nico, obvio. Lo que quieras. ¿Ahora o después? Si te quedás un rato, yo voy a estar.

—Entonces me quedo y hablamos tranquilos. Mejor.

—Buscame cuando suene el timbre, en mi rincón de fumadora, y te atiendo —le dije, riéndome.

A las seis sonó el timbre del fin de turno, pero yo me quedaba para el turno noche. Fui rápido al patio del fondo a esperar a Nicolás. Encendí un cigarrillo y, por suerte, no tardó más de dos minutos en aparecer.

—¿Cerraste la puerta? —pregunté.

—Sí. No hay nadie, ya se fueron todos.

—Bien. Por las dudas. ¿En qué te puedo ser útil? Acá estamos.

—Quería pedirte perdón por terminar tan rápido el otro día. No voy a poner excusas, pero me encantás. Tenerte cerca, besarte, que me toques... es un sueño. Tenía la cabeza llena de imágenes.

—Tranquilo —reí, dándole una pitada al cigarrillo—. No te dije nada ni me molestó. Me gustó estar con vos. Besás bien, terminaste contento, yo me fui pensando en lo bueno que estuvo. No le des tantas vueltas a algo que nadie te reclamó.

—Necesitaba aclararlo. Me pasé el fin de semana dándole vueltas.

Tiré el cigarrillo al piso y lo apagué con la suela. Le agarré la nuca con una mano y lo besé. Un buen beso, sin testigos.

—¿Ves que no pasa nada? —le dije contra los labios.

—Necesitaba escucharlo de vos.

—Bueno, ya está. Ahora, en vez de seguir con excusas que no son excusas... ¿por qué no me cogés y quedamos tranquilos los dos?

—¿En serio? —Se le iluminó la cara.

Me desabroché el pantalón, lo bajé hasta las rodillas, me corrí la bombacha y le di la espalda. Apoyé las palmas en la pared fría y lo miré por encima del hombro para que no le quedaran dudas.

—¿Me cogés o tenés alguna excusa más?

Se bajó el pantalón y me apoyó la erección contra el culo. Sentí cómo se estremecía con el primer contacto, un espasmo que no pudo disimular. Se arrodilló y pasó la lengua por toda la raya, una y otra vez, antes de ocuparse del resto. Me cubrió con la boca, me saboreó unos minutos largos, me penetró con la lengua hasta que estuve completamente mojada. Me besó las nalgas, las acarició, las amasó, las mordió despacio. Hasta se animó a darme una palmada suave que me hizo reír.

Después se puso de pie, me tomó de la cintura y me clavó la verga con lentitud. Noté que esta vez se había puesto preservativo, y eso ayudó a que entrara más fácil. Empezó un vaivén suave pero firme. Tenía su propia forma de moverse, distinta a la de Marcos, distinta a la de Bruno, y me gustó. Cada uno tiene su manera, y todas tienen su encanto: unas más seguras, otras más tímidas. Yo gemía por lo bajo, dejándome vencer contra la pared. Apoyé la mejilla y las palmas, el cuerpo casi a noventa grados, ofreciéndole una vista que lo descontroló.

Me castigaba sin pausa mientras me apretaba las nalgas con las dos manos. Me daba alguna palmada, agarraba mi carne con fuerza. Después me enderezó contra la pared, me abrazó por detrás y me siguió cogiendo de pie, algo que me encanta. No paró por nada. Fue constante, parejo, sin perder el hilo, hasta que finalmente terminó con un gemido ahogado contra mi nuca.

Había batido su marca anterior por goleada: esta vez aguantó casi una hora.

—Muy bien, bombón —le dije mientras me acomodaba la ropa—. Una hora sin parar. ¿Viste que no era nada malo? Un día vas a durar una hora, otro día dos, otro día dos minutos. Es así. Sos hombre, sos humano. No importa si es conmigo o con una chica de tu edad. Hay mil cosas que afectan el rendimiento, pero siempre hay revancha.

—Gracias —dijo, todavía recuperando el aire—. Igual sostengo que sos increíble. Sos la mujer más hermosa que vi. No voy a dormir en una semana.

—Me voy a enterar si me dedicás alguna —bromeé.

—Eso es seguro. Más de una.

—Bueno. Esto queda acá. ¿Estamos? No sale de este patio, solo entre nosotros. Hacé las cosas bien y, quién te dice...

—Queda acá. Te lo juro. Gracias, en serio.

Nos vestimos, nos dimos unos besos más y cada uno siguió su camino. Yo, a dar mi clase del turno noche, con la respiración todavía un poco agitada y la satisfacción de saber que, entre tantas preguntas equivocadas, yo siempre tenía las respuestas correctas.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(4)

Facundo_ER

Tremendo relato!! me enganche desde el primer parrafo, muy bueno

NocturnaLect

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de mas...

LeandroK_lect

Lo que mas me gustó fue como maneja la tensión sin apurarse. Se nota que sabe escribir.

Valentina_Rb

Me recordó a una situacion que vivi hace años jajaja. Muy entretenido el relato!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.