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Relatos Ardientes

El hombre que acogí me sacó de la duda

Eran cerca de la una de la madrugada de un sábado helado de enero cuando metimos el coche en el garaje del edificio. Hará ahora poco más de un año. Entre dos plazas, encogido contra la pared, había un bulto cubierto por una manta gris ennegrecida de mugre. No sé explicar bien por qué me acerqué. Supongo que fueron los valores con los que me criaron, una mezcla de fe y de mala conciencia que nunca me ha dejado pasar de largo.

Mi mujer, Raquel, se quedó a varios metros y me hizo un gesto para que lo dejara estar.

—Déjalo, que ya se irá. O llama a la policía —me dijo en voz baja.

No le hice caso. Apoyé la mano sobre el bulto y de debajo de la manta asomó un hombre, africano, de unos treinta años, con el pelo rizado y revuelto y la cara descompuesta por el susto. Hablaba un castellano impecable. Dijo llamarse Tomás, aunque ese no era su nombre de pila; era el que usaba aquí.

Le pregunté un par de cosas, entre ellas si había comido algo ese día. Me contestó que muy poco. La cara de incredulidad de Raquel era un poema cuando lo ayudé a levantarse y le ofrecí subir a casa por un plato caliente.

Vivimos en un barrio céntrico de Valencia, una ciudad que recibe gente de todas partes. Desde que nuestra hija se marchó a Alemania a hacer las prácticas de su carrera, teníamos un cuarto libre, y no dudé en ofrecérselo esa noche. Sus ojos cansados me miraron como si hubiera visto a un ángel.

Mientras subíamos, Tomás me contó su historia. Llevaba siete años trabajando en España, en almacenes y en obras, sin papeles firmes. Había llegado a alquilar un piso en las afueras, pero lo perdió cuando se quedó sin empleo, y ahora arrastraba una orden de expulsión y dormía donde podía, a la espera de un trabajo o de que lo mandaran de vuelta.

Raquel se encerró en el dormitorio con el cerrojo echado y se acostó sin cenar. Yo le preparé algo de comer al chico, le arreglé la cama del cuarto de invitados y me quedé un rato en el salón, medio en vela, vigilando. Me costaba fiarme del todo, pero algo en él me decía que no había peligro.

***

A la mañana siguiente, cuando Raquel se levantó, discutimos largo y tendido en la cocina. Tomás apareció pasadas las once, recuperado, y se hizo un silencio incómodo.

—Me marcho —dijo—. Muchas gracias por todo.

Yo ya había movido un par de hilos. Conocía a un contratista de la zona que andaba buscando gente, y hablé también con un conocido del barrio para agilizarle los papeles. Solo le pedí que aguantara un día más, hasta el lunes. Raquel, muy disgustada, se fue a pasar el domingo a casa de su madre. Cuando volvió, Tomás ya no estaba: lo había instalado en una pensión a mi cargo, y a los pocos días le conseguí un alquiler barato, el piso vacío del hijo de un amigo.

Mi mujer estuvo casi una semana sin dirigirme la palabra. Pero poco a poco fue valorando el gesto. De aquel hombre alto, de casi metro noventa, solo recibí buenas referencias. Trabajaba con seriedad, pagaba lo suyo sin retrasos y me llamaba de vez en cuando para decirme que estaría a mi disposición para lo que hiciera falta. Yo entonces no sabía cuánto iba a tomarle la palabra.

***

Llegó abril. Una noche, después de que Raquel volviera a rechazarme en la cama por enésima vez, me quedé mirando el techo a oscuras y empecé a darle vueltas a una idea que me asustaba a la vez que me encendía. No puedo engañar a nadie: la noche que Tomás se duchó en mi casa lo vi salir del baño y no pude evitar fijarme en él. Hay poco más que añadir.

Raquel, como yo, rondaba los cincuenta. Después de casi veinticinco años de matrimonio, la pasión se nos había apagado como una vela al final de la mecha. Es una mujer reacia al sexo por naturaleza; le cuesta arrancar, pero, una vez dentro, disfruta como la que más. Rubia teñida, metro sesenta y pico, de curvas generosas que lucha por mantener a base de gimnasia. Siempre me irritó su poco interés, sobre todo ahora que vivíamos solos y aún teníamos energía de sobra. Llegué a la conclusión de que el problema era la monotonía. Y, quizá, que yo no era ya bastante para sacarla de ella.

Cuanto más imaginaba meter a otro hombre en nuestra cama, más me excitaba. Empecé a perder horas leyendo sobre parejas que abrían su relación, sobre maridos que miraban, sobre fantasías que hasta entonces ni había rozado. Y, sin querer, la cara que ponía en todas esas escenas imaginarias era la de Tomás. Hacía tres meses que no lo veía, y me debía un favor enorme.

Meter a un desconocido en casa era un riesgo. Que después hablara, que diera datos comprometidos, que apareciera donde no debía. Con Tomás, en cambio, había confianza. Así que un día lo llamé.

Quedamos en el bar de debajo de mi casa. Empezamos con un café y terminamos con varias copas, casi cuatro horas de conversación. Pagó él. Cuando por fin le expuse el plan, sonrió despacio y me dijo que aceptaba, que la situación le daba un morbo que no esperaba sentir a su edad. Solo le pedí una cosa a cambio del favor que yo le había hecho: discreción absoluta.

—Eso queda entre nosotros —me dijo, tendiéndome la mano—. Tienes mi palabra.

***

Dos sábados después era el cumpleaños de Raquel. Cumplía medio siglo, igual que yo. Comió con sus amigas y, por la tarde, le regalé un masaje y una cena en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Después salimos a tomar una copa al centro. No solemos beber, y sé que mi mujer se desinhibe con una buena cena, un buen vino y algo de cava encima. Le había dicho a Tomás dónde estaríamos.

Cuando llegamos al local, ya estaba allí. Nos recibió con alegría, se quedó pegado a nosotros las dos horas que duró la copa e incluso bailó con Raquel, que se mostró sorprendentemente receptiva. A la salida, mientras nos despedíamos, propuse tomar la última en casa, que me quedaba cava en la nevera. Mi mujer aceptó encantada. La notaba suelta, contenta, a gusto con la compañía. Camino del coche, Tomás la abrazó para darle las gracias por todo, la envolvió con aquel cuerpo enorme y ella se rió, feliz. Ahí entendí que la partida había empezado.

En casa hacía calor. Tomás se quitó la camisa y se quedó en camiseta de tirantes, dejando ver unos brazos trabajados, un torso de hombre que cuida lo que tiene. Raquel fue a la cocina a por las copas y yo la seguí. La besé un buen rato contra la encimera, algo que no hacíamos desde hacía años, y noté que se me aceleraba el pulso, más por lo que estaba a punto de pasar que por los besos. Llevaba un vestido azul largo de fiesta, con un escote profundo.

Cuando salía hacia el salón con las copas en una mano y la botella en la otra, le subí el vestido hasta las caderas y le bajé la ropa interior de un tirón. Se quedó parada en mitad del pasillo y me miró asustada. Pasé la mano por su entrepierna: estaba empapada. No dijo nada. La giré, la miré a los ojos y le dije al oído:

—Feliz cumpleaños, amor mío.

Tenía cara de miedo, pero en el fondo de sus ojos había deseo. Lo conozco. Lo había visto muy pocas veces en veinticinco años, y nunca tan claro.

***

Llegamos al salón y servimos las copas. Brindamos los tres: Tomás por la familia que le había salvado la vida, Raquel por un marido de buen corazón, y yo por una noche muy especial. El sofá grande nos acogió a los tres, con ella en el centro. Intentó apartarse, pero esa noche ese era su sitio.

La volví a besar y, esta vez, no cerró los ojos como suele hacer. Estaba tan excitada como aterrada. Sentada entre su marido y otro hombre, sin nada bajo el vestido, con una copa de más y la música baja, había poco que adivinar. Sin que ella se diera cuenta, Tomás se arrodilló frente a sus piernas y metió la cabeza bajo la falda azul. Dejé de besarla cuando empezó a gemir. Le subí el vestido hasta el ombligo y fui testigo de cómo la sujetaba por las caderas mientras ella se contorsionaba como una veinteañera, agarrándole la nuca para apretarlo contra sí.

Me aparté unos metros y, casi sin pensarlo, saqué el móvil y empecé a grabar. Mi mujer jadeaba, perdida, completamente entregada.

Antes de que se corriera, Tomás la puso de pie. Le desabroché yo el vestido, que cayó hasta sus tobillos. Ella le besaba el pecho hasta donde alcanzaba, porque él le sacaba más de una cabeza. Para entonces le acariciaba ya el bulto del pantalón sin disimulo, y suspiraba al hacerlo. Yo me serví otra copa y seguí grabando, sintiéndome a la vez excitado y disminuido. Nunca la había visto así de encendida.

Llegó el momento que más me había imaginado durante meses. Raquel siempre se negó a usar la boca conmigo; decía que no le gustaba. Pero esa noche se arrodilló frente a Tomás sin que nadie se lo pidiera y lo intentó con una avidez que jamás le había visto. Me acerqué a su oído, molesto y excitado a partes iguales.

—Eres una mentirosa —le susurré—. Sí que te gusta. Solo que conmigo no.

Ella no se detuvo. Me miró de reojo, sin soltarlo, y por primera vez en toda la noche sonrió de verdad.

—Tienes razón —dijo—. Creo que hoy voy a gritar.

***

Lo que vino después duró casi toda la noche. Tomás la tumbó en el sofá y la tomó despacio primero, con fuerza después, hasta que Raquel se corrió gritando como nunca la había oído. Yo, sentado enfrente, asistía a una escena que había deseado y que, al verla real, me dolía tanto como me encendía. Cada gemido suyo era una mezcla de placer y de reproche silencioso a todos los años que me había negado lo mismo.

En un momento dado me hizo un sitio. Me arrodillé junto a ella y le pregunté al oído si quería parar. Apenas podía hablar.

—No —musitó—. Sigue. Por favor, que no se acabe.

La giré para que apoyara la cabeza en mi hombro mientras él la sujetaba por las caderas. Me apretaba las manos con las suyas y me iba describiendo entre jadeos todo lo que sentía. Me daba las gracias y me insultaba en la misma frase, como si el aire no le llegara del todo al cerebro. A ratos se reía, a ratos lloraba de puro placer, y yo la sostenía, testigo de algo que había sido idea mía y que ya no controlaba en absoluto.

Terminaron juntos, los dos al límite, y Raquel quedó rendida en el sofá, incapaz de moverse, con una sonrisa boba en la cara. Tomás se sirvió una última copa, recogió su camisa y se vistió sin prisa.

Antes de irse me miró desde la puerta.

—Esto queda aquí, Esteban —me dijo—. Te la dejo bien atendida. Y, ya sabes, somos todos iguales. Hasta los que parecen de hielo.

Cerró la puerta. Raquel dormía. Yo me quedé de pie en mitad del salón, con el móvil aún caliente en el bolsillo, preguntándome qué demonios había despertado aquella noche en mi casa. Y, sobre todo, si seríamos capaces de volver a dormirnos sin él.

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Comentarios(5)

NadiaRioNegro

tremendo relato, me enganché desde el primer párrafo!!!

TabuFan

Por favor escribí la segunda parte, quedé con ganas de saber como termina todo esto. No puede quedar así!

Ramiro27

Las confesiones son lo que mas me gustan de este sitio porque se sienten reales. Esta en especial tiene algo que te atrapa, no sé si es como empieza o cómo termina pero se queda con uno.

CuriosaFiel

y cómo reaccionó tu marido cuando se dió cuenta de todo? eso no queda del todo claro al final

Valentina_99

increible como puede cambiar la vida en un año jajaja

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