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Relatos Ardientes

Tres en la azotea: una jubilada que aún tiene hambre

Clic. El cerrojo me sobresalta y el bolígrafo rueda sobre el crucigrama a medio terminar. Nueve letras: «persona que lo ve todo negro». Ironías de la vida, con lo poco que eso pega conmigo.

La llave gira tres veces en la cerradura, siempre tres, con ese chirrido de película antigua. Contengo el aliento, aunque sé perfectamente quién está al otro lado.

—¡Ya estoy en casa! —La voz de Laurent retumba en el recibidor—. ¡Hace un frío de mil demonios aquí dentro!

Me levanto del sofá y un quejido se me escapa. La espalda protesta. El aire acondicionado ronronea a toda potencia porque julio en Málaga no perdona, y yo necesito el frescor para curar esta dichosa lesión de spinning que me tiene apartada de las clases.

Echo de menos sudar como una posesa en aeróbic, dominar la coreografía como una diosa. Pero rendirme no entra en mi vocabulario. Me planto frente al espejo del salón y sonrío, satisfecha con lo que veo: el top sin mangas ciñendo unos brazos que me han costado cientos de horas de pesas, el abdomen plano que muchas treintañeras envidiarían, las piernas fuertes que son mi orgullo.

Nada mal para sesenta y dos, me digo, pasándome una mano por la melena, blanca con destellos de plata. Las arrugas alrededor de mis ojos verdes cuentan risas, no lamentos. Sí, Amparo, estás mejor que nunca.

Laurent aparece con su bolsa de viaje, esa que yo llamo «el armario secreto de Cereza». Camina con un balanceo entrecortado que lo delata: trae la entrepierna en carne viva.

—¿Qué tal la cita, cariño? —pregunto, dándole un beso.

—Instructiva —responde, soltando la bolsa—. Muy instructiva.

Lo sigo hasta el lavadero, donde saca con cuidado el vestido blanco estampado de cerezas y la peluca pelirroja que transforman a mi marido, profesor de filosofía jubilado, en la espléndida Cereza.

—¿Te tocó un entusiasta? —bromeo.

—Digamos que no medía sus entusiasmos —ríe, cargando la lavadora con la meticulosidad de quien prepara un experimento—. Creo que se había tomado algo. No paraba.

—Ve a ducharte —le sugiero, dándole una palmada en el trasero que le arranca un respingo—. Yo termino aquí.

***

Preparo dos copas de vino blanco helado y las llevo a la terraza. Vivimos en un ático y nadie puede vernos, así que ando en braguitas sin pudor alguno. La humedad cubre el cristal de escarcha en segundos. Las noches de verano malagueñas son perfectas para hablar, y presiento que esta noche habrá mucho que hablar.

Mientras Laurent se ducha, mi mente vaga hacia el tema que me ronda desde hace días: Damián, nuestro vecino del 4C. Sesenta años y una presencia que llena cualquier espacio sin abrir la boca. Cada vez que coincidimos en el ascensor, el corazón me da un vuelco como si tuviera dieciséis. Pelo oscuro salpicado de canas, barba recortada, esos trajes con la camisa abierta lo justo... un pecado con patas, que diría mi madre.

Y es que después de cinco años de sequía, desde que a Laurent se le apagó la chispa ahí abajo, hasta el frutero me parece sugerente. Pero Damián es otra historia. Mi amiga Remedios jura que a nuestra edad ya no se tiene hambre. Remedios, cariño, lo que no tienes es un vecino como el mío.

Recuerdo el ascensor de ayer. Yo venía del gimnasio, sudada y con el pelo hecho un desastre, y él me miró como a la mujer más interesante del edificio.

—¿Día duro? —me preguntó, con esa sonrisa que le arruga los ojos de un modo que debería ser ilegal.

—Mi romance con el sudor continúa —respondí, dejando que la toalla resbalara «por accidente» hacia mi escote.

—Algunos mejoramos con los años, como el buen vino —dijo, siguiendo el movimiento de la tela sin disimular—. Y tú pareces una añada excelente.

Cuando el ascensor se abrió, su mano rozó la parte baja de mi espalda, un gesto breve y eléctrico.

—Siempre estoy abierto a invitaciones —murmuró antes de despedirse.

El sonido de la ducha al cesar me devuelve al presente. Laurent aparece con el pelo húmedo y la bata azul, moviéndose con la delicadeza de quien ha tenido una jornada intensa. Se deja caer en la silla de enfrente y me cuenta, entre carcajadas, los pormenores de su cita: el desconocido imponente que lo puso de rodillas nada más cerrar la puerta, que no descansaba entre asalto y asalto, que le susurraba obscenidades de marinero.

—Y lo más sorprendente —concluye, las mejillas encendidas— es que, a pesar de su brutalidad, me corrí dos veces.

—¡No me lo creo! —exclamo, genuinamente impresionada.

Suspira y deja la copa.

—Creo que ya he tenido bastante de ciertas cosas por hoy —dice con su acento francés, que se intensifica cuando se relaja—. Ahora me apetece algo más delicado. Un plato más sutil.

Sus ojos grises me miran con una intensidad que conozco demasiado bien. Mi cuerpo responde antes que mi mente.

—¿Aquí? —pregunto, aunque sé que nadie puede vernos.

—¿Por qué no? —responde, arrodillándose ante mí con la reverencia de quien va a leer un texto sagrado.

Sus dedos largos retiran mis braguitas con una lentitud deliberada. Besa el interior de mi muslo, asciende, y cuando su boca encuentra el punto exacto pierdo el hilo de cualquier pensamiento. Alterna la suavidad más exquisita con la presión más precisa, y el contraste entre la brisa nocturna y el calor húmedo de su lengua se vuelve insoportable.

—No pares... por favor —jadeo, los dedos enredados en su pelo.

Si algo sabe hacer este hombre es usar esa lengua educada para los placeres más indecentes.

Sus manos me sujetan las caderas en el lugar perfecto. El placer estalla, me arranca un gemido que seguramente se oye en todo el edificio, mis muslos se cierran sobre su cabeza y todo mi cuerpo se tensa antes de derretirse como cera caliente.

Cuando abro los ojos, Laurent se limpia la boca con el dorso de la mano y me mira con un orgullo casi infantil.

—Tanto gimnasio va a acabar asfixiándome —bromea, masajeándose el cuello—. Aunque no se me ocurre mejor manera de morir.

Vuelve con las copas recién servidas y se sienta frente a mí, ahora más serio.

—Mientras estaba con ese hombre, pensé en algo —dice—. En lo mucho que me gustaría compartir a Cereza. Contigo y con alguien más.

Se me corta la respiración.

—¿Un trío? —pregunto directamente.

—Pero no uno cualquiera —asiente, entre la timidez y la esperanza—. Uno donde yo pueda ser Cereza, donde tú estés ahí, mirándome, participando.

Debería escandalizarme. En cambio, una ola de excitación me recorre entera. Suelto una carcajada y me inclino para abrazarlo.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? Que llevo días pensando en Damián.

—¿El del 4C? —Se aparta para mirarme, los ojos como platos.

—El mismo. Hay algo en su forma de mirar que me dice que estaría... abierto a experiencias.

Una sonrisa lenta le cruza la cara.

—¿Y cómo propones abordar al señor 4C? No podemos llamar a su timbre y soltarle: «Hola, ¿te apetece acostarte con nosotros? Por cierto, yo iré vestido de mujer».

Estallamos en carcajadas ante la imagen. Dos jubilados planeando una travesura como veinteañeros.

—Déjamelo a mí —digo, con una seguridad que me sorprende—. Tengo una idea.

***

No tengo ninguna idea, pero finjo que sí. Paso la noche en vela, mirando el techo mientras el reloj desfila de las 00:47 a las 03:07, dándole vueltas a cómo demonios voy a abordar a Damián sin parecer una vieja desesperada. A mi lado, Laurent duerme con la placidez de un santo después de una jornada de milagros.

A la mañana siguiente me planto en el gimnasio casi vacío. Llevo semanas cronometrando las rutinas de Damián como una espía aficionada, así que me instalo en la máquina de remo, frente a la entrada, justo a la hora en que sé que aparecerá.

Y aparece. Camiseta negra, muslos fuertes, esa barba entrecana de lobo solitario.

—Madrugando incluso en sábado —saluda, acercándose.

—El cuerpo no perdona treguas —respondo, intensificando el movimiento para que el ejercicio me marque los brazos.

Se sienta en la máquina contigua, tan cerca que huelo su colonia a madera y especias. Remamos en silencio hasta que él lo rompe.

—Hay algo que me intriga de ti y tu marido —dice—. Parecéis tan libres. Tan cómplices. Como si compartierais un secreto que os mantiene jóvenes.

Dejo que una gota de sudor resbale por mi cuello hasta el escote.

—Quizá el secreto es no tener secretos —respondo, mirándolo a los ojos—. O tenerlos, pero juntos. A nuestra edad la vida es demasiado corta para no explorar lo que nos hace felices.

Deja de remar. La tensión entre nosotros es espesa como miel caliente.

—¿Y qué os hace felices, exactamente? —pregunta, un tono más grave.

Es ahora o nunca. Respiro hondo y me lanzo al vacío.

—Nos gustaría invitarte a cenar esta noche. A las nueve. Para descubrirlo juntos. Con postre incluido... muy especial.

Sus pupilas se dilatan. Se pasa la lengua por los labios.

—¿Y ese postre implica a ambos anfitriones? —pregunta con una audacia que me deja sin aliento.

—Especialmente al anfitrión —respondo, pensando en Cereza—. Tiene talentos que te sorprenderían.

Se pone de pie y me ofrece la mano para ayudarme a levantar, anticuado y encantador.

—Sería una descortesía rechazar invitación tan suculenta —murmura en mi oído—. Llevaré vino.

Lo hice. Dios mío, realmente lo hice.

***

Las horas siguientes pasan en un frenesí. Cocino un solomillo con salsa de vino tinto mientras Laurent limpia, pone la música —Chet Baker susurrando desde los altavoces— y desaparece en el baño con su neceser especial a las siete en punto.

Yo me decido por un vestido negro, sexy sin ser vulgar, y resalto mis ojos verdes con el delineador que Remedios jura que me quita diez años. A las ocho y media estoy lista. Solo falta Cereza.

Cuando escucho el taconeo por el pasillo, me giro y la visión me deja sin aliento. Cereza está espectacular: el vestido blanco de cerezas abrazando su figura, la peluca pelirroja en ondas suaves, el maquillaje tan perfecto que cuesta reconocer al profesor de filosofía bajo esos labios rosados.

—¿Crees que le gustaré? —pregunta, y por un instante veo al hombre inseguro bajo el maquillaje.

—Si no le gustas, es que está clínicamente muerto —respondo.

Acordamos un plan: empezará vestido de calle, con la cara lavada y las gafas, ropa holgada sobre el vestido. Cuando llegue el momento, se disculpará y volverá convertido en Cereza. Apenas termina de embutirse en unos pantalones anchos, suena el timbre.

Abro la puerta y ahí está Damián, más guapo de lo que recordaba, con un traje azul marino hecho a medida, una botella de vino y un ramo de lirios blancos.

—Estás deslumbrante —dice, y su voz grave me recorre la columna.

Lo guío al salón y le presento a Laurent, que lo saluda con cierta rigidez por la ropa de más. Hay una chispa rara entre ellos, una familiaridad que me desconcierta. Servimos vino, la conversación fluye con sorprendente facilidad, y tras la segunda copa Laurent se disculpa para «comprobar algo en la cocina».

A solas, la rodilla de Damián roza la mía.

—Amparo —dice, bajando la voz—, antes de que la noche avance, debo confesarte algo. Ya conozco a Cereza.

El mundo se detiene un segundo.

—¿Qué?

—Nos hemos cruzado en el rellano alguna vez, cuando ella volvía de sus salidas —explica con calma—. No dije nada en el gimnasio porque no sabía si tú estabas al tanto. No quería crear problemas.

Suelto una carcajada que lo sorprende.

—¿Problemas? Si fui yo quien le ayudó a elegir ese vestido de cerezas.

La tensión se disuelve en una risa compartida. Damián entrelaza sus dedos con los míos.

—En ese caso, esta noche será aún más interesante de lo que esperaba.

El taconeo en el pasillo rompe el momento. Cereza aparece en el umbral, ahora en todo su esplendor, y Damián se levanta a besarle el dorso de la mano con una galantería que me deja sin aliento.

—Debo decir que ese vestido te sienta aún mejor de cerca —le dice.

Cereza suelta una risita de pura coquetería. La tensión en el aire es una mezcla embriagadora de deseo y posibilidad. Los tres sabemos que estamos al borde de algo extraordinario.

***

La cena es un éxito, pero ninguno tiene ya la cabeza en la comida. Cuando las copas quedan a medias, propongo lo inevitable.

—¿Y si nos ponemos más cómodos? Este calor malagueño es implacable.

Damián suelta una carcajada que me vibra por dentro y nos ofrece un brazo a cada una camino del dormitorio, donde una botella de champán espera en la cubitera junto a tres copas.

Me deslizo fuera del vestido negro, dejándolo caer a mis pies. El aire fresco me eriza la piel, o quizá sean las miradas que recorren mi cuerpo, apenas cubierto por la lencería negra que compré para la ocasión.

—Eres una diosa —murmura Cereza.

—Tu turno —la animo.

Se quita el vestido y revela un conjunto de encaje blanco con pequeñas cerezas bordadas. El contraste entre sus hombros y el delicado encaje resulta extrañamente armonioso. Ambas nos giramos hacia Damián, que se desabotona la camisa con deliberada lentitud, revelando un torso sorprendentemente firme y un vello plateado que le cubre el pecho.

Cuando se baja los pantalones, la sorpresa nos arranca una exclamación: en lugar de unos bóxers sobrios, luce un llamativo slip verde lima.

—¿A nuestra edad, qué sentido tiene ser previsible? —se ríe—. Además, el verde es el color de la esperanza.

Cereza se acerca, sus tacones marcando un ritmo seductor, y desliza una mano por el abdomen de Damián hasta detenerse sobre la tela tensa. Lo acaricia con las uñas rojas mientras le roza el cuello con los labios.

—Y vaya que hay motivos para la esperanza —murmura.

Damián cierra los ojos y deja escapar un gemido, pero sus ojos vuelven a buscarme, pidiendo permiso. Le respondo con una sonrisa: esta noche no hay reglas, solo deseo compartido.

Brindamos con el champán —por las segundas oportunidades, por las primeras veces a nuestra edad— y entonces Damián deja su copa y atrae a Cereza por la cintura. La besa sin titubeos, un beso hambriento, decidido, mientras su mano libre se extiende hacia mí.

Madre mía. Nunca pensé que ver a mi marido besándose con otro hombre me pondría así.

Me acerco como en trance. Damián rompe el beso y se vuelve hacia mí.

—Tu turno —dice, y sus labios caen sobre los míos.

El sabor de Cereza aún permanece en su boca, mezclado con el champán. Su beso es más dominante que el de Laurent, más exigente, como si quisiera marcarme. Siento la mano de Cereza en mi nuca, enredándose en mi pelo, sosteniéndome.

Los tres caemos sobre la cama en un enredo de extremidades y suspiros. Si mis amigas del bingo me vieran ahora...

Cereza se acomoda a un lado, los ojos brillantes de excitación.

—Lleva cinco años de sequía, que yo sepa —le dice a Damián, con esa picardía tan suya—. Me encantaría ver cómo le haces sentir todo lo que yo ya no puedo darle.

—¡Laurent! —protesto, roja como un tomate.

Pero Damián no se inmuta. Al contrario, sus ojos arden.

—Llevo meses deseándolo —confiesa—. Desde la primera vez que te vi salir del gimnasio con esa sonrisa que parecía un desafío.

¿Meses? El corazón me martillea las costillas.

—Yo también —admito—. Te he imaginado así más veces de las que confesaría.

Damián se coloca sobre mí, los brazos fuertes a cada lado de mi cabeza. Me quita las braguitas con una lentitud que me hace morderme el labio para no suplicar, se libra del slip verde lima y, cuando lo veo, un gemido involuntario se me escapa.

—Mírame —pide.

Abro los ojos y, despacio, con una deliberación que me vuelve loca, empieza a entrar en mí. El estiramiento delicioso, la plenitud gradual, el placer mezclado con un punto de dolor que solo lo intensifica.

—Estás tan caliente —murmura, tenso por contenerse.

Cereza me acaricia el pelo.

—Eres preciosa así —susurra—. Abierta, entregada.

Damián empieza a moverse: primero embestidas lentas, aprendiendo el mapa de mi cuerpo, luego un ritmo que me hace perder la cabeza. Cereza observa, su mano acariciando a ratos mi rostro, mi pecho, el hombro de Damián, como si nos estuviera bendiciendo.

—Más fuerte —pido, con una voz que no reconozco—. Por favor.

—Si voy más fuerte, no duraré mucho —advierte.

—No importa. No pares.

El orgasmo me toma por sorpresa, construyéndose desde algún lugar profundo y expandiéndose como una supernova. Grito sin importarme el edificio entero, mi cuerpo arqueándose bajo el suyo. Lo siento tensarse, su respiración entrecortarse.

—Dentro —logro articular—. Quiero sentirte.

Con un gruñido arrancado de lo más hondo, Damián se hunde una última vez y se deja ir. Su rostro en ese instante de abandono total es lo más hermoso que he visto: vulnerable y feroz a la vez.

Cuando se desploma sobre mí, sudorosos y enredados, Cereza se acerca y nos cubre de besos ligeros en los hombros, las mejillas, la frente.

—Gracias —dice Damián, la voz ronca—. Por invitarme a esto. Por compartir algo tan especial.

Cereza sonríe, esa sonrisa que es pura Laurent en su calidez.

—El placer es nuestro —responde, besándole la frente.

Me quedo entre los dos, mirando el techo que anoche me robó el sueño, y pienso que quizá la vida no solo no ha terminado conmigo: quizá, a los sesenta y dos, apenas está empezando.

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Comentarios(5)

Leti_sur

Dios mio que bueno!! me dejó con ganas de mas

Fede1985

El arranque ya me enganchó, no pude parar de leer. Necesito la continuacion!!

RosaLee88

excelente relato, muy entretenido

GustavoMdP

Muy bien narrado, los personajes se sienten reales. Me quedé con ganas de mas

MariViento

Jajaja el giro que pega la historia me mató, no lo esperaba para nada. Tremendo

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