Tres en la azotea: una jubilada que aún tiene hambre
Clic. El cerrojo me sobresalta y el bolígrafo rueda sobre el crucigrama a medio terminar. Nueve letras: «persona que lo ve todo negro». Ironías de la vida, con lo poco que eso pega conmigo.
La llave gira tres veces en la cerradura, siempre tres, con ese chirrido de película antigua. Contengo el aliento, aunque sé perfectamente quién está al otro lado.
—¡Ya estoy en casa! —La voz de Laurent retumba en el recibidor—. ¡Hace un frío de mil demonios aquí dentro!
Me levanto del sofá y un quejido se me escapa. La espalda protesta. El aire acondicionado ronronea a toda potencia porque julio en Málaga no perdona, y yo necesito el frescor para curar esta dichosa lesión de spinning que me tiene apartada de las clases.
Echo de menos sudar como una posesa en aeróbic, dominar la coreografía como una diosa. Pero rendirme no entra en mi vocabulario. Me planto frente al espejo del salón y sonrío, satisfecha con lo que veo: el top sin mangas ciñendo unos brazos que me han costado cientos de horas de pesas, el abdomen plano que muchas treintañeras envidiarían, las piernas fuertes que son mi orgullo.
Nada mal para sesenta y dos, me digo, pasándome una mano por la melena, blanca con destellos de plata. Las arrugas alrededor de mis ojos verdes cuentan risas, no lamentos. Sí, Amparo, estás mejor que nunca.
Laurent aparece con su bolsa de viaje, esa que yo llamo «el armario secreto de Cereza». Camina con un balanceo entrecortado que lo delata: trae la entrepierna en carne viva.
—¿Qué tal la cita, cariño? —pregunto, dándole un beso.
—Instructiva —responde, soltando la bolsa—. Muy instructiva.
Lo sigo hasta el lavadero, donde saca con cuidado el vestido blanco estampado de cerezas y la peluca pelirroja que transforman a mi marido, profesor de filosofía jubilado, en la espléndida Cereza.
—¿Te tocó un entusiasta? —bromeo.
—Digamos que no medía sus entusiasmos —ríe, cargando la lavadora con la meticulosidad de quien prepara un experimento—. Creo que se había tomado algo. No paraba. Me follaba, se corría, y a los cinco minutos volvía a tenerla dura contra mi culo pidiéndome más.
—Anda ya —río—. ¿A su edad?
—A cualquier edad, Amparo. Ese hombre tenía una polla de artillería. Me la clavó de todas las formas posibles: a cuatro patas, boca arriba con las piernas en sus hombros, montado encima de él. Y no callaba, el condenado. Me susurraba al oído que era su puta de vestido, que le encantaba mi coño falso apretándole la verga, que iba a llenarme entero.
—Ve a ducharte —le sugiero, dándole una palmada en el trasero que le arranca un respingo—. Yo termino aquí.
***
Preparo dos copas de vino blanco helado y las llevo a la terraza. Vivimos en un ático y nadie puede vernos, así que ando en braguitas sin pudor alguno. La humedad cubre el cristal de escarcha en segundos. Las noches de verano malagueñas son perfectas para hablar, y presiento que esta noche habrá mucho que hablar.
Mientras Laurent se ducha, mi mente vaga hacia el tema que me ronda desde hace días: Damián, nuestro vecino del 4C. Sesenta años y una presencia que llena cualquier espacio sin abrir la boca. Cada vez que coincidimos en el ascensor, el corazón me da un vuelco como si tuviera dieciséis. Pelo oscuro salpicado de canas, barba recortada, esos trajes con la camisa abierta lo justo... un pecado con patas, que diría mi madre.
Y es que después de cinco años de sequía, desde que a Laurent se le apagó la chispa ahí abajo, hasta el frutero me parece sugerente. Pero Damián es otra historia. Mi amiga Remedios jura que a nuestra edad ya no se tiene hambre. Remedios, cariño, lo que no tienes es un vecino como el mío.
Recuerdo el ascensor de ayer. Yo venía del gimnasio, sudada y con el pelo hecho un desastre, y él me miró como a la mujer más interesante del edificio.
—¿Día duro? —me preguntó, con esa sonrisa que le arruga los ojos de un modo que debería ser ilegal.
—Mi romance con el sudor continúa —respondí, dejando que la toalla resbalara «por accidente» hacia mi escote.
—Algunos mejoramos con los años, como el buen vino —dijo, siguiendo el movimiento de la tela sin disimular—. Y tú pareces una añada excelente.
Cuando el ascensor se abrió, su mano rozó la parte baja de mi espalda, un gesto breve y eléctrico.
—Siempre estoy abierto a invitaciones —murmuró antes de despedirse.
El sonido de la ducha al cesar me devuelve al presente. Laurent aparece con el pelo húmedo y la bata azul, moviéndose con la delicadeza de quien ha tenido una jornada intensa. Se deja caer en la silla de enfrente y me cuenta, entre carcajadas, los pormenores de su cita: el desconocido imponente que lo puso de rodillas nada más cerrar la puerta y le metió la verga hasta la garganta sin preguntar, que no descansaba entre asalto y asalto, que le susurraba obscenidades de marinero mientras le abría el culo con dos dedos ensalivados antes de reventárselo a golpe de cadera.
—Y lo más sorprendente —concluye, las mejillas encendidas— es que, a pesar de su brutalidad, me corrí dos veces. Sin tocarme la polla, Amparo. Solo con su verga machacándome por dentro. La primera vez me pilló boca abajo, con la cara en la almohada, y me manchó las bragas de encaje. La segunda, montada sobre él, me hizo correrme a chorros mientras él me apretaba las tetas postizas y me llamaba guarra.
—¡No me lo creo! —exclamo, genuinamente impresionada.
Suspira y deja la copa.
—Creo que ya he tenido bastante de ciertas cosas por hoy —dice con su acento francés, que se intensifica cuando se relaja—. Ahora me apetece algo más delicado. Un plato más sutil.
Sus ojos grises me miran con una intensidad que conozco demasiado bien. Mi cuerpo responde antes que mi mente.
—¿Aquí? —pregunto, aunque sé que nadie puede vernos.
—¿Por qué no? —responde, arrodillándose ante mí con la reverencia de quien va a leer un texto sagrado.
Sus dedos largos retiran mis braguitas con una lentitud deliberada, tirando del elástico hasta hacerlas resbalar por mis muslos y dejarlas colgando de un tobillo. Me abre las piernas con las palmas apoyadas en la cara interna de los muslos, empujándolas hacia los brazos de la silla, y se toma unos segundos para mirarme el coño abierto bajo la luz amarilla de la terraza.
—Estás empapada —murmura—. No me has dejado ni empezar y ya se te escurre por el culo.
—Cállate y usa esa boca para algo mejor.
Sonríe y obedece. Besa el interior de mi muslo, asciende con la punta de la lengua trazando una línea húmeda, y cuando su boca encuentra el punto exacto pierdo el hilo de cualquier pensamiento. Empieza por los labios exteriores, chupándolos uno a uno, mordisqueándolos con la delicadeza justa para arrancarme un espasmo. Después separa todo con dos dedos y se hunde entero, la lengua plana lamiendo desde la entrada del coño hasta el clítoris en un movimiento largo y hambriento que me hace agarrarme al reposabrazos.
—Joder, Laurent...
Alterna la suavidad más exquisita con la presión más precisa. Rodea el clítoris en círculos lentos, lo aplasta con la punta de la lengua, lo suelta, sopla apenas, y el contraste entre la brisa nocturna y el calor húmedo de su boca se vuelve insoportable. Mete dos dedos y los curva buscándome ese punto por dentro que solo él conoce, mientras la lengua no descansa arriba.
—No pares... por favor —jadeo, los dedos enredados en su pelo, empujándole la cara contra mí sin ningún pudor.
Si algo sabe hacer este hombre es usar esa lengua educada para los placeres más indecentes.
Sus manos me sujetan las caderas en el lugar perfecto. Sus dedos dentro entran y salen, empapados hasta los nudillos, produciendo un sonido obsceno que se mezcla con mis gemidos. Chupa el clítoris entero, lo atrapa entre los labios y tira suavemente, y ese pequeño gesto es el detonante. El placer estalla, me arranca un aullido que seguramente se oye en todo el edificio, mis muslos se cierran sobre su cabeza, siento cómo me contraigo alrededor de sus dedos una, dos, tres veces, y todo mi cuerpo se tensa antes de derretirse como cera caliente.
Cuando abro los ojos, Laurent se limpia la boca con el dorso de la mano, la barbilla brillante de mí, y me mira con un orgullo casi infantil.
—Tanto gimnasio va a acabar asfixiándome —bromea, masajeándose el cuello—. Aunque no se me ocurre mejor manera de morir.
Vuelve con las copas recién servidas y se sienta frente a mí, ahora más serio.
—Mientras estaba con ese hombre, pensé en algo —dice—. En lo mucho que me gustaría compartir a Cereza. Contigo y con alguien más.
Se me corta la respiración.
—¿Un trío? —pregunto directamente.
—Pero no uno cualquiera —asiente, entre la timidez y la esperanza—. Uno donde yo pueda ser Cereza, donde tú estés ahí, mirándome, participando.
Debería escandalizarme. En cambio, una ola de excitación me recorre entera. Suelto una carcajada y me inclino para abrazarlo.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? Que llevo días pensando en Damián.
—¿El del 4C? —Se aparta para mirarme, los ojos como platos.
—El mismo. Hay algo en su forma de mirar que me dice que estaría... abierto a experiencias.
Una sonrisa lenta le cruza la cara.
—¿Y cómo propones abordar al señor 4C? No podemos llamar a su timbre y soltarle: «Hola, ¿te apetece acostarte con nosotros? Por cierto, yo iré vestido de mujer».
Estallamos en carcajadas ante la imagen. Dos jubilados planeando una travesura como veinteañeros.
—Déjamelo a mí —digo, con una seguridad que me sorprende—. Tengo una idea.
***
No tengo ninguna idea, pero finjo que sí. Paso la noche en vela, mirando el techo mientras el reloj desfila de las 00:47 a las 03:07, dándole vueltas a cómo demonios voy a abordar a Damián sin parecer una vieja desesperada. A mi lado, Laurent duerme con la placidez de un santo después de una jornada de milagros.
A la mañana siguiente me planto en el gimnasio casi vacío. Llevo semanas cronometrando las rutinas de Damián como una espía aficionada, así que me instalo en la máquina de remo, frente a la entrada, justo a la hora en que sé que aparecerá.
Y aparece. Camiseta negra, muslos fuertes, esa barba entrecana de lobo solitario.
—Madrugando incluso en sábado —saluda, acercándose.
—El cuerpo no perdona treguas —respondo, intensificando el movimiento para que el ejercicio me marque los brazos.
Se sienta en la máquina contigua, tan cerca que huelo su colonia a madera y especias. Remamos en silencio hasta que él lo rompe.
—Hay algo que me intriga de ti y tu marido —dice—. Parecéis tan libres. Tan cómplices. Como si compartierais un secreto que os mantiene jóvenes.
Dejo que una gota de sudor resbale por mi cuello hasta el escote.
—Quizá el secreto es no tener secretos —respondo, mirándolo a los ojos—. O tenerlos, pero juntos. A nuestra edad la vida es demasiado corta para no explorar lo que nos hace felices.
Deja de remar. La tensión entre nosotros es espesa como miel caliente.
—¿Y qué os hace felices, exactamente? —pregunta, un tono más grave.
Es ahora o nunca. Respiro hondo y me lanzo al vacío.
—Nos gustaría invitarte a cenar esta noche. A las nueve. Para descubrirlo juntos. Con postre incluido... muy especial.
Sus pupilas se dilatan. Se pasa la lengua por los labios.
—¿Y ese postre implica a ambos anfitriones? —pregunta con una audacia que me deja sin aliento.
—Especialmente al anfitrión —respondo, pensando en Cereza—. Tiene talentos que te sorprenderían.
Se pone de pie y me ofrece la mano para ayudarme a levantar, anticuado y encantador.
—Sería una descortesía rechazar invitación tan suculenta —murmura en mi oído—. Llevaré vino.
Lo hice. Dios mío, realmente lo hice.
***
Las horas siguientes pasan en un frenesí. Cocino un solomillo con salsa de vino tinto mientras Laurent limpia, pone la música —Chet Baker susurrando desde los altavoces— y desaparece en el baño con su neceser especial a las siete en punto.
Yo me decido por un vestido negro, sexy sin ser vulgar, y resalto mis ojos verdes con el delineador que Remedios jura que me quita diez años. A las ocho y media estoy lista. Solo falta Cereza.
Cuando escucho el taconeo por el pasillo, me giro y la visión me deja sin aliento. Cereza está espectacular: el vestido blanco de cerezas abrazando su figura, la peluca pelirroja en ondas suaves, el maquillaje tan perfecto que cuesta reconocer al profesor de filosofía bajo esos labios rosados.
—¿Crees que le gustaré? —pregunta, y por un instante veo al hombre inseguro bajo el maquillaje.
—Si no le gustas, es que está clínicamente muerto —respondo.
Acordamos un plan: empezará vestido de calle, con la cara lavada y las gafas, ropa holgada sobre el vestido. Cuando llegue el momento, se disculpará y volverá convertido en Cereza. Apenas termina de embutirse en unos pantalones anchos, suena el timbre.
Abro la puerta y ahí está Damián, más guapo de lo que recordaba, con un traje azul marino hecho a medida, una botella de vino y un ramo de lirios blancos.
—Estás deslumbrante —dice, y su voz grave me recorre la columna.
Lo guío al salón y le presento a Laurent, que lo saluda con cierta rigidez por la ropa de más. Hay una chispa rara entre ellos, una familiaridad que me desconcierta. Servimos vino, la conversación fluye con sorprendente facilidad, y tras la segunda copa Laurent se disculpa para «comprobar algo en la cocina».
A solas, la rodilla de Damián roza la mía.
—Amparo —dice, bajando la voz—, antes de que la noche avance, debo confesarte algo. Ya conozco a Cereza.
El mundo se detiene un segundo.
—¿Qué?
—Nos hemos cruzado en el rellano alguna vez, cuando ella volvía de sus salidas —explica con calma—. No dije nada en el gimnasio porque no sabía si tú estabas al tanto. No quería crear problemas.
Suelto una carcajada que lo sorprende.
—¿Problemas? Si fui yo quien le ayudó a elegir ese vestido de cerezas.
La tensión se disuelve en una risa compartida. Damián entrelaza sus dedos con los míos.
—En ese caso, esta noche será aún más interesante de lo que esperaba.
El taconeo en el pasillo rompe el momento. Cereza aparece en el umbral, ahora en todo su esplendor, y Damián se levanta a besarle el dorso de la mano con una galantería que me deja sin aliento.
—Debo decir que ese vestido te sienta aún mejor de cerca —le dice.
Cereza suelta una risita de pura coquetería. La tensión en el aire es una mezcla embriagadora de deseo y posibilidad. Los tres sabemos que estamos al borde de algo extraordinario.
***
La cena es un éxito, pero ninguno tiene ya la cabeza en la comida. Cuando las copas quedan a medias, propongo lo inevitable.
—¿Y si nos ponemos más cómodos? Este calor malagueño es implacable.
Damián suelta una carcajada que me vibra por dentro y nos ofrece un brazo a cada una camino del dormitorio, donde una botella de champán espera en la cubitera junto a tres copas.
Me deslizo fuera del vestido negro, dejándolo caer a mis pies. El aire fresco me eriza la piel, o quizá sean las miradas que recorren mi cuerpo, apenas cubierto por la lencería negra que compré para la ocasión.
—Eres una diosa —murmura Cereza.
—Tu turno —la animo.
Se quita el vestido y revela un conjunto de encaje blanco con pequeñas cerezas bordadas. El contraste entre sus hombros y el delicado encaje resulta extrañamente armonioso. Ambas nos giramos hacia Damián, que se desabotona la camisa con deliberada lentitud, revelando un torso sorprendentemente firme y un vello plateado que le cubre el pecho.
Cuando se baja los pantalones, la sorpresa nos arranca una exclamación: en lugar de unos bóxers sobrios, luce un llamativo slip verde lima. Y el bulto que estira la tela hasta deformarla no admite duda alguna sobre lo que hay debajo.
—¿A nuestra edad, qué sentido tiene ser previsible? —se ríe—. Además, el verde es el color de la esperanza.
Cereza se acerca, sus tacones marcando un ritmo seductor, y desliza una mano por el abdomen de Damián hasta detenerse sobre la tela tensa. Lo acaricia con las uñas rojas mientras le roza el cuello con los labios, y de un tirón le baja el slip hasta las rodillas. La polla de Damián salta libre, gruesa, con el glande morado, tan dura que se pega al vientre.
—Y vaya que hay motivos para la esperanza —murmura, envolviéndosela con la mano y masturbándolo despacio, con la muñeca educada de quien lleva años tocando la suya propia.
Damián cierra los ojos y deja escapar un gemido, pero sus ojos vuelven a buscarme, pidiendo permiso. Le respondo con una sonrisa: esta noche no hay reglas, solo deseo compartido.
Cereza se arrodilla frente a él sin soltarle la verga, se recoloca la peluca pelirroja detrás de las orejas y me mira por encima del hombro con una sonrisa cómplice antes de sacar la lengua y lamer desde la base hasta la punta en un movimiento único, lento, obsceno. Damián se estremece entero.
—Joder... —murmura.
Cereza le abraza la polla con los labios pintados de rojo y se la traga entera de una vez, hasta que la nariz le choca con el pubis canoso. Se retira despacio, dejando un rastro brillante de saliva y pintalabios en toda la longitud, y vuelve a hundirse. Un ruido húmedo, obsceno, llena el dormitorio. Yo me acerco por detrás, le levanto el vestido de encaje blanco y le acaricio el culo por encima de las bragas. Debajo del encaje, otra polla se ha puesto dura contra la seda.
—Nuestra Cereza ha vuelto a la vida —susurro, y ella gime alrededor de la verga de Damián.
Brindamos con el champán —por las segundas oportunidades, por las primeras veces a nuestra edad— y entonces Damián deja su copa y atrae a Cereza por la cintura, obligándola a levantarse. La besa sin titubeos, un beso hambriento, decidido, con lengua, mientras su mano libre se extiende hacia mí y me busca el pecho por dentro del sujetador, pellizcándome el pezón hasta arrancarme un jadeo.
Madre mía. Nunca pensé que ver a mi marido besándose con otro hombre me pondría así.
Me acerco como en trance. Damián rompe el beso y se vuelve hacia mí.
—Tu turno —dice, y sus labios caen sobre los míos.
El sabor de Cereza aún permanece en su boca, mezclado con el champán y algo más salado que reconozco. Su beso es más dominante que el de Laurent, más exigente, como si quisiera marcarme. Siento la mano de Cereza en mi nuca, enredándose en mi pelo, sosteniéndome, y la otra bajándome los tirantes del sujetador hasta liberarme los pechos, que ofrece a Damián como si fueran suyos para regalar.
—Míralas —le dice al oído—. Sesenta y dos años y estas tetas. Cómelas, no seas tímido.
Damián se agacha y me atrapa un pezón con la boca, chupando fuerte, mordiéndolo entre los dientes con el punto justo de brutalidad. La otra mano me abre las piernas allí mismo, de pie, y encuentra mis bragas ya empapadas.
—Está chorreando —le informa a Cereza sin dejar de mamarme la teta—. Se corre solo con vernos a nosotros dos.
—Siempre le ha gustado mirar —confirma Cereza, retirándome las bragas por completo.
Los tres caemos sobre la cama en un enredo de extremidades y suspiros. Si mis amigas del bingo me vieran ahora...
Cereza se acomoda a un lado, los ojos brillantes de excitación, y se levanta el vestido para acariciarse la polla propia por encima de las bragas de encaje.
—Lleva cinco años de sequía, que yo sepa —le dice a Damián, con esa picardía tan suya—. Me encantaría ver cómo le haces sentir todo lo que yo ya no puedo darle. Fóllala con esa verga tan bonita que tienes. Reviéntale el coño delante de mí.
—¡Laurent! —protesto, roja como un tomate, pero con las piernas ya abiertas sobre la colcha.
Pero Damián no se inmuta. Al contrario, sus ojos arden.
—Llevo meses deseándolo —confiesa—. Desde la primera vez que te vi salir del gimnasio con esa sonrisa que parecía un desafío. Me la he cascado pensando en tu culo dentro de esas mallas más veces de las que confesaría.
¿Meses? El corazón me martillea las costillas.
—Yo también —admito—. Te he imaginado así más veces de las que confesaría. Metiéndomela en el ascensor, contra el espejo. Todas las noches.
—Enséñale —insiste Cereza, la voz enronquecida—. Enséñale lo bien que te la sabes chupar antes.
Me deslizo entre las piernas de Damián y le agarro la polla, todavía brillante por la boca de Cereza. La estudio de cerca: gruesa, recta, con una vena marcada que va desde la base hasta la corona. Le paso la lengua por debajo, siguiendo esa vena, y él suspira. Me la meto entera, lo justo para que se sienta bienvenido, y la saco despacio dejando que el glande golpee contra mi mejilla.
—Joder, mujer... —gruñe.
Cereza se ha colocado detrás de mí, arrodillada, y me acaricia las nalgas mientras la observa mamársela a Damián. Siento sus dedos separarme, un dedo mojado buscándome el clítoris desde atrás. Gimo con la boca llena.
—Ponla a cuatro —ordena Cereza—. Y métesela ya, que no aguanto de las ganas de veros.
Damián me coge de la cintura y me voltea sin esfuerzo. Me quedo apoyada en manos y rodillas, con el culo en pompa, y siento el peso del colchón hundirse cuando él se coloca detrás. Cereza gatea hasta ponerse frente a mí, se levanta el vestido, se baja las bragas de encaje y libera su propia polla, dura y goteando, justo delante de mi boca.
—Chúpame mientras te folla —susurra.
No lo pienso. Abro la boca y me trago a mi marido —a Cereza— hasta la garganta, con toda la práctica de cuarenta años juntos. Al mismo tiempo, siento el glande de Damián frotarse arriba y abajo por mis labios de abajo, empapándose en mí, buscando la entrada. Cuando la encuentra, empuja despacio, con una deliberación que me vuelve loca.
—Mírame —pide Cereza, agarrándome del pelo—. Quiero verte la cara cuando entre.
Levanto la vista con la boca llena, y en ese instante Damián se hunde de una sola vez, entero, hasta el fondo. Un grito ahogado se me escapa contra la polla de Cereza. El estiramiento es delicioso, la plenitud gradual, el placer mezclado con un punto de dolor que solo lo intensifica. Hace cinco años que no siento algo así.
—Está tan apretada —murmura Damián, tenso por contenerse—. Como una virgen. Se me está clavando en la polla.
—Es que se muere de ganas —responde Cereza, meciendo las caderas para meterme la suya más adentro—. Lleva años esperando esto.
Damián empieza a moverse: primero embestidas lentas, aprendiendo el mapa de mi cuerpo, calibrando cómo me abro, luego un ritmo firme que me hace mecerme entera. Cada vez que él empuja, yo me hundo un poco más en la boca la polla de Cereza, y los tres encontramos un compás. Los muslos de Damián chocan contra mis nalgas con un ruido carnoso, sus manos me agarran las caderas y clavan los dedos, y noto cómo va perdiendo la educación.
—Más fuerte —pido, con una voz que no reconozco, soltando a Cereza un segundo—. Por favor.
—Si voy más fuerte, no duraré mucho —advierte.
—No importa. No pares.
Se agarra de mis caderas como un timón y se pone a martillearme sin miramientos. El colchón cruje. La cabecera golpea la pared. Cada embestida me arranca un gemido que Cereza aprovecha para meterme la polla otra vez hasta el fondo de la boca, tapándome los gritos. Es sucio, es obsceno, es la cosa más viva que he hecho en años.
—Mira cómo se le mueven las tetas —jadea Cereza, apreciativa, contemplando el balanceo bajo mi cuerpo—. Fóllatela más fuerte, Damián. Le encanta.
—Puta francesa vestida de mujer —gruñe Damián sin dejar de embestir—, tú y tu mujer vais a acabar conmigo.
Cereza se ríe y me la saca de la boca solo para restregármela por la cara, por los labios, por los pómulos, marcándome. Después vuelve a metérmela, entera, y yo la chupo con hambre mientras Damián me abre por detrás. En algún momento cambia el ritmo: sale de mí de golpe, me hace girar boca arriba, me sube las piernas hasta sus hombros y vuelve a entrar de un solo empujón. Ahora sí puedo verlo, verle la cara, verle los abdominales que se contraen con cada embestida, verle la polla brillante entrar y salir de mí a un palmo de mi ombligo.
Cereza se acuesta a mi lado, se pega a mi costado, y me busca los pechos con la boca mientras me susurra al oído.
—Eres preciosa así —murmura—. Abierta, entregada. Con el coño lleno de polla vecina. Dime que te gusta.
—Me encanta —jadeo—. Me encanta, Laurent, me encanta.
—Dile a él —insiste—. Díselo a Damián.
—Me encanta tu polla —le suelto, mirándolo a los ojos—. Métemela toda. Reviéntame.
Damián gruñe como un animal y se dobla sobre mí. Sus caderas trabajan en un ángulo distinto, golpeándome por dentro un punto que hacía años no visitaba nadie, y siento cómo el orgasmo empieza a formarse desde algún lugar profundo. Cereza me mordisquea un pezón, después el otro, y con los dedos me busca el clítoris entre los dos cuerpos, frotándolo en círculos precisos.
—Córrete —me ordena mi marido, con la boca pegada a mi cuello—. Córrete alrededor de su polla, cariño. Quiero notar cómo te aprietas.
El orgasmo me toma por sorpresa, construyéndose desde algún lugar profundo y expandiéndose como una supernova. Grito sin importarme el edificio entero, mi cuerpo arqueándose bajo el suyo, las piernas cerrándose alrededor de la espalda de Damián. Siento cómo mi coño se contrae en oleadas alrededor de su verga, cómo lo aprieto, cómo lo ordeño. Lo siento tensarse, la respiración entrecortarse, un sonido gutural que le sube desde el pecho.
—Dentro —logro articular—. Quiero sentirte. Córrete dentro.
—Sí, dentro —le apremia Cereza al oído—. Lléname a mi mujer de leche, Damián. Que se le desborde.
Con un gruñido arrancado de lo más hondo, Damián se hunde una última vez, se queda quieto y noto cómo su polla se hincha dentro de mí y empieza a soltar chorros calientes. Uno, dos, tres, cuatro. Se me llena todo. Su rostro en ese instante de abandono total es lo más hermoso que he visto: vulnerable y feroz a la vez, los ojos cerrados, la boca abierta, el cuello tenso.
Cuando se desploma sobre mí, sudorosos y enredados, siento su semen escurriéndoseme por dentro de los muslos cuando por fin sale. Cereza no espera. Se agacha entre mis piernas todavía abiertas, me mira desde ahí abajo con una sonrisa pícara y me pasa la lengua por dentro del muslo, recogiendo lo que Damián ha derramado. Después sube y me besa en la boca, dejándome probar la mezcla de ambos.
—Ahora yo —susurra contra mis labios.
La miro, aturdida y feliz. Cereza tiene la polla dura, roja, palpitando de puro deseo contenido. Le hago un gesto y ella se coloca sobre mí, apoyando las manos a cada lado de mi cabeza, la peluca pelirroja formando una cortina alrededor de nuestras caras. Entra con la facilidad de tantos años, resbalando en la humedad que Damián acaba de dejar. Es un ritmo distinto —conocido, familiar, marido y mujer— pero envuelto en ese vestido de cerezas y con Damián recuperándose a nuestro lado, se vuelve algo nuevo.
Damián se recupera antes de lo que esperaba y, apenas cinco minutos después, ya tiene la mano en el culo de Cereza mientras ella me folla. Le sube el vestido hasta la cintura, deja las nalgas al aire, y le humedece la entrada con dos dedos ensalivados. Cereza gime encima de mí sin dejar de moverse.
—Sí... sí, por favor...
—Aún tengo cuerda —murmura Damián, colocándose detrás de ella—. Y este culo estaba pidiendo turno desde que entré por la puerta.
Veo cómo la penetra desde detrás mientras Cereza sigue dentro de mí, y de repente los tres estamos ensartados en la misma línea. Cada embestida de Damián en Cereza se transmite a mí a través de su cuerpo. Cereza gime, jadea contra mi cuello palabras en francés que no entiendo pero cuyo significado es evidente, mientras se abandona a la doble sensación.
—Me van a matar los dos —jadea Cereza—. Me está pasando, me está pasando ya...
Cereza se corre dentro de mí con un temblor largo, dejándose caer sobre mi pecho, y Damián la sigue segundos después con otro gruñido, vaciándose por segunda vez esta noche, ahora dentro de mi marido.
Nos quedamos los tres desmadejados, un ovillo pegajoso de piel y encaje y sudor, tratando de recuperar el aliento. Cereza se acerca y nos cubre de besos ligeros en los hombros, las mejillas, la frente, con una ternura extraña después de tanta bestialidad.
—Gracias —dice Damián, la voz ronca—. Por invitarme a esto. Por compartir algo tan especial.
Cereza sonríe, esa sonrisa que es pura Laurent en su calidez.
—El placer es nuestro —responde, besándole la frente.
Me quedo entre los dos, mirando el techo que anoche me robó el sueño, y pienso que quizá la vida no solo no ha terminado conmigo: quizá, a los sesenta y dos, apenas está empezando.





