Un maduro de viaje y la camarera de la 205
Llegué tarde al hotel, con un hambre de lobo y la espalda molida de tanta carretera. En la recepción me crucé con Daniel, un aparejador joven, de treinta y pocos, con el que coincidía cada cierto tiempo en estos viajes de obra.
—Menos mal que aquí no te ponen pegas si entras a deshora —dije dejándome caer en una silla del comedor.
La camarera, una chica alta y de cuerpo rotundo, solo tenía ojos de complicidad para Daniel. Lo miraba y se mordía la sonrisa.
—Estamos prácticamente solos, Bruno —comentó él—. He contado una docena de huéspedes. El hotel es pequeño y es temporada baja. Oye, tus hijos ya estarán hechos unos hombres.
—Tú dirás: quince, diecisiete, y luego los gemelos de ocho, que me llegaron de rebote a los cuarenta. Pero somos felices.
—Me enteré lo de tu padre. Te acompaño en el sentimiento.
—Hace semana y media. Así es la vida. ¿Y vosotros? Me dijeron que Clara y tú habíais tenido una niña.
—Un mes tiene, una preciosidad. Pedí la baja por paternidad, pero el jefe me dijo que la cogiera al cerrar el proyecto de los Olivares de Salceda. ¿A ti dónde te han mandado?
—A las naves del polígono de Vereda.
Mientras hablábamos seguía atento al baile de miradas entre Daniel y la camarera. Tenía un buen par de pechos que subían y bajaban al respirar, y unos pantalones que dejaban adivinar un trasero redondo y firme. La cara angulosa, de pómulos marcados, los ojos castaños enormes y el pelo negro recogido en una coleta. Veinteañera, sin duda. No era lo que se dice guapa, pero resultaba interesantísima. Felina, como digo yo.
Quedamos en bajar al bar un rato después de dejar las cosas en la habitación. Llegué yo primero. Atendía el encargado, un cincuentón. Por las escaleras vi a Daniel detenerse en el comedor para cruzar dos palabras con ella.
—Otra vez por aquí, don Bruno.
—Ya ves. Poco movimiento, comentaba con Daniel.
—Sí, nos han recortado el personal. Una persona en recepción y yo cubro el bar con Noelia.
—¿Es nueva, entonces?
—Viene de otro hotel, tiene experiencia, no me da queja. Voy a sentarme. Tráeme un café y un whisky cuando llegue mi compañero.
—Lo mismo para mí —oí a mi espalda.
Nos sentamos en la terraza, los dos con un cigarrillo.
—Perdona el retraso —dijo Daniel.
—Nada, hombre. Entiendo cómo funciona el ceremonial de caza.
—No te quejes, que tú también has toreado en muchas plazas.
—Ya ves, si apenas me queda pelo.
Soy alto, metro ochenta y ocho, noventa kilos, corpulento, de facciones marcadas. Luzco calva, pero lo compenso con la barba. Daniel también es alto, no tanto como yo; se cuida, va al gimnasio, delgado, el pelo al cepillo, de cara agraciada.
—Pero tienes buena… —empezó.
—De mis veinte centímetros no me quejo, no.
—Doy fe. He sido testigo de algún combate. Eres bestia, pero bestia de las buenas.
—Y tú no te quedas atrás.
Soltamos los dos una carcajada.
—Pienso tirármela esta noche —dijo bajando la voz—. No quiero desperdiciar la ocasión. La tía se la ve decidida.
—Haces bien, eres veterano en estas lides. Yo, en cambio, tengo los huevos a reventar y por aquí no hay ni una sola alma a la que recurrir.
—Miraré qué puedo hacer por ti —respondió mirando hacia la barra, donde ella entraba a recoger vasos.
Vino a retirarnos las copas con una sonrisa puesta. Me gustaba cómo movía el cuerpo, un balanceo que, sin ser provocador, tenía un instinto puramente animal.
—Tráenos otra de whisky, guapa —le dije guiñándole un ojo.
Al volver, la tanteé.
—Eres nueva, ¿no?
—Sí, llevo unos meses.
—¿Te vas sola al acabar? ¿Qué edad tienes, si no es indiscreción?
—Veintitrés recién cumplidos. Los días que no libro duermo aquí, en el hotel. El día libre viene mi novio; vivo a sesenta kilómetros.
—Entiendo que no vivís juntos.
—No, a final de temporada nos casamos. Vengo del campo, llevo un año en hoteles. Él es tractorista.
Otra mesa la reclamó. Daniel se levantó y, cortándole el paso, le dijo algo al oído que apenas alcancé a pillar.
—Quería invitarte a una copa —murmuró, esta vez sin tanta seguridad—. En la 205.
—Sin problema. Al cerrar subo.
Volvió a sentarse y me sonrió. Era su momento de gloria.
—El que la sigue la consigue —comenté.
—No te quepa ninguna duda. Y si puedo hacer algo por ti esta noche…
No tenía por qué, pero Daniel lo daba todo siempre. Un follador nato que, como los grandes campeones, vivía en perpetua tensión.
***
Ya en mi habitación hablé con mi familia. Les dije que había llegado bien y que esperaba volver pronto, como siempre. Hicimos una pequeña videollamada. Vi las manos y la risa de los gemelos; Laura y Óscar me dijeron que tenían que estudiar. Nos despedimos.
Estaba buscando algo en una página para hacerme una paja cuando me entró un mensaje de Daniel. Era una foto de espaldas: la camarera, con una minifalda y un top.
—La 205 —decía.
—Voy para allá. Menos mal, estaba con la mano puesta —contesté.
—Jejeje, tío. ¿No confiabas en mí? A grandes males, grandes remedios.
Volvió a sonar el móvil. Será posible, pensé. En la pantalla, mi mujer.
—Se me había olvidado, cariño —dijo Cristina—. Si pasas por Villabuena, compra esos quesos que le encantan a mi madre. Te noto nervioso desde lo de tu padre. Tranquilízate, te quiero.
—Tienes razón, soy un manojo de nervios. También te quiero. Un beso enorme a todos. Ya sabes lo que significaba mi padre para mí.
Colgué y salí como alma que lleva el diablo. Toqué a la 205.
Me abrió Daniel con los labios manchados de pintalabios, la camisa abierta y el cinturón suelto. Ella se levantó al verme. Bebían del minibar, vodka y whisky. Llevaba la minifalda rosa elástica que había visto en la foto y un top blanco descolocado de tanto manoseo. Sin sujetador; se le marcaban dos pezones sabrosos. Se había hecho dos trenzas y se había pintado los ojos y la boca, algo corrida ya.
—Nos hemos visto, pero me llamo Noelia.
—Bru… Bruno —dije, y nos dimos dos besos.
La miré con frialdad analítica, pero su potencia felina me desarmó. Tenía esa expresión de quien ya ha tomado una decisión y no piensa volverse atrás.
—¿He llegado en mal momento?
—Donde follan dos, follan tres —soltó ella ante mi asombro.
Se besó con Daniel de forma descarada mientras él le amasaba las nalgas con las dos manos. Entonces se quitó el top, se bajó la falda y tiró el tanga al suelo.
—Servíos vosotros mismos.
No me lo dijo dos veces. Me lancé como un cuervo hambriento, le besé la boca y le chupé los pezones. Cuando miré a Daniel ya estaba desnudo. No lo dudé y me quité yo también la ropa. Nos sentamos en el borde de la cama y ella fue combinando la mano y la boca, saltando de uno a otro.
—Vaya rabo que gastas, Bruno. Y qué lanzado vienes.
Aquello me prendió. Cuando llego a mi límite de paciencia ya no hay quien me pare.
—Te voy a dar lo que no te han dado en tu vida —dije encendido.
—¡A ver si es verdad!
Y volvió a la faena, uno en la boca, el otro en la mano. En un arranque la cogí y la tumbé sobre la cama. Daniel me dejaba hacer, me veía muy subido. Le separé las piernas, se las eché sobre los hombros y la penetré de un solo empuje. Bombeé con ganas, rugiendo como un animal. Ella estaba empapada, gemía sin freno.
—¡Qué grande la tienes! ¡La noto! ¡Sí, sí!
—Ahora sabes lo que es de verdad —resoplé, hundiéndome hasta el fondo.
Aceleré a fondo y me corrí dentro, bien adentro. Quedé rendido, sudando.
—¡Qué viril eres! No me ha dado tiempo a venirme —se quejó.
—Ahora lo harás —dijo Daniel.
—¿Haces el culo? —le preguntó ella.
—Sí, desde hace un año.
En un visto y no visto se puso a cuatro patas. Yo, con un cigarrillo en una mano y una cerveza en la otra, me senté a mirar. Daniel aprovechó lo que yo había dejado para lubricarla y entró despacio. No tenía una gran herramienta, pero sabía usarla.
—¡Ay, tranqui! —pidió ella llevándose la mano al clítoris.
Tras los primeros empujes de reconocimiento, empezó con un ritmo seco y preciso. Esa chica, por muy del campo que viniera, estaba muy bien enseñada. Y no por el novio tractorista, precisamente. Cada embestida sonaba como un latigazo. Daniel iba de menos a más, como los buenos. Cuando se calentó, le agarró las dos trenzas y tiró de ellas hacia atrás como las riendas de un caballo.
—¡Toma, nena!
Noelia parecía una yegua encabritada, la cara roja y sudorosa, gozando. Sus temblores empezaron en los pies y le subieron por las piernas, las manos, los labios, todo el cuerpo, en crescendo.
—¡Me vengoooo!
Hubo un chorro enorme. Casi al instante, Daniel cruzó su mirada ardiente con la mía y clavó las caderas con espasmos epilépticos.
—¡Me corro!
Mantuvo la polla dentro un buen rato. Los dos quedaron tendidos, jadeando.
—El cabrón vuelve a estar empalmado como un borrico —dijo él señalándome.
Me levanté, me la sacudí de pie junto a su cara y le solté la última descarga encima. Le tomé la barbilla y la miré a los ojos.
—¿Eso es lo que querías?
***
Nos vimos en el desayuno, listos para salir cada uno a lo suyo. Noelia nos sirvió con cara de resaca, ausente.
—Buenos días, parece que ha pasado mala noche —le dije a Daniel mirándola a ella.
—Mira qué bombón —respondió él, enseñándome la foto de su recién nacida que le acababa de mandar su mujer—. Pronto vuelvo, creo que es solo hoy. La familia es lo más grande, Bruno.
—Lo es.
—Por cierto, el encargado me ha venido con que se habían quejado del ruido anoche en mi habitación. El imbécil no sabía ni cómo decírmelo.
—Por las mañanas las cosas se ven de otra manera. Mira a la pobre Noelia, medio dormida.
—Esta noche se levantó hecha un cromo, las sábanas empapadas. Vaya detalle el tuyo al final. Eres un crack.
Nos despedimos en el pasillo. La camarera de pisos se cruzó con nosotros con cara de asco, empujando el carro con las sábanas de la 205.
***
Aquel día tocó un desplazamiento largo, hasta el Alto de los Colmenares, en el quinto pino, para revisar si la maquinaria de una nave servía para trasladarla al polígono de Vereda. Catalogué todo en mi todoterreno y volví harto: gente incompetente que ni siquiera me invitó a comer. Eran las ocho de la tarde, no había probado bocado, y vi el cartel de la Venta los Rosales. Paré.
No tuve dudas: era ella. Vestida de camarera, tras la barra, me miraba de reojo y evitaba acercarse a mi mesa. Había oído que habían desaparecido del mapa. Tenían un negocio y se creían que iban a vivir a cuerpo de rey, hasta que Gonzalo, el ganadero, y su socio los avalaron y se lo quedaron todo a precio de saldo.
Le hice una seña. Se hizo la desentendida, pero el barman le indicó que viniera.
—Cuánto tiempo. No me reconoces. Coincidíamos a veces en El Mirador, el complejo de la ciudad.
—Perdón… no había caído.
—Tenías proyectos con tu… de eso hará un año. Fui a verlo. Ni siquiera me pagasteis el anteproyecto.
—Ex —corrigió seca—. Oye, tengo trabajo, te dejo.
Entonces tiré a matar.
—Tengo entendido que la deuda con Gonzalo la pagasteis con carne. Iván, con el que estuviste aquella noche, me contó que con una polla en la boca eres de las buenas.
Su cara fue un poema. Se marchó roja de ira. Bingo. Tanta soberbia que gastaba un año atrás.
Lo recordaba perfectamente. Iván y yo nos las habíamos cruzado, a ella y a una amiga divorciada, lejos de su entorno, también de caza. Nos las llevamos a un hotel, una habitación para cada uno. Las dos preferían al guapo de Iván, claro. A mí me tocó la amiga: delgada, bajita, pelo rizado teñido de rubio. Quedó impresionada con mi tamaño y me hizo ponerme su preservativo. La empotré a medio gas. De madrugada repetimos, esta vez a cuatro patas. Se fueron con un «si te he visto no me acuerdo». Tampoco hacía falta más: se trataba de descargar.
***
Volví al hotel tarde. Había más movimiento. Cené algo frío que me sirvió Noelia.
—Esta mañana estabas adormilada —dije con retranca—. ¿Y esta noche, qué tal?
—Mañana libro, viene mi novio a buscarme. Ayer estuvisteis muy bien, la verdad. No siempre se encuentran hombres tan machos.
—Tú tampoco te quedaste corta. Se nota que sabes lo que haces. Tu novio debe de estar contento.
—Desde que vine me he tirado una barbaridad de chicos —rio.
—¿Y no has pensado en sacarle partido?
—¡Joder, que no soy una puta!
—Perdona.
Llegó más gente al bar y tuvo que ir. Al despedirme insistí, medio en broma:
—No conocerás ningún sitio donde un hombre pueda vaciarse, aunque sea pagando.
—Esto es pequeño. Pero la que me metió en los hoteles tiene un pub, El Faro. Es algo mayor que yo, somos primas hermanas, se llama Estela. La aviso, no sé qué podrá hacer. Igual allí encuentras algo de tu edad. O quizá congenies con ella, no sé.
—Te lo agradezco.
***
Me cambié y salí. No eran ni las doce cuando llegué al pub, un tugurio de luces de neón horteras y poca gente. Nada más entrar me saludó la prima de Noelia. Una mujerona de cuerpo generoso, pelo largo, piercings y tatuajes, con falda vaquera corta y botas. Cara angulosa, andares felinos, ese aire de mujer barata en el que, justamente, residía su gracia. Pedí el mejor whisky y le dije que se sirviera también.
—¿Qué cuenta mi prima Noelia? —preguntó.
—Muy maja.
—Me dijo que os conoció a ti y a otro tipo muy guapo. Entiendo que os la cepillasteis.
Me pilló desprevenido, así, directa y sin vaselina.
—Sí… para qué negarlo.
—Se regala con facilidad. Hace un año no sabía ni follar; su novio es un paleto de campo. En este tiempo se ha tirado a más de cien tíos. Es algo ingenua: menos mal que le dije que tomara la píldora, si no ya estaría preñada.
—Igual con la gente que conoce en los hoteles…
—Podría haberle sacado más rentabilidad —cortó.
Yo había pensado lo mismo, pero el «no soy una puta» me volvió a la cabeza.
—Bueno, no seamos cotillas. ¿Y a ti qué tal te va, si no es mucho preguntar?
Por la barra pasó un tipo tatuado con coleta. Hablaron un momento y luego subió por una escalera lateral con una morena bajita.
Estela rezumaba esa gracia gatuna. Presentí que podía costarme algo, pero que tenía todas las de ganar. Pedí otra ronda.
—La vida es una mierda pinchada en un palo, pero vamos tirando. Oye, Noelia me dijo que eres algo importante.
—Un simple ingeniero industrial —respondí con falsa modestia.
—Eso es mucho estudiar, ¿no?
—Como todo.
Dejé un billete de cien sobre la barra sin que nadie lo viera y señalé una botella de buen whisky.
—Pon también una de esas. Igual tienes pareja, no sé, me estoy pasando.
—Tranquilo, ingeniero, veo que tú tampoco —dijo mirando la marca blanca del anillo que me había quitado en el coche.
La cabrona no era tonta.
El ambiente se enfriaba. Llamó a una chica para que cubriera la barra.
—No te preocupes, cariño, yo cierro. Vamos —me dijo cogiendo la botella.
Subimos unas escaleras.
—¿Esto adónde lleva?
—Al apartamento donde vivimos mi pareja y yo, y a la terraza. Vamos arriba, que abajo apesta a hierba.
—¿Tu pareja?
—El de la coleta que subió con la chica.
En la terraza, entre ropa tendida, bebimos a morro y nos besamos. Buenas tetas, y un mojaba evidente bajo la falda.
—Tienes un buen rabo —dijo tocándome la bragueta.
Me la saqué sin pensarlo.
—¡Menudo ejemplar! —exclamó agarrándolo—. Vamos abajo, necesito una ducha, apesto a sudor.
Al bajar, por la puerta entreabierta del dormitorio vi a su pareja dando las últimas embestidas a la morena. Acabaron con un gruñido. El de la coleta me vio, metió prisa a la chica y salieron vestidos. Ella no tendría más de dieciocho.
Estela salió desnuda de la ducha. Pechos grandes en forma de pera, algo caídos, con piercings en los pezones, una rosa tatuada sobre uno y una serpiente entre ambos. Buen trasero, rotundo. Me tumbé y empezó con una mamada en la que se entretenía hasta con los huevos. Le devolví el favor con la lengua. Se tumbó de espaldas, abrió las piernas y se las echó atrás. No pidió forro, así que entré a pelo. Un vaivén suave al principio y luego al trote. Se corrió primero; me pidió que sacara, se agarró los pechos y esperó con los ojos cerrados. Le di una buena descarga.
***
A la mañana siguiente me encontré un montón de llamadas perdidas. Me disculpé: poca cobertura, la batería agotada, un día durísimo. En la hoja de gastos de la empresa apunté ciento setenta euros de «varios».
Dejé el proyecto cerrado. Ese viernes volví a casa, no sin antes pasar por el hotel a despedirme de Noelia y dejarle un sobre con ciento cincuenta euros, que también cargué a la empresa. De camino compré los quesos que me había encargado mi mujer.
Al llegar no cabía en mí de gozo: me tenían preparada una fiesta sorpresa por mi cuarenta y nueve cumpleaños. Hasta lloré de emoción. Almorzamos en el jardín, me cantaron el cumpleaños feliz, fue conmovedor. Y les dejé bien claro, mirándolos a todos, que no cambiaría nada de mi familia por nada del mundo.





