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Relatos Ardientes

Mis suegros me esperaban cuando él salía a trabajar

Mi marido, Damián, trabajaba de noche. Salía de casa a las diez y no volvía hasta las seis de la mañana, cuando yo todavía dormía. Recién casados, sin dinero para alquilar algo propio, nos habíamos mudado a la casa de sus padres «por unos meses». Esos meses se estiraron, y yo me acostumbré a pasar las noches sola con mis suegros.

Al principio todo era cortés y un poco rígido. Cenábamos los cuatro cuando Damián todavía estaba, lavaba los platos con Renata, su madre, y a las diez me quedaba en una casa que no terminaba de sentir mía. Esteban, mi suegro, leía en el sillón. Renata tejía o miraba la televisión. Yo me iba temprano a la cama para no estorbar.

Pero con las semanas, esa frontera invisible se fue corriendo. Empezaron a invitarme a quedarme un rato más. Esteban abría una botella de vino, Renata preparaba unas picadas, y los tres nos sentábamos a charlar hasta tarde. La tensión de vivir con los suegros se disolvió, y en su lugar apareció algo cálido, casi cómplice. Me gustaba. Por primera vez sentía que aquella casa también era un poco mía.

—Vos no tomás casi nada —me dijo Esteban una noche, llenándome la copa sin preguntar—. Una más no te va a hacer daño.

—Mañana no trabajo —admití, y dejé que la llenara.

Renata puso música, de esa vieja que les gustaba a ellos, boleros y algo de salsa. Se reía con las manos en la cintura, moviéndose sola en el medio del living. Tenía cincuenta y tantos, pero se movía con una soltura que a mí, a mis veintiocho, me daba un poco de envidia.

—Vení, bailá conmigo —me tendió la mano.

Me resistí, muerta de vergüenza, pero ellos insistieron hasta que me levanté. Bailar con mi suegra fue raro y divertido al mismo tiempo. Nos reíamos, nos pisábamos, dábamos vueltas torpes por la alfombra. Era la primera vez en meses que me sentía liviana.

***

El sábado siguiente, cuando la reunión ya estaba animada y yo llevaba dos copas encima, fue Esteban quien me sacó a bailar. Me negué por costumbre, no por ganas. Él no aceptó la negativa: me tomó de la mano y me llevó al centro del living.

Me puso una mano firme en la cintura. Y enseguida lo sentí. La polla dura contra mi vientre, hinchada bajo la tela del pantalón, marcándose entera contra mi pubis mientras me guiaba lento al ritmo de la música. Quise separarme un poco, por reflejo, pero su mano no me dejó. No apretaba, solo me sostenía. Lo suficiente para que entendiera que él sabía que yo lo había notado. Y peor: dio un giro apenas, con la cadera, para que el bulto se me acomodara justo entre las piernas, apoyado contra mi coño por encima del vestido. Sentí la forma entera, el largo, la cabeza gorda pujando contra la tela. Me temblaron las rodillas.

Lo peor fue lo que pasó en mi cuerpo. Me empecé a calentar. Sentí el calor subiéndome por el cuello y recé para que no se me notara en la cara. Los pezones se me pusieron duros bajo la blusa, tan tirantes que me dolían, y abajo empecé a mojarme, una humedad tibia que me manchó la bombacha en segundos. Me sonreía nerviosa, mirando hacia cualquier lado menos hacia él, mientras por dentro me ardía todo el coño.

Esto está mal. Es el padre de Damián. Esto está muy mal.

Pero no me aparté. Al contrario, en un momento en que Renata se giró a buscar más vino, apreté yo la cadera contra la de él, apenas, y sentí cómo la verga saltaba bajo la tela, respondiéndome. Esteban largó el aire caliente contra mi oreja y me apretó la cintura con las dos manos.

Cuando terminó la canción, Renata me reemplazó. Mi suegra me abrazó distinto a la otra vez, más cerca, pegando su pecho contra el mío. Al principio me incomodó. Después sentí cómo sus pezones se endurecían a través de la tela, dos puntos gordos que se me clavaban en las tetas, y para mi propia sorpresa los míos respondieron igual. Su mano me bajó por la espalda hasta apoyarse en el nacimiento del culo, y me pegó del todo contra ella, cadera contra cadera, un roce lento que no era de baile. Era extraño estar así con ella, y al mismo tiempo me gustaba la manera en que me rodeaba con los brazos y se movía contra mi cuerpo.

—Una foto de las dos —dijo Esteban, levantando el teléfono.

Nos pusimos mejilla con mejilla, sonriendo a la cámara.

—Ahora un beso —pidió él, en un tono que no era del todo de broma.

Y antes de entender qué estaba pasando, Renata giró la cara y me besó en la boca. No fue un roce. Me sostuvo de la nuca con firmeza, me separó los labios con la lengua y me abrazó fuerte para que no me alejara. Su lengua entró caliente, gorda, buscando la mía, girando dentro de mi boca con una soltura que solo tiene una mujer que sabe lo que hace. Me quedé helada, con los ojos abiertos, el corazón a mil. Una mujer me estaba besando. Mi suegra me estaba besando con la lengua adentro. Y lo más perturbador fue darme cuenta, segundos después, de que le estaba devolviendo el beso, chupándole la lengua, dejándome hacer, buscándola yo también.

Sentí que se me caía un chorro de flujo por el muslo, empapándome la bombacha entera. Eso me asustó de verdad, y me separé de golpe.

—Perdón —murmuré, sin saber a quién se lo decía.

Nadie se reía ya. El aire de la habitación había cambiado.

***

Esteban ocupó el lugar de su esposa, pidiendo su foto «también». Me abrazó por la cintura y, despacio, la mano fue bajando hasta apoyarse entera sobre mi cola. Me estremecí. La mano era grande, pesada, y me apretó la nalga con ganas, hundiendo los dedos en la carne por encima del vestido. Renata, desde su lugar, pidió que nos diéramos un beso igual que ella y yo.

Mi suegro se puso de frente. Me acercó por la cintura y volví a sentir su erección apretada contra mí, esta vez sin música ni excusa, la polla marcándome el vientre. Cuando me besó, ya no fingí sorpresa. Me abracé a él y le devolví el beso, lento, profundo, chupándole la lengua como se la había chupado a su mujer un minuto antes, mientras una parte de mi cabeza gritaba que me detuviera y la otra ni siquiera escuchaba. Su mano seguía en mi culo, apretándomelo en tiempo con el beso. Renata no perdía detalle. Sacó fotos y, después, levantó el teléfono y empezó a grabar.

Esa noche no pasó nada más. Apagamos las luces, cada uno se fue a su cuarto, y la casa volvió a quedar en ese silencio espeso de siempre. Subí las escaleras temblando, con las piernas flojas, la bombacha empapada y la boca todavía caliente del beso de Esteban.

Me metí en la cama y me quedé mirando el techo. Escuché el agua del baño, los pasos de Renata, el clic de la puerta del dormitorio de ellos. Imaginé qué estarían diciendo del otro lado de esa pared, si se reirían de mí o si a ellos también les ardía la piel. Me bajé la bombacha de un tirón y me metí la mano entre las piernas. Estaba tan mojada que los dedos entraron solos, dos, después tres, y me los cogí a mí misma pensando en la polla de mi suegro, en la boca de mi suegra, en los dos al mismo tiempo. Me froté el clítoris duro con el pulgar mientras me metía los dedos hasta el fondo, imaginando que era él el que me la clavaba y ella la que me chupaba las tetas. Me acabé con un temblor largo, mordiendo la almohada para que no me oyeran, sintiendo el coño apretarse alrededor de mis propios dedos como si fuera una polla. Después no pude dormir. Volví a tocarme una vez más, más despacio, y me acabé otra vez pensando en la lengua de Renata metida en mi boca. A las seis escuché el auto de Damián entrar al garaje y fingí que recién me despertaba.

***

La semana siguiente volvieron las picadas y el vino. Yo, que casi nunca tomaba, acepté las copas sin que insistieran. La reunión era demasiado agradable como para negarme, y una parte de mí ya había decidido qué quería que pasara.

Vinieron los bailes otra vez. Pero ahora yo estaba desinhibida, suelta por el alcohol y por todo lo que había imaginado durante siete noches. Esteban levantó el teléfono para grabar. Renata se puso detrás de mí, me besó el cuello y me cubrió los pechos con las manos por encima de la blusa. Me apretó las tetas enteras, buscándome los pezones con las yemas, pellizcándomelos por encima de la tela hasta ponerlos duros como piedras. Me dejé hacer, caliente, flotando entre nubes, apoyando la cabeza en su hombro mientras ella me susurraba en la oreja lo linda que estaba, lo dura que se le había puesto por mí la noche del beso.

Después le tocó el turno a él. También me besó el cuello, pero su mano se metió por debajo de la tela y me tocó la piel directa, los dedos cerrándose sobre un pezón. Me lo apretó, lo giró, tiró de él. La otra mano me bajó por el vientre y se metió entre mis piernas por debajo de la falda. Cuando encontró la bombacha empapada, se rió bajito contra mi cuello.

—Mirala cómo está —le dijo a Renata—. Chorreando.

Corrió la tela a un lado y me metió dos dedos en el coño sin ceremonia. Se me escapó un gemido gordo, del fondo. Los movió adentro, curvándolos, mientras con la palma me apretaba el clítoris. Sin pensarlo pasé una mano hacia atrás y le busqué la bragueta. Le abrí el pantalón, metí la mano y le saqué la polla afuera. Era gruesa, caliente, dura como un fierro. Le agarré la verga entera con la mano y empecé a bajarle y subirle el prepucio, sintiendo cómo se la ponía todavía más dura, cómo palpitaba en mi puño.

Renata lo llevó hacia el sillón y lo sentó frente a ella. Sin rodeos, le abrió el pantalón hasta abajo, le sacó la polla entera y se la metió en la boca de una sola vez. La chupó desde la base, se la tragó hasta que se le hincharon los cachetes, la sacó llena de saliva y la volvió a meter, esta vez lamiéndola de arriba abajo, chupándole los huevos, haciéndolos girar en la lengua. Verla así, a mi suegra de rodillas mamándosela a su marido con esa gula, con esa costumbre de años, me dejó completamente perdida.

Sin pensar en nada, me arrodillé al lado de ella. Renata me miró, sonrió con la polla de Esteban goteándole en el mentón, y me la ofreció. Yo abrí la boca y ella me la metió entera, guiándomela con la mano como si me estuviera enseñando. La chupé con hambre. Compartimos a Esteban entre las dos, turnándonos, las lenguas encontrándose a mitad de camino sobre la cabeza roja de su verga, dándonos besos con la polla de él en el medio. Renata me chupaba los labios llenos de saliva y semen mientras yo se la seguía meneando con la mano. Esteban nos miraba desde arriba, respirando fuerte, murmurando puteadas cariñosas.

—Así, mis chicas, así, no paren —jadeó, agarrándonos a las dos de la nuca.

Lo hicimos terminar así, juntas. Cuando lo sentí explotar le dejé la cabeza a Renata, y ella tragó lo primero y después me pasó la polla escupiendo el resto sobre mi lengua. Después nos miramos y nos echamos a reír, con la boca todavía llena, abrazándonos en el piso, besándonos despacio, pasándonos la corrida de una boca a la otra, todavía sin creernos del todo lo que acababa de pasar.

***

La reunión siguiente fue distinta desde el principio. No nos quedamos en el living. Esteban abrió la puerta de su dormitorio y llevamos ahí las copas y los bocadillos. El ambiente era otro: cargado, eléctrico, tenso de una manera deliciosa. Nadie fingía ya que aquello era una simple reunión entre familia.

Renata y yo no tardamos en buscarnos. Nos besamos en la boca, nos tocamos, nos abrimos la ropa la una a la otra con una urgencia torpe. Le desabroché el corpiño y le solté las tetas, grandes, pesadas, con las areolas oscuras y los pezones ya erectos. Le besé el cuello, los hombros, bajé hasta sus pechos y me metí un pezón entero en la boca, chupándoselo hasta hacerla gemir. Ella hizo lo mismo conmigo, me sacó la blusa, me arrancó el corpiño de un tirón y se puso a mamarme las tetas, mordiéndome los pezones apenas, las manos por todos lados, riéndose contra mi piel.

Nos tiramos en la cama y nos sacamos el resto de la ropa a los tirones. Le bajé la bombacha a Renata y me encontré un coño gordo, depilado, con los labios ya hinchados y brillantes. Bajé la cara sin pensarlo dos veces y se lo empecé a chupar. Nunca le había chupado el coño a una mujer y me sorprendió lo natural que se sintió. Le abrí los labios con la lengua, le busqué el clítoris y se lo mamé como me hubiera gustado que me lo mamaran a mí. Renata jadeaba, me agarraba la cabeza, me la apretaba contra ella, gemía nombres, me decía nuera, me decía puta, me decía preciosa.

Esteban nos miraba de pie, grabando, con la polla afuera y meneándosela despacio, sin apuro, dejando que el deseo entre nosotras se cocinara solo. De vez en cuando se acercaba, me acariciaba el culo levantado, me metía un dedo en el coño mientras yo se lo mamaba a su mujer.

Cuando ya estábamos las dos desnudas y calientes, lo llamamos. Nos arrodillamos juntas frente a él y volvimos a compartirlo, esta vez sin nada de timidez. Renata se la metió hasta la garganta, la sacó, me la pasó, yo se la chupé, se la volvimos a pasar. Le mamamos los huevos las dos al mismo tiempo, una de cada lado, con las lenguas encontrándose en la base de la verga. Después me subió a la cama. Renata se acomodó en la posición contraria, la boca contra mi coño y mi boca contra el de ella, y nos empezamos a mamar los sexos, primero despacio, después con ganas, las piernas entrelazadas, gimiéndonos una en el coño de la otra, buscando el ritmo. Ella me abría con dos dedos y me pasaba la lengua entera por el clítoris; yo hacía lo mismo, aprendiendo de lo que me hacía a mí. Justo antes de que ninguna de las dos pudiera terminar, Esteban se metió entre nosotras.

Le clavó la polla a Renata primero. Se la metió de un solo empujón, hasta el fondo, y ella gritó contra mi coño. La cogió duro, agarrándola de las caderas, mientras ella me seguía chupando entre gemidos ahogados. Después la sacó, se la llevó a mi boca para que yo se la limpiara del flujo de su mujer, y me la clavó a mí. Ancha, larga, caliente. Me llenó entera. Empezó despacio para que me acostumbrara y enseguida agarró un ritmo brutal, mientras Renata me chupaba las tetas y me besaba la boca.

Nos tomó por turnos, primero a ella, después a mí, alternándonos sin perder el ritmo. Nos puso a las dos en cuatro, culo con culo, y se pasaba de un coño al otro con la polla brillante de las dos. Me la clavó por detrás mientras yo le lamía el coño a Renata; después me acostó boca arriba y me la clavó mientras Renata me besaba la boca y me pellizcaba los pezones. Lo hizo en distintas posiciones, parándose solo para cambiar de una a la otra, mirándonos a las dos con una sonrisa de hombre que sabía exactamente lo que estaba pasando bajo su techo. El viejo era insaciable. Me hizo acabar tres veces con la polla adentro, sintiendo el coño apretarse alrededor de su verga como un puño; después hizo acabar a Renata debajo de él, gritando y arañándole la espalda; y aun así parecía que podía seguir. Terminó vaciándose en mi cara y en las tetas de Renata al mismo tiempo, dos chorros gordos de semen caliente que nos cayeron encima y que nosotras nos pasamos con los dedos y con la lengua, lamiéndonos los pezones y los labios la una a la otra hasta dejarnos limpias.

***

A partir de esa noche fue imposible esperar al fin de semana. Apenas Damián cerraba la puerta y arrancaba el auto, los tres nos buscábamos. Empezábamos Renata y yo, calentándonos despacio en la cama grande, mamándonos los coños de a una o al mismo tiempo, y para cuando Esteban llegaba ya estábamos listas para que nos cogiera. Otras veces era al revés: él nos despertaba a las dos con sus manos entre nuestras piernas, la polla ya dura contra alguna de las dos, y nosotras lo recibíamos juntas, una chupándosela y la otra pasándole la lengua por los huevos hasta que se decidía por qué coño meterse primero.

Nunca hablábamos de eso a la luz del día. Por la mañana, cuando mi marido volvía del trabajo y se sentaba a desayunar con sus padres, yo servía el café como si nada, todavía con la corrida de su padre goteándome entre las piernas, y a veces cruzaba una mirada con Renata por encima de la mesa. Una mirada que solo nosotras tres entendíamos.

Damián seguía trabajando de noche. Y yo había dejado, hacía rato, de quejarme de quedarme sola.

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Comentarios(2)

Pato_1972

excelente relato, me enganche desde el primer parrafo!!

MarceloF

Quede con ganas de mas, necesito saber como sigue esto. Segunda parte por favor!

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