Tres amigas maduras y una semana sin reglas en el Caribe
Pilar, mi cuñada, se había divorciado hacía unos meses y no levantaba cabeza. Andaba triste, irritable, sin demasiada suerte conociendo a nadie nuevo, y yo, que siempre la había considerado una mujer atractiva, no podía evitar mirarla con un punto de morbo que prefería callarme. Una noche, durante una de esas cenas que ellas llamaban «terapéuticas», convenció a mi mujer, Daniela, y a Sonia, su amiga de toda la vida, para hacer una locura: marcharse las tres una semana al Caribe aprovechando una superoferta de última hora.
A pesar de la prisa, lo compraron con apenas cinco días de margen. Prepararon las maletas para esa clase concreta de experiencia y, sin tiempo casi de pensarlo, se plantaron allí. No tenían demasiados objetivos más allá del evidente. Cuando le pregunté qué esperaban del viaje, Daniela me miró con una media sonrisa y me dijo:
—Casi mejor te lo cuento a la vuelta.
Y a la vuelta me lo contó. Casi todo.
***
No les costó nada arrancar. El primer día llegaron justo para la cena y, en lugar de acostarse temprano, bajaron al chiringuito de la playa a dar una vuelta. Iban casi disfrazadas: Daniela y Sonia con unos vestidos de gasa que apenas pesaban, sandalias finas que les estilizaban las piernas; Pilar con un pantalón corto y un top que no dejaba ninguna duda sobre el motivo del viaje. Tardaron poco en quedar rodeadas de chicos del lugar, jóvenes que se movían con el ritmo metido en el cuerpo, y entre los cuales se podía hacer una primera selección tranquila.
Estaban decididas, pero necesitaron dos mojitos para soltar la vergüenza que todavía las ataba a sus vidas reales, a sus trabajos y a sus apellidos. El alcohol hizo el resto. En cuestión de minutos bailaban de mano en mano con aquellos muchachos divertidos y fornidos. Ellas rondaban los cuarenta y tres; ninguno de ellos pasaba de los veintidós.
Nunca imaginaron que sería tan fácil. Bailaban, las acariciaban con un descaro que ellas consentían entre risas, y en menos de una hora cada una tenía localizado a su primer trofeo. Sonia, curiosa y sin pudor, metía la mano por dentro del bañador de su chico y se lo sacaba con el puño cerrado, midiendo el peso de la polla oscura entre risas, sin sacar el brazo del todo, apretándosela contra el muslo mientras seguía bailando. Pilar había hablado demasiado y acabó sentada en un taburete, con las piernas separadas, dejándose besar el cuello por un chico que ya le había subido la mano por dentro del pantalón corto y le frotaba el coño por encima de la tela de las bragas. Daniela, que intentaba mantener la compostura, le repetía a un muchacho de espalda ancha que solo quería bailar, mientras él la envolvía en sus brazos y le apretaba la polla dura contra el culo desde atrás.
Esa primera noche, mi mujer terminó en su habitación con aquel chico. Apenas cerraron la puerta, él le arrancó el vestido de gasa por la cabeza y la empujó boca abajo sobre la cama. Daniela ni siquiera pidió tiempo. Se quedó a cuatro patas, con las bragas por las rodillas, mientras el muchacho se bajaba el bañador y le enseñaba por primera vez la polla larga y morena que llevaba toda la noche prometiéndole en la pista. Se la puso en la mano y ella se la mamó unos segundos, sin quitarle los ojos de encima, hasta dejársela brillante de saliva. Después él la agarró de las caderas y le metió la verga entera de una sola embestida, sin cuidado, y Daniela se corrió casi al minuto, mordiendo la almohada para no despertar al hotel entero. Él siguió cogiéndosela así, a cuatro patas, durante media hora larga, hasta que le apretó las nalgas contra las ingles y le vació la corrida dentro con un gemido ronco. Sonia se conformó con menos, según ella misma me explicó después sin ningún rubor: se metió a su chico en un baño del chiringuito, le abrió el bañador, se puso de rodillas sobre las baldosas mojadas y le chupó la polla hasta hacerle correr en su boca, tragándose todo el semen sin escupir una gota. Y Pilar, demasiado cargada de ron, fracasó en su estreno y llegó a la cama dando tumbos, sola y muerta de risa.
***
Amanecieron tarde. El cambio horario, el viaje y los mojitos les pasaron factura, y no bajaron a la playa hasta casi el mediodía. Antes, Sonia les hizo un regalo con toda la malicia del mundo: dos bañadores minúsculos, tan pequeños que las obligaron a protestar y reírse a partes iguales antes de ponérselos. Cubrían tan poco que decidieron salir igualmente, encantadas de la provocación.
Como era de esperar, no tardaron en hacerse amigas de los locales. Tumbadas en sus hamacas, quedaron flanqueadas por tres hombres de piel dorada y aspecto trabajado, habituales sin duda de esa orilla y de esa clase de turistas. A cada uno de ellos le daba igual con cuál jugar: las tres eran presas europeas, explícitas y agradables a la vista. Tras la ceremonia del primer cóctel llegó la fase de la crema solar, previsible, que provocó risas nerviosas y miradas cómplices entre ellas. Las manos de aquellos tipos amasaban tetas por encima del bañador con la excusa del protector, tironeando de los triángulos hasta dejar los pezones al aire un instante antes de volver a taparlos, y ninguna de las tres apartó una sola mano.
Todavía no habían aprendido a sincronizar el ritmo de sus conquistas. No sabían cuánto les iba a durar cada uno. Entraron poco a poco al agua tibia, acompañadas, y los chicos supieron mantener la calma para no parecer ansiosos mientras desplegaban toda su artillería. A pocos metros unas de otras, cada pareja empezó a tantearse entre las olas.
A Daniela le costó poco soltarse el bikini y dejar que él la sintiera contra su cuerpo bajo el agua. El chico le hundió los dedos en el coño ahí mismo, con la gente pasando en flotadores a diez metros, y ella se le agarró al cuello mientras se dejaba follar por dos dedos primero y por tres después, con el agua templada meciéndolos. Cuando le notó la polla dura clavándole entre los muslos, apartó el tanga a un lado y se la dejó meter así, de pie, con las piernas rodeándole la cintura y el mar tapando lo que hacían. Se corrió mordiéndole el hombro, en silencio, con los dientes apretados. Sonia se enredó con el mayor de los tres: se puso de espaldas, se agarró a una boya y dejó que él la penetrara por detrás mientras se reía por lo bajo. Y Pilar, que iba un paso por detrás de sus amigas, empezó a besar al más joven directamente en la tumbona; cinco minutos después desaparecían los dos rumbo a la habitación.
Esa tarde, según me confesó Daniela entre risas, mi cuñada recuperó con creces el terreno perdido la primera noche. En cuanto entraron al cuarto, Pilar se arrodilló delante del chico, le bajó el bañador y se metió la polla en la boca hasta el fondo, tosiendo un poco antes de acostumbrarse. Lo mamó con una hambre que llevaba meses acumulando, sin manos, hundiéndose la verga por la garganta, escupiendo hilos de saliva sobre los cojones y masajeándoselos con la lengua. Cuando el chico la levantó, la tumbó boca arriba en la cama, le abrió las piernas y le comió el coño hasta hacerla temblar dos veces. Luego se la folló primero en misionero, muy hondo, con las piernas de ella en sus hombros; después la puso a horcajadas y la dejó cabalgarlo hasta que Pilar se corrió chorreando sobre él; y terminaron a cuatro patas, con él azotándole el culo hasta dejárselo rojo y descargándole finalmente el semen en la espalda baja, en un largo hilo espeso que resbaló por las nalgas.
Mi mujer y Sonia quisieron seguir disfrutando del sol un rato más. Tres cócteles después, ya con la piel encendida, abandonaron la arena con sus dos acompañantes y subieron a la misma habitación. Se metieron en la bañera grande y allí, primero con su pareja inicial, se dejaron mamar el coño por turnos, sentadas en el borde con las piernas abiertas, y luego, sin demasiado protocolo, se intercambiaron los hombres. Daniela terminó cabalgando al de Sonia mientras esta chupaba la polla del suyo a pocos centímetros. Se miraban a los ojos entre risas y jadeos, tocándose las tetas la una a la otra, folladas al mismo tiempo. Salieron a la cama chorreando agua y semen, se abrieron de piernas casi a la vez y recibieron a los dos chicos otra vez, ahora sí a la vez, dos parejas en la misma cama enorme, con las corridas cayendo minutos después sobre las tetas y los vientres. Al anochecer, exhaustas, llamaron a Pilar. Cenaron los seis. Y esa noche volvieron junto a ellos de una manera más tranquila, casi tierna, hasta quedarse dormidas acompañadas.
Lo más divertido —pensé cuando me lo contó— fue la foto.
Daniela le había hecho una foto a su amante dormido, boca arriba, con la polla todavía brillante recostada sobre el muslo, y la había compartido en el grupo de las tres como un trofeo de guerra. A la mañana siguiente, Sonia, siempre la más práctica, se encargó de despedir a los chicos y agradecerles los servicios prestados con una última mamada rápida a cada uno en el pasillo, entre risas contenidas, antes de mandarlos al ascensor.
***
El tercer día me llegó un mensaje. Una foto de Daniela envuelta en una toalla, sonriente, y una frase escueta: «Me estoy divirtiendo». Nada más. Lo que no me contó hasta el final fue lo que pasó esa tarde.
Negociaron con un guía una excursión y acabaron buceando en una zona de arrecife que llamaban el Acuario. Al salir del agua ya tenían cena cerrada con el monitor y dos amigos suyos. El guía, Joost, era un holandés de unos sesenta años, curtido por el sol, un auténtico lobo de mar. Sus amigos eran Théo, caribeño, y un chaval del lugar al que todos llamaban Yago. Cenaron en la cubierta del barco de Joost, donde todo resultaba sencillo: podían pasar el día entero con el pareo, el bikini y las sandalias, y aun así sentirse reinas.
Daniela cayó rendida ante la piel áspera de Théo, que a base de rozarle la mano y el muslo la había ido atrayendo hacia su hombro sin que ella casi lo notara. Sonia se encaprichó del chico del lugar. Pilar, que confesaba abiertamente su debilidad, se quedó con el caribeño más alto. El ron corría sin freno y todo se aceleró.
Joost le propuso a mi mujer un juego que él llamaba tántrico. Se sentaron frente a frente, se dieron las manos y, muy despacio, empezaron a acariciarse los antebrazos, el cuello, los lóbulos de las orejas, bajando apenas hacia el pecho. Tan lento, tan sutil, que Daniela me juró que estuvo a punto de correrse solo con aquel roce casi invisible. Cuando abrió los ojos, el holandés seguía sereno, tranquilo, pero la miraba de un modo que no dejaba lugar a dudas. Ella no aguantó más y le pidió que dejara de jugar.
El holandés le abrió las piernas allí mismo, sobre la cubierta, le apartó el bikini y le lamió el coño despacio, con la misma paciencia con la que le había acariciado los brazos, mientras Théo le desataba el sujetador y le mamaba las tetas. Daniela se corrió con la lengua de Joost dentro, agarrándole la cabeza con las dos manos, y en cuanto se recuperó se puso a cuatro patas para chuparle la polla al caribeño mientras el holandés se colocaba detrás y le metía la suya en el coño mojado. La follaron así un buen rato, turnándose, poniéndola boca arriba después para que Théo la penetrara mientras ella se seguía comiendo la verga de Joost. Terminaron los dos vaciándose en su cara y en sus tetas casi a la vez, mientras ella se relamía el semen de las comisuras.
Mientras tanto, Sonia, que cada día le tomaba más gusto a aquello, se entregaba a Yago con una intensidad que el chico recordaría durante meses. Se lo llevó a la proa, le arrancó el bañador y se lo cogió a horcajadas sobre unos rollos de cuerda, moviéndole el culo con una furia hambrienta, insultándolo en susurros mientras le clavaba la polla hasta el fondo. Yago intentó girarla para follarla él, pero ella no lo dejó levantarse hasta correrse dos veces encima. Solo entonces se puso boca abajo y le pidió que se lo metiera por el culo, y el chico obedeció, despacio primero y después a fondo, hasta descargarle la corrida ahí dentro y dejarla temblando sobre la cubierta. Entre risas, y ya casi al amanecer, convencieron a Joost para que las acercara al hotel. Entraron las tres celebrando su recuento particular: tres días, tres hombres cada una. La cacería iba viento en popa.
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Decidieron tomarse el cuarto día con calma. Spa, masaje, descanso. Pilar y Daniela se relajaron en manos de dos masajistas veteranas, pero Sonia, con su habitual malicia, eligió a un masajista joven. En apenas quince minutos, y con las facilidades que ella le fue dando —abriendo las piernas cada vez que él le pasaba las manos por los muslos, dejando que el aceite le resbalara por el coño depilado hasta que el chico no pudo evitar acariciarla ahí—, el masajista estaba al borde de un despido seguro, pidiéndole en susurros que no hiciera ruido mientras le hundía tres dedos hasta hacerla apretar los labios contra el respaldo de la camilla para no gritar. Sonia lo citó luego en su habitación, le abrió la puerta desnuda, lo empujó a la cama, le bajó los pantalones y se sentó sobre su polla sin preámbulos. Se lo folló hasta hacerlo correr dentro del preservativo, le dio veinte dólares y los dos quedaron, según ella, igual de satisfechos con el tratamiento.
Cuando volvió con sus amigas, las encontró ya rendidas a los mojitos que servían sin parar junto a la piscina. Empezaron a charlar con cuatro estudiantes australianos que no sabían la suerte que tenían. En un par de horas, dos de ellos estaban con Pilar, mientras Daniela y Sonia se repartían a los otros dos, atléticos y desconcertados ante tanta franqueza.
Pilar se llevó a los dos australianos a su cuarto y se puso en el medio de los dos, de rodillas, chupándoles las pollas por turnos, pasando de una boca a otra hasta dejárselas duras como piedras. Después se tumbó boca arriba, uno le comió el coño mientras el otro le llenaba la boca con la verga, y luego se colocaron los dos a la vez: uno debajo, ella cabalgándolo, el otro detrás cogiéndosela por el culo. Pilar se corrió tres veces gritando sin cuidado, y los dos chicos terminaron descargándole el semen encima, uno en las tetas y otro en el vientre.
Mi mujer, que se había soltado del todo, dirigió la escena con una autoridad nueva en la habitación de Sonia, sentándose sobre la cara del suyo y obligándolo a complacerla durante un buen rato mientras ella se inclinaba a mamarle la polla al chico de Sonia. Le restregó el coño encima de la boca del australiano hasta correrse dos veces sobre su lengua, sin dejarlo respirar. Después se giró, le clavó la polla hasta el fondo y lo cabalgó mirándolo a los ojos, mientras Sonia hacía lo mismo con el otro a un metro de distancia. Terminaron cambiándose otra vez, chupando la corrida el uno del otro sobre la cama, semen resbalando por las barbillas, riéndose sin ningún pudor. Esa noche durmieron las tres como angelitos, agotadas y plenamente satisfechas.
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El quinto día, desayunando tranquilas, se rieron repasando sus hazañas y se prometieron una jornada de playa más suave. La buena intención duró poco. Joost reapareció después de dejar a unos clientes e invitó a Daniela a dar una vuelta en su jeep. Ella dudó, pero sus amigas la empujaron literalmente. Se puso unas bermudas y una camiseta sin nada debajo, y se subió al coche.
El paseo no llegó muy lejos. Un par de horas después, tras recorrer caminos frondosos, mi mujer estaba con el holandés junto a un río idílico, en el asiento trasero del jeep. No le importaba, no se avergonzaba. Allí era una mujer libre, casi un personaje de una fantasía ajena. En cuanto Joost paró el motor, ella se quitó la camiseta y las bermudas y se quedó desnuda sobre el cuero caliente, con las piernas abiertas, esperando. Él le comió el coño primero, largo rato, hasta hacerla correrse una vez con la boca. Después se bajó los pantalones y le enseñó la polla gruesa que ella recordaba de la cubierta del barco. Se la mamó de rodillas, mordiendo el borde del asiento para mantenerse en equilibrio, tragándose casi entera la verga hasta ahogarse. Se agarraba a los asientos delanteros mientras él la sujetaba por detrás y le susurraba en holandés palabras que ella no entendía pero que la encendían. Le entró a fondo, sin preservativo, cogiéndosela por el coño empapado durante un buen rato, y luego le pidió el culo. Daniela abrió las nalgas con sus propias manos, sin dudar. Le dolió un momento y después se relajó y se corrió otra vez, dos veces, con la polla del holandés metida hasta el fondo del ojete. No quería que parara.
Pilar, por su parte, se había reencontrado con el chico de la primera noche, el que había quedado a medias, y sin rodeos le pidió que le propusiera algo que no hubiera hecho nunca. El chaval llamó a dos amigos, y en menos de una hora Pilar estaba en el suelo de la habitación con tres pollas alrededor de la cara, chupando por turnos, dejándose meter mano por seis manos a la vez, con las bragas rotas tiradas junto a la puerta. La follaron los tres seguidos, uno detrás de otro sin descanso, y ella lo pidió más y más. Terminaron corriéndosele encima los tres, cara y tetas, y Pilar se echó a reír con el semen resbalando por el pecho, susurrando que nunca había hecho algo así y que quería repetirlo. Sonia, que se quedó sola, regresó al spa y recuperó sin esfuerzo a su masajista, que se ganó otros veinte dólares con el mismo entusiasmo de la víspera, esta vez follándosela contra el azulejo del vestuario, con ella agarrada al toallero mientras él le clavaba la polla por detrás.
Cuando Daniela volvió a tener cobertura, llamó a sus amigas para decirles que no se preocuparan, que Joost era un caballero y un gran amante. Lo que no les dijo —y a mí me lo contó casi al oído— fue que poco después apareció también Théo, el caribeño, y que entre los dos hombres la mantuvieron entretenida hasta bien entrada la tarde. La doblaron sobre el capó del jeep, uno cogiéndosela por delante y otro chupándole las tetas; después la sentaron sobre Théo, con la polla del caribeño hundida en su coño, mientras Joost se colocaba detrás y le metía la suya por el culo. Doblemente penetrada, mordiendo el hombro del holandés, con el sudor y el semen mezclándose sobre su piel, mientras el río corría a pocos metros y a ella ya le daba igual quién pudiera verla, Daniela se corrió una y otra vez, gritando en un idioma que ninguno de los tres podía entender.
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Amanecieron el último día casi con pena. Hicieron las maletas para el aeropuerto intentando recapitular todo lo que había pasado, calculando incluso si todavía les daba tiempo a algo más. Pilar, desde luego, se sentía otra mujer; había dejado en aquella isla la tristeza del divorcio. Daniela había abierto puertas que ya no pensaba cerrar. Y Sonia, fiel a sí misma, solo pensaba en el viaje siguiente.
Justo antes de embarcar me llegó el último mensaje de mi mujer:
—No creo que pueda contártelo todo. Pero ha sido muy, muy intenso.
Me lo contó. No todo, supongo, pero lo suficiente para que aquella semana cambiara, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, la manera en que nos mirábamos a partir de entonces.





