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Relatos Ardientes

La viuda del tercero me esperaba medio desnuda

Vivo solo en un bloque viejo de una de las calles que bajan hacia el puerto, en Valencia. Tengo veintiocho años y, si soy sincero, mi vida no da para mucho. Trabajo de noche reponiendo cajas en un almacén, duermo de día y el resto del tiempo lo paso encerrado entre estas cuatro paredes que huelen a humedad.

Podría decir que tengo una vida social, pero estaría mintiendo. Soy gordo, llevo gafas gruesas, se me clarea el pelo y con las mujeres siempre fue lo mismo: te veo como un hermano, te quiero un montón pero como amigo. A los veintiocho seguía siendo virgen, y ya había dejado de pelear contra esa idea. Me la cascaba dos veces al día viendo porno gratis en el móvil, me corría rápido, me limpiaba con un calcetín y volvía a dormir. Esa era mi vida sexual entera.

En el tercero C, desde mucho antes de que yo llegara al edificio, vivía una mujer a la que todos llamaban la viuda. Doña Amparo. Una señora rellenita, de cerca de sesenta años, que debía pesar bastante más de cien kilos. Caminaba con muleta y, según las temporadas, hasta con silla de ruedas. Llevaba la cabeza casi rapada y un cobro de pensión por discapacidad que mi vecina del segundo comentaba en voz baja como si fuera un escándalo.

Lo de doña Amparo era difícil de describir. A veces pasabas a su lado y no soltaba ni un saludo, callada, encerrada en sí misma. Otras veces armaba un escándalo en el rellano por nada, gritándole al portero, a los del cuarto, a quien se le cruzara. Le faltaba algún tornillo, eso lo sabíamos todos. Yo procuraba no coincidir con ella.

***

Una tarde de septiembre la encontré en el portal cargando un paquete enorme, plano, del tamaño de una puerta. Apenas podía con él. Lo arrastraba un palmo y se detenía, resoplando, con la muleta colgada del brazo.

—¿Quiere que la ayude con eso? —le dije, acercándome.

Levantó la cabeza de golpe y me clavó unos ojos pequeños y furiosos.

—¡Vete a la mierda, tontorrón! ¿Te crees que no puedo? ¿Me ves cara de mujer débil? —me escupió con una voz ronca que retumbó en todo el portal.

Me puse rojo hasta las orejas y di un paso atrás, dispuesto a subir por las escaleras y olvidarme del asunto. Pero entonces, a mi espalda, la oí cambiar de tono. Casi un susurro.

—Por favor, por favor… perdóname, hermoso. Te confundí con uno que el otro día me quiso robar en la misma puerta. Te agradezco la ayuda, de verdad, no me hagas caso.

El paquete no entraba en el ascensor, así que lo subimos a pulso por la escalera, los dos resoplando, ella adelante dándome órdenes y yo detrás aguantando el peso muerto. Cuando llegamos al tercero estábamos rendidos. Doña Amparo metió la llave en la cerradura, la giró mal, maldijo entre dientes y volvió a intentarlo tres veces hasta que se la quité con cuidado y abrí yo.

—Pasa, pasa, deja eso ahí dentro —ordenó.

El piso olía cerrado, a sudor viejo y a algo dulzón que no supe identificar. Las persianas estaban a medio bajar y la única luz venía de una bombilla desnuda en el pasillo. Dejé el paquete apoyado contra la pared y me quedé de pie, sin saber qué hacer con las manos.

—Siéntate ahí un momento —me dijo señalando un sofá de flores con el tapizado gastado—. Voy a cambiarme y te traigo un vaso de agua, que tendrás sed.

—Sí, gracias —murmuré, y me dejé caer en el sofá.

***

Frente a mí había un televisor enorme, de esos antiguos de tubo, una reliquia. Intenté encenderlo por hacer algo, pero solo daba nieve y un zumbido grave. Lo apagué. Desde el fondo del pasillo me llegaban los ruidos de doña Amparo trasteando, abriendo cajones, hablando sola en voz baja.

Cuando volvió, me quedé sin aire. Se había puesto una bata fina, abierta de arriba abajo, y debajo no llevaba prácticamente nada. Unas tetas enormes, caídas hasta la barriga, con los pezones oscuros y anchos como monedas apuntando al suelo. Una tripa blanda dividida en dos rollos por el elástico de unas bragas negras que se le clavaban en la carne. Y entre las piernas, un montículo de vello canoso, sin recortar, que asomaba por encima del algodón. El cuerpo enorme, blando, brillante de sudor, ocupaba todo el marco de la puerta. Traía el vaso de agua en una mano y la muleta en la otra, y avanzaba hacia mí con una sonrisa torcida que no había visto nunca en el rellano.

Me tendió el agua. Yo la cogí sin mirarla a la cara, clavando los ojos en el suelo, y sin embargo, para mi vergüenza, noté cómo se me ponía dura. Se me hinchó la polla dentro del vaquero de golpe, tan rápido que dolía, y el pantalón se me marcó por delante como una tienda de campaña. Veintiocho años, virgen, y se me empalmaba con la loca del tercero. Patético, pensé. Pero el cuerpo no entiende de razones.

No sé qué me dio. Quizá los nervios, quizá llevaba demasiado tiempo sin que nadie me tocara. Me incliné hacia delante, acerqué la cara a su pecho y le di un beso torpe, casi un mordisco, en la piel caliente. Le pillé un pezón de refilón y noté con la lengua que estaba duro como una piedra.

¡Zas! Una bofetada sonora me giró la cabeza y casi me tira las gafas al suelo.

—¿Qué haces, cabrón? ¿Me quieres forzar en mi propia casa? —rugió.

Me quedé petrificado, rojo, con la mejilla ardiendo y a punto de pedir perdón y salir corriendo. Pero ella no se movió. Me miraba con una mezcla de furia y otra cosa, algo oscuro y divertido, como si llevara meses esperando exactamente este momento. Bajó los ojos hasta el bulto que me marcaba el pantalón y se rio bajito, como para sí. Entonces me agarró del pelo con una fuerza que no parecía propia de alguien que caminaba con muleta y me besó.

Me besó hondo, con la lengua, sin pedir permiso, aplastándome contra el respaldo del sofá. Sabía raro, a hierbas y a medicación, pero no me aparté. Me metió la lengua hasta la garganta, me mordió el labio de abajo hasta hacerme daño y con la otra mano me apretó la polla por encima del vaquero, calibrándomela, como quien pesa una pieza de carne en la carnicería. Dejó caer todo su peso encima de mí, el cuerpo enorme y húmedo cubriéndome, y yo desaparecí debajo de ella sin oponer la menor resistencia.

—Vaya, vaya —susurró contra mi boca—. Si el gordito tiene una buena polla escondida. Y dura como el hierro. ¿Cuánto hace que no te la chupa nadie, cielo?

No supe qué contestar. No hacía falta mentir. Se rio otra vez, ronca, y me lamió la mejilla desde la mandíbula hasta la oreja.

***

—No te pongas nervioso, cielo —me susurró al oído—. Y no tengas tanta prisa, que los hombres con prisa no valen para nada.

Yo intentaba hacer algo, lo que fuera. Forcejeaba con mi propia ropa sin conseguir quitármela, le acariciaba la piel a manotazos, torpe, mientras ella me miraba con una paciencia casi maternal y una sonrisa ladina. Traté de bajarme los pantalones para ir directo al grano y no acerté ni con el botón.

—Quieto, quieto —me reprendió, sujetándome las muñecas—. Tú no sabes nada, ¿verdad? Eres nuevo en esto.

No le contesté. No hacía falta. Se me notaba en todo: en el temblor de las manos, en lo rojo que estaba, en la manera en que evitaba sus ojos. Y a ella, lejos de molestarle, pareció encantarle.

—Mejor —dijo—. Así no traes mañas de otras. Vamos a hacerlo a mi manera.

Me apartó las manos de un golpe seco, me desabrochó el vaquero ella misma y me bajó de un tirón el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas. La polla me saltó hacia arriba, dura, roja, con la punta ya mojada y una gota gorda de líquido colgando. Doña Amparo se quedó mirándomela un segundo largo, con la boca entreabierta.

—Mira lo que tenías escondido, tontorrón —murmuró—. Una polla bien gorda, desperdiciada por no atreverte a nada.

Me la agarró con la mano derecha, entera, la apretó y empezó a mover el puño arriba y abajo, despacio, marcándome un ritmo lento a propósito. Yo se me escapó un gemido a medio ahogar. Solo con eso, con la mano ajena rodeándome la verga por primera vez, ya estaba a punto de correrme.

—Aguántate —me ordenó, apretándome la base con dos dedos como si fuera un torniquete—. Como te corras ahora, gordito, te vas de esta casa sin follar. Tú aguantas hasta que yo te lo diga.

Se agachó como pudo, con esfuerzo, se llevó mi polla a la boca y me la tragó hasta la mitad de una sola vez. Sentí el calor de su lengua envolviéndomela, la saliva chorreándome por los huevos, los labios apretando mientras subía y bajaba. Chupaba con hambre, con ruido, sin ningún pudor, y me miraba desde abajo con los ojos brillantes. Me metió los huevos también, uno tras otro, se los pasó por la boca, me chupó dando lametazos largos desde el ano hasta la punta y volvía a tragarme.

—Doña… doña Amparo, que me corro —jadeé, clavándome las uñas en los muslos.

Sacó la polla de la boca con un chasquido y volvió a apretarme la base.

—Ni de coña —dijo—. Ahora te toca a ti trabajar.

Se reclinó en el sofá, se abrió la bata del todo y se bajó las bragas hasta las rodillas. Me agarró otra vez del pelo y, sin ninguna delicadeza, me guió la cara hacia abajo, entre sus piernas. Al principio no supe qué hacer. Me quedé quieto, con la nariz enterrada en aquel montón de vello canoso, con la respiración entrecortada y el corazón a punto de reventar. Olía fuerte, a hembra madura, un olor denso que se me metía en la cabeza y me tensaba la polla todavía más.

—Con la lengua —me ordenó—. Despacio. Eso es lo único que de verdad sabe hacer un hombre. Lo demás se aprende.

Y obedecí. Saqué la lengua y la pasé, torpe, por aquellos labios gruesos, hinchados, ya empapados. Ella se estremeció y me apretó más contra el coño.

—Arriba, arriba, en el botón —siseó—. Ahí… ahí, cabrón. Con la punta, con la punta.

Encontré el clítoris a base de tanteo, un bultito duro entre tanta carne, y empecé a lamerlo en círculos. Doña Amparo soltó un gruñido gutural que me erizó la piel.

—Así… así, gordito… métemela también, métemela con dos dedos, mientras chupas.

Le metí el corazón y el índice de golpe y me los tragó el coño con un chapoteo. Estaba empapada por dentro, ardiendo, y las paredes me apretaban los dedos como si quisieran arrancármelos. Los movía dentro y fuera al ritmo de la lengua mientras ella empezaba a cabalgarme la cara, restregándose contra mi boca sin ningún miramiento. Torpe, asustado, sin idea de lo que hacía, obedecí, obedecí y obedecí. Al cabo de un rato debí de empezar a hacerlo bien, porque su mano se aflojó en mi pelo, dejó de darme órdenes y empezó a soltar unos gemidos roncos que llenaron todo el salón. Su cuerpo entero se tensó, me apretó la cara con los muslos y se estremeció de arriba abajo. Sentí cómo se le contraía el coño en espasmos alrededor de mis dedos y cómo un chorro caliente de flujo me empapaba la barbilla y el cuello. Se corrió gritando, sin taparse, como si el edificio entero pudiera oírla, y se quedó floja, jadeando contra los cojines.

—Eso… eso es —murmuró con los ojos cerrados—. Lo mejor de un hombre no es lo que tiene entre las piernas, hermoso. Es la lengua. Acuérdate de esto toda tu vida.

***

Después fue ella la que se ocupó de mí. Con una calma asombrosa, sin prisa, me terminó de quitar la ropa que yo no había sabido quitarme, me empujó contra el respaldo del sofá y se colocó encima. Se agarró la polla con la mano, la restregó un rato entre los labios de aquel coño empapado, mojándose la punta bien, y se la fue metiendo despacio, dejándose caer con todo su peso.

El calor me subió por la columna como una descarga. Aquello no se parecía en nada a mi mano, ni a lo que me había imaginado tantas noches solo. El coño de doña Amparo era una boca ardiendo, apretada, que me tragaba entero y me exprimía. Cuando terminó de bajar y quedó sentada a horcajadas sobre mí, con las tetas caídas contra mi cara y toda mi polla enterrada dentro, soltó una carcajada ronca.

—Ahí la tienes, cariño —dijo—. Toda dentro. Ya eres un hombre.

Empezó a moverse arriba y abajo, con esfuerzo pero con una técnica que no me esperaba. Se levantaba casi hasta la punta y volvía a dejarse caer entera, marcándose el ritmo ella, sin dejarme mover. Yo le agarraba las tetas a manotazos, se las apretaba, se las chupaba, le mordía los pezones porque no sabía hacer otra cosa. Ella se reía y me daba tirones de pelo.

—Chúpame las tetas, mi vida, chúpalas fuerte. Muérdelas, no seas fino.

La montura duró más de lo que yo hubiera querido. Cambiamos: me hizo tumbarla en el sofá, boca arriba, con las piernas abiertas apoyadas en mis hombros, y me metí entre ellas a follarla a lo bestia, tan fuerte como pude, oyendo cómo la carne golpeaba contra la carne y el sofá crujía debajo. Me pedía más, más adentro, más fuerte, y yo empujaba sin ritmo, atolondrado, hasta que ya no aguanté.

—Doña Amparo, me corro, me corro —jadeé.

—Dentro —gruñó agarrándome del culo con las dos manos, clavándome las uñas—. Suéltalo todo dentro de mí, corazón. Que se me quede tu leche caliente ahí.

Y me corrí. Me corrí como no me había corrido nunca, con la cabeza estallándome, disparando chorro tras chorro dentro de aquel coño empapado, gritando contra su cuello sin poder parar. Ella también se estremeció otra vez debajo de mí, apretándome con las piernas alrededor de la cintura, chupándome la leche a fuerza de contracciones.

Fue, sin discusión, lo más intenso que había sentido en veintiocho años. Por primera vez en mi vida alguien me deseaba, o al menos me usaba con ganas, y a mí me daba igual la diferencia.

Cuando terminamos, los dos quedamos pegajosos y sin aire sobre aquel sofá viejo. Un hilo espeso de semen le chorreaba entre los muslos y le manchaba la tela de flores. Yo pensaba que ya estaba, que me vestiría y volvería a mi piso a digerir lo que acababa de pasar. Pero doña Amparo tenía otros planes.

—Bueno, campeón —dijo incorporándose con esfuerzo—, ahora me montas la mesa. Eso era lo que traía en el paquete. Un escritorio.

Me reí, pensando que bromeaba. No bromeaba. Me tendió las instrucciones y, antes de que pudiera leerlas, me las arrancó de las manos.

—¡Bah! Esto viene en chino —protestó, y rompió el papel en pedazos.

Traté de armarlo de todos modos, buscando dónde encajaban las patas y los tornillos, pero solo había un destornillador plano y oxidado para una mesa que pedía media caja de herramientas. Doña Amparo, viéndome dudar, empezó a temblarle el labio.

—Soy una inútil —gimió de pronto—. No sé hacer nada sola. Nada.

—Tranquila, tranquila —le dije, alargando la mano hacia ella.

Fue un error. En cuanto la toqué, algo se le encendió otra vez en los ojos, y esta vez no había nada cálido en ellos. Bajó la mirada hasta mi polla, que colgaba todavía babeada y a medio empalmar entre mis piernas, y se relamió.

—La culpa es tuya —dijo bajando la voz—. Tú me has puesto así. Ahora quiero sentarme en tu cara. Quiero notar todo mi peso encima de ti mientras me la vuelves a poner dura con la lengua.

***

Me empujó contra el sofá, me tumbó boca arriba y se subió encima con esfuerzo, apoyando las rodillas a los lados de mi cabeza. Vi cómo el coño enorme, empapado todavía con mi corrida, se me venía encima como una boca abierta. Al principio me dejé llevar, todavía aturdido por lo anterior, sacando la lengua y buscando el clítoris entre aquellos labios hinchados. Ella soltó un gemido y se dejó caer un poco más.

Pero cuando se sentó de verdad, con los más de cien kilos apoyados sobre mí, sin dejarme un hueco para respirar, aplastándome la nariz y la boca contra su carne, agarrándome del pelo para que no me moviera, el morbo se convirtió en pánico en cuestión de segundos. Notaba en la boca mi propio semen mezclado con su flujo, chorreándome por la cara, y no podía tragar aire. No era un juego. Me estaba asfixiando de verdad.

—Chupa, chupa, mi amor, no pares —gemía ella por encima, meciéndose adelante y atrás, restregándome el coño por toda la cara.

Manoteé, traté de empujarla, intenté girar la cabeza para robar una bocanada de aire y no lo conseguí. Soy un tío grande, pero ella era una mole inmóvil y yo empezaba a marearme, a ver puntos negros. Por inercia, o por suerte, logré clavar un codo en el sofá y balancear el cuerpo lo justo para descolocarla. Doña Amparo rodó hacia un lado y cayó pesadamente contra los cojines mientras yo me incorporaba tragando aire a bocanadas, mareado, con las gafas torcidas y la cara empapada.

—¡Mi amor, mi amor, no te asustes! —dijo desde el suelo, tendiéndome los brazos—. ¡Estamos hechos el uno para el otro! Nos casamos y luego terminamos la mesa, ¿a que sí, cariño?

No esperé a oír más. Recogí mi ropa del suelo a manotazos, me vestí como pude camino de la puerta y, antes de salir, me volví un segundo.

—Ya le mando a alguien para la mesa, doña Amparo —dije con la voz temblando—. Cuídese. Cuídese mucho.

Abrí la puerta y bajé las escaleras de dos en dos hasta meterme en mi piso y echar el cerrojo.

***

Esa noche no fui a trabajar. Me quedé sentado en la oscuridad, con la polla dolorida dentro del pantalón y el olor de ella todavía en la boca, repasando una y otra vez lo que había pasado en aquel tercero. Había perdido la virginidad con la mujer más imposible del edificio, una señora que me doblaba la edad y que un minuto me trataba como a un rey y al siguiente intentaba asfixiarme en su propio sofá.

No sé si ella se acordará mañana de algo de esto. No sé si volverá a gritarme en el ascensor como si no me conociera. Lo único que sé es que, en lo más morboso, peligroso y absurdo de aquella tarde, sentí algo que no había sentido nunca. Y por eso la pregunta que de verdad me quita el sueño no es si me arrepiento.

Es si, cuando me la cruce de nuevo en el rellano y me susurre al oído que suba a chupársela, seré capaz de decir que no.

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Comentarios(7)

PabloCba24

Excelente relato, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!

NarradorSur

Por favor seguilo, la historia tiene mucho potencial todavia.

Caro_Baires

Me recordó a algo que me pasó con una vecina hace años... nunca me olvidé. Muy bien escrito.

Tomas_RN

buenisimo!!!

CuriosaMax

Como siguio la cosa despues? hay segunda parte?

FedeCordobes_r

Me gustó mucho el ritmo del relato, bien narrado sin dar vueltas. Sigue escribiendo!

Charly_MZA

jajaja la escena del ascensor me mató, que tensión

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