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Relatos Ardientes

Lo que vi en la ventana de enfrente esa noche

Mi piso da a un patio interior estrecho, de esos que en los edificios viejos no sirven más que para tender la ropa y para que los vecinos se conozcan la vida sin querer. Enfrente, a apenas seis o siete metros, está el dormitorio de Marina. Y cada noche, al volver de la cena o de cerrar la cocina, miraba de reojo hacia su ventana antes de bajar la persiana. Una costumbre tonta. O eso me decía.

Marina es una mujer madura, de unos cuarenta, con un cuerpo que llama la atención sin esfuerzo y una sonrisa que reparte en el ascensor como si no supiera el efecto que tiene. Nunca habíamos hablado de nada importante. El tiempo, el ruido de las obras, lo caro que se había puesto el portero automático. Charlas de rellano. Pero en mi cabeza, Marina era otra cosa muy distinta.

Lo más lejos que había llegado mi espionaje era verla cruzar la habitación en ropa interior, deprisa, buscando una bata o un cargador. Tres segundos. Suficiente para alimentar lo que venía después, cuando ya estaba a oscuras y a solas con la imagen guardada, la polla en la mano y la boca seca imaginándome esas tetas rebotando encima de mi cara. Me bastaba con eso. Me decía que me bastaba con eso.

Aquella noche fue diferente desde el principio.

***

Llegué tarde, pasada la una. El edificio entero dormía y el patio era un pozo de silencio. Subí la persiana solo un palmo, lo justo para asomarme, y la luz cálida de su lámpara estaba encendida. Marina estaba de pie frente al espejo del armario, dándome el perfil.

Se estaba quitando la blusa.

Me quedé clavado detrás del cristal, sin decidirlo. Mi cuerpo simplemente dejó de obedecer la rutina de cada noche. No bajé la persiana. No aparté la vista. La vi soltarse el sujetador despacio, mirándose, como quien se estudia con calma al final del día. Y descubrí que mi vecina tenía unas tetas mucho más hermosas de lo que mi imaginación, generosa de por sí, había sabido dibujar: pesadas, blancas, con los pezones oscuros y ya duros como piedras, apuntando hacia arriba en cuanto quedaron libres de la copa.

Pero no fue eso lo que me dejó sin aire.

Fue que Marina se llevó la mano al pecho y empezó a acariciarse. Sin prisa. Se pellizcó el pezón derecho entre el índice y el pulgar, tiró de él, lo dejó rebotar, y repitió el gesto en el izquierdo. Los ojos entornados, la boca entreabierta, perdida en algo suyo, ajena por completo a que al otro lado del patio había un hombre conteniendo la respiración con la polla ya empujando contra la bragueta.

Apaga la luz y vete a la cama. No tienes ningún derecho a estar mirando esto.

No me moví.

Se sentó al borde del colchón, todavía de cara al espejo, y se deshizo de lo que le quedaba de ropa con una lentitud que parecía calculada para un público que, en teoría, no existía. Deslizó las bragas por los muslos, se las quitó por los tobillos, las dejó caer al suelo. Abrió las piernas frente al espejo y yo pude ver, incluso desde seis metros, la mata oscura de vello recortado y, entre los muslos abiertos, el brillo del coño ya mojado. Sentí la sangre bajándome al sexo, la presión repentina contra los vaqueros, la polla completamente dura reclamando espacio. Una escena que solo había visto en pantallas, ocurriendo a seis metros, en carne y hueso, protagonizada por la mujer a la que saludaba cada mañana con un «buenos días» de manual.

Marina se escupió en dos dedos, se los llevó al coño, y empezó a acariciarse el clítoris en círculos lentos. Tan absorto estaba que cometí el error.

***

No fui consciente de en qué orden pasó. Marina giró la cabeza hacia mi ventana —puede que un reflejo, puede que un ruido— y yo, por puro instinto, apagué la luz. Casi a la vez. Demasiado a la vez.

El corazón me golpeaba en la garganta. Me ha visto. Claro que me ha visto. Su lámpara se apagó un segundo después, y el patio quedó completamente negro, y yo me quedé de pie en mi habitación a oscuras, con el pulso desbocado y una vergüenza caliente subiéndome por el cuello.

Fueron unos segundos eternos. Conté hasta diez, hasta veinte. Me imaginé la conversación incómoda del ascensor al día siguiente, la mirada de reproche, quizá una queja al portero. Estaba ya ensayando una excusa imposible cuando su ventana volvió a iluminarse.

Me quedé inmóvil, expectante, pegado a la pared para que la penumbra me tragara.

Esperaba que corriera las cortinas de golpe. Que diera un portazo simbólico, cerrara su intimidad y zanjara el asunto. Era lo lógico. Era lo que haría cualquiera que acabara de descubrir a un mirón en el edificio.

No corrió las cortinas.

Marina volvió a sentarse en el borde de la cama, exactamente donde estaba, en la misma postura, ofrecida al mismo ángulo de visión. Y retomó lo que estaba haciendo como si la interrupción no hubiera existido. O como si la interrupción fuera justo lo que necesitaba para seguir. Se separó todavía más las piernas, apoyó un pie en el borde del colchón para abrirse por completo, y se metió dos dedos en el coño hasta los nudillos.

***

No sé explicar lo que sentí entonces. El miedo se transformó en otra cosa, en una corriente espesa que me recorrió entero. ¿No me ha visto, después de todo? ¿O me ha visto, y sabe que sigo aquí, y no le importa? La segunda posibilidad era infinitamente más perturbadora. Y mucho más excitante.

Me senté en mi propia cama, a oscuras, para no delatarme con ninguna silueta en la ventana, y seguí mirando. Marina se follaba con los dedos con una seguridad que no admitía dudas. Los sacaba brillantes, se los llevaba a la boca, los chupaba con obscena tranquilidad y volvía a hundírselos hasta el fondo. Echaba la cabeza hacia atrás. Se mordía el labio. Con la mano libre se pellizcaba un pezón, lo estiraba, lo soltaba. Y cada cierto tiempo, aunque podía estar engañándome a mí mismo, sus ojos parecían buscar mi ventana en la oscuridad, como quien confirma que su única butaca sigue ocupada.

Me bajé los vaqueros sin pensarlo, me saqué los calzoncillos hasta las rodillas, y la polla saltó fuera, tan hinchada que me dolía la piel tirante. Estaba durísimo, más de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo. Me escupí en la palma, cerré el puño alrededor y empecé a pajearme al ritmo que ella me marcaba sin saberlo. O sabiéndolo. Esa duda lo era todo. Esa duda era el motor de cada cosa que sentía.

La imaginé al alcance de la mano. Me imaginé cruzando el patio imposible, abriendo su puerta, encontrándola en esa misma postura, con los dedos dentro y el coño empapado. La imaginé sin sobresalto, levantando la vista para mirarme con esa media sonrisa de ascensor que de pronto entendía de otra manera, como si llevara meses esperando que yo dejara por fin de fingir que no la miraba. La imaginé sacándose los dedos brillantes y llevándomelos a la boca para que me chupara su propio sabor. La imaginé de rodillas frente a mí, agarrándome la polla con las dos manos, escupiéndola entera antes de metérsela en la boca hasta la garganta, mirándome hacia arriba mientras se ahogaba con mi verga y se la sacaba despacio para dejar un hilo largo de saliva colgando de sus labios. La imaginé montándome, con esas tetas balanceándose encima de mi cara, empalándose una y otra vez, apretando el coño alrededor de mí como si quisiera ordeñarme la corrida a la fuerza.

El silencio entre los dos edificios era absoluto. Solo el zumbido lejano de una nevera, el roce de mi propia respiración, el chapoteo pequeño y obsceno de sus dedos entrando y saliendo de su coño mojado, un sonido que quizá era imposible de escuchar a esa distancia y que sin embargo yo escuchaba clarísimo dentro de la cabeza. Dos desconocidos que se conocían los nombres y nada más, separados por seis metros de aire y unidos por una complicidad que ninguno de los dos había firmado, pero que estaba ocurriendo, innegable, a la vista.

Marina se llevó la mano libre al pecho y se apretó una teta hasta hacerse marca. Con la otra aceleró el ritmo entre las piernas, tres dedos ahora, entrando hasta el fondo, saliendo, girando la muñeca. La cama debía estar crujiendo. Sus caderas subían a buscar la mano. Yo me la pelaba cada vez más rápido, apretando la polla como si fuera su coño alrededor, mordiéndome el interior de la mejilla para no gemir.

***

Marina llegó al final antes que yo. Lo supe por la forma en que su espalda se curvó, por la mano que se cerró sobre la sábana estrujándola en un puño, por cómo los muslos le temblaron y las caderas se levantaron del colchón dos, tres veces, embistiendo contra su propia mano. Se sacó los dedos empapados, se los llevó al vientre, dejó que el coño palpitara solo unos segundos antes de volver a tocarse el clítoris, muy suave, alargando el temblor. Después se quedó quieta, respirando hondo, con el pecho subiendo y bajando, recomponiéndose. No fue un espectáculo de película porno. Fue mejor: fue algo que parecía verdad, íntimo y real, no representado para nadie. O representado para una sola persona.

Su orgasmo arrastró el mío detrás. Me corrí conteniendo el sonido, con la frente apoyada en el cristal frío, mirando todavía hacia su ventana iluminada. La primera descarga me salpicó la mano y el vientre; las siguientes cayeron entre mis piernas, calientes, largas, de las que dejan flojas las piernas y la mente en blanco. Me quedé con la polla en la mano, todavía dura, todavía goteando semen sobre el suelo de mi habitación.

Cuando recuperé algo de cordura, seguía sin entender nada. ¿Es posible que de verdad no se haya dado cuenta? ¿Después del susto, después de los dos apagones casi simultáneos? No. No me lo creía. Algo en mí, en el fondo, estaba seguro de que Marina sabía perfectamente que tenía un espectador, y que esa certeza la había encendido a ella tanto como me había encendido a mí.

Esa certeza me dejó la polla a medio camino, sin acabar de bajar del todo.

***

Hice entonces algo que no había hecho jamás en aquellas noches de mirón cobarde.

Encendí mi lámpara.

La encendí despacio, a propósito, sabiendo lo que significaba. Era una confesión sin palabras. Era ponerme yo también a la vista, dejar de ser el ojo escondido en la oscuridad y convertirme en alguien con cara, con nombre, con un cuerpo de pie frente a la ventana, con la polla aún fuera de los pantalones y brillante de corrida. Era decirle, sin decir nada: sí, era yo. Estaba aquí. Lo he visto todo.

Y entonces Marina hizo lo último que esperaba.

Levantó la vista hacia mi ventana, ahora iluminada, ahora claramente ocupada por mí. No se sobresaltó. No se cubrió. No corrió las cortinas con un grito ahogado. Se quedó desnuda, con las piernas todavía abiertas, con el coño todavía a la vista, y me sostuvo la mirada a través de los seis metros de patio durante un instante que se me hizo larguísimo. Bajó los ojos un segundo hasta mi bragueta abierta, hasta la polla que yo ni siquiera había tenido tiempo de guardar, y en sus labios apareció esa media sonrisa, la del ascensor, la de los «buenos días», pero ahora cargada con todo lo que acababa de pasar. Se llevó dos dedos —los que habían estado dentro— a la boca, los chupó despacio mirándome, y los sacó limpios.

Luego se llevó un dedo a esos labios. Shhh. Un secreto compartido. Un pacto.

Y apagó la luz.

***

Esa noche apenas dormí. Repasé cada segundo, cada gesto, intentando decidir qué había sido casualidad y qué había sido invitación. No llegué a ninguna conclusión, y creo que precisamente por eso no pude pegar ojo. Lo que de verdad me quitaba el sueño no era lo que había visto. Era todo lo que faltaba por ver.

A la mañana siguiente coincidimos en el ascensor, como tantas veces. Marina entró con su bolsa del gimnasio, el pelo recogido, una taza de café en la mano. Pulsó el botón de la planta baja.

—Buenos días —dijo, con su tono de siempre.

—Buenos días —contesté yo.

El ascensor bajó. Cuatro plantas de silencio. Y justo antes de que se abrieran las puertas, sin girar la cabeza, mirando al frente, Marina dijo en voz muy baja:

—Anoche había muy buena película.

Las puertas se abrieron. Ella salió primero, sin esperar respuesta, con ese andar tranquilo de quien sabe exactamente el efecto que tiene. Yo me quedé un segundo de más dentro de la cabina, con el corazón otra vez en la garganta y la polla empezando a empujar contra el pantalón.

Esa noche, cuando volví a casa, no subí la persiana solo un palmo.

La subí entera.

Y al otro lado del patio, puntual, la lámpara de Marina se encendió.

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Comentarios(7)

TucoLector

increible!!! se hizo muy corto

NocheVieja_mx

me quede enganchado desde el primer parrafo, que tension la que se arma. Esperando la segunda parte!

Rulo_MDP

buenisimo, sigue así!

Marco_Viajero

A mi también me pasó algo parecido con un departamento de enfrente, nunca se si ella lo sabe o no jaja. El detalle del espejo me pareció lo más. Genio!

MarcosT88

Tremendo relato, como lograste crear tanta tension con tan pocas palabras. Bravo!

NellaPrivada

Me gustan estos relatos donde no todo esta dicho, queda algo suspendido en el aire. Por favor continua la historia

SoniaLee77

Se hizo cortisimo... quede con ganas de saber que paso despues

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