El chico del club aprendió rápido conmigo esa noche
Hay un club deportivo a dos cuadras de mi casa y paso por la puerta casi todos los días. Es parte de mi rutina: el mismo recorrido, la misma esquina, la misma vereda llena de pibes que entran y salen con bolsos al hombro. Nunca les presté demasiada atención. Hasta esa semana.
Un chico me elogió la primera vez que pasé. Algo simple, una frase al aire, pero me robó una sonrisa sin que yo quisiera dársela. Pocos días después lo volví a ver en el mismo lugar, apoyado contra el portón. Volvió a decirme algo y yo volví a sonreír, casi enojada conmigo misma por hacerlo.
—Nene, me sacaste dos sonrisas en la misma semana. Date por dichoso —le dije, sin frenar el paso.
—¡Eh, petisa, esperá! —me corrió unos metros hasta alcanzarme y se paró enfrente, tapándome el sol con esos hombros que tenía.
—¿Y? ¿Qué querés?
—Robarte una risa. Una de verdad, no esas de compromiso.
—¿Te animás a intentarlo? —crucé los brazos.
—Obvio que me animo.
Era muy alto, atlético, con esa seguridad relajada de los que entrenan en serio. Tendría poco más de veinte, una diferencia de años conmigo que en otro momento me habría hecho dudar. Esa tarde no me hizo dudar de nada.
—El domingo, a la tarde, en esta esquina —le dicté mi número y él lo anotó como si le estuviera dando un premio—. Vamos a merendar a algún lado. Invito yo la primera vez.
—Acá voy a estar.
—Me voy a poner las plataformas más altas que tenga, porque me sacás dos cabezas —me reí.
—Ponete lo que quieras. Igual sos tremenda.
Nos despedimos y seguí caminando. Tardé media cuadra en darme cuenta de que estaba sonriendo sola, como una nena. Hace cuánto que no me pasaba esto.
***
Llegó el domingo y me arreglé con tiempo. Secarme el pelo me lleva sus buenos minutos, así que empecé temprano. Era una tarde tibia, pero anunciaban que iba a refrescar de noche. Quería verme llamativa para él, así que elegí un top blanco de breteles finos, una minifalda de jean ajustada, zapatillas blancas de plataforma y una campera negra para más tarde.
Estaba ansiosa por verme a solas con ese chico y casi no lo podía creer. Cómo me había calentado tan fácil sin conocernos, sin haber cruzado más de cuatro frases. Alto, lindo, simpático, con iniciativa, con esa sonrisa que parecía ensayada y no lo era. Se me hacía agua la boca de solo pensarlo, y no era una forma de decir: me acordé de cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón corto del entrenamiento el primer día que lo vi, y el coño se me apretó ahí mismo, frente al espejo, mientras me pintaba los labios. Llegué puntual y él ya me estaba esperando.
—Buenas —dije.
—Hola.
—No puedo creer que llegaste antes de hora. No sé si sos responsable o ansioso.
—Me gusta llegar a horario. Me lo enseñaron los entrenamientos. Llegás tarde y no te dejan entrar si no tenés una buena excusa.
—Mirá vos. Te están formando bien. Así me gustan a mí, los que cumplen.
—Mejor, entonces. Che, estás hermosa. Te queda increíble esa pollera.
—Gracias, Lauti —solté, a propósito.
Se quedó duro un segundo.
—Pará. ¿Cómo sabés mi nombre? Yo nunca te lo dije.
—Tengo mis métodos —le guiñé un ojo—. Después te cuento. Vamos, caminá tranquilo que tengo patas cortas.
—Te hago a caballito si querés.
—Tomá nota, que te lo voy a hacer cumplir.
Fuimos a un bar a un par de cuadras del club. Subimos al primer piso; prefería ese rincón por si pasaba algún conocido por la vereda y no nos veía. Pedimos unos tostados con jugo y nos pusimos a conversar para conocernos un poco más. Me gustaba cómo escuchaba, cómo se inclinaba sobre la mesa cuando yo hablaba, como si nada afuera existiera.
La hora fue pasando y se hizo de noche. Pedimos unas cervezas y un sándwich de carne para compartir, y después otra cerveza más. La charla seguía liviana, pero algo ya flotaba en el aire, denso. En algún momento empezó a acariciarme el dorso de la mano sobre la mesa, despacio, sin mirarme, como probando hasta dónde lo dejaba. Lo dejé. Cada roce de sus dedos me bajaba directo a las tetas y de ahí al coño, que ya lo tenía mojado de tanto imaginar cómo la iba a tener.
—¿Querés ir a otro lado? —le pregunté—. Damos una vuelta. Está linda la noche.
—Sí. Obvio. Vamos.
Pagué la cuenta y salimos. A la primera cuadra me pasó el brazo por encima del hombro y me derritió ahí mismo, en plena vereda. Caminamos así varias cuadras, dando vueltas sin rumbo, como dos tontos que estiran el rato para no terminar la noche.
—Caro —me dijo de golpe.
—¿Qué? Decime.
No me contestó con palabras. Me agarró de la cintura, me apoyó contra una pared, me sostuvo la cara con la otra mano y me besó. No aguanté más. Mi instinto no me había fallado: era un chico de iniciativa, de los que no preguntan dos veces. Me colgué de su cuello y le di un beso largo, hondo, con lengua, chupándole los labios, mordiéndoselos apenas. Por fin sentí su calentura pegada contra mi cadera, el bulto de la pija durísima marcándome el hueso, las ganas que tenía de mí. Metí la mano entre nuestros cuerpos y se la apreté por encima del pantalón. Era gruesa, larga, palpitaba contra la tela. Se me escapó un gemido en su boca.
—Decime que tenés un lugar —le pedí contra la boca—. Por favor, nene, me estoy meando por tu pija.
—Vivo en un edificio, pero no vivo solo. Comparto con dos pibes más.
—Vamos igual. Entramos y vemos cómo nos arreglamos.
—Lo que quieras, hermosa.
Nos besamos un poco más contra la pared. Se animó a bajar la mano y apretarme la cola por encima de la pollera, después se la metió por debajo y me tocó por sobre la tanga, sintiendo la humedad que ya me traspasaba la tela. Soltó una puteada bajita contra mi cuello cuando se dio cuenta de lo empapada que estaba. Después seguimos caminando hasta el edificio, riéndonos, hablando cualquier cosa para disimular las ganas, aunque yo apenas podía caminar del roce de la tanga mojada contra el coño hinchado. Entramos al palier y el destino jugó para nuestro lado: había una escalera de emergencia independiente, separada de los ascensores por una puerta. Le agarré la mano, lo miré, sonreí y lo arrastré hasta ahí.
Abrí la puerta. Adentro era oscuridad total, hasta que él encontró la llave de luz. La escalera estaba limpia, vacía, en silencio.
—Esto es perfecto. Subamos al descanso —le dije.
Subimos medio piso, hasta el rellano entre dos pisos.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Vamos a estar solos. Es lo único que importa.
—¿Y al final cómo sabías mi nombre? Perdón, pero me quedé pensando.
—Lo tenías escrito en la camiseta del club, bobo. Te vi de espaldas el primer día, cuando te fuiste. Lo leí mientras te miraba la cola. Tenés una cola parada que da envidia.
—¿En serio? Nunca me habían dicho algo así.
—Acostumbrate, porque te tengo unas cuantas más guardadas. Pero primero quiero comprobar una cosa. Bajate el pantalón. Todo. Y date vuelta.
Bajé un par de escalones mientras él se aflojaba el pantalón y se lo bajaba junto con el bóxer hasta los tobillos. La pija le saltó dura hacia arriba, gruesa, con la cabeza colorada e hinchada, la vena del medio latiendo. Se me hizo agua la boca de golpe. Se dio vuelta y me mostró el culo, y era hermoso, firme, justo como me la había imaginado. Le agarré las nalgas con las dos manos, acaricié, apreté, hundí los dedos en la carne dura. Lo confirmé.
—Dios. Perfecta. Firme y a la vez para apretar. No te asustes con lo que voy a hacer —le advertí.
Le separé las nalgas con los pulgares, abrí bien y metí la cara entre medio. Le pasé la lengua ancha por el ojete, de abajo hacia arriba, despacio, ensalivándoselo bien. Él pegó un respingo y soltó un gemido ahogado, pero no se apartó. Se aferró al pasamanos con las dos manos y me dio la espalda entera. Le clavé la punta de la lengua ahí, girándola, empujando de a poco hasta que el músculo se le fue aflojando y me dejó entrar. Escupí sobre el agujero, lo lamí de nuevo, más hondo, mientras con una mano le tomaba la pija por debajo y se la sacudía despacio. La tenía mojada, chorreando líquido pre desde la punta. Lo sentí temblar entero, escuché cómo se le entrecortaba la respiración y cómo se le escapaban las puteadas por lo bajo.
—La puta madre… qué hacés, loca… —murmuró, y empujó el culo atrás, contra mi cara, sin poder evitarlo.
Me di el gusto un buen rato, hasta que el ojete se le abrió un poco solo, pidiéndome más. Le metí un dedo hasta la primera falange, muy despacio, y él soltó un jadeo largo que retumbó en la escalera. Se lo saqué antes de que se acostumbrara. No era el turno de él todavía. Le di una palmada seca en la nalga que le dejó la marca colorada, volví a subir hasta el descanso y lo senté en uno de los escalones, con las piernas abiertas y la pija apuntando al techo, brillando de saliva y de su propio jugo.
—Lo tenés todo, nene. Todo —le dije, arrodillándome entre sus rodillas en el escalón de abajo.
Empecé a lamerlo de abajo hacia arriba, en todo su largo, mirándolo a los ojos. Le pasé la lengua por las bolas, se las chupé una por una, metiéndomelas enteras en la boca, tirando apenas con los labios. Después subí, lamiendo la vena gruesa de abajo hasta llegar a la cabeza. Le di un beso en la punta, ahí donde le seguía saliendo esa gota transparente, y me la chupé como si fuera un caramelo. La agarré con las dos manos, una arriba de la otra, y la trabajé unos segundos apretándole la base y girando la muñeca, mientras me estiraba a besarlo en la boca y le pasaba mi propio sabor a su lengua. Le robé el aire.
Después bajé de nuevo y me la fui metiendo de a poco, paciente, porque ahí iba a tener trabajo. Primero el glande entero, envolviéndolo con los labios, chupando con presión, sintiendo cómo pulsaba contra mi paladar. Después más, un cuarto de la pija, medio, girando la cabeza para pasarle la lengua por los costados mientras la tenía adentro. La saqué y volví, más rápido, hasta que me acostumbré al grosor y pude tragarme tres cuartos. Chupaba con ganas, ruidosa, dejando que se me caiga la saliva por la comisura, sin dejar de apretar la base con el puño y girarlo cada vez que subía, cada vez ganando terreno centímetro a centímetro.
Con la mano libre le acaricié el peso de las bolas, se las apreté apenas, suave, mientras me llenaba la boca con todo lo que entraba. Le tomé las manos y me las llevé a la cabeza. Entendió. Me clavó los dedos en el pelo, me agarró con las dos manos y se puso de pie encima del escalón. Empezó a moverse él, despacio primero y después no tanto, embistiéndome la boca, chocando contra el fondo de mi garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, se me corrió el rímel, me chorreaba la saliva mezclada con su líquido hasta las tetas, y eso me gustó, porque era la señal de que estaba llegando hasta donde quería. Me sostuve de sus nalgas apretadas y lo recibí entero, todo lo que pude, dejando que me la clavara hasta el fondo, hasta arcadearme, hasta que él me frenó la cabeza con las dos manos, asustado de su propia fuerza.
—Pará, pará, me voy a acabar así… —jadeó.
Lo volví a sentar, sin soltarlo. Se la clavé de nuevo hasta el fondo y me quedé así unos segundos largos, con la punta apretándome la garganta, aguantando, sintiendo cómo palpitaba adentro mío, hasta que le apreté el brazo pidiéndole aire. Me soltó. Levanté la cabeza y la solté, y cayó una cortina espesa de saliva mezclada con su jugo que le cubrió toda la pija, las bolas, los muslos. Respiré hondo, me limpié la boca con el dorso de la mano, se la agarré de nuevo y le escupí encima, esparciendo la saliva con la mano de arriba a abajo, y supe que estaba lista.
Me levanté, me subí la minifalda hasta la cintura, me corrí la tanga a un costado y le dejé ver el coño depilado, hinchado, brillando de tan mojado. Le agarré la mano, se la llevé ahí y le hice pasar dos dedos entre los labios, mostrándole cómo chorreaba.
—Mirá cómo me pusiste. Todo esto es tuyo —le dije, y lo besé, dejando que me chupara los dedos que se había llevado a la boca él solo.
—Ahora dame la mano —le pedí.
Le tomé la derecha y me la llevé al cuello, rodeándomelo entero con su palma. Le expliqué despacio, mirándolo a los ojos, cómo tenía que apretar.
—Apretame así. No aflojes hasta que yo te avise. Me voy a poner colorada, capaz lloro un poco, pero es para no gritar con semejante pija y que no nos escuchen. Cuando no pueda respirar, te pego en el brazo y me soltás. ¿Estamos?
—Estamos. Yo te sigo.
Empezó a apretar. Cuando sentí que las palabras ya no me salían, que el aire se me quedaba atrapado en la garganta, me subí a horcajadas sobre él, apoyé la entrada del coño en su glande y me deslicé sobre la pija, despacio, dejándome caer con mi propio peso. A pesar de lo empapada que estaba, la sentí enorme, abriéndome el coño de a poco, estirándome, entrando centímetro a centímetro hasta que me chocó contra el fondo. La recibí entera. Si hubiera podido respirar, habría gritado como una perra. Solo me salió un chillido ahogado, un lloriqueo mudo, mientras los ojos se me llenaban de lágrimas de la presión en el cuello y de la pija clavada hasta el útero.
Con su mano todavía apretándome la garganta, empecé a subir y bajar para amoldarme a él. Sentía cómo me la sacaba casi entera y cómo me la volvía a hundir hasta el fondo, cómo el coño se me abría de más a cada bajada, cómo hacía ese ruido pegajoso y húmedo cada vez que golpeaba contra sus caderas. Me incliné un poco hacia atrás para que su brazo largo quedara más cómodo, y él me agarró la nalga derecha con la mano libre, con firmeza, acompañando el ritmo, ayudándome a subir y bajar más rápido. Sentí su dedo mayor rozándome atrás, entre las nalgas, casi sin querer, resbaladizo por todo el jugo que me chorreaba desde arriba. Aproveché: le guié la mano y me lo metí en el culo. Apenas una falange al principio, pero a medida que aceleraba el vaivén se hundía más. Medio dedo, lo justo, moviéndose adentro con el mismo ritmo con que la pija me abría el coño, y eso me prendió fuego entera. Estaba doblemente llena, taponeada por los dos lados, y el orgasmo me empezó a subir desde los pies.
Le pegué en el brazo y me soltó el cuello. Largué una bocanada larga, ronca, sin frenar el movimiento, y con el aire de vuelta me salió por fin la voz.
—Ay, la puta madre, qué pija tenés, nene… seguí, no pares, no te salgas… —jadeé contra su boca, besándolo como podía, mordiéndole el labio, chupándole la lengua.
—Estás toda mojada, me chorreás encima… —gruñó él, sin soltarme la cola, empujando desde abajo, saliendo a mi encuentro con la pija—. No sabés cómo aprieta tu coño…
Me abracé a él y arranqué un vaivén rápido y profundo, rebotando sobre la pija, sintiendo las bolas chocarme contra la cola en cada bajada. El dedo seguía metido en el culo, moviéndose con el ritmo, y yo estaba a punto de acabar por primera vez, sentía cómo se me apretaba todo por dentro. Frené justo antes, respirando hondo, aguantándome. No quería acabar todavía.
Me levanté, se la saqué —y la pija le salió brillando, cubierta entera con mi jugo—, giré para darle la espalda, separé las piernas apoyándome en el escalón de arriba con las manos, y me volví a clavar sobre él, guiándomela con la mano hasta metérmela hasta la base de una sola bajada. Solté un gruñido grave, animal.
—De nuevo —le ordené—. Apretame el cuello como antes. Sé que te gustó, cerdito.
Lo hizo con más decisión esta vez, sin miedo, la mano firme rodeándome la garganta desde atrás. Me abrazó la cintura con el brazo libre y me sostuvo mientras yo empezaba a subir y bajar como un resorte, rebotándole encima, dándole el culo entero para que me la clavara hasta el fondo. Sentía la pija golpearme un lugar nuevo desde este ángulo, más adentro, y el orgasmo me empezó a subir otra vez, imparable. Después aflojé el ritmo, lo volví más lento, más sucio, ondulando la cadera, moviendo el culo en círculos con la pija adentro, dejando que me raspara todas las paredes.
Él me soltó el cuello, me agarró la cadera con las dos manos, me dio una palmada seca en la nalga izquierda que retumbó en la escalera vacía, otra en la derecha, y acompañó cada bajada con las manos, llevándome, marcándome el ritmo, embistiéndome desde abajo con la fuerza de las caderas. Escuché mis propios jadeos, altos, largos, mezclados con el chapoteo del coño mojado.
—Acabame adentro —le pedí, mirándolo por encima del hombro—. Dale, adentro, quiero sentirlo todo.
—Estás loca… te voy a llenar… —gruñó, y me apretó las caderas con las dos manos, clavándome los dedos en la carne.
Aceleré buscando el final, moviéndome como una desesperada, jadeando sin pudor, sintiendo cómo el orgasmo me estallaba desde el coño hasta la punta del pelo. Me apreté entera sobre la pija, temblando, dejando que la ola me pasara por encima, mordiéndome el labio para no gritar. Lo sentí tensarse entero detrás de mí, agarrarme fuerte, hincharse un poco más adentro mío, y al final me llenó por dentro con un gruñido ahogado contra mi nuca, embistiéndome corto y profundo, chorro tras chorro, calientísimo, hasta la última gota. Fue intenso, largo, exactamente lo que había venido a buscar. Sentí cómo se le iban aflojando los músculos y cómo la pija le seguía latiendo adentro después de acabar, todavía dura, todavía llenándome.
Se dejó caer hacia atrás sobre los escalones, abrazándome la cintura, arrastrándome con él hasta quedar los dos recostados, agitados, con la pija todavía metida en mi coño. Aproveché para apretarla desde adentro con los músculos, ordeñándolo despacio, sacándole las últimas gotas. Él soltó un jadeo ronco y me apretó las tetas por debajo del top con las dos manos.
—¿Te gustó? —le pregunté, todavía sin aire, girando la cadera para sentírsela una vez más.
—Una locura. No tengo palabras. No sos normal, vos.
—Puedo ser como vos quieras —le dije, girando la cabeza para mirarlo—. Pero me moría por esto. Por sentirte así, clavada hasta el fondo.
—La mejor de mi vida, sin dudas. Sos una bestia. En serio.
Me levanté despacio, sacándomela de a poco, y sentí cómo un chorro tibio de su leche me chorreaba por el interior del muslo hasta la rodilla. Me lo limpié con un dedo, me lo llevé a la boca y se lo mostré antes de tragármelo. A él le brillaron los ojos.
—Esta escalera nos va a dar muchas alegrías, te lo aseguro. La próxima venís a mi casa, te lo prometo. Y ahí sí que no la contás. Te ato a la cama y te dejo seco.
—No me hagas pensar en eso ahora, que me dan ganas de ir ya mismo —se rió, todavía sin poder incorporarse del todo.
—A mí también. Pero vestite, dale, antes de que tus compañeros te manden a buscar.
Nos arreglamos la ropa entre risas y nos besamos de nuevo, esta vez sin apuro, con la calma de los que ya saben que va a haber una próxima. Me acompañó hasta la vereda. Antes de irme, me metí la mano bajo la pollera, me saqué la tanga empapada de él y de mí, y se la puse en la mano.
—Souvenir —le dije—. Para que te acuerdes de mí. Olela cuando estés solo. Cuidate. Hablamos.
Nos despedimos con un abrazo y volví caminando a casa, sola, sintiendo cómo su leche me seguía chorreando de a poco por dentro del muslo con cada paso, la noche fresca pegándome en la cara y una sonrisa que no se me borraba. Hace cuánto que no me pasaba esto. Y por primera vez en mucho tiempo, supe que iba a volver a pasarme.





