Acepté ser puta por una noche en aquel hotel
Durante una época de mi vida, mientras estaba sola y libre de cualquier compromiso, dejé que muchos hombres y mujeres entraran en mi casa y en mi cama. Caricias, besos, pijas, coños, lenguas, dedos, sin pedirle permiso a nadie. Una manera de descubrir lo que mi cuerpo todavía no sabía pedir.
Fue una etapa intensa, sin culpas. Aprendí más en esos meses de lo que había aprendido en años. Conocí bocas distintas, manos diferentes, pollas de todos los tamaños, coños que sabían distinto, formas de correrse que no se parecían a las mías.
Entre todos esos cuerpos pasajeros apareció Iván. Lo conocí en una galería de arte un sábado por la tarde y, sin saber muy bien cómo, terminé en su departamento esa misma noche. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared, me subió el vestido y me metió la mano entre las piernas sin preguntar. Encontró que ya estaba mojada y se rió bajito contra mi cuello. Me arrancó la bombacha de un tirón y me hundió dos dedos hasta el fondo, moviéndolos con una calma que me hizo temblar. Cuando me arrodillé para sacársela, me encontré con una polla gruesa, dura, tibia, que me llenó la boca de golpe. Me la chupé despacio, ensalivándola entera, mientras él me agarraba del pelo y marcaba el ritmo. Después me llevó a la cama y me la clavó de mil formas: de espaldas, boca abajo, sentada arriba de él con las tetas rebotándole en la cara. Nos corrimos tres veces esa noche. La última me acabó adentro y sentí el semen tibio chorreándome por los muslos mientras me abrazaba. Fue el mejor sexo que había tenido hasta ese momento.
Él tenía algo que los otros no: imaginación. Me regalaba ropa que jamás me habría comprado, me dejaba notas con instrucciones, me proponía juegos que me hacían reír primero y temblar después. Era como descubrir el cuerpo otra vez, ahora con otro idioma.
Una tarde, volviendo del trabajo, encontré una caja blanca sobre la cama. Reconocí el tipo de regalo. Reconocí la sonrisa que se me pintó sola en la cara.
Adentro había un ambo de enfermera con medias de red al tono y una tarjeta escrita a mano. Sos masajista profesional. Fría como el mármol. Yo soy un paciente con un problema urgente.
Esa noche jugamos hasta el amanecer. Le hice creer que le trataba una contractura y terminé chupándosela con la cofia puesta, con las medias de red rasgadas a la altura del coño para que pudiera meterme los dedos mientras yo tragaba. Lo cabalgué encima del sillón hasta que me acabó dentro dos veces, y todavía después me lo metí en el culo por primera vez, despacio, aguantando el ardor, mientras él me mordía la nuca y me susurraba que era una puta hermosa.
***
El primer verano juntos lo pasamos en la costa, en un hotel chico frente al mar. Caminábamos por la orilla al atardecer, descalzos, mientras él se inventaba historias sobre las personas que pasaban. Una de esas tardes, después de un silencio largo, se detuvo y me miró con la sonrisa de siempre.
—¿Te diste cuenta de cómo te miran los hombres cuando pasás? —dijo.
—Me doy cuenta.
—¿Y nunca pensaste que podrían pagar por algo más que mirar?
Me reí, pero no contesté.
—Quiero proponerte un juego —siguió—. Mañana sos puta por una noche. Yo te miro. Vos elegís al cliente, vos ponés el precio, vos ponés las reglas.
Lo miré unos segundos sin parpadear. La idea se me prendió por dentro como un fósforo en una habitación cerrada. Pero algo no me cerraba en la palabra que él había usado.
—Puta sí. Prostituta no.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó.
—A la prostituta le pagan por hacer lo que el otro quiere. Le pagan por obedecer. A la puta le pagan por hacer lo que sabe hacer, lo que le gusta. La puta manda. Yo quiero mandar.
Iván me besó en la frente, después en la boca. Esa noche no me tocó. Me dijo que prefería esperar al día siguiente, que quería verme con hambre.
***
El bar quedaba a tres cuadras del hotel. Tenía luces bajas, música tranquila y una barra larga de madera oscura donde algunos hombres tomaban solos. Llegamos cerca de las once. Me había puesto un vestido negro corto, sin medias, sin bombacha, y un labial rojo que casi nunca uso porque me intimida verme tan despierta en el espejo.
Pedimos un trago en una mesa apartada. Mientras él hablaba de cualquier cosa, yo escaneaba la barra. Tardé poco en encontrarlo. Estaba sentado en el extremo, con una camisa celeste arremangada hasta los codos y la mirada perdida en su vaso. Pelo oscuro, manos grandes. Ningún anillo. Algo en su postura me dijo que estaba esperando algo sin saber qué.
—Ese —le dije a Iván sin señalar.
Él miró de reojo y sonrió.
—Bien elegido. Andá.
Terminé el trago de un solo sorbo. La adrenalina ya me corría por las piernas, mezclada con la humedad que me empezaba a bajar entre los muslos. Me levanté, caminé despacio hasta la barra y me apoyé al lado del muchacho. Él levantó la vista, me miró, bajó los ojos al vestido y volvió a mirarme a la cara. Hice una pausa larga antes de hablar.
—Tengo una propuesta rara —le dije.
—Probá.
—Necesito mi primer cliente. Esta es mi primera noche siendo puta y vos me gustás.
Se rió, después se dio cuenta de que yo no me reía y se puso serio. Tragó saliva.
—¿Estás hablando en serio?
—Muy en serio. Estoy igual de nerviosa que vos, te aviso. Si te gusta la propuesta, te paso la dirección del hotel y te espero dentro de media hora. No quiero plata para hacerme rica. Quiero saber qué se siente que un desconocido me pague por dejarse chupar la pija.
El muchacho me miró fijo durante varios segundos. Se le movió algo en la garganta al tragar de nuevo. Después sacó el celular y me lo extendió.
—Pasame la dirección.
***
Volvimos al hotel caminando rápido, sin hablar. Iván abrió la puerta de la habitación, encendió una lámpara y puso un disco que sonaba bajo, casi un susurro. Me sirvió un vaso de agua y me besó la frente otra vez.
—Yo me siento ahí —dijo, señalando el sillón del rincón—. No hablo. No interrumpo. Si me necesitás, me mirás.
Me encerré en el baño. Me miré en el espejo más tiempo del que pensaba mirarme. Me retoqué el labial, me solté el pelo, me arreglé el corpiño. Metí la mano abajo del vestido y me toqué apenas, para comprobar que el coño ya estaba empapado. Busqué a la mujer que solo había vivido dentro de mí en sueños y la dejé salir. Cuando golpearon la puerta de la habitación, ella ya estaba lista. Yo no, pero ella sí.
Salí del baño y lo vi parado en el medio del cuarto. Tomás, me había dicho que se llamaba. Tomás, con la camisa celeste y las manos colgando como si no supiera qué hacer con ellas. Iván lo había recibido y servido un whisky que él sostenía sin tomar.
Lo rodeé despacio. Me ubiqué detrás de él, apoyé las manos en sus hombros y sentí cómo el cuerpo le temblaba debajo de la tela. Le hablé al oído.
—Quedate tranquilo. No tenés que hacer nada. Yo trabajo.
Le quité el vaso de las manos, lo dejé sobre la mesa y empecé a desabrocharle la camisa, botón por botón, sin apuro. Lo besé en el cuello, en el hombro, en la línea del pecho. Le pasé la lengua por un pezón y sentí el escalofrío subirle por la espalda. Él respiraba hondo, como si le costara recordar cómo se hacía.
—Te cobro la mitad ahora y la mitad al final —dije—. ¿De acuerdo?
Asintió sin hablar. Sacó dinero del bolsillo del pantalón y lo dejó sobre la mesa, al lado del vaso.
Tomé una pastilla de mentol del bolsillo del corpiño, me la puse debajo de la lengua y me arrodillé frente a él. Le bajé el cierre del pantalón, le bajé la ropa interior. La tenía blanda, nerviosa, casi avergonzada, colgando entre los muslos como si se disculpara. La agarré con una mano, la sostuve por la base y me la metí en la boca despacio, paseando la lengua desde los huevos hasta la punta, chupándole el glande con los labios apretados, repartiendo el frescor del mentol por toda la piel.
Lo escuché soltar el aire de golpe. Las rodillas se le aflojaron un poco. Apoyó las dos manos en la cómoda detrás de él para no caerse. Yo seguí, alternando movimientos rápidos con pausas largas, chupando y soltando con un ruido húmedo, escupiéndole encima para que la saliva le corriera hasta los huevos, agarrándoselos con la mano libre mientras me la clavaba en la garganta. Sentí cómo se endurecía dentro de mi boca hasta llenarla, cómo la vena de abajo empezaba a latirme contra la lengua, cómo el glande se ponía brillante y morado.
La saqué de mi boca con un chasquido y le di una cachetada suave con ella en la mejilla. Me la volví a meter hasta que las narices me tocaron el pubis y él soltó un gemido roto. Lo tenía duro como una piedra, empapado de saliva y de mentol, temblando contra mi paladar.
Me puse de pie sin soltarlo. Le agarré la mandíbula con la otra mano y lo obligué a mirarme. Con la otra le seguí meneando la verga despacio, apretándosela en la base, girando la muñeca en el glande. De reojo busqué a Iván en el sillón. Estaba inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas, la mirada fija en mí. Ya se había abierto el pantalón y se acariciaba la polla mirándome trabajar.
—Acá la puta soy yo —dije, mirándolos a los dos—. Hago lo que quiero. No recibo órdenes. Ustedes se relajan y me dejan trabajar.
Tomás cerró los ojos y asintió. Iván sonrió.
—Vení —le dije a Iván.
Se levantó del sillón sin apuro, con la pija afuera, dura y goteando. Se acercó hasta quedar detrás de mí. Sentí su mano en mi nuca, después bajando por la espalda hasta el cierre del vestido. El sonido del cierre abriéndose llenó la habitación como una orden.
El vestido cayó al piso. Quedé en corpiño negro y nada más, el coño depilado y brillante bajo la lámpara. Tomás abrió los ojos y dejó escapar algo entre suspiro y queja al ver que no tenía bombacha. Le agarré la mano y le hice tocarme, le hundí dos dedos entre los labios para que sintiera lo empapada que estaba. Se los saqué de un tirón y se los metí en la boca.
—Chupá —le dije—. Sentí a qué sabe tu puta.
Los chupó como un chico hambriento. Lo agarré de la nuca y volví a arrodillarme. Esta vez sin mentol. Esta vez con todo. Le devoré la pija de nuevo, hasta el fondo, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y el rímel me empezó a correr. Detrás de mí, Iván se arrodilló también y me abrió las piernas. Sentí su lengua entrar en el coño de un lametazo largo, desde el clítoris hasta el culo, y solté un gemido con la boca llena. Me chupó despacio, con calma, mientras yo le chupaba a Tomás con la misma calma. Después me sentí llenar por atrás: la punta primero, tanteando, y después la verga entera hundiéndose en el coño hasta topar. Grité con la boca llena. Tomás me agarró de las orejas y me la clavó hasta la garganta al mismo tiempo.
Yo era el puente entre los dos. Sentía a uno en el fondo de la garganta y al otro abriéndome por dentro, embistiendo con la cadera, apretándome del pelo, obligándome a mover el culo hacia atrás para encontrarlo. La idea de estar haciendo eso por dinero, frente a un desconocido elegido al azar, con el semen ajeno amenazando en dos bocas al mismo tiempo, me prendía más que cualquier otra cosa. Sentí el primer temblor del orgasmo trepándome desde las piernas.
Tomás se aferraba a la cómoda con los nudillos blancos. Iván me hablaba al oído, cosas que solo yo escuchaba, cosas que ningún cliente debía escuchar. Puta mía, mi puta, mirá cómo te la comés, cómo te cogen entre los dos, mirá el culo que tenés. Me acabé la primera vez ahí, arrodillada, con una pija en la boca y otra hundida hasta el fondo, mordiendo para no gritar y sacudiéndome como si me pasara corriente.
Cambiamos de posición dos veces, tres. Los tiré a los dos sobre la cama y me subí encima de Tomás, guiándole la pija hacia adentro yo misma, sentándome despacio hasta que la sentí golpearme el fondo. Empecé a moverme como si bailara, con las manos en su pecho, mirándolo a los ojos. Le agarré la mano y me la puse en las tetas para que me apretara los pezones. Iván se puso detrás mío, me empujó la espalda hacia adelante y me escupió entre las nalgas. Sentí la punta empujar contra el ojete y aflojé la respiración. Entró de a poco, doliéndome apenas, hasta que quedaron los dos adentro, uno en el coño, otro en el culo, separados por una membrana de carne que me hacía sentir cada latido de las dos vergas. Me quedé quieta un segundo, con la boca abierta, sin poder respirar. Después empecé a moverme entre los dos, y en algún momento me encontré arriba de la cama, con uno adelante y otro atrás, los tres cuerpos sincronizados como si lo hubiéramos ensayado, gimiendo yo más fuerte que ninguno.
—Acabame adentro —le dije a Tomás al oído—. Pagaste. Sos mi cliente. Acabame en el coño.
Se le desencajó la cara. Dio tres embestidas más, hondas, brutales, y sentí el chorro caliente reventándome adentro, latido tras latido, mientras se corría con la boca pegada a mi cuello. Iván se corrió detrás mío al mismo tiempo, llenándome el culo, apretándome las caderas con las dos manos y mordiéndome el hombro.
Acabamos casi al mismo tiempo. Fue largo, ruidoso, ardiente. Caí sobre la cama riéndome, con la respiración entrecortada, sintiendo el pecho subir y bajar como si hubiera corrido kilómetros, sintiendo el semen de los dos escurrirse despacio por los muslos.
***
Tomás se vistió en silencio, todavía con las piernas temblando. Antes de irse, sacó el resto del dinero y lo dejó al lado del primero, sobre la mesa. Se acercó a la cama, se inclinó y me besó suavemente en los labios. Un beso de despedida, no de cliente.
—Gracias —dijo bajito—. No sé qué se le dice a una puta cuando uno se va, pero gracias.
—Algún día lo vas a saber —le contesté.
Se rió, esta vez una risa entera, sin nervios. Cerró la puerta detrás de él.
Iván se tiró en la cama, me abrazó por la espalda y me besó la nuca. Me dijo cosas en voz baja que no voy a repetir acá. A los pocos minutos se quedó dormido, con la respiración pesada de los hombres satisfechos.
Yo no podía dormir. Me levanté, fui al baño, me metí debajo de la ducha y me quedé un rato larguísimo bajo el agua caliente. Vi el semen escurrirse por mis piernas y perderse en el desagüe. Me toqué pensando en lo que acababa de pasar. Me metí dos dedos en el coño todavía sensible y me froté el clítoris despacio, apoyada contra los azulejos, y me hice acabar una vez más, sola, mordiéndome el labio para no despertarlo. Me toqué pensando en mí, no en ninguno de los dos. En la mujer que había salido del baño hacía dos horas y se había comportado como si supiera exactamente quién era.
Al día siguiente me levanté temprano. Iván seguía dormido. Tomé el fajo de billetes de la mesa, lo guardé en mi cartera y salí del hotel sin hacer ruido.
Me pasé la mañana en las tiendas del centro gastando hasta el último peso. No compré nada caro. Compré cosas tontas, perfumes que no necesitaba, sandalias amarillas, un libro que nunca iba a leer. Quería que ese dinero se diluyera en cosas mínimas, repartido en la mayor cantidad de bolsas posible.
Cuando volví al hotel cargada de paquetes, Iván tomaba café en el balcón. Levantó la vista, me miró las bolsas, me miró la cara y se rió.
—¿Lo gastaste todo?
—Hasta la última moneda.
—¿Y? ¿Te gustó ser puta?
Dejé las bolsas en el piso, le robé el café de la mano y me senté en sus piernas.
—Me gustó ser yo —dije.
Y era verdad.