Lo que pasó con Camila detrás de los naranjos
Cuando me llegó su solicitud de amistad la semana pasada, tardé un buen rato en reconocerla. Habían pasado más de veinte años y la memoria es traicionera con los rostros, pero no con los nombres. Y el de Camila lo tenía guardado en un rincón mío que casi nunca abro, ese rincón donde uno mete las cosas de las que no está orgulloso del todo.
Camila era la chica buena del colegio. Estudiosa, casi siempre con un libro debajo del brazo, miembro de ese grupo que los demás llamábamos «los nerds» con esa mezcla cruel de burla y envidia que tiene la adolescencia. Coincidimos solo en dos materias y fue allí donde también conocí a su mejor amiga, Mei, una chica de origen taiwanés, flaquita, con unos lentes de aumento tan gruesos que le agrandaban los ojos.
Camila, en cambio, era preciosa. Cuerpo de tenista —jugaba en el equipo del colegio—, espalda firme, piernas largas, una cintura estrecha que terminaba en una cola redondita y alta. Medía un metro con sesenta y cinco, más o menos. No tenía mucho pecho, pero le sobraba todo lo demás. Los jeans ceñidos le quedaban como si estuvieran hechos a medida.
Era de esas chicas populares por su belleza y, sin embargo, no se le conocía novio. Muchos le tiraban, pero ella mantenía las distancias. En especial conmigo.
Y la verdad es que tenía razón. Yo era todo lo contrario a Camila. Sacaba buenas notas, incluso me había ganado un par de becas, pero la mayoría me conocía por otra cosa: por andar saltando de una chica a otra sin descanso. Picaflor, me decían. No podía negarlo. Lo peor era que esa fama, que en su momento me halagaba, terminaba alejando a las chicas que de verdad me importaban. Camila era una de ellas. Yo sentía que también le gustaba, que algo se prendía cuando cruzábamos miradas en el pasillo, pero pesaba más mi reputación. Y para colmo, una compañera llamada Lucía se había encargado de decirle al colegio entero que ella era mi novia, incluso cuando ya hacía meses que no lo era.
Después de un tiempo dejé de coincidir con Camila en clases. La veía solo en los recreos, sentada en el césped con su grupo. No recuerdo cómo se dio, pero un sábado Mei me invitó a un asado en su casa. Me caía bien, y creo que ella sabía perfectamente que su estilo no era el mío, que no había riesgo de que me le insinuara. Acepté porque mi amigo Esteban estaba obsesionado con Camila desde principio de año y estaba seguro de que ella iría. Tomé el coche que mi madre me dejaba conducir los fines de semana y pasamos a buscar unas cervezas.
Cuando llegamos ya había gente alrededor de la piscina y se oía música desde la sala. Los padres de Mei se habían ido el viernes a un casino y no volvían hasta el domingo por la noche. Eso lo cambió todo. La fiesta se estiró hasta horas que ningún padre habría permitido.
***
Esa tarde Camila apareció con una bikini verde oliva. Con su altura y su cuerpo atlético se llevó todas las miradas del jardín. La cadena de oro que siempre llevaba en el cuello brillaba contra su piel apenas dorada por el sol del verano. La medalla era una rosa diminuta. Lo que más me gustaba de Camila no eran sus piernas ni su cola: era esa sonrisa medio coqueta, medio tímida, y sus labios gruesos pintados de rojo. Cada vez que sonreía pensaba en besarla, en meterle la lengua en la boca, en ver esos labios rojos abrirse alrededor de mi polla.
Después de un par de horas dentro del agua, alguien propuso bailar en la sala. Camila se cambió y salió en short blanco y una blusa negra que dejaba el ombligo al aire. Se puso unas zapatillas y se soltó el pelo, todavía húmedo. No bailábamos en parejas; bailábamos todos con todos. Pero entre Camila, Esteban y yo, que teníamos cierto oído natural para el ritmo, llevábamos la pista. El ponche que circulaba estaba más cargado de lo que parecía, y a las diez de la noche el calor adentro ya era insoportable.
Salí solo a la zona oscura del jardín, donde Mei tenía dos naranjos y un portón lateral que daba a la calle. La intención era refrescarme un minuto y volver. No la oí venir, pero a los pocos segundos vi su silueta recortada contra la luz lejana de la cocina.
—¿Qué haces aquí solo? —me preguntó.
—Tomando aire. Pensando.
—¿Te puedo acompañar?
—Si no te dan miedo los naranjos a oscuras, ven.
Avanzó despacio. La oscuridad era casi total: apenas se distinguían las propias manos. Cuando estuvo a mi alcance, le tomé las dos manos y noté que las tenía frías a pesar del calor. Estaba nerviosa, y yo también lo estaba, aunque el ponche me lo disimulaba. No le di tiempo a pensar. Me incliné y la besé. Ella respondió enseguida, con la torpeza ansiosa de quien lleva mucho tiempo imaginando un beso así.
Nos besamos como se besan dos adolescentes que acaban de descubrir lo que es perder el control. Le mordí el labio inferior, le chupé la lengua, y ella respondía con una respiración cada vez más pesada. Yo intentaba bajar las manos hacia su cola y sus piernas, queriendo sentirle la piel debajo del short, pero ella me las devolvía a la cintura cada vez.
—Pareces un pulpo —me dijo con una risa baja.
—Y tú tienes una boca que me está poniendo la verga durísima —le contesté al oído.
La sentí temblar. No me dijo nada, pero tampoco se apartó. Volvimos a besarnos largo rato. Le besé el cuello y bajé hasta la clavícula, chupándole la piel salada por el sudor y el cloro. Intenté llegar a sus pechos por encima de la blusa y ahí sí me dejó. Se los apreté por encima de la tela, y al pasarle los pulgares encima de la blusa noté los pezones duros, marcados, sin corpiño debajo. Le pellizqué uno y ella soltó un gemido bajo, contenido, como si le diera vergüenza escucharse.
No supe cómo, en algún momento ella terminó dándome la espalda, apoyada contra mí, y yo le besaba la nuca mientras le metía las manos por debajo de la blusa. Le agarré las tetas pequeñas, firmes, sin nada que estorbara, y le rodé los pezones entre los dedos hasta que se le pusieron como piedras. Sentía su respiración entrecortada, y también cómo apretaba la cola contra mí, cómo se restregaba sin disimulo contra el bulto que tenía detrás del jean. Se movía despacio, en círculos pequeños, como si no se diera cuenta de lo que hacía. Pero se daba cuenta perfectamente.
—Sentí lo que me hacés —le dije, empujando la cadera hacia adelante para que me sintiera mejor—. Se me está poniendo dura por vos.
—Ya sé —susurró—. Ya lo sentí.
Le solté el botón del short. Esperaba que me detuviera, pero no lo hizo. Mi mano bajó por su vientre plano, por debajo del elástico de la ropa interior, y encontró su coño cálido, empapado, tan mojado que se me resbalaron los dedos apenas la toqué. Estaba lampiña casi por completo, con apenas una tira fina de vello arriba. Empecé despacio, primero por encima de la ropa interior, apretándole el bulto tibio con la palma de la mano, y ella dio un respingo. Después metí la mano debajo del algodón y le busqué el clítoris con el dedo del medio.
—Estás empapada —le dije al oído.
—Cállate —susurró, y me apretó la mano contra ella para que no la sacara.
Camila apoyó la cabeza en mi hombro y dejó escapar un suspiro largo, tembloroso. Le acariciaba el clítoris en círculos lentos, sintiendo cómo se hinchaba bajo la yema, mientras con la otra mano le seguía trabajando un pezón, tirándoselo, girándoselo. Bajé un dedo más abajo, encontré la entrada de su coño y lo hundí despacio. Estaba tan estrecha que el dedo me entró apretado, envuelto en un calor pegajoso que me hizo apretar los dientes. Le besé el cuello, justo detrás de la oreja, y sentí cómo todo el cuerpo le temblaba.
—Más —soltó, tan bajito que casi no la oí—. Por favor.
Le metí un segundo dedo. Camila abrió las piernas un poco más y empezó a moverse contra mi mano, buscándome, follándose mis dedos sin darse cuenta. Yo le clavaba los dos dedos bien adentro y con el pulgar le seguía trabajando el clítoris, sin parar, en círculos cada vez más rápidos. Ella se mordía el labio, tragaba saliva, apretaba la cola contra mi verga. Escuchaba el ruidito húmedo de mis dedos entrando y saliendo de su coño, un sonido que en el silencio del jardín parecía enorme.
El orgasmo le llegó en silencio, mordiéndose el labio para no gritar. Le tembló todo: las piernas, el vientre, la espalda contra mi pecho, y sentí cómo el coño se le cerraba a espasmos alrededor de mis dedos, apretándolos, empapándome la mano entera. Le duró largo. Cuando por fin se aflojó, le saqué los dedos y me los pasé por la boca, chupándolos delante de ella aunque no me viera. Sabía a mar y a algo más, dulce, cargado.
Esperé a que respirara y volví a buscarla, esta vez más adentro. Quería más. Le bajé el short hasta las rodillas y la ropa interior con él, un tanga de algodón blanco que quedó colgado entre sus muslos. En esa misma posición, ella apoyada en mí, mirando hacia los naranjos, con la cola desnuda pegada a mi vientre, me abrí el cierre del jean y me saqué la verga. La tenía tan dura que dolía. Me la agarré y se la pasé despacio entre las nalgas, arriba y abajo, mojándola con lo que le chorreaba a ella entre las piernas. Ella se estremeció y soltó un gemido bajo, largo.
—Adrián… —dijo, y no supe si era un pedido o una advertencia.
Le empujé un poco la espalda para que se inclinara hacia adelante. Ella se apoyó en el tronco de uno de los naranjos, con las manos abiertas contra la corteza. La cola le quedó levantada, apuntándome, blanca a pesar de la oscuridad. Me agarré la polla y la guié entre sus muslos, buscando la entrada. Cuando la punta rozó el coño, tan mojado que se hundió sola, ella jadeó fuerte.
—No, Adrián —alcanzó a decir.
Pero no había firmeza en su voz, ninguna. Me detuve un segundo, con la punta apenas metida, sintiendo cómo el coño le palpitaba pidiendo más. Le susurré algo que ya no recuerdo, algo sobre que iría despacio. Y volví. Empujé apenas un poco, y se me clavó por dentro un calor apretado, ardiente, tan cerrado que tuve que morderme el labio para no soltar un gemido. Entré de a poco, un centímetro a la vez, sintiendo cómo se abría alrededor de mí, cómo cedía a la fuerza. Camila contuvo el aire, se aferró al tronco con las dos manos, y soltó un gemido ahogado cuando la partí del todo.
—Dios… —dejó escapar—. Es enorme.
La sostuve por la cintura y esperé un instante, dándole tiempo, y después empecé a moverme. Salidas cortas primero, entrando de nuevo hasta el fondo, cada empujón haciéndole soltar un jadeo mínimo, aplastado contra los dientes. Nos movimos juntos varios minutos, sin ruido, sin prisa, en un silencio interrumpido solo por el chapoteo húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño virgen y por su respiración cada vez más rota. La agarré de las caderas y aceleré, y ella empezó a empujar la cola hacia atrás, buscándome, clavándosela ella misma. Sentí que se venía otra vez, más fuerte, y el coño se le cerró tanto sobre mí que ya no aguanté. Terminé dentro suyo en silencio, apretándole las caderas hasta hacerle marcas, descargando chorro tras chorro bien adentro, sin sacarla, sin pensar en nada.
Cuando todo se detuvo, me quedé un rato dentro, sintiéndola palpitar. Se me salió sola cuando bajé la presión. Vi caer un hilo blanco por la cara interna de su muslo, apenas visible en la oscuridad. Ella se subió la ropa interior y el short blanco sin limpiarse, y yo me guardé la verga todavía mojada de los dos y me subí el cierre. Le di un beso corto en el hombro. Salté el portón lateral.
Esteban apareció minutos después en el coche y, al sentarse, lo primero que dijo fue:
—Hueles como si te acabaras de comer una panocha.
No le respondí. Manejé hasta mi casa repitiendo cada segundo de lo que había vivido.
***
No volví a verla durante un mes. La siguiente vez fue en el baile de despedida del último año. Yo no sabía que esa noche la coronarían reina del curso. Cuando lo anunciaron, ella subió al escenario con el mismo aplomo tranquilo de siempre. Llevaba un vestido marfil, de tela rústica, que le marcaba la cintura. Apenas pude acercarme entre tantos admiradores. La felicité con un beso en la mejilla y un abrazo corto. No me animé a sacarla a bailar. Me sentía una basura al lado suyo.
A esa altura ya no sabía qué hacer con la culpa. Pensaba en Camila todos los días. Esa noche, Mei se me acercó con una sonrisa rara y me dijo, como sin querer, que Camila iba a dormir en su casa. No supe si era una invitación o una pista, pero hacia las dos de la mañana me encontré, otra vez, en el jardín de los naranjos.
Esta vez había luna. Iluminaba lo justo para distinguir el contorno de su cara. Llevaba el vestido marfil y el pelo recogido. Esta vez yo llevaba dos preservativos en el bolsillo, algo aprendido tarde. Nos besamos primero, con menos torpeza que la otra vez, y le bajé el cierre del vestido sin que me detuviera. El vestido cayó al pasto y se quedó en tanga color oro, sin corpiño, con los pezones rosados endurecidos por el aire frío de la noche.
—Ahora sí quiero verte —le dije, apartándome un paso—. Quiero mirarte entera.
Ella dudó, pero se dejó mirar. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté, me agaché y le chupé un pezón, después el otro. Se los tiré con los dientes, con cuidado, y ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca. Le besé los pechos por primera vez de verdad, despacio, largo, mientras con una mano le apretaba la cola por encima del tanga y con la otra le buscaba el bulto tibio entre las piernas. Ya estaba mojada. La tela dorada estaba oscura, empapada.
Bajé hasta el ombligo y más abajo. Me arrodillé en el pasto y le corrí la tanga a un costado con dos dedos. Su coño quedó a la altura de mi cara, apenas cubierto por esa tira fina de vello. Cuando se dio cuenta de lo que iba a hacer, intentó frenarme.
—Adrián, no… nunca me hicieron eso, no sé si…
—Callate y abrite —le dije—. Vas a ver.
Le levanté una pierna y me la apoyé sobre el hombro. Ella no estaba acostumbrada, no sabía si quería, pero después de un par de segundos cedió y se entregó, apoyando la espalda contra el tronco. Le hundí la lengua despacio, aprendiendo su ritmo. Le lamí el clítoris con la punta, después con toda la lengua, plana, larga. Le metí la lengua adentro y ella soltó un gemido que hizo eco entre los árboles. La chupé como si estuviera sediento, saboreando ese líquido pegajoso y dulce que le brotaba sin parar, y le clavé la lengua todo lo hondo que pude. Con dos dedos le abrí los labios del coño y trabajé el clítoris con la punta de la lengua, rápido, sin parar.
—Ay, dios… ay, dios, no pares, no pares…
Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscándole un punto que le hiciera perder la cabeza. Lo encontré. Le tembló todo otra vez, como aquella noche en la oscuridad total, y dejó escapar un sonido pequeño, casi un susurro, que se cortó de golpe. Cuando se vino la primera vez, le sentí el coño convulsionando contra mi lengua, apretándome los dedos, y me llenó la boca de un jugo caliente que me tragué entero. Le seguí chupando mientras se le pasaba, hasta que ella me apartó la cabeza porque no aguantaba más.
Me puse de pie. Tenía la cara empapada y la verga tan dura que me rasgaba el pantalón. Me abrí el cierre y me la saqué. Ella me miró, se mordió el labio, y sin decir nada se arrodilló ella también. Fue la primera vez que la vi torpe: no sabía qué hacer con las manos, ni con la boca. Me agarró con las dos manos y me la lamió desde la base hasta la punta, insegura, curiosa. Después abrió la boca y se metió la cabeza. Nada más que la cabeza. Me chupó despacio, mirándome desde abajo con esos ojos enormes y esa sonrisa medio coqueta, y me pareció la escena más increíble de mi vida. Como cualquier joven inexperto, terminé yo poco después, sin contenerme demasiado. Le avisé un segundo antes y ella sacó la boca pero no soltó la verga: me terminé sobre sus tetas, en el cuello, en un pezón, dejando un olor que se mezcló con el del cloro de la piscina y los cítricos del jardín. Ella se miró el pecho manchado, se rió bajito, y con dos dedos se llevó un poco a la boca. La vi tragar.
—Sabe raro —dijo—. Pero me gusta.
Lo segundo lo hicimos de pie, contra la pared lateral de la casa. Ella se apoyó con los brazos y me dio la espalda, con la tanga corrida a un costado, arqueando la cola hacia mí. Le pasé la verga entre las nalgas, todavía sensible, y me arrodillé un momento para chuparle el coño desde atrás, con la lengua metida bien adentro, dejándola caer un hilo de saliva sobre el orto para que me viera hacerlo. Ella soltó un jadeo largo y se abrió más.
—Metémela ya —dijo, con una voz que no reconocí—. No aguanto más.
Me puse de pie, me agarré la polla y se la clavé de una sola vez, hasta el fondo. Ella soltó un grito corto que ahogó contra el brazo. Empezamos con embates demasiado rápidos, los dos con la ansiedad de meses contenidos. La agarraba de la cintura y la clavaba con fuerza, oyendo el choque de mi vientre contra su cola, el sonido húmedo, obsceno, que hacía el coño al recibirme. Después fuimos bajando el ritmo, más profundo, más lento. Le pasé una mano por delante, le busqué el clítoris con dos dedos y se lo froté al ritmo de las embestidas.
—Así… así… no pares… —jadeaba, con la frente apoyada en la pared.
Le tiré del pelo con la otra mano, no fuerte, apenas para levantarle la cabeza y verle el perfil. La embestí más hondo, sacándomela casi entera y clavándosela de nuevo hasta la raíz. Le agarré una teta desde atrás, se la apreté, le pellizqué el pezón. En el silencio del jardín se oían los choques de su cuerpo contra el mío, los gemidos que ya no podía contener del todo, y el latido de la sangre en mis oídos. Se vino una segunda vez, mordiéndose el labio igual que aquella primera vez, y el coño se le cerró tanto sobre mí que me arrastró. Yo terminé poco después, agarrándola fuerte de las caderas, clavándomela hasta que sentí que le tocaba lo más adentro, y descargándome dentro de ella otra vez, largo, en oleadas, con la frente contra su nuca. El preservativo se había quedado en el bolsillo. Los dos lo sabíamos y ninguno lo dijo.
Cuando volvimos hacia la casa, se la veía rara. No supe leerlo bien. Salté el portón otra vez y, en el coche, Esteban repitió la broma:
—Hoy sí lo sé, hueles a la panocha de Mei.
Nunca lo corregí. Sabía que Camila era su amor platónico desde hacía dos años y no tenía sentido lastimarlo. Días después, mientras lavaba la ropa, encontré su tanga color oro en el bolsillo del jean. Estaba tieso, seco, cargado de mí y de ella. Lo guardé sin pensar mucho. Lo olía cada tanto y volvía a aquella segunda noche.
***
Hubiéramos podido tener algo, supongo. Pero a esa edad yo era incapaz de quedarme quieto, y siempre aparecía otra chica al lado, y otra fiesta, y otra excusa. Camila lo intuyó. La última vez que la vi de lejos fue en la ceremonia de graduación.
Veinte años después, en este chat, los dos casados, los dos con hijos, hemos vuelto a hablar. Me dio detalles que yo había olvidado del todo. Me recordó que aquella primera noche, en la oscuridad total bajo los naranjos, fue su primera vez. La primera vez en todo: el primer beso, el primer orgasmo, el primer hombre.
Hice memoria. Recordé que al llegar a casa esa noche encontré una mancha rojiza en la ropa interior y pensé, vagamente, en su menstruación. Era otra cosa. Era lo que ella me confirmaba ahora, con la calma de los años.
—¿Por qué dijiste «no» entonces? —le pregunté—. Cargué con eso mucho tiempo.
—Porque sentía que tenía que decirlo. Pero quería decir «sí». Qué bueno que no me hiciste caso. En ese momento solo quería sentirte.
Me contó también el susto de aquella semana, cuando se vio en el baño y no entendía lo que estaba viendo. Habló con Mei, durmieron juntas, lo conversaron una y otra vez, hasta que llegó la menstruación ocho días más tarde y respiró. Mei, me confesó ahora, había sido testigo de la segunda vez. Estaba detrás de los naranjos, espiando en silencio, con la mano metida entre las piernas, según le confesó después. Camila lo supo siempre. Le pidió que no me lo dijera nunca.
Camila se hizo doctora en psicología. Hablamos como dos adultos. Me liberó de una culpa que llevaba conmigo desde los diecisiete. Antes de cerrar el chat, me escribió algo que me hizo sonreír como un imbécil delante de la pantalla:
—No te sientas culpable, Adrián. Yo lo quería. Desde que te conocí lo soñaba. Fuiste mi fantasía y mi realidad, y disfruté de las dos. Y sí, te lo voy a decir ahora: tenías una verga preciosa. La sentí abrirme por dentro esa primera noche y no me la saqué más de la cabeza. Sigo soñando con ella, de vez en cuando. Sigo tocándome pensando en ella.
Le respondí con un emoji que no decía nada. Cerré el chat. Apagué el teléfono. Y me quedé un rato largo mirando el techo, pensando en aquellos naranjos y en la chica que me esperó dos veces en la oscuridad, sin que yo le pidiera nada.