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Relatos Ardientes

Nuestra primera vez no salió como esperábamos

Carolina fue mi primer amor de verdad. No esa enamoradera infantil de la secundaria, sino la primera mujer con la que sentí que el tiempo se detenía cuando me miraba. Era bajita, apenas un metro cincuenta y dos, con una cara redonda llena de pecas que ella odiaba y yo adoraba. Tenía el pelo castaño claro, casi rubio bajo el sol, y unos pechos enormes que no parecían pertenecer a un cuerpo tan pequeño. El carácter era otra historia: podía pasar del cariño más derretido al silencio más helado en cuestión de minutos. Pero yo estaba perdido.

Empezamos como amigos. Estudiábamos juntos en la universidad, en Medellín, los dos cursando segundo año de comunicación. Compartíamos clases, apuntes y un café eterno en la cafetería del cuarto piso. Pasaron meses así, hasta que una tarde, después de un examen pesado, le pregunté si quería ir conmigo al cine. Nunca llegamos al cine. Terminamos en una banca del parque del barrio, hablando hasta que se apagaron las luces, y al despedirnos nos besamos como si lleváramos años esperando.

Desde ese día fuimos pareja. Y desde ese día empezó la espera. Los dos vivíamos con nuestros padres, los dos teníamos hermanos chismosos, ninguno tenía auto. Las oportunidades de estar solos se contaban con los dedos de una mano y nunca pasaban de besos largos en escaleras, manos por debajo de la camiseta en cines vacíos, suspiros contra una pared en alguna esquina del campus. El deseo se acumulaba como una presión que no sabíamos cómo soltar.

—Tarde o temprano va a pasar —me decía ella, mordiéndose el labio—. Y va a ser inolvidable.

Yo asentía sin saber qué responder, porque la verdad era que estaba aterrado. Los dos éramos vírgenes. Había leído lo suficiente como para saber que la teoría no servía de nada cuando llegaba el momento, y ella, que era la más callada en esos temas, lo único que decía era que confiaba en mí.

Un viernes por fin se dio. Mis padres salían a un cumpleaños fuera de la ciudad, mi hermano menor se quedaba esa noche en casa de un amigo, y yo iba a tener la casa entera para mí desde las tres de la tarde hasta el día siguiente. Le mandé un mensaje a Carolina apenas mi madre cerró la puerta del coche. Tres palabras: «Vení para acá».

Llegó en menos de una hora, con la cara medio pintada y un bolso pequeño colgado al hombro. Yo la esperaba en la sala fingiendo que veía televisión, con las manos sudadas y un nudo en el estómago. Cuando la abracé, me di cuenta de que ella temblaba también.

—¿Estás segura? —le pregunté en voz baja.

—Llevo segura desde hace seis meses —contestó.

Subimos a mi cuarto sin decir mucho más. Cerré la puerta con seguro, aunque no había nadie en la casa, porque ese gesto me hacía sentir que el resto del mundo dejaba de existir. Ella se sentó en el borde de la cama y miró alrededor con curiosidad. Era la primera vez que entraba en mi habitación. Le sonreí, me senté a su lado, y empezamos a besarnos como tantas veces antes, pero esta vez sin urgencia, sabiendo que por una vez no había reloj.

***

Le quité el suéter primero, con cuidado, como si tuviera miedo de romperla. Debajo llevaba una camiseta blanca que se le pegaba al cuerpo. Cuando esa también cayó al suelo, me quedé mirándola sin decir nada. Llevaba un conjunto de lencería que no le había visto jamás: brasier de encaje azul oscuro y una tanga del mismo tono, con detalles bordados que se le perdían entre las caderas.

—Me lo compré para hoy —susurró, y un rubor le subió por el cuello.

No supe qué contestar. Solo la besé otra vez, más fuerte, mientras mis manos descubrían la piel de su espalda. Era suave, fresca, con un olor a crema de coco que se quedaría en mi cabeza para siempre.

Carolina empezó a desabrochar mi camisa, botón por botón, mordiéndose el labio. Cuando llegó al pantalón, dudó un segundo. Yo le tomé las manos.

—Sin prisa —le dije.

Terminó de quitármelo ella, mientras yo me sentaba para que fuera más fácil. Quedé solo en bóxer, y en ese bóxer se veía con claridad lo nervioso y excitado que estaba. Ella se quedó mirando un instante, con los ojos muy abiertos, y soltó una risita.

—No me mires así, que me da pena —protesté, y los dos nos reímos.

La empujé suavemente sobre la cama y le besé el cuello, los hombros, la línea entre los pechos. Le desabroché el brasier con torpeza. Cuando cayó al colchón, me detuve para mirarla. Tenía los pezones erectos, de un color marrón claro que contrastaba con la piel pálida. Le acaricié uno con la yema del dedo y la sentí estremecerse.

—¿Está bien? —pregunté.

—No pares —contestó.

Bajé la boca y empecé a chuparlos despacio, alternando entre uno y otro, mientras ella respiraba cada vez más fuerte. Le pasaba la mano por el muslo, subiendo de a poco, y cuando llegué al borde de la tanga la sentí encogerse. No de miedo, sino de anticipación.

***

—Date la vuelta —le pedí, y ella obedeció con una sonrisa.

Le bajé la tanga lentamente. Tenía las nalgas redondas, un poco más grandes de lo que parecían con ropa, y le di un beso en cada una antes de hacerla girarse de nuevo. La miré entera, desnuda sobre mi cama, y sentí que el aire me faltaba.

—No me mires tanto —dijo, tapándose con las manos.

—Es que no puedo dejar de mirarte.

Me arrodillé entre sus piernas. Estaba mojada, tanto que la tela de la tanga había quedado marcada. Ella se quejaba de que tenía mucho vello, decía que se irritaba al depilarse, pero a mí no me importó. Bajé la boca y la besé ahí, primero con suavidad, después con la lengua. Carolina arqueó la espalda y soltó un sonido que nunca le había escuchado, una especie de quejido contenido que terminó en una risa nerviosa.

—No sabía que se hacía así —murmuró—. O sea, lo había leído, pero…

—Yo tampoco —dije contra su piel, y ella se rió todavía más fuerte.

Estuve un rato largo ahí, perdido. El tiempo dejó de existir. Le pasaba la lengua por todos lados, le besaba los labios, hundía la punta y la sacaba, mientras ella me agarraba el pelo con las dos manos. Tenía un sabor extraño y delicioso al mismo tiempo, dulce y salado, y un olor que me iba a perseguir durante semanas. Cuando levanté la cara, ella me miraba con los ojos llorosos.

—Quiero hacerte algo a vos también —dijo.

***

Me tumbé boca arriba y ella me bajó el bóxer. Mi pene saltó hacia arriba, duro, mojado en la punta. Carolina abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca.

—Pero esto no me va a entrar —dijo, medio en broma, medio en serio.

—No es para tanto —contesté, riéndome.

—Está enorme, en serio.

—Estás exagerando.

—Te estoy diciendo que está enorme.

Discutimos un rato como dos idiotas, en susurros, hasta que ella se decidió. Lo agarró con las dos manos, mirándolo de cerca como si fuera la primera vez que veía uno —lo era—, y empezó a mover las manos arriba y abajo. Lo hacía despacio, con cuidado, preguntándome cada poco si estaba bien. Yo le dije que sí, que siguiera, que no se preocupara. Después se inclinó y me lo metió en la boca.

La primera sensación fue de calor. La segunda fue de torpeza. Carolina no sabía lo que hacía, y de vez en cuando se le escapaban los dientes y yo daba un respingo. Pero no me importó. Verla ahí, intentando, con el pelo cayéndole sobre los hombros y los ojos mirándome de vez en cuando para ver si lo estaba haciendo bien, era más erótico que cualquier video que hubiese visto en internet. Le acaricié la cabeza, le pedí que bajara más, que me besara los testículos. Lo hizo. Cerré los ojos.

Cuando los abrí, ella estaba de nuevo entre mis piernas, con la cara enrojecida y la respiración entrecortada.

—Quiero hacerlo —dijo.

—¿Segura?

—Segura.

***

Saqué un preservativo del cajón. Lo había comprado dos semanas antes, en una farmacia lejos de mi barrio, con un nerviosismo absurdo. Lo abrí con dedos torpes y me lo puse mal la primera vez. Carolina se rió. Lo volví a hacer, esta vez bien, y me coloqué encima de ella, apoyándome en los codos.

—Mírame —le pedí.

Empecé a empujar despacio. Y ahí fue cuando todo cambió. Carolina hizo una mueca de dolor en cuanto sintió la presión. Paré.

—Sigue —dijo apretando los dientes—. Sigue despacio.

Empujé un poco más, apenas la punta. Ella cerró los ojos con fuerza. Volvió a hacer una mueca, esta vez con un quejido contenido que no era de placer. Paré otra vez.

—Carito, no es así —le dije, acariciándole la mejilla—. Esto tiene que ser rico, no tortura.

—Dale, dale, que se va a pasar.

Insistí dos veces más, intentando entrar de a poco, y aunque la cabeza llegó a meterse del todo, el resto no quería ceder. Carolina apretaba la mandíbula y se le escapaba alguna lágrima. Cuando me retiré, vi una mancha pequeña de sangre en el látex, y aunque sabía que era normal, algo se me apretó por dentro.

—Lo dejamos —dije.

—No, por favor, déjame intentar de nuevo —rogó—. Yo quiero, en serio.

—Yo también, pero no así. Esto no es lo que tiene que ser tu primera vez.

Se le quebró la cara y empezó a llorar. No era llanto de dolor. Era de frustración, de esa rabia íntima que uno siente cuando el cuerpo no responde a lo que la cabeza quiere. La abracé fuerte, contra el pecho, y la dejé llorar sin decir nada.

—Yo siempre te complazco —decía entre hipidos—, y hoy no pude. Soy una inútil.

—No digas eso. Eres lo mejor que me ha pasado.

—Te juro que la próxima vez voy a poder.

—Va a haber muchas próximas veces.

La besé en la frente, en los ojos, en la boca. Le sequé las lágrimas con el pulgar. Poco a poco el llanto fue cediendo, y ella se quedó quieta, mirándome con esos ojos enrojecidos que de pronto me parecieron los más hermosos del mundo.

***

—Vamos a bañarnos —propuse después de un rato.

—¿Juntos?

—Juntos.

Nos metimos en la ducha. El agua estaba un poco fría al principio y los dos saltamos, riéndonos. Era extraño verla desnuda bajo la luz blanca del baño, sin sábanas que la cubrieran a medias. Le pasé el champú por el pelo, evitando que se le mojara más de la cuenta porque ella odiaba lavarse el cabello sin secador a mano. Ella me devolvió el favor con el jabón, recorriéndome la espalda con las dos manos.

Después se arrodilló frente a mí, sin que yo se lo pidiera.

—No has terminado —dijo simplemente.

—No tienes que…

—Quiero. Déjame hacerlo bien al menos en una cosa.

Empezó a tocarme con las dos manos, después con la boca, esta vez con más calma y con más confianza. Le decía que estaba haciéndolo perfecto, que más despacio, que más rápido. El agua caía sobre nosotros y la cabeza me daba vueltas. Cuando sentí que iba a terminar, le avisé.

—¿Dónde lo quieres? —preguntó, mirándome desde abajo.

No alcancé a contestar. El cuerpo me ganó. Salió todo de golpe, sobre su pecho, su abdomen, ese piercing plateado que llevaba en el ombligo y que se llenó como si hubiese sido un pequeño cuenco. Carolina se quedó mirándolo unos segundos y soltó una carcajada.

—Mira lo que me hiciste —dijo, todavía riéndose.

La levanté y la abracé bajo el agua. Nos besamos largo rato, con sabor a sal y a champú barato.

***

Nos vestimos despacio, en silencio cómplice. La acompañé hasta la parada del autobús porque sus padres pensaban que había estado todo el día en casa de una amiga. Antes de subir, me agarró la cara con las dos manos y me besó como si quisiera dejarme un mensaje sin palabras.

—La próxima va a ser perfecta —dijo.

Y lo fue, dos semanas después. Pero esa es otra historia. La que cuento hoy es esta: la tarde en que descubrí que perder la virginidad no era el evento épico que prometen las películas, sino algo torpe, divertido, doloroso y profundamente humano. La tarde en que entendí que el sexo no tiene mucho mérito cuando todo sale bien, pero se vuelve memoria para siempre cuando todo sale mal y aun así te quieren.

Carolina fue mi primer amor, mi primera frustración y mi primera certeza de que el cuerpo no manda solo. Pasaron los años, pasaron otras parejas, pasó una vida entera. Pero cuando alguien me pregunta cuál fue mi primera vez, siempre me cuesta responder. Porque la respuesta de verdad no es la noche en que finalmente entré en ella, dos semanas más tarde, sobre una cama prestada. La respuesta de verdad es esa tarde de viernes, con un bóxer mal puesto, una lencería azul, un preservativo torpe y una ducha compartida después del fracaso.

Esa fue mi primera vez. Y la recuerdo todos los días.

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Comentarios (3)

LoboGris88

jajaja esto me represento al 100%. La realidad siempre le gana a los planes mejor armados

SandraVQ

Que tierno y honesto a la vez! Quede con muchas ganas de saber si lo intentaron de nuevo despues

PedroCba22

la lenceria azul oscuro, todo preparado, y el cuerpo traicionando en el peor momento... demasiado real esto jaja

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