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Relatos Ardientes

Mariela me llamó cuando se quedó sola en casa

Acababa de cumplir dieciocho años cuando me sumé al taller de teatro del centro cultural del barrio. Iba dos tardes por semana, después de salir del trabajo, y al principio me costaba reconocerme entre tanta gente extraña. La primera función estaba prevista para diciembre, y los ensayos avanzaban con esa mezcla rara de risas, nervios y miradas de reojo.

Allí la conocí. Se llamaba Mariela y tenía exactamente mi misma edad, aunque parecía mayor por la forma en que se movía: con una seguridad calmada, sin prisa. Era de piel canela, pelo castaño hasta los hombros, ojos color café que se entrecerraban cuando sonreía. No medía mucho, tal vez un metro sesenta y dos, pero tenía las piernas largas y firmes, los pechos llenos y unas caderas que se anunciaban antes que ella en cada pasillo. Cuando llevaba falda y se inclinaba para recoger un guion del piso, yo perdía el hilo de la escena.

La recuerdo perfectamente la primera tarde. Llevaba un vestido azul oscuro que le cortaba la pierna un poco por encima de la rodilla, y el escote dejaba ver el principio de un sostén negro. Le di la mano para presentarme, ella se acercó para besarme la mejilla, y sentí ese roce tibio de su perfume contra mi cuello. Me dio una erección instantánea, tan absurda y tan honesta que tuve que sentarme en la silla más cercana para esconderla.

Mariela era educada, atenta, de risa fácil. Hablaba con todo el mundo y no parecía interesada particularmente en mí, pero por suerte el director nos puso en la misma escena, y eso me obligó a verla casi todos los días. Empezamos a salir juntos de los ensayos. La acompañaba hasta la parada del autobús, después hasta la esquina de su casa, después adentro a tomar un té. Algunas tardes nos sentábamos en una cafetería sobre la avenida y nos quedábamos hablando hasta que cerraban.

—Eres raro —me dijo una vez, revolviendo el café—. Te pones nervioso cada vez que me río.

—Es que tienes una risa peligrosa.

Ella se mordió el labio y bajó la mirada. Aprendí ese gesto suyo: cuando algo le gustaba y no quería admitirlo, se mordía el labio inferior y miraba la mesa. Lo iba a ver mil veces más en los meses siguientes.

La confianza fue creciendo en capas. Primero contábamos cosas de la familia, del taller, de la escuela. Después, sin saber bien cómo, las conversaciones empezaron a deslizarse hacia otro terreno. Una noche de jueves, en su sala, con las luces bajas y un disco viejo sonando de fondo, ella me preguntó cómo había sido mi primera vez.

—No tuve —respondí—. No he estado con nadie todavía.

Mariela me miró largo. No con burla, ni con sorpresa: con una especie de alivio, como si acabara de bajar un peso.

—Yo tampoco —dijo—. Nunca.

Hubo un silencio raro, ni incómodo ni cómodo. Ella siguió hablando. Me contó que se tocaba a veces, que se imaginaba escenas, que tenía una posición favorita debajo de la sábana cuando todos dormían. Habló sin pudor, con un tono casi clínico, mirándome a los ojos. Yo le devolví el favor: le conté que también me masturbaba, que pensaba en ella a veces, que esa misma confesión me estaba volviendo loco en ese momento. Cuando salí de su casa esa noche tenía la ropa interior húmeda y la cabeza en otro planeta. Llegué a la mía caminando despacio, sin querer que terminara la sensación.

***

El sábado siguiente, a eso de las ocho de la noche, sonó mi celular. Era ella. Estaba aburrida, dijo. Sus padres se habían ido a visitar a una tía a otra ciudad, su hermano andaba con la novia y la casa estaba vacía.

—¿Te animas a venir? —preguntó—. No tengo ganas de estar sola.

Le dije que sí antes de pensarlo. Me bañé, me cambié tres veces de camiseta, salí a la calle con el corazón golpeándome contra las costillas. Bajé del autobús a dos cuadras y caminé esas dos cuadras como si estuviera por entrar a un examen.

Cuando me abrió la puerta, casi me olvido de saludar. Llevaba una falda corta, mucho más corta que cualquiera que le hubiera visto antes, y una blusa de algodón fino, sin sostén, que dejaba adivinar todo lo que había debajo. El pelo le caía húmedo sobre los hombros, recién salida de la ducha. Olía a coco y a algo más, algo más cálido.

—Pasa —dijo, sin la sonrisa de siempre. Esta vez era otra cosa, una sonrisa más por dentro.

Subimos a su cuarto. Estaba ordenando un desastre de ropa que tenía sobre la cama, según me explicó. Yo iba subiendo la escalera detrás de ella, y al mirar hacia arriba se me cortó la respiración: la falda apenas tapaba lo que tenía que tapar, y cada escalón era un pequeño infierno. Para cuando llegamos a la habitación, tenía una erección tan visible que era inútil disimular. Ella me miró, miró abajo, y no dijo nada. Solo se mordió el labio.

Empezó a doblar camisetas sobre la cama. Yo me senté en una silla del rincón, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera el contorno de sus piernas. En un movimiento, golpeó la cadera contra la esquina de la mesa de noche y dejó escapar un quejido.

—Ay.

Se sentó en la cama, masajeándose el muslo. Yo me levanté antes de pensarlo.

—¿Te ayudo?

—Sí. Aquí, mira. Justo arriba de la rodilla.

Me arrodillé en el piso, frente a ella. Puse las dos manos sobre su muslo y empecé a frotar, despacio. Su piel estaba tibia, suave, y yo no podía despegar los ojos de los suyos. Subí muy de a poco, con una excusa inventada de circulación, de sangre, de calentar el músculo. Cada centímetro era una decisión nueva. Ella respiraba más fuerte. Yo también.

—¿Mejor?

—Mejor —murmuró.

Mi mano siguió subiendo. Llegó al pliegue donde la pierna se junta con la cadera, y un poco más arriba, hasta rozar la tela de su ropa interior. Estaba mojada. Empapada. Aparté la mano un segundo, sin saber si era lo correcto, y ella me agarró la muñeca.

—Perdón —dijo en voz baja—. No lo pude evitar. Hace rato que estoy así.

Esa frase me terminó de quemar. La besé. Le puse la mano detrás del cuello y la besé como había imaginado mil veces, y ella respondió igual, abriendo los labios, dejándome entrar con la lengua. Era un beso torpe y voraz a la vez, el beso de dos personas que llevaban meses esperando.

La empujé suavemente sobre la cama y me trepé encima. Ella separó las piernas y yo me acomodé entre ellas, frotando mi pantalón contra la tela de su ropa interior. La fricción era una tortura. Mariela se arqueó, agarró un puñado de mi pelo, hizo un sonido que jamás le había escuchado.

***

Bajé por su cuerpo despacio. Le besé el cuello, el hueco entre las clavículas, la curva del pecho a través de la blusa fina. Le levanté la falda hasta la cintura, le bajé la ropa interior tirando con las dos manos, y me quedé un segundo mirándola. Ella tenía los ojos cerrados y los puños cerrados también, agarrando las sábanas.

Me incliné y la besé entre las piernas. No supe muy bien qué hacer al principio: nunca había hecho eso, solo lo había visto y leído. Pero el cuerpo me fue guiando. Aprendí en pocos minutos. Aprendí a leer sus movimientos, los pequeños tirones de cadera, el modo en que apretaba los muslos contra mis orejas. Cuando se vino, lo hizo en silencio, sin gritar, solo con un temblor largo que le recorrió desde las piernas hasta el cuello.

Después ella se incorporó. Me empujó suavemente y me hizo recostar boca arriba. Me sacó la camiseta, me desabrochó el cinturón con dedos que temblaban, me bajó el pantalón y la ropa interior. Cuando vio mi miembro, lo miró un momento como si estuviera estudiándolo. Después se inclinó y se lo metió en la boca.

Para no haberlo hecho nunca, lo hacía con una entrega que me dejó sin aire. Iba demasiado profundo a veces, se atragantaba, se reía nerviosa, volvía a intentarlo. Yo le acariciaba el pelo, le pedía que parara cuando estaba cerca, le decía que no quería terminar todavía, que no así.

—Ven —le dije.

Ella se trepó conmigo. Le saqué la blusa por la cabeza. Sus pechos eran exactamente como los había imaginado en cada noche solo en mi cama, exactamente lo que tantas veces había dibujado en mi cabeza al masturbarme: tibios, redondos, con los pezones oscuros y duros. Los lamí, los mordí con cuidado, y ella gimió otra vez, esta vez más fuerte.

—Despacio —me pidió cuando entendió lo que venía—. Acuérdate que soy virgen.

—Yo también —le contesté.

Nos sonreímos los dos. Por un instante, en medio de toda esa fiebre, fuimos otra vez los dos chicos del taller, los dos amigos que se acompañaban hasta la parada del autobús. Esa mezcla, esa ternura adentro del deseo, es lo que nunca voy a poder olvidar.

La acosté de espaldas. Me arrodillé entre sus piernas, me alineé contra ella. Estaba tan mojada que entrar fue más fácil de lo que había temido. Empujé despacio, milímetro a milímetro. Sentí en algún momento una resistencia, un cambio mínimo, y ella cerró los ojos con fuerza. No dijo nada. Me quedé quieto, esperando. Cuando abrió los ojos otra vez, asintió.

Empecé a moverme. Despacio al principio, después un poco menos despacio. Mariela me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el hombro, me decía cosas al oído que después no iba a recordar con claridad, frases sueltas, pedidos. Yo intentaba aguantar todo lo posible, concentrarme en cualquier otra cosa, pero su cuerpo era una trampa perfecta. Cuando entendí que no podía más, salí un segundo, le pregunté si podía adentro, ella dijo que sí, que estaba cuidándose con la pastilla, y volví. Me vine apretándola contra mí, mordiéndole el cuello, sintiéndola contraerse alrededor de mí en oleadas largas.

Quedamos los dos quietos, transpirando, sin separarnos. Yo apoyé la frente contra la suya. Ella me acariciaba la nuca con una mano. Nos miramos a los ojos un rato largo, sin decir nada, porque no había nada que decir.

***

Ese año fue uno de los más raros y más felices de mi vida. Nos veíamos a solas cada vez que podíamos, en su casa cuando se podía, en la mía cuando se podía, alguna vez en hoteles baratos del centro. Probamos cosas que solo habíamos leído. Aprendimos juntos lo que se aprende mejor con alguien que también está aprendiendo: a tener paciencia, a reírse en los momentos torpes, a no tener miedo de pedir.

Después ella se fue a estudiar a otra ciudad. Al principio hablábamos todos los días, después algunos días, después solo los domingos. La universidad le exigió cada vez más, conoció gente nueva, yo también conocí. Un día dejamos de hablar sin haberlo acordado, como pasa con esas cosas que se desarman solas.

No la volví a ver. A veces, cuando me cruzo con una chica de piel canela y pelo castaño hasta los hombros, vuelvo por un segundo a esa tarde de sábado, al perfume a coco, al temblor de sus piernas cuando se vino la primera vez. Y entiendo, después de tantos años, que hay primeras veces que uno termina cargando para siempre, no por lo que pasó esa noche, sino por todo lo que esa noche significó.

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Comentarios (5)

JuanMa_cba

increible!! me tuvo pegado de principio a fin. Gracias por compartirlo

NocturnoX

La tension previa se siente en cada linea, quede con ganas de mas. Por favor una continuacion!!

Valentina_Baires

Ay esto me trajo recuerdos jaja. Esas noches que uno no olvida aunque pasen los años

SantiCruz78

Lo lees y te preguntás si paso de verdad... se siente muy real. Buenisimo

LoboNocturno_ar

La primera vez bien contada, sin apuros ni vulgaridades innecesarias. Me gusto mucho

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