La trans de la esquina me enseñó lo que buscaba
Lo que voy a contar fue mi entrada a un mundo que entonces ni siquiera sabía que existía. Vivo en una ciudad grande del centro del país, y hace ya muchos años que mantengo encuentros con chicas trans. Tengo otras historias guardadas, algunas tan viejas que casi no las recuerdo, pero esta primera la tengo grabada como si hubiera pasado anoche.
En aquel tiempo tenía veintitrés años. Era un chico tímido, flaco, de esos que gustan pero no lo saben, y con muy poca experiencia encima. Trabajaba de día en una oficina aburrida y los fines de semana salía a buscar algo que ni yo mismo terminaba de entender.
Esa noche había salido de fiesta con unos compañeros. Tomé más de la cuenta, me quedé solo y volví manejando despacio, con la ventanilla baja y el cuerpo todavía caliente por el alcohol y por las ganas. Hacía calor, una de esas noches pegajosas en que la ciudad parece no querer dormirse. En otras ocasiones ya había parado el coche para contratar a alguna mujer de la calle, esas escapadas rápidas para desahogarme y volver a casa como si nada. No era algo de lo que estuviera orgulloso, pero a esa edad uno se guía más por el deseo que por la cabeza, y yo cargaba con muchas más ganas que cabeza.
Iba por una avenida ancha, cerca del barrio de San Telmo, donde a esas horas siempre había chicas paradas bajo los faroles. Reduje la velocidad. Y entonces la vi.
No sabría describirla con exactitud, pero algo en ella me clavó al asiento. Estaba apoyada contra la pared de un local cerrado, con un vestido corto y el pelo largo cayéndole sobre un hombro. La luz naranja del farol le marcaba la curva de la pierna y el brillo de los labios. Me miró directo, sin prisa, como si supiera de antemano que yo iba a detenerme. Algo en esa seguridad me gustó tanto como me intimidó. Bajé un poco más la ventanilla y nos pusimos de acuerdo en pocas palabras, en ese tono medio susurrado con que se hablan esas cosas. Subió al coche con una naturalidad que me desarmó, dejando un rastro de perfume dulce que se quedó flotando entre los dos.
—¿Tienes adónde ir? —me preguntó, acomodándose el vestido sobre los muslos.
—Hay un motel a dos cuadras —contesté, con la voz más firme de lo que me sentía.
Manejé esas dos cuadras con el corazón golpeándome el pecho. Llegamos, pedí un cuarto en la recepción a oscuras y estacioné el coche en la cochera cerrada. Subimos. La habitación olía a desinfectante barato y la única luz era la de una lámpara de noche con la pantalla amarillenta.
Apenas cerré la puerta, ella se pegó a mí. Y ahí empezó la diferencia con todo lo que yo conocía.
Me besó. Me besó de verdad, despacio, mordiéndome el labio inferior y deslizando las manos por mi espalda. Las otras veces las chicas de la calle eran secas, distantes, todo era llegar, terminar y salir corriendo. Ella no. Ella me trataba como si tuviéramos toda la noche y como si yo le importara.
—Espera, deja la luz baja —me pidió cuando estiré la mano hacia el interruptor.
No le di importancia. Pensé que era timidez, o costumbre. La luz tenue me pareció hasta mejor, más íntima.
Empezó a desnudarme con una paciencia que yo nunca había recibido de nadie. Me sacó la camisa botón por botón, me besó el cuello, bajó por el pecho dejándome la piel erizada. Me tocaba con las dos manos y me hablaba al oído.
—Estás riquísimo —susurraba—. Me merecía un chico así esta noche.
Esto no es como las otras veces.
Yo estaba perdido. Cada caricia me prendía más. Nunca había sentido que alguien se tomara su tiempo conmigo de esa manera, que disfrutara el camino en lugar de apurarlo. Me terminó de quitar el pantalón y, cuando se arrodilló frente a mí, ya estaba tan duro que me dolía.
Lo que vino después me hizo cerrar los ojos y apretar los dientes. Su boca era cálida, hábil, sabía exactamente dónde detenerse y dónde insistir. Le hundí los dedos en el pelo y me dejé llevar, respirando entrecortado, repitiéndome que no quería terminar todavía, que quería más.
—Espera —jadeé al fin—, así me voy a venir. Quiero hacértelo.
Ella sonrió contra mi piel y se incorporó. Empezó a quitarse lo que le quedaba de ropa, pero con la luz tan baja yo apenas distinguía siluetas, sombras moviéndose sobre la cama. Me pidió que la tomara por detrás.
—Ponme de perrito —dijo, y se acomodó de rodillas sobre el colchón, arqueando la espalda.
A mí esa posición me encantaba, así que no lo dudé. Saqué un condón de la cartera, me lo puse con manos torpes por la prisa y me coloqué detrás de ella. Le pasé la mano por la cadera, deslizándola hacia adelante para guiarme.
Y entonces, en lugar de lo que esperaba encontrar, mis dedos tocaron otra cosa.
Me quedé congelado. Tardé un par de segundos en entender lo que mi mano ya sabía.
—Eres un hombre —solté, retrocediendo de golpe.
—No, papi —me respondió sin alterarse, mirándome por encima del hombro—. Soy una chica trans, que es muy distinto.
***
Me senté en el borde de la cama con la cabeza dándome vueltas. El alcohol, la excitación y el susto se me mezclaron en el estómago. Empecé a reclamarle, atropelladamente, sin saber bien qué decía.
—Me engañaste —le dije—. A mí no me gustan los hombres. ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué no me lo dijiste antes de subir?
Ella se sentó frente a mí, sin taparse, sin esconderse, con una calma que me descolocó todavía más.
—No te engañé —contestó—. Todo el mundo sabe que las chicas de esa esquina somos trans. Es la esquina conocida del barrio. Pensé que lo sabías, que por eso parabas ahí.
No supe qué responder. La verdad es que yo no sabía nada de nada. Era un chico de pueblo metido en una ciudad enorme, buscando cosas que ni nombraba. Me quedé callado, con la mirada en el piso, sintiéndome ridículo y confundido a partes iguales.
Ella dejó que se me pasara el primer golpe. No se acercó, no insistió, solo esperó. Después de un rato largo, habló otra vez, en voz baja.
—Oye, pero hace un momento la estabas pasando increíble. Estabas disfrutando, lo sentí. ¿Cuál es el problema conmigo? Déjame consentirte y te aseguro que te va a gustar más de lo que crees.
Tendría que haberme vestido y haberme ido. Eso me decía una parte de la cabeza, la parte educada en el miedo y en lo que se supone que uno debe sentir. Pero había otra parte, una que recién descubría, que seguía recordando sus besos, sus manos, la forma en que me había hecho sentir deseado por primera vez en mi vida.
Me quedé.
***
Volvió a acercarse despacio, dándome todo el tiempo del mundo para arrepentirme. Me besó otra vez, igual que antes, y descubrí que el beso seguía siendo bueno, que mi cuerpo no había dejado de responder solo porque mi cabeza se hubiera asustado. Sus manos volvieron a recorrerme, tibias, sin apuro, y yo sentí cómo la tensión del susto se me iba aflojando en los hombros. Poco a poco me fui soltando. La dejé recostarme contra las almohadas, dejé que volviera a tomarme con la boca, y esta vez la miré de frente, ya sin esconderme de lo que estaba pasando ni de lo que estaba sintiendo.
Cuando me preguntó si quería intentarlo, asentí sin hablar. Me guió ella, con una paciencia infinita, indicándome cómo, diciéndome que fuera despacio, que no tuviera prisa. Lo hicimos así, lento, con su voz al oído marcándome el ritmo. Era todo nuevo para mí, cada sensación, cada detalle, y para mi propia sorpresa lo disfruté de una manera que no había anticipado.
Terminé con un temblor que me recorrió entero, agarrado a sus caderas, con la cara hundida en su espalda. Me quedé unos segundos así, recuperando el aire, sintiendo cómo el corazón me bajaba de a poco.
Después vino el silencio incómodo, ese que llega siempre cuando el deseo se apaga y vuelve la realidad. Me quité el condón, me vestí en silencio y junté mis cosas. Ella se quedó recostada, mirándome con una media sonrisa, como si supiera algo de mí que yo todavía no estaba listo para admitir.
No la llevé de vuelta a su esquina. La dejé en la puerta del motel, le pagué lo acordado y un poco más, y me fui sin mirar atrás. En el camino a casa iba con las ventanillas abiertas, como si el aire pudiera limpiarme de algo.
Llegué y me metí directo a la ducha. Me quedé bajo el agua un largo rato, frotándome con fuerza, queriendo quitarme un olor que en realidad no estaba en mi piel sino en mi cabeza. Me sentía sucio, raro, culpable. Me repetía que había sido un error, que el alcohol, que no volvería a pasar.
Pero esa noche, ya en la cama, con la luz apagada, no podía dejar de pensar en sus manos, en su boca, en lo que había sentido. Y entendí, aunque me costara reconocerlo, que algo dentro de mí se había despertado y ya no se iba a volver a dormir.
No me equivoqué. Aquella desconocida de la esquina, cuyo nombre nunca llegué a saber, fue el principio de un gusto que me ha acompañado durante muchos, muchos años. Tardé tiempo en aceptarlo sin culpa, en dejar de ducharme después como si tuviera que borrar algo. Pero esa primera vez, torpe y asustada, sigue siendo la que recuerdo con más cariño. Porque fue la noche en que dejé de mentirme sobre lo que de verdad buscaba.