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Relatos Ardientes

Mi exprofesora me enseñó lo que el colegio no

Hace tiempo que quería contar esto con todos sus detalles. Es la historia de mi primera vez, y por respeto no usaré el nombre real de ella; la llamaré Marina. Si llegan al final, entenderán por qué todavía me cuesta hablar del tema sin que se me acelere el pulso.

Pasó en el otoño de 2016. Yo volvía caminando del trabajo, con los auriculares puestos y la cabeza en cualquier parte, cuando me crucé de frente con una mujer que reconocí de inmediato. Había sido mi profesora de literatura en el primer año del colegio, una década atrás. Llevaba una blusa color vino con un escote en pico que le sentaba muy bien, unos pechos no demasiado grandes pero firmes, y el pelo castaño suelto hasta los hombros. Nos sonreímos como dos desconocidos educados, sin pararnos. Ella siguió hacia la avenida y yo me quedé parado en mitad de la vereda, repitiendo su nombre en silencio.

Esa misma noche la busqué en redes. Varios excompañeros la tenían agregada, así que el camino fue corto. Le mandé un mensaje torpe, recordándole quién era, y empezamos a hablar de cosas tontas: del colegio, de los profesores que ya no estaban, de la ciudad que había cambiado. Después de tres o cuatro días de charla, hice algo que todavía no entiendo cómo me animé a hacer.

—Marina, te voy a preguntar algo y sé que es una locura. ¿Vos tendrías una aventura conmigo?

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue claro y amable: que no, que estaba en otra cosa, que me agradecía la sinceridad pero que no. Me disculpé, le dije que entendía, y seguí escribiéndole como si nada. No quería perder la charla, así que me obligué a comportarme. Y, sin proponérmelo, le caí bien.

Una tarde me invitó a acompañarla a hacer unas compras al centro comercial de la zona norte. Caminamos por los pasillos, le ayudé a cargar dos bolsas, comimos un helado en la plaza de comidas. Me trató con una mezcla de cariño y distancia que no terminaba de ubicar. Antes de despedirnos me dijo algo que me dejó pensando.

—Sos un chico raro. Me pediste algo bastante atrevido y después fuiste el más educado del mundo. Eso no se ve seguido.

Yo me reí, le di un abrazo flojo y la dejé encaminada hacia la parada de taxis. Pero apenas se alejó diez metros, algo se me clavó en el pecho. Una idea, una sola. Apuré el paso y la alcancé antes de que cruzara la calle.

—Marina, perdón. Quería pedirte una cosa más.

—¿Otra propuesta indecente? —dijo, sonriendo.

—No. Bueno, no tanto. Quería saber si me dejarías darte un beso.

Soy tímido. Mucho. Que esas palabras salieran de mi boca era casi un milagro.

Se quedó callada unos segundos, mirándome con la cabeza un poco ladeada, como evaluando si valía la pena. Después se encogió de hombros.

—Bueno. Démonos un beso, a ver qué pasa.

Fue un roce. Apenas un toque de labios, como dos adolescentes en el primer recreo. Yo sentí que me temblaban las rodillas. Ella se rió bajito.

—Eso fue de pajaritos. Esperá, dejame acomodarme.

Me puso una mano en la nuca, se acercó más, y esta vez el beso tuvo otra cosa. Hubo lengua, hubo aliento entrecortado, hubo una pausa donde nos miramos y supimos que algo se había movido. Nos despedimos sin decir nada más. Yo caminé hasta el subte como si flotara.

***

A partir de esa noche las conversaciones cambiaron de temperatura. Empezamos a hablar a deshoras, ella desde su cama y yo desde la mía. Una madrugada apareció el mensaje que terminó de torcer todo.

—No deberías haberme pedido permiso para el beso. Es más rico si te lo robás.

—No quería que te enojaras conmigo.

—Ya sé, sos tímido. Pero ojo, que no se me olvida que viniste con malas intenciones.

—Fue una locura que se me cruzó. Igual sé que no va a pasar nada.

—¿Y si hubiera dicho que sí? ¿Cómo me lo hubieras hecho?

Me quedé mirando la pantalla del teléfono como si fuera la primera vez que veía letras. Tragué saliva y empecé a escribir despacio, midiendo cada palabra.

—No sé. Sería mi primera vez. Pero te besaría la boca, y después iría bajando por el cuello, por la clavícula, hasta llegar a tus pechos.

—Ah, ¿entonces pasarías por acá?

Adjunta venía una foto: su blusa desabotonada hasta el ombligo, el corpiño de encaje negro asomando. Le contesté con la mano temblando.

—Sí. Me encantaría besarte ahí.

—¿Querés ver una sin corpiño?

Esa fue la primera de muchas. Nos pasamos toda esa semana mandándonos fotos cada vez más explícitas. Yo descubrí que la imaginación, cuando uno tiene veintipocos años y nunca tocó a una mujer desnuda, es un animal imposible de detener. Marina, del otro lado, parecía divertirse tanto como yo.

***

El sábado siguiente salimos otra vez, ahora con una amiga de ella, Cecilia. Marina llevaba unos jeans oscuros que le marcaban todo, una blusa roja y una musculosa negra debajo que le subía los pechos de una manera que me costó disimular. Cenamos en un bodegón cerca de la estación, tomamos vino, hablamos de mil cosas. A eso de las diez de la noche Cecilia se subió a un colectivo y yo me ofrecí a acompañar a Marina hasta el parque donde paraban los taxis.

Caminábamos por una calle todavía con gente. La tomé de la cintura, la corrí contra una pared y la besé sin avisar. Ella respondió un segundo, después me empujó suave.

—Acá no, hay demasiada luz. Vamos un poco más allá.

Avanzamos dos cuadras hasta una esquina más oscura. En la entrada del parque encontramos un banco escondido detrás de unos arbustos, con un farol roto encima. Era el escenario perfecto. La senté, me senté al lado, y reanudé el beso donde lo habíamos dejado. Le pasé la mano por encima de la blusa, por sus pechos, por la cintura. Ella respiraba más rápido.

—Esperá —murmuró—. Dejame ayudarte.

Se acomodó la blusa y la musculosa con un movimiento corto, y de pronto uno de sus pechos quedó al aire, libre, con el pezón duro por el frío y por todo lo otro. Me incliné y empecé a besarlo, a recorrerlo con la lengua, a probarlo. La escuché gemir bajito, una sola vez, y después decir contra mi oreja:

—Es muy fuerte saber que un exalumno me está chupando una teta en un parque.

Esa frase me terminó de prender fuego. Le subí la mano por dentro del jean lo poco que pude, y ella me bajó el cierre del mío. Le pedí, casi sin voz, que me hiciera con la boca lo que las fotos prometían. Me dijo que vigilara la entrada del parque y se agachó. Lo que siguió fue una cosa que mi cabeza guardó cuadro por cuadro: el frío en las piernas, su pelo cayéndome encima, el ruido de un perro ladrando a lo lejos, y la sensación de que la realidad por fin se parecía a lo que había imaginado durante años.

Antes de que la cosa avanzara más, paramos. Nos acomodamos la ropa, nos reímos como dos chicos que acaban de hacer una travesura, y la subí a un taxi. Pero ya estaba decidido: la próxima íbamos a un hotel.

***

El plan se concretó el jueves de la semana siguiente. Yo había comprado una caja de preservativos de tres unidades y la guardaba en el bolsillo del pantalón como un tesoro. Ese día llovía como pocas veces en la ciudad, una lluvia gruesa que ahogaba las veredas, pero ni se me ocurrió cancelar. La esperé bajo el alero de un kiosco frente al hotel, mojado hasta los codos, mirando la hora cada veinte segundos.

Llegó con un vestido negro corto y unos detalles verdes en el ruedo, el pelo recogido en una cola alta. Me sonrió desde la otra vereda y yo crucé sin mirar si venían autos.

El hotel era barato, de esos que en la ciudad todos conocen para qué sirven. La habitación tenía una cama de dos plazas, un escritorio con espejo, un baño chiquito con ducha y un televisor viejo colgado en la pared. Olía a desinfectante, pero estaba limpio. A mí me parecía un palacio.

Marina cerró las cortinas y yo me metí en el baño a mojarme la cara y a respirar. Cuando salí, ya estaba acostada arriba del cobertor, en ropa interior, sonriéndome con esa media sonrisa que le había visto en las fotos. Me acerqué despacio, me acosté a su lado y empecé a besarla. Primero suave, después con todo. Le saqué el vestido pasándoselo por la cabeza, ella me sacó la camisa y el pantalón con una facilidad que delataba experiencia.

Llegó un momento en que el bóxer me molestaba. Sin que tuviera que decir nada, ella me lo bajó y se inclinó sobre mí. Tengo que ser honesto: lo mío no es nada del otro mundo, es más bien chico, y eso siempre me había avergonzado. Pero Marina me lo tomó con la boca como si fuera lo mejor que había probado, y entre lametazo y lametazo me dijo, mirándome:

—Me gusta más en vivo que en foto. Y tiene buen sabor.

Esa frase me dio una confianza que no sabía que necesitaba.

Después tuve que pedirle ayuda para desabrocharle el corpiño, porque me peleé un buen rato con el broche sin éxito. Ella se mató de risa, se llevó las manos atrás y me lo sacó en un segundo. Yo me hundí en sus pechos como un pibe hambriento. Le besé los pezones, que tenían un rosa muy claro, casi pálido, y jugué con ellos durante un rato largo. Me sacaba de sí ver cómo se le ponía la piel de gallina cuando soplaba apenas.

Le bajé la bombacha y me quedé mirándola unos segundos, sin saber muy bien qué hacer. Tenía las imágenes de los videos en la cabeza, pero ninguna experiencia real. Me animé.

—Avisame si lo hago mal.

—No me gusta mucho que me lo hagan —me dijo—, casi nunca lo hacen bien. Pero probá.

Empecé a recorrerla con la lengua despacio, primero los labios, después subiendo hasta el clítoris. Iba por intuición, atento a cualquier reacción. Cuando le besé un punto específico, la oí soltar un aire largo y decir, con una voz que no le había escuchado nunca:

—Eso, eso está bastante bien.

Seguí ahí. El sabor era raro al principio, pero dejé de prestarle atención. Le metí dos dedos despacio mientras la lamía, y sentí cómo se le movían las caderas solas. Esa fue, sin exagerar, la primera vez que entendí que el placer del otro podía darme más placer que el mío propio.

***

Llegó el momento. Me puse el preservativo con torpeza, me acomodé encima de ella y la penetré despacio, milímetro a milímetro, hasta quedar adentro del todo. Nos quedamos quietos unos segundos. Me besó la oreja y me empezó a mover con las manos en mi espalda baja. Yo le besaba el cuello mientras entraba y salía, lento, queriendo que durara. Me duró poco. A los pocos minutos terminé, abrazado a ella, temblando.

Después hablamos un rato y descansamos. Quedaban dos preservativos y queríamos usarlos. Pero cuando volvimos a empezar pasó algo que no me esperaba: ella me hizo otra vez con la boca, me puso dura como una piedra, y en el momento en que intentó ponerme el segundo preservativo, se me bajó. Probamos de nuevo, lo mismo. Perdimos uno de la caja.

Marina se mató de risa.

—Es la cabeza, no el cuerpo. Vení, vamos a la ducha y nos olvidamos del condón un rato.

Bajo el agua caliente la besé largo. Le dije al oído algo que me ardía adentro hacía rato.

—Quiero una vez sin nada en el medio. Por favor.

—Se te notaba —dijo, y me empujó suave para que me agachara—. Vení, ayudame.

La penetré ahí mismo, con la espalda apoyada contra los azulejos, el agua cayendo entre los dos. Apenas unos empujes, lo suficiente para que sintiera la diferencia: el calor, la humedad, la piel directa contra la piel. Mi cuerpo entendió todo en treinta segundos. Salimos de la ducha y volvimos a la cama con el último preservativo y conmigo más duro que antes.

***

El último round fue el mejor. Le pedí que se pusiera arriba. Lo hizo con un poco de pudor, despacio, y empezó a moverse encima mío buscando el ritmo. Cuando lo encontró, todo cambió. Yo le tomaba los pechos, le pasaba los pulgares por los pezones, la miraba moverse como en cámara lenta. Ella gemía sin medirse, ya sin el cuidado del parque.

Intentamos de costado y de espaldas, pero éramos torpes para coordinar. En esos cambios perdí el último preservativo. Quedamos los dos sentados, calientes y sin protección, mirándonos.

—Seguimos sin nada —dijo ella—. Pero afuera.

Acepté antes de que terminara la frase. La acosté boca arriba y la penetré sin nada, esta vez con la calma de saber que era el cierre. Después la levanté, me senté en la silla del escritorio, y ella se acomodó arriba mío de frente. Esa posición fue una bendición: el espejo nos devolvía el reflejo, ella podía moverse con todo su peso, yo tenía las dos manos libres. Era la primera vez en mi vida que sentía un placer así, sostenido, sin urgencia.

Cuando supe que estaba por terminar le avisé. Sabía que no quería que acabara adentro. Lo que no me esperé fue lo que hizo. Se bajó de la silla, se arrodilló entre mis piernas y me terminó con la boca, mirándome a los ojos. Me dejó sin palabras y sin huesos.

Después nos bañamos juntos otra vez, sin apuro, hablando de cualquier cosa. Nos vestimos, tomamos un taxi en la esquina, y la dejé en su casa con un beso largo en la puerta.

Quedamos amigos. Muy amigos. Y unos meses más tarde habría una segunda vez, distinta a esta, en un lugar que no se me había ocurrido jamás. Pero eso lo voy a contar otro día, si me dejan.

Gracias por leer hasta acá.

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Comentarios (4)

NicolasRD

Tremendo relato, me dejaste sin palabras. Que suertudo el protagonista!!

Valentina_PBA

jaja esas cosas que uno jura que solo pasan en las fantasias y de repente pasan de verdad. Me encanto como lo narraste, se siente muy real

SebaDaniels

De los mejores que lei en esta categoria, en serio. Cinco estrellas sin dudarlo

ClaudioRivero

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No me dejes asi!

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