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Relatos Ardientes

Mi primera vez con la clienta del viernes en el spa

Trabajaba en la recepción del Aurora Spa, un sitio bastante exclusivo escondido en una calle tranquila del centro. Era mi primer empleo en el rubro y, cada tanto, los jefes me dejaban dar masajes anti-estrés a las clientas que no podían esperar. Yo aprendía sobre la marcha: técnicas básicas, presión justa, lectura del cuerpo. Nunca había cruzado una línea con nadie, jamás se me había ocurrido siquiera.

Hasta que ella empezó a venir los viernes.

Helena llegaba siempre al final de la tarde, justo cuando el sol bajaba detrás de los edificios y la sala de espera olía a eucalipto. Era una mujer elegante, de figura cuidada, con un cabello castaño y brillante que le caía hasta los hombros. Tenía un rostro armónico y una sonrisa de las que cambian el ambiente apenas entran por la puerta. Vestía a veces faldas que dibujaban la silueta, otras pantalones de corte impecable, siempre con tacones discretos y un perfume tenue que se quedaba pegado al mostrador horas después de que se marchara.

Les confieso que esperaba ese día con una ansiedad que ya bordeaba lo ridículo.

Aquel viernes en cuestión yo estaba justo en la entrada cuando entró. El reloj marcaba las seis y media. Levanté la vista y la vi cruzar el umbral con esa sonrisa contagiosa.

—¡Buenas tardes! ¿Cómo están? —saludó con la cortesía de siempre.

—Buenas tardes, muy bien, ¿y usted? —contesté antes de pensar.

Ella me miró fijo, con una ceja apenas arqueada.

—¿Usted? ¿Tan mayor me ves? —dijo, y se rio bajito.

Le devolví la sonrisa, más torpe que nervioso.

—¡Qué va! ¿Cómo se le ocurre? Es por respeto.

—Tutearme no es faltarme al respeto.

Hubo un silencio breve, esa clase de silencio que se siente más largo de lo que es.

—¿Tienes cita? —pregunté, recuperando la postura.

—En realidad no, pero hoy necesito uno de esos masajes que te dejan como nueva. Llamé a Carolina, la chica que me atiende, y me dijo que se le complicó la tarde. Que preguntara por Mateo.

—Soy yo —respondí, intentando no sonrojarme.

Ella entornó los ojos como si me midiera por primera vez.

—Ah, qué bien. Carolina me dijo que eres bueno.

—Gracias —murmuré—. Pase al cubículo cinco, póngase cómoda y en un momento estoy con usted.

No podía creerlo. Llevaba meses viéndola pasar al fondo con Carolina y, justo esa tarde, me tocaba a mí.

***

Cuando entré, ella ya tenía puesta la bata blanca y el cabello recogido en una cola alta. Algo en esa nuca despejada, en la curva del cuello bajo la luz ámbar del cubículo, me dejó un instante quieto en la puerta. En cualquier otra clienta habría sido un detalle más; en ella era una imagen difícil de olvidar.

—Puedes quitarte lo que tengas debajo y acostarte boca abajo —le dije, tendiéndole una toalla doblada—. Cubre la zona baja de la espalda con esto. Ahora vuelvo.

Salí y cerré la puerta sin trabarla del todo. A los pocos pasos me di cuenta de que había olvidado el frasco de aceite caliente en la mesa de servicio. Volví. La puerta seguía entornada, una rendija de un palmo apenas.

No debí mirar. Lo sé. Pero miré.

Ella estaba de espaldas, dejando caer la bata sobre el respaldo de una silla. Conservaba puesta solo una pieza de lencería blanca, una prenda diminuta de encajes finos que parecía tejida más para ser vista que para cubrir nada. Sin corpiño. Se tapaba los senos con el antebrazo en un gesto pudoroso que la hacía verse todavía más íntima.

Tragué saliva, retrocedí un paso y esperé en el pasillo el tiempo suficiente para fingir naturalidad.

***

Volví a entrar cuando ya estaba acostada, con la toalla cubriendo los glúteos y la frente apoyada en el agujero acolchado de la camilla. Puse una lista de reproducción suave que solíamos usar en las sesiones largas: piano lento, algún arreglo de cuerdas, nada que distrajera.

—Estoy agotada —dijo con la voz apagada por la madera—. La semana fue brutal. Me duele del cuello hasta los pies.

—Tiene que soltarse. Cierre los ojos y lleve la mente a un lugar que le guste mucho. Una playa, una casa de la infancia, lo que sea. Respire profundo y suelte el aire despacio.

Lo hizo varias veces. Empecé por la nuca y los hombros, deslizando los pulgares detrás de las orejas, bajando por los trapecios. Dejé caer unas gotas de aceite aromático a lo largo de la columna y vi cómo la piel se erizaba al primer contacto. Su espalda se contorneó apenas, un gesto involuntario que registré con una claridad nueva.

Recorrí cada vértebra con los pulgares, de la base del cráneo a la cintura. En algún punto entendí que ya no estaba dándole un masaje terapéutico. Mis manos se demoraban donde no debían, presionaban con un ritmo distinto al del manual. Ella no protestó. Su respiración se había hecho más lenta, más densa.

Algo carnal se apoderó de mí, sin previo aviso, como una marea. Antes de que pudiera pensarlo dos veces, retiré la toalla por completo. Ahí estaba ella, casi desnuda en mi camilla, la mujer cuya llegada esperaba toda la semana. La realidad de tenerla así me golpeó en el pecho.

Calenté más aceite entre las palmas y empecé por la parte posterior de los muslos. Con una mano en cada pierna, subía y bajaba, abarcaba la curva entera, me detenía cerca del pliegue del glúteo y volvía a descender. Estuve en esa zona más tiempo del que cualquier protocolo recomendaba. Ella seguía en silencio, pero sus dedos se habían cerrado suavemente sobre el borde de la camilla.

Ya no eran masajes. Eran caricias deliberadas, cargadas de una intención que no me atreví a nombrar todavía. Bajé hasta las pantorrillas y desde allí hasta los pies. Me dediqué a cada uno por separado, dedo por dedo, con una lentitud que parecía durar más de la cuenta. Los talones, los tobillos, ese hueco frágil detrás del calcáneo donde casi nadie se permite tocar.

Un suspiro. Largo, profundo. No era cansancio.

Es ahora o nunca, pensé. Tenía el pulso golpeándome en las sienes.

—Date la vuelta —dije, casi sin voz.

Lo hizo enseguida, sin abrir los ojos. Tomó la toalla y se cubrió a medias los pechos, dejando los pezones apenas tapados por el borde de la tela. No supe si fue descuido o invitación. Bajé la mirada hacia la entrepierna y noté lo que ya sospechaba: la prenda blanca estaba oscurecida en el centro, mojada de una manera inequívoca. Y eso no era aceite.

Me llevó por delante una excitación inmediata que no había forma de disimular bajo el pantalón del uniforme.

Le abrí apenas las piernas y dejé caer unas gotas de aceite en el pliegue de las ingles. Me ubiqué a un costado y empecé a masajear toda esa zona en círculos lentos, sin tocar nunca el centro. Pasaba los dedos cerca, los rozaba al borde, me retiraba. La tela diminuta se hacía cada vez más traslúcida, dejaba ver la forma exacta de lo que cubría. Su respiración ya era una sucesión de jadeos contenidos.

Entonces sentí sus manos en mi espalda.

No las había visto venir. Subieron desde la cintura del uniforme, se posaron en mis omóplatos y apretaron con una fuerza que tenía más urgencia que la del cansancio. Como respuesta, coloqué los pulgares justo sobre la tela mojada, mientras los otros ocho dedos seguían trabajando las ingles. Ella dejó escapar un gemido que ya no pudo controlar.

De ahí en adelante dejé de pensar.

Le bajé la prenda con cuidado, deslizándola por las piernas hasta sacársela. Quedó completamente desnuda, los ojos todavía cerrados, abandonada al avance de mis manos. Rodeé la camilla hasta el extremo del cabezal, me arrodillé en una banqueta baja, le acomodé los muslos sobre mis hombros y, con los pulgares, abrí.

La primera pasada de lengua la sentí estremecerse desde el vientre. Exploré despacio, busqué con la punta hasta encontrar el lugar exacto donde su cuerpo respondía con más intensidad. Cuando lo encontré, sus dedos se cerraron sobre mi pelo y sus rodillas subieron hasta casi tocarle los pechos.

Los temblores se hicieron más frecuentes. Su piel entera estaba erizada. Yo seguía ahí, sumergido, atento a cada sonido nuevo, a cada cambio de ritmo. Su cuerpo se tensó de pronto, los muslos me apretaron las orejas y vino el primer orgasmo entre jadeos sueltos que ya no intentaba sofocar. No paré. Seguí con la misma cadencia hasta arrancarle un segundo, y después un tercero, más corto, más espasmódico.

Solo entonces alzó la cabeza y me miró por primera vez desde que había entrado al cubículo. Tenía los ojos brillantes, el pelo medio salido de la cola, una mancha de rubor que le bajaba por el cuello.

***

Acerqué la silla baja que usábamos para apoyarnos entre clienta y clienta, le di la mano y la ayudé a bajar de la camilla. Me quitó la camisa con una calma sorprendente, como si llevara horas planeando ese gesto. Después me bajó el pantalón. Se arrodilló frente a mí, deslizó el bóxer hasta los tobillos y empezó su propio ritual, mezcla de caricias y de boca, sin prisa, con una mirada que me sostenía por encima del estómago.

Le acaricié el pelo, le tomé la nuca con una mano y la dejé hacer hasta que sentí que estaba a punto de perder el control. Entonces me senté en la silla.

Ella se acomodó sobre mí dándome la espalda al principio. La vi subir y bajar mientras yo le sostenía las caderas, los músculos de la espalda marcándose con cada movimiento. Estuvimos así un buen rato, sin hablar, con el piano todavía sonando bajo en el parlante del cubículo.

Después se giró y me miró de frente. Me besó por primera vez. Tenía un sabor cálido a algo que no supe identificar. Acompañé sus movimientos con los míos, una mano en su cintura, la otra en su pelo. Pasé de un seno a otro con la boca, mientras el vaivén se aceleraba y nuestros cuerpos empezaban a apretarse sin acordarlo.

Cuando sentí que ya no había vuelta atrás, la abracé con fuerza y dejé que pasara. Ella se aferró a mis hombros, escondió la cara en mi cuello y dejó escapar un sonido grave, casi un sollozo, justo en el mismo instante en el que yo terminé adentro.

Nos quedamos quietos un rato largo, con la frente pegada y la respiración chocando. Ninguno de los dos hablaba.

Antes de levantarse, me besó otra vez, despacio. Se acercó a mi oreja y me dijo en voz baja:

—Fue el mejor masaje que me han dado en la vida. Gracias.

Recogió la bata, se vistió sin mirarme y salió del cubículo como si no hubiera pasado nada. Yo me quedé sentado, con la silla todavía caliente, escuchando alejarse el ruido de sus tacones por el pasillo de madera. Era la primera vez que cruzaba esa línea con una clienta. Y supe, con una claridad incómoda, que también iba a ser la última que pudiera sentirme tan limpio al hacerlo.

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Comentarios (5)

bagarmo

excelente!!! sigue escribiendo

FinDeSemanaX

jajaja el viernes nunca fue tan productivo

GabrielOsx

Increible relato, me enganche desde el primer parrafo y se hizo muy corto. Quiero mas

MarcosLP_77

Por favor la segunda parte... no puedo creer que termine justo ahi, quede con ganas de saber como siguio

TucuLector

Me recordo a una situacion que vivi hace un tiempo en el trabajo. Esas tensiones que se acumulan en silencio son lo mas excitante que existe. Muy bien narrado, se siente autentico

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