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Relatos Ardientes

El virgen que me persiguió hasta el hotel

Mido un metro setenta y tres y peso lo mismo que pesaba a los veinte, gracias a tres mañanas de gimnasio por semana. El pelo lo llevo rubio claro, casi platinado, desde un viaje a Cartagena hace dos veranos. Supongo que esa combinación —piernas largas, hombros de natación, melena clara— es lo que llena mi bandeja de mensajes en Instagram cada semana.

Lo aclaro de entrada porque, si no, lo que viene después no se entiende. Contesto poco. Casi nada. Un «hola» seco, un «gracias» cuando alguien dice algo amable. No quiero ilusionar a nadie ni tampoco tener conversaciones largas con desconocidos. Me parecía una regla sencilla hasta que apareció Mateo.

—Hola, eres preciosa.

Mateo era el típico mensaje que una borra sin contestar. Dieciocho años recién cumplidos, una foto de perfil tomada en el espejo del baño y una sonrisa de chico que todavía no ha aprendido a disimular nada. Yo tengo treinta y siete. Le respondí «gracias» y bloqueé mentalmente la conversación.

—Quiero conocerte —escribió a los diez minutos.

—Soy mayor que tu madre, Mateo.

—Mi madre no tiene un cuerpo como el tuyo.

Cerré la aplicación. Eso debió ser el final.

***

No fue el final. Los mensajes llegaban todos los días, a veces tres veces al día, y empezaban siempre igual: un cumplido sobre algo que yo había subido a las stories y luego una declaración brutal. Que pensaba en mí cuando se masturbaba. Que imaginaba mi piel debajo de la suya. Que era virgen, sí, pero que estaba seguro de que conmigo no parecería un principiante.

Al principio bloqueaba esas líneas con un golpe seco de pulgar y seguía con mi día. Después empecé a leerlas dos veces. Después, sin querer, empecé a esperarlas.

Hay algo en el deseo descarado de alguien mucho más joven que te desordena. No es vanidad, o no es solo vanidad. Es la sospecha de que aquel chico te mira como si fueras la única mujer del planeta, y eso, a los treinta y siete, después de tres relaciones largas y de un matrimonio que terminó como terminan estas cosas, es un licor difícil de ignorar.

Una noche, recién duchada, abrí su último mensaje. Me describía con detalle lo que haría conmigo si me tuviera quince minutos en una habitación. Mientras leía, me llevé la mano al elástico del calzón y descubrí que ya estaba húmeda. Dejé el teléfono boca abajo en la mesilla y me quedé mirando el techo.

Esto no puede estar pasándome a mí.

***

—Solo un café —le escribí dos semanas más tarde—. En un sitio público. Y si me cansas, me voy.

—Donde tú quieras, cuando tú quieras.

Elegí un centro comercial al otro lado de la ciudad, una cafetería elegante con butacas grandes y manteles que llegaban hasta el suelo. Era martes a las cinco de la tarde. Llevaba un vestido azul marino de tirantes finos, sandalias planas y el pelo recogido en un moño bajo. No me maquillé los ojos. Quería verme bien, no preparada.

Llegué quince minutos antes y pedí un té frío. Estaba pasando una página del libro cuando levanté la vista y lo vi cruzar la zona de mesas.

Era más alto de lo que había anticipado. Casi un metro ochenta y cinco, ancho de hombros, recién duchado, con una camisa blanca por fuera de los pantalones. Olía a colonia cara y a desodorante de adolescente, esa mezcla rara que solo huele bien cuando el cuerpo que la lleva todavía no se ha estropeado.

—Llegaste —dijo.

—No empieces creyendo que esto significa algo.

Se rió. Se sentó frente a mí y se quedó mirándome sin disimulo. Los ojos le iban de mi cuello al escote y de ahí a la boca, ida y vuelta, como si midiera distancias.

—Estás más linda en persona.

—Y tú eres más maleducado en persona.

—Es que la pantalla no le hace justicia a nada.

Pedimos las bebidas. Hablamos veinte minutos de su carrera (segundo año de ingeniería), del barrio donde vivía con su madre, de un perro viejo que se llamaba Bruno. Pero no era una conversación normal. Cada vez que él se inclinaba hacia delante lo hacía despacio, como si midiera hasta dónde podía acercarse antes de que yo me echara atrás. Yo no me echaba atrás. Esa era la parte que más me asustaba.

Cuando los camareros pasaron por última vez, la cafetería estaba casi vacía. Nuestras butacas formaban un rincón apartado, separadas del resto por una jardinera de plantas falsas. El mantel del nuestro caía hasta los tobillos.

Sentí el roce contra la pantorrilla antes de entender qué era.

Bajé la vista despacio. Mateo había deslizado el pie fuera del zapato y subía por el lateral de mi pierna, dedo a dedo, sin dejar de sostenerme la mirada.

—¿Qué crees que estás haciendo? —murmuré.

—Algo que llevas semanas pidiéndome sin pedir.

Apreté las rodillas. Él apartó la presión un instante y luego volvió, esta vez por la cara interna del muslo. Su pie era cálido y firme. Subió hasta el borde del vestido y se detuvo.

—Dime que pare y paro.

No se lo dije.

Subió un poco más, hasta encontrar el calzón. El roce de su talón contra la tela me arrancó un suspiro que tuve que disimular con un sorbo de té. Empezó a presionar con el pulgar del pie, primero suave, después con un ritmo deliberado. Sentí la humedad inundar la tela y el cuero de la butaca debajo de mí.

—Estás mojada —dijo bajito, sin sonreír—. Te dije que lo estarías.

***

El hotel quedaba a tres cuadras. Caminamos sin hablar, su mano tocando la mía solo en la espera del semáforo, mi cabeza repitiéndose que todavía estaba a tiempo de irme. No me fui.

La habitación era pequeña, con una cama matrimonial y un espejo grande junto a la puerta del baño. Cerró por dentro y dejó las llaves sobre la mesa. Se giró y me miró como si acabara de descubrir que yo estaba ahí.

—No sé por dónde empezar —dijo.

—Pensé que tenías un plan completo.

—Lo tenía hace un rato. Ahora estás delante y se me olvida todo.

Esa frase, de cualquier otro hombre, me habría sonado a truco gastado. De él me sonó cierta. Me acerqué, le levanté la camisa por encima de la cabeza y le miré el pecho un momento. Era el pecho de un chico que hacía deporte sin saber muy bien para qué.

—Mírame mientras me lo quito —le dije.

Bajé los tirantes del vestido despacio. La tela cayó al suelo en un montoncito alrededor de mis tobillos. Me quedé en sujetador y calzón frente a él, dejándole tiempo para que se le grabara cada cosa. Vi cómo se le tensaba el pantalón.

—¿Habías visto a una mujer así, en persona?

Negó con la cabeza.

—Entonces aprende a tocarla.

Lo guié con paciencia. Le puse las manos en las caderas, en la cintura, en el pecho. Le enseñé a apretar el pezón entre los dedos, a no morder antes de chupar, a usar la lengua despacio cuando todo lo que quería era usarla rápido. Cuando me bajó el calzón hasta la mitad de los muslos y me empujó contra el borde de la cama, tuve que sostenerlo del pelo para frenarlo.

—Despacio. No es una carrera.

Se arrodilló entre mis piernas. Lo dirigí con dos dedos sobre los suyos: «acá no, acá, sí, así, no tan rápido, ahí, ahí, ahí». Cuando aprendió a obedecer, dejé de hablar y dejé que el aire saliera. Las piernas me empezaron a temblar a los pocos minutos. Tuve que taparme la boca con el dorso de la mano para no gritar.

Cuando me incorporé, lo tenía mirándome desde abajo con la barbilla brillante.

—Quiero ver lo que tienes —le dije.

Se levantó y se desnudó sin pudor. Era más grande de lo que yo había sospechado, no por dimensión exacta sino por la forma en que se inclinaba hacia él mismo, ligeramente hacia arriba, como una flecha. Lo agarré con la mano y lo acerqué a mi boca.

—Mírame —le dije antes de comenzar.

Empecé despacio, dejándole entender cada milímetro. Vi cómo se le iban los ojos hacia atrás y volvían a mí, asustado de cerrarlos por miedo a perderse algo. Le sostuve la base, lamí con la lengua plana, me lo metí hasta el fondo y volví a sacarlo. Cuando lo solté lo tenía brillante hasta los testículos.

—Si quieres durar —le advertí—, no me mires.

Cerró los ojos.

***

Lo subí a la cama y me senté encima. La primera vez que entró fue lenta, deliberada, los dos quietos un instante midiéndonos. Mateo dejó escapar un sonido entre la sorpresa y el alivio, como quien por fin entiende un chiste largo. Empecé a moverme, primero apenas, después con la cadera completa, dejando que él me mirara desde abajo.

—No te muevas tú —le dije—. Mírame y respira.

Obedeció. Apoyó las manos en mis caderas y me dejó hacer. Cuando empezó a perder el control le bajé el ritmo, le mordí el lóbulo de la oreja y le dije al oído lo que la pornografía nunca le había enseñado: que el placer no es solo terminar, que también es saber esperar.

Cambiamos. Me puso de lado, una pierna sobre su hombro, y entró de nuevo. Cambiamos otra vez. Lo dejé subirse encima, mirándome desde arriba con la boca abierta y los ojos enormes.

—¿Esto es lo que querías? —le pregunté.

—Esto es lo que necesitaba.

Cuando ya no aguantó más se retiró, se subió hasta apoyar las rodillas a los lados de mi pecho y se dejó la verga entre mis senos. Apreté con las dos manos para él. Cinco, seis movimientos y acabó, caliente, sobre el cuello y la barbilla. Soltó una risa de chico que acaba de ganar algo y se dejó caer a mi lado.

***

Me bañé sola, con el espejo empañado y la espalda apoyada contra la cerámica fría. Cuando salí lo encontré sentado al borde de la cama, ya vestido, mirándose las manos.

—Mentiste —le dije mientras me ponía el vestido.

—¿En qué?

—Eras virgen.

—Lo era.

—No me refiero a eso. Lo eras hace dos horas. Pero un virgen no sabe lo que hiciste tú.

Sonrió sin mirarme.

—He visto mucha pornografía.

—Demasiada.

Se levantó y se acercó. Me besó en la frente, no en la boca, y por algún motivo ese detalle me quebró más que todo lo anterior.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por insistir.

Bajamos juntos en el ascensor. En la calle nos separamos sin abrazarnos. Él se fue por la avenida y yo crucé en dirección al estacionamiento, sin mirar atrás. Caminé despacio. Por dentro me sentía liviana, casi tonta, como si el cuerpo me pesara la mitad. No me arrepentí ese día, ni ese mes, ni nunca.

A veces todavía me escribe. Los mensajes son distintos ahora. Más cortos. Más respetuosos. Y siempre, sin excepción, los contesto.

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Comentarios (5)

MarcosLP_77

Que relato!!! me enganche desde el principio y no pude parar de leer. Excelente

PaulaV91

Necesito una segunda parte por favor!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo

CrisRosario

Me encanto como construiste la tension, se siente muy real. La parte del restaurante me mato jajaja

TorresReader

Muy buen relato, la protagonista tiene mucho caracter. Segui publicando!

LucasPampa

Y al final fue la primera vez de los dos o solo de el? jaja me quede pensando en eso. Muy bueno igual

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