Mi primera vez fue una tarde de estudio en marzo
Empezaba la facultad con dieciocho años recién cumplidos y la cabeza llena de fantasías que nunca había podido comprobar. Mi pueblo era chico, las chicas escasas, y la mirada de mis tías más vigilante que la del portero del colegio. Cuando aterricé en la capital con dos valijas, un colchón nuevo y un departamento alquilado a media cuadra de la facultad, sentí que por fin la vida iba a empezar en serio.
Conocí a Antonella en la segunda semana de cursada. Era flaquita, morocha, con el pelo lacio cortado a la altura de los hombros y una manera de hablar bajito que obligaba a inclinarse para escucharla. No era una belleza de revista, pero tenía algo. Y ese algo se fue volviendo más evidente con el correr de los días, cuando el calor de marzo nos obligó a aligerar la ropa y empecé a notarle el cuerpo debajo de las remeras finas: las tetas chicas y firmes sin corpiño los días de más calor, los pezones marcándose bajo el algodón, el culo respingado que se le dibujaba cuando se agachaba a levantar la mochila.
Nos habíamos puesto a estudiar juntos por pura comodidad. Vivíamos cerca, los apuntes nos cuadraban y los dos teníamos terror del primer parcial. Compartíamos mates en la biblioteca, después en algún bar, después en mi departamento. Yo no le había dicho nada que pudiera incomodarla. Ella me había contado, en cambio, de un chico de su ciudad con el que se carteaba, un tal Joaquín que le prometía visitas que nunca terminaban de concretarse. Por las noches, antes de dormir, yo me preguntaba si esas cartas las leía dos veces o si ya las leía por inercia. Después me la hacía puñetas pensando en ella, imaginándole el coño, imaginándole la cara si me la encontraba una tarde arrodillada entre mis piernas.
Tampoco hubiera importado mucho. Mi historial era pobre. Algún manoseo en una fiesta de quince, un beso largo en el cumpleaños de un primo, un par de revistas escondidas detrás del placard con tetas enormes y coños abiertos de par en par que me habían enseñado más anatomía que cualquier clase de biología. Lo que sabía del sexo, lo sabía por imaginación y por la mano. Lo que no sabía, lo intuía. Y a Antonella la intuía con un detalle que me dejaba con la verga dura en mitad de una clase de álgebra.
—¿Cuándo termina esto? —preguntó ella esa tarde, soltando el lápiz sobre la mesa.
Estábamos en mi departamento desde el mediodía. Habíamos almorzado dos sándwiches de jamón, tomado litros de mate y avanzado apenas veinte páginas. El parcial era el lunes. Yo no podía concentrarme. Ella tampoco.
Llevaba una blusa de lino blanco, con botones por delante. Los dos primeros estaban abiertos por el calor. Cuando se inclinaba sobre el apunte, la tela se le abría apenas y yo alcanzaba a ver el contorno de un corpiño claro y la curva limpia de una teta que parecía chica desde lejos y otra cosa de cerca. Los pezones se le marcaban bajo el lino, chiquitos, duros, apuntando hacia adelante. Yo seguía mirando, fingiendo que pensaba en una ecuación que ya no entendía, con la verga apretada contra el cierre y el pulso latiéndome en la punta.
—No sé —le contesté—. Yo ya no entiendo lo que leo.
Antonella se rió y se desperezó en el sillón. Llevaba puesto un pantaloncito corto de tela suelta. Estaba descalza, con los pies apoyados sobre el almohadón. Cada vez que cruzaba o descruzaba las piernas, la tela se le corría un poco más para arriba y yo perdía el hilo. Era una tortura inofensiva, de esas que uno se gana solo y de las que no se puede quejar.
—Tengo el cuello hecho un nudo —dijo, llevándose la mano a la nuca—. No puedo más.
—¿Querés que paremos?
—Quiero que me hagas un masaje. ¿O eso tampoco lo aprendiste en el pueblo?
Lo dijo en broma, con esa media sonrisa que ya le había visto otras veces y que nunca terminaba de saber qué significaba. Yo me reí. Había leído un par de libros sobre digitopuntura, había practicado con mi vieja y con mi hermana, sabía lo suficiente como para no hacerle daño. Y necesitaba una excusa para acercarme.
—Algo sé —le dije—. Probemos.
***
Le pedí que se sentara en el piso, con la espalda contra el sillón bajo. Yo me acomodé en el sillón, detrás. Desde ahí, mis manos le llegaban justo a los hombros sin obligarla a moverse.
Empecé con la palma abierta, presionando despacio sobre la tela de la blusa. Le acaricié la base del cuello con el pulgar, busqué los nudos con los dedos índice y mayor, fui apretando con una firmeza calculada. La oí soltar el aire en una especie de quejido suave que no era de dolor.
—Así —dijo—. Más fuerte.
Le respondí sin hablar, presionando con más decisión. Pasaron cinco minutos. Después diez. Las palabras se nos fueron quedando atrás. Ella seguía con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Yo tenía las dos manos sobre sus hombros y el pulso en cualquier parte menos en los dedos. Tenía la verga hinchada, empujando contra el pantalón, y desde donde estaba sentado veía cómo el escote se le abría cada vez que respiraba hondo.
En un momento se llevó la mano a los botones de la blusa y desabrochó dos más.
—Para que llegues mejor —dijo, sin mirarme.
Asentí, aunque no me viera. La tela se le cayó por los hombros y le quedó colgando de los brazos. El corpiño era simple, blanco, con un encaje fino en el borde. La piel de la espalda era más clara de lo que había imaginado, casi traslúcida, y se le marcaban unas pecas mínimas en los omóplatos que tuve ganas de contar con la lengua.
Mis manos siguieron donde estaban. Hombros, base del cuello, trapecios. De vez en cuando los dedos bajaban un poco más, rozaban el comienzo de los omóplatos. Ella no decía nada. Solo respiraba más profundo, más lento.
Bajé las manos hasta la cintura, las hice subir despacio por los costados. Cuando los pulgares le pasaron junto a las tetas por primera vez, fue casi accidental. Ella levantó una mano —yo pensé que iba a detenerme— y la volvió a bajar enseguida sobre la pierna. Después no dijo nada. Al rato volví a pasar y tampoco. La tercera vez ya no fue accidente: le ahuequé las palmas sobre el corpiño y le apreté las tetas enteras, sintiendo cómo se le endurecían los pezones contra el algodón.
—¿Te molesta? —pregunté en voz baja, cerca de la oreja.
—No.
***
Le bajé la blusa hasta los codos. Sin apuro, sin pedir permiso, sin pretender que era parte del masaje. Le besé la base del cuello, donde se le juntaba el pelo, y la sentí estremecer. Tenía la piel un poco salada, con el calor de la tarde y el calor de lo que estaba pasando.
—Te miré durante todo el mes —le dije. No sé por qué se lo dije.
—Yo también te miré.
Esa frase fue como una puerta que se abriera de adentro hacia afuera.
Le pasé las manos por la cintura, le solté el corpiño con una torpeza que ella misma terminó de resolver. Lo dejó caer al piso. Cuando le rocé las tetas con las palmas abiertas, le encontré los pezones tan duros que parecían pedirlo. Eran chicos, rosados, casi transparentes, coronando dos tetas firmes que me cabían justas en la mano. Me bajé al piso, me senté frente a ella, y la besé en la boca por primera vez.
No fue un beso de cine. Fue lento, indeciso, con la respiración mezclada. Le mordí el labio inferior y la sentí reírse contra mi boca. Después le metí la lengua entera y ella me la chupó con una lentitud que me hizo gemir dentro de su boca. Se me trepó al regazo, sin que yo se lo pidiera, y me clavó las dos rodillas a los costados de la cadera. La verga se me quedó apretada contra el pantalón, justo debajo de ella, y sentí perfectamente cómo el pantaloncito suelto se le corría y el bulto empapado de la tanga me quedaba pegado al bulto duro del cierre.
—Hace tanto que no me besan —dijo.
—¿Y tu novio?
Sonrió de costado.
—Mi novio escribe cartas.
Le acaricié las tetas despacio, primero con la yema de los dedos, después con la palma entera. Se las apreté juntas, se las levanté, se las miré un rato largo como se mira algo que uno se acordó de desear justo cuando lo tuvo enfrente. Bajé la cabeza y le pasé la lengua por un pezón. Se lo lamí despacio, girando alrededor, y después se lo chupé entero, metiéndomelo en la boca hasta la areola. Ella soltó un sonido corto, agudo, como si la hubiera sorprendido en mitad de un sueño. Le pasé al otro pezón, se lo mordí suavecito, se lo tironeé con los dientes. Me envolvió la cabeza con las manos, me tiró del pelo, me empujó hacia abajo y hacia arriba al mismo tiempo, sin decidirse.
—Chupámelas, dale —me susurró, con una voz ronca que no era la suya—. Chupámelas fuerte.
Le hice caso. Le mordí, le lamí, le pasé la lengua plana por toda la teta y le volví al pezón, cambiando de una a la otra, dejándole la piel brillosa de saliva. Ella se retorcía encima mío, moviendo la cadera en círculos, restregándome el coño contra la verga por encima de la ropa.
La verga me apretaba contra el cierre del pantalón con una urgencia ridícula. Cada vez que ella se movía sobre mí, me costaba más pensar. Le subí una mano por la pierna, por debajo del pantaloncito suelto, y le toqué la cara interna del muslo. Estaba caliente. Más caliente de lo que esperaba. Subí un poco más, sin saber si me iba a frenar, y le rocé la tanga.
Estaba empapada. La tela, los muslos, todo. Los dedos se me hundieron en algo blando y caliente que se resistía apenas por encima del algodón. La sentí contener el aire y soltarlo de golpe.
—Esperá —dijo.
Me quedé quieto.
—No —corrigió—. No pares.
***
La tela era mínima. Una tanga blanca de algodón fino que se le pegaba al cuerpo y dejaba poco a la imaginación. Le pasé los dedos por encima, recorriendo el borde, sin meterme adentro todavía. Se le marcaba la raja del coño perfectamente a través del algodón mojado, un surco que le partía la tela en dos y que yo recorrí de arriba abajo con la yema del dedo mayor. Ella me besaba en la boca con más insistencia, y cada vez que mis dedos presionaban, dejaba escapar un gemido cortado contra mi lengua.
Cuando finalmente moví la tela a un costado y la toqué directamente, soltó un quejido más largo y se aferró de mis hombros con las dos manos. Le encontré un coño depilado casi por completo, con un colchoncito de vello corto arriba y los labios lisos, hinchados, calientes. Estaba empapada de verdad, chorreando, con una humedad espesa que me untó los dedos apenas los pasé por el medio. Le abrí los labios con dos dedos y me quedé un segundo tocándole todo con la yema, aprendiendo la geografía a los dieciocho años como si fuera un mapa que había esperado toda la vida.
Le encontré el clítoris casi de casualidad —yo nunca lo había tocado en serio, lo había leído, lo había imaginado, pero no era lo mismo— y ella me lo confirmó con un movimiento de la cadera que me indicó dónde estaba y cómo se quería tocar. Era una perlita dura, hinchada, escondida entre los pliegues. Se la froté con el dedo mayor en pequeños círculos y ella pegó un respingo, se me cerró contra el pecho, se me clavó las uñas en la nuca.
—Ahí, ahí, ahí —jadeó, con la boca contra mi cuello—. No lo sueltes, así, dale.
Le seguí el ritmo. Aprendí en dos minutos lo que no había aprendido en dieciocho años: que había que insistir en el mismo punto, con la misma presión, sin cambiar el ritmo aunque los dedos se cansaran. Con la mano libre le agarré una teta y se la apreté, le pellizqué el pezón entre el pulgar y el índice. Le besé el cuello, le mordí suavemente la oreja, le susurré cualquier cosa que se me ocurriera.
—Metémela —me pidió de golpe, agitada—. Un dedo, metémelo.
Bajé la mano un poco más y le hundí el dedo mayor en el coño. Entró entero, sin resistencia, tragado por una humedad caliente que me apretó como una boca. Se le escapó un gemido largo, gutural, y arqueó la espalda contra mí. Se lo saqué y se lo volví a meter, despacio, aprendiendo el movimiento. Después metí dos. Ella empujaba la cadera hacia abajo, cabalgándome los dedos, buscando el fondo, con la respiración cortada.
—Con el pulgar arriba —me guió—. Dale, arriba, en el clítoris, mientras me la metés.
Le hice caso. Los dos dedos entrando y saliendo, el pulgar frotándole la perlita, la boca mía chupándole la teta que le quedaba a mano. Ella me clavó las uñas en la nuca y me llamó por mi nombre dos veces, con una voz que no le había escuchado antes.
Después tembló entera. Fue raro y hermoso al mismo tiempo: el cuerpo se le puso tenso, el aire se le cortó en mitad de un gemido, y empezó a sacudirse en pulsos cortos que terminaron en un grito ahogado contra mi hombro. Le sentí el coño apretándome los dedos en espasmos, chupándomelos hacia adentro, mojándome la mano hasta la muñeca. Le pasé el brazo libre por la espalda y la apreté contra mí, sin moverme, hasta que el temblor se le fue convirtiendo en respiración entrecortada.
—Perdón —dijo después, riéndose y tapándose la cara con una mano.
—¿Por qué?
—No sé. Por gritar. Por acabarte en la mano.
—Acabate todas las veces que quieras.
Se rió, tapándose los ojos con el antebrazo. Todavía tenía las tetas al aire, los pezones enrojecidos y brillantes de mi saliva, el coño empapado. Le saqué los dedos y me los miré: brillaban, hilos finos colgando entre los nudillos. Me los llevé a la boca sin pensarlo y le probé el sabor, salado, denso, un poco ácido. Ella me miró hacerlo con los ojos muy abiertos y algo se le prendió otra vez adentro.
—La puta madre —murmuró.
Yo todavía no había terminado. El pantalón estaba a punto de explotar y ella se dio cuenta. Bajó la mano sin avisar, me buscó el cierre, lo bajó con torpeza y metió la mano por encima del bóxer. Apenas me tocó —apenas, con la palma cerrada sobre la tela— y me deshice contra su mano como el adolescente que era. Sentí el calor mojando el algodón, el alivio inmediato, la vergüenza, las ganas de seguir. La verga latió tres, cuatro veces contra la tela, escupiendo la corrida como si tuviera meses guardada, y ella la sostuvo en la mano, apretándomela suavecito, sintiéndome pulsar contra la palma.
Ella no se rió. Me miró con una ternura que no le había visto antes y me dejó la mano ahí un rato más. Me bajó el bóxer, curiosa, y me miró la verga por primera vez: rojísima, todavía dura, con la punta brillante y el semen escurriéndose por el tronco. Me pasó el dedo despacio, de la base a la punta, recogiendo la corrida como si fuera miel, y se llevó el dedo a la boca sin sacarme los ojos de encima.
—No te vas a librar tan fácil —me dijo.
Me agarró con la mano cerrada y me empezó a bombear despacio, deslizando la piel arriba y abajo, usando la propia corrida como lubricante. Yo estaba tan sensible que se me escapó un quejido apenas empezó. Me apretaba la punta con el pulgar, me bajaba la piel hasta el fondo, me subía otra vez. En un minuto la tenía de vuelta durísima, más dura que antes, latiendo en su mano.
—Vení —me dijo.
Se bajó del regazo, se arrodilló entre mis piernas y me abrió las rodillas con las manos. Me miró desde abajo, con esa media sonrisa suya, y me metió la punta en la boca sin decir nada. Fue un segundo, apenas un beso húmedo alrededor del glande, pero se me nubló todo. Después bajó, se la metió entera, y yo sentí el fondo caliente de su garganta apretándome la punta. Salió con un ruido húmedo, escupió un hilo de saliva sobre la verga, y volvió a bajar.
—Mirame —me pidió, con la boca llena.
La miré. Tenía los ojos oscuros y grandes, un poco húmedos, la boca estirada alrededor de mi verga, el pelo cayéndole sobre la mejilla. Me la chupó despacio, subiendo y bajando, ayudándose con la mano, deteniéndose en la punta para pasarme la lengua por el frenillo. Cuando se dio cuenta de que iba a acabar de nuevo, aceleró. Me apretó los huevos con la otra mano, me metió la verga entera hasta que la sentí golpearle el fondo, y se quedó ahí, tragando alrededor.
—Me voy —le avisé, apenas pudiendo hablar.
No sacó la boca. Al contrario: bajó una vez más, hasta la base, y me apretó los huevos justo cuando exploté. Le acabé en la garganta a chorros largos, sintiéndola tragar cada uno, con las piernas temblándome y los dedos enterrados en su pelo. Cuando terminó, me sacó despacio, con la lengua todavía pegada al glande, y me dejó un beso en la punta.
—Ahora sí —dijo, limpiándose la comisura con el pulgar.
Se la llevó a la boca y se lamió el dedo.
***
Nos quedamos un rato en silencio. Antonella se levantó, se acomodó el corpiño, se pasó una mano por el pelo y se metió en el baño. Demoró diez minutos. Cuando volvió, traía la blusa abrochada, los ojos brillantes y la sonrisa que ya conocía pero que ahora me significaba otra cosa.
—¿Qué fue eso? —preguntó, sentándose a mi lado en el sillón.
—No sé.
—Yo tampoco.
Calenté agua, cebé un mate amargo y nos lo tomamos despacio. Los apuntes seguían abiertos sobre la mesa, ridículos. Ninguno de los dos hizo el chiste fácil de retomar el estudio. Hablamos de cualquier cosa: del calor, del colectivo que no pasaba nunca, de una película que ella había visto el sábado. De Joaquín y de las cartas no dijimos una palabra, como si nombrarlas las hiciera reales otra vez.
A las ocho me dio un beso corto en la boca y se fue. Desde la puerta me dijo que el sábado a la tarde tenía libre y que si quería podíamos volver a estudiar. Lo dijo con la misma media sonrisa de siempre, pero ya no me hacía falta interpretarla.
Aprobamos el parcial. Aprobamos también todos los que vinieron después. De Joaquín no volví a escuchar el nombre hasta dos años más tarde, cuando ella misma lo nombró riéndose, hablando de una vida vieja que parecía la de otra persona.
De aquella tarde aprendí dos cosas, y todavía las recuerdo. Que las cartas, por largas que sean, no resisten un masaje bien dado. Y que el debut, cuando llega, no llega como uno se lo imaginó mil veces. Llega como tiene que llegar: torpe, urgente y mejor de lo que cualquier paja había sabido prometer.