Mi vecina quiso que yo fuera su primera vez
Cuando me mudé a Las Acacias todavía dormía con la luz del salón encendida. Mi mujer había muerto en mayo y la casa que habíamos elegido juntos me pesaba demasiado. Los departamentos del complejo los había heredado de mi madre y uno estaba vacío. Pensé en quedarme tres meses; terminé viviendo ahí casi cuatro años.
A Camila la conocí la segunda semana. Tenía dieciséis y bajó a mi puerta con un plato de empanadas que su madre me mandaba de bienvenida. Llevaba una camiseta ancha, unos shorts deshilachados y el pelo corto, oscuro. Me dio el plato, dijo «soy de arriba», y se fue antes de que yo terminara de darle las gracias.
Su madre, Renata, era cardióloga del hospital regional y rondaba los cuarenta y ocho. Viuda también, criaba sola a su única hija. En pocos meses nos hicimos amigos: cafés en mi balcón los domingos, una cerveza cuando salía tarde del sanatorio. Camila orbitaba esas charlas. A veces se sumaba con un libro y los pies descalzos sobre el taburete; otras veces solo pasaba por la cocina y me saludaba con la mano.
Los dos años entre sus dieciséis y sus dieciocho los recuerdo como un solo verano largo. Camila se había estirado, había perdido la blandura del comienzo y andaba en falda tan corta que la madre, cuando estaba, le pedía que se cambiara. Yo no le decía nada. Me había acostumbrado a verla así, igual que me había acostumbrado a su voz un poco ronca, a la manera que tenía de morder los hielos del vaso mientras me contaba sus cosas. Por un tiempo me pareció una sobrina; después dejó de parecerme una sobrina.
El día que aprobó el ingreso a la universidad subió a contármelo. Se trepó al taburete de la cocina, con falda, y se quedó balanceando los pies. Llevaba una blusa fina y un top deportivo que se le marcaba debajo. Ya no eran los pechos de la chica del balcón. Eran de otra persona.
—Voy a estudiar medicina —dijo—. Como mamá.
—Te va a salir bien.
—Ya sé. —Sonrió—. Mateo, ¿puedo preguntarte algo medio raro?
—Prueba.
—¿Te parece que tendría que empezar a tomar la pastilla?
Me quedé un segundo mirando el vaso, no a ella.
—¿Estás con alguien?
—No. Pero entro a la facultad, conozco gente, prefiero estar tranquila.
—Háblalo con tu madre.
—Contigo es más fácil.
Levanté la vista. Tenía los ojos verdes fijos en mí, sin pestañear. No era una pregunta de hija sustituta. Lo entendí en ese momento, aunque no quise entenderlo del todo.
No me hagas esto ahora. No tengo cómo defenderme.
***
Las semanas siguientes fueron raras. Camila empezó a bajar más seguido, en momentos extraños. Llegaba con el bolso del gimnasio y me preguntaba si tenía agua fresca; entraba mojada de la piscina del fondo y me pedía una toalla. Una tarde se probó un vestido nuevo en mi salón, frente al espejo del pasillo, y me preguntó si se veía bien por delante y también por detrás. Cuando se dio vuelta para que la mirara, tardé en contestar.
—Está bien —le dije.
—¿Solo bien?
—Está muy bien.
—Mejor.
Renata seguía con sus guardias de cuarenta y ocho horas. A veces me llamaba desde el hospital para avisarme que iba a tardar; yo le decía que Camila estaba estudiando en su casa, cuando en realidad estaba abajo, en mi cocina, descalza, comiendo arroz de la olla con un tenedor.
Un sábado a la noche pusimos una serie cualquiera en el televisor. Era tarde. Camila tenía las piernas cruzadas debajo del cuerpo y un vaso de vino en la mano. Llevaba una falda de tela vaquera azul descolorido y una blusa naranja sin mangas. Bajó el sonido del televisor sin pedir permiso.
—Mateo, quiero que seas sincero conmigo.
—Dime.
—¿No te gusto, o no te gusto como mujer?
Apoyé el vaso en la mesa baja. Tenía la boca seca.
—Camila…
—Hice todo lo que se me ocurrió para que te dieras cuenta. No soy estúpida. Me hago la que no me doy cuenta, pero me doy cuenta.
—Tengo treinta y cinco años.
—Y yo dieciocho. Mayor de edad. Cualquier cosa que pase entre nosotros es entre nosotros.
—Tu madre es mi amiga.
—Mi madre no está acá.
—No es así de simple.
Se enderezó en el sillón y se acomodó la falda con las dos manos, despacio, como si midiera cada gesto.
—Te lo voy a poner fácil —dijo—. Quiero que seas tú. La primera. Quiero que me beses y quiero que hagas todo lo que se te ocurra. Si me dices que no, mañana hago como que esto nunca pasó, pero no te vuelvo a hablar. No aguanto más esto.
Hubo un silencio largo. Escuchaba el zumbido de la nevera del otro lado de la pared. Pensé en Renata, en los cafés del domingo, en la culpa que me iba a perseguir el resto de mi vida. Pensé también en el escote de la blusa naranja, en la línea fina de sudor que tenía Camila en el cuello, en la forma exacta de sus rodillas cruzadas.
El cuerpo no preguntó. Me acerqué y la besé.
***
Camila tenía los labios fríos del vino. Al principio era yo el que la besaba; a los segundos era ella la que me empujaba la lengua contra la mía, sosteniéndome la cara con las dos manos como si yo me le fuera a escapar. Olía a champú barato y a perfume prestado de su madre.
—Dime que sí —murmuró entre besos.
—Sí.
Le subí los tirantes de la blusa por los hombros. Debajo tenía el top deportivo; lo levanté con las dos manos y le quedaron los pechos sueltos, más pesados de lo que había imaginado, con los pezones oscuros y duros. Le pasé la lengua por uno y le sentí el escalofrío bajarle hasta las caderas. Le mordí despacio el otro y le escuché un sonido nuevo, agudo, que ella misma se cortó tapándose la boca.
—No te tapes —le dije—. Aquí no te oye nadie.
—Me da vergüenza.
—Te va a dar más.
Se rio. Una risa breve, nerviosa, real. Después dejó de reírse.
Le subí la falda hasta la cintura. La ropa interior era blanca, de algodón, y estaba mojada de una manera que no se puede fingir. Le pasé los dedos por encima de la tela y la sentí temblar; cuando le hice a un lado el elástico y la toqué directamente, soltó un quejido sordo y se tiró hacia atrás contra el respaldo del sillón. Ahí me di cuenta de que la habían tocado poco. Casi nada.
—¿Quieres que pare?
—Te juro por mi madre que si paras te mato.
Me arrodillé entre sus piernas. Le saqué la ropa interior de un tirón y se la dejé colgando del tobillo. Tenía un vello fino, oscuro, y un olor a chica recién salida de la ducha. Me acerqué y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, una vez, despacio, midiendo el efecto. Se arqueó y se aferró del cuero del sillón.
—Mateo… —Era todo lo que podía decir.
No paré. Le abrí los labios con dos dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua. Lo tenía hinchado, prominente, mucho más sensible de lo que ella misma sabía. Bastó un movimiento corto y constante; al cabo de un minuto se le tensaron los muslos a la altura de mis orejas y se vino, con un grito ahogado contra el almohadón.
—Para, para —me dijo—. No aguanto, no aguanto.
—Aguantas.
Subí. La besé con su propio sabor en la boca y le saqué del todo la falda. Yo todavía tenía pantalón. Me lo bajé hasta las rodillas y me solté el bóxer. Camila me miró sin pestañear, igual que esa tarde en la cocina, y se mordió el labio de abajo. No con coquetería. Con miedo y deseo a partes iguales.
—Ven —dije.
—¿Quieres que te lo bese?
—Después. Ahora ven.
La acomodé en el sillón con las piernas abiertas y la espalda recostada. Cuando le entré, lo hice de a poco, viendo cómo le cambiaba la cara. La primera resistencia la sentí enseguida; ella apretó los dientes y me clavó las uñas en el antebrazo, pero no me pidió que parara. Empujé un poco más y supe que había pasado. Me quedé quieto.
—¿Estás bien?
Asintió con los ojos cerrados. Tenía dos lágrimas entre las pestañas, no de tristeza, de tensión liberada. Le besé los párpados, las cejas, la frente.
—Avísame cuando quieras que me mueva.
—Muévete.
Me moví despacio. Al rato fue ella la que empezó a moverse contra mí. La sentí mojarme los muslos, abandonarse del todo. Cuando vi que ya no apretaba los dientes, que sonreía con la boca entreabierta, agarré ritmo. El sillón crujió. Camila empezó a decir cosas que no se entendían y que sonaban a otro idioma. Se vino de nuevo, esta vez con la columna en arco y los talones clavados en el almohadón. Aguanté unos segundos más, hasta que no aguanté, y me salí justo a tiempo.
—¿Por qué te saliste? —jadeó—. Te dije que tomo la pastilla.
—Por costumbre. Perdón.
—La próxima no salgas.
***
Nos fuimos al baño. La duché yo, le pasé el jabón por la espalda, por las nalgas, entre los muslos. Le sentí el cuerpo distinto, asentado. Cuando salimos, Camila quedó parada en el medio de la habitación, desnuda, con una cadenita fina de oro en el cuello, mirándome como si esperara instrucciones.
—Boca abajo —le dije.
Se acostó. Le pasé la lengua por la nuca, por entre los omóplatos, por el surco de la espalda. Cuando le bajé un poco más, sentí que se tensaba.
—Mateo, ahí no.
—Confía.
—Es que me da…
—¿Vergüenza?
—Cosquillas. Y vergüenza.
—Si quieres que pare, dímelo y paro.
No dijo nada. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua entre ellas, lento, sin presionar. Sentí cómo se le contraía el cuerpo entero al primer contacto. Después escuché un sonido nuevo: una especie de risa floja que se transformó en gemido. Se aferró a la sábana con las dos manos.
—Dios mío —dijo bajito—. Dios mío, Mateo.
Le comí el culo durante un rato largo, sin apuro. La sentí venirse otra vez, solo con eso, con un temblor que le recorrió las pantorrillas y los hombros al mismo tiempo. Cuando levanté la cabeza, ella tenía la cara enterrada en la almohada y los hombros sacudiéndose en una mezcla de risa y llanto que yo no había visto en ninguna mujer adulta.
—¿Estás bien?
—No sabía que eso existía —dijo contra la almohada—. Nadie me dijo que eso existía.
La di vuelta y me metí dentro de ella otra vez, ahora por el otro lado. Esta vez no salí. Cuando terminé, se quedó abrazada a mi cuello, sin hablar, oliendo a champú y a sudor y a algo que era nuevo. El reloj de la mesilla marcaba las once y veinte.
***
A las doce sonó el teléfono fijo. Era Renata.
—Mateo, perdona la hora. ¿Está Camila ahí abajo? No me atiende el móvil.
—Está aquí. Estábamos viendo una película. Se quedó dormida en el sillón.
—Qué alivio. Gracias por cuidarla. Yo salgo recién mañana, tengo una urgencia.
—Tranquila.
—Eres un sol.
Colgué. Camila estaba apoyada en el marco de la puerta, envuelta en una toalla, mirándome con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—¿Mi madre?
—Tu madre.
—¿Hasta cuándo está de guardia?
—Hasta mañana a la noche.
—Entonces no me voy.
***
No se fue. Pasamos cinco meses así. Camila bajaba con un bolso, dormía conmigo, subía a su departamento antes del desayuno. Aprendió rápido todo lo que se podía aprender, y algunas cosas que yo no sabía que se podían aprender. Renata nunca sospechó, o si sospechó nunca dijo nada; me invitaba al asado de los domingos, me preguntaba por mi vida, me ofrecía presentarme una colega del sanatorio. Yo declinaba con educación y me ponía rojo de una manera que ella interpretaba como timidez.
Después me ofrecieron la vicepresidencia de la empresa en otra provincia y me fui. Lo hablamos varias noches antes. Camila me dijo que estaba bien, que era lo que yo tenía que hacer, que ella tenía la facultad y la vida por delante. Lloró un poco la última noche y después no más. Las dos somos médicas, me diría años más tarde como si fuera una broma vieja, las dos te elegimos a ti.
Hace unos días me escribió por mensaje. Es médica, como su madre. Está casada y tiene dos hijas que rondan la edad que ella tenía cuando bajó a mi puerta con el plato de empanadas. Me preguntó si me acordaba. Le dije que me acordaba de todo: de los hielos en el vaso, del top deportivo, de la cara que puso esa primera vez en el sillón naranja. Me contestó: yo me acuerdo de tu voz cuando me decías «no te tapes». Y después, un minuto más tarde, otro mensaje: a veces todavía no me tapo.