Perdí la virginidad con el amigo más tímido del grupo
Antes de empezar quiero aclarar que todo lo que voy a contar es real. No hay nada inventado en esta historia, ni un detalle. Decidí escribirla porque hace poco volví a pensar en aquella tarde y me di cuenta de que sigue siendo, después de tantos años, una de las pocas cosas que recuerdo con cariño absoluto.
Antes de cumplir los diecinueve nunca había tenido sexo con nadie. Sí me había besado con chicos y también con chicas en alguna fiesta, eran besos torpes y curiosos que terminaban en risas y en silencios incómodos a la mañana siguiente. Era parte de mi forma de ir descubriéndome, supongo. Hoy puedo decir tranquila que soy bisexual, pero en aquel momento todavía no le ponía nombre a nada.
Siempre fui muy tímida, y en esa época lo era todavía más. Tenía pocos amigos cercanos y solo uno de mi misma edad. Se llamaba Andrés y nos conocíamos desde el último año de la secundaria. Compartíamos los mismos discos, las mismas películas raras y una manía igual de difícil de superar: ninguno de los dos sabía cómo mirar a otra persona a los ojos durante más de tres segundos. Él me contaba de las chicas que le gustaban y yo lo escuchaba sin sentir nada. Era mi amigo y punto.
Una tarde de verano me llamó para invitarme a salir. Acepté sin pensarlo demasiado, era jueves y hacía un calor pesado, de esos que se pegan a la nuca y te dejan medio sonámbula. Fuimos a la plaza grande del barrio, esa que tiene unos árboles enormes y unos bancos pintados de verde que casi no se ven entre las raíces. Nos sentamos ahí y estuvimos horas hablando de tonterías, de la universidad que iba a empezar, de cómo nos imaginábamos a los treinta. Yo me reía mucho, recuerdo eso. Me reía con él de una manera distinta a cómo me reía con los demás.
Cuando ya empezaba a oscurecer y dijimos que era hora de volver, Andrés se quedó mirándome más de la cuenta. Me dijo, casi sin voz, que hacía rato venía sintiendo cosas por mí. Yo no supe qué contestar. Me subió un calor desde el cuello hasta las orejas, sentí la cara ardiendo y me imagino que estaba roja como un tomate. Él, al ver mi expresión, me pidió que no le respondiera nada en ese momento, que lo pensara con calma y le contestara cuando estuviera lista. Yo asentí porque era lo único que mi cuerpo me dejaba hacer.
Volví caminando a casa, despacio. Sus palabras me seguían sonando en la cabeza como un eco. Era raro, porque hasta esa tarde Andrés había sido nada más que un amigo, y ahora, de pronto, no podía dejar de pensar en cómo se le movía el pelo cuando hablaba o en la forma que tenía de morderse la uña del pulgar.
Pasaron tres o cuatro días y me decidí a llamarlo. No tenía idea de qué decirle, pero necesitaba escucharlo otra vez para entender lo que me estaba pasando. Le pedí que me explicara mejor qué era lo que sentía. Andrés no dudó. Me dijo que siempre me había encontrado bonita, pero que en los últimos meses se había dado cuenta de que estaba enamorado de mí. Lo dijo así, sin adornos, y otra vez me dejó sin palabras.
Le contesté con la verdad: que sus palabras me movían algo por dentro y que todavía no sabía bien qué era ese algo, pero que quería intentarlo. Empezamos a salir como novios al día siguiente.
***
Los primeros dos meses fueron de manos sudorosas y besos largos en los bancos del parque. Yo evitaba el sexo. Cada vez que él se acercaba un poco más, le decía que todavía no me sentía preparada, y él me respetaba sin quejarse. Andrés ya había estado con dos chicas antes y conocía el procedimiento, por decirlo de alguna manera. Yo, en cambio, llegaba a los diecinueve sin haber estado nunca con nadie.
Una noche de marzo, cuando el verano ya empezaba a aflojar, fuimos a su casa a ver una película. Sus padres se habían ido a la costa por el fin de semana y la casa estaba en silencio. Pusimos una de esas películas francesas que ninguno de los dos terminaba de entender, y a los veinte minutos ya no estábamos mirando la pantalla.
Su mano empezó a pasearse por mi muslo. Subía hasta casi tocarme la cadera y después bajaba otra vez, despacio, hasta arriba de la rodilla. Lo hacía con paciencia, casi como si me estuviera dibujando algo en la piel. Yo lo dejaba hacer. Nos besábamos con la lengua adentro, mordiéndonos los labios, y sentía cómo todo el cuerpo se me iba poniendo pesado, una especie de pesadez tibia que no había sentido nunca antes. La bombacha se me estaba pegando entre las piernas de lo mojada que empezaba a estar, y yo apretaba los muslos para disimularlo aunque él ya se había dado cuenta.
En un momento me metió la mano por debajo de la remera y me apretó las tetas por encima del corpiño. Me pellizcó los pezones a través del encaje y a mí se me escapó un gemido cortito que ni yo supe de dónde había salido. Después me bajó las copas del corpiño y me lamió los pezones uno por uno, con la lengua chata primero y después con la punta, dándoles vueltas hasta que se me pusieron duros como dos piedras. Yo, mientras tanto, iba pensando que ya estaba, que era hora, que no tenía sentido seguir postergándolo si lo que sentía con él era exactamente lo que tenía que sentir. Andrés se separó un poco, con la boca todavía brillante, y me preguntó al oído si estaba preparada para coger. Le dije que sí. Lo dije bajito, casi tragándome la palabra, pero lo dije.
Subimos a su habitación. Era una pieza chica con un póster grande de una banda que ya no recuerdo y una lámpara amarilla en la mesa de luz. Nos tiramos en la cama y seguimos besándonos un rato más, ya sin la ropa estorbando del todo: él se había sacado la remera en la escalera y yo tenía la falda subida hasta la cintura. Tomó mi mano y la llevó hasta su entrepierna. Por encima del pantalón sentí por primera vez su verga erecta, gruesa, marcada contra la tela del jean como si le fuera a reventar la bragueta. Era una textura nueva, dura y caliente bajo la tela, y a mí me dio un vértigo agradable que me bajó directo al coño.
Mientras lo apretaba por encima del jean, él me metía la mano debajo de la falda y me pasaba los dedos por encima de la bombacha, presionando justo en el clítoris con la yema del pulgar. Sentía cómo me iba humedeciendo más con cada caricia, una humedad espesa y vergonzosa que atravesaba la tela y le manchaba los dedos. Él corrió la bombacha hacia un costado y me metió dos dedos de golpe, hasta el fondo. Yo arqueé la espalda sin querer y solté un jadeo largo. Empezó a moverlos adentro mío, entraban y salían con un ruido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Con la otra mano seguía frotándome el clítoris, en círculos lentos primero, más rápidos después. Yo apretaba las sábanas con los puños, mordiéndome el labio para no gritar. Él parecía contento y a mí su sonrisa, y sus dedos hundidos hasta los nudillos en mi coño, me bastaban para tranquilizarme.
***
Se levantó de la cama y empezó a desvestirse. Se sacó el jean y se quedó en bóxer. Yo estaba sentada al borde del colchón mirándolo, con una mezcla de nervios y calor que me apretaba en la boca del estómago. Su verga se notaba durísima a través de la tela, casi como si quisiera salirse sola, y había una manchita húmeda justo en la punta donde se marcaba el glande. Él se acercó a mí y, un poco avergonzado, me pidió que se la chupara.
Nunca lo había hecho. Nunca había tenido una polla así de cerca de la cara. Le advertí que probablemente no le iba a gustar, que no tenía idea de cómo se hacía. Él se rio bajito y me contestó que no le importaba, que solo quería sentir mi boca. Le bajé el bóxer con las dos manos y su verga saltó frente a mí, rígida, con las venas marcadas a lo largo del tronco y la punta hinchada, brillante de líquido preseminal. La tomé con cuidado, como si fuera algo que se pudiera romper, y empecé a moverla despacio, subiendo y bajando el puño para ver cómo el glande se le tapaba y destapaba con el prepucio.
Acerqué la boca y la besé primero, después la lamí desde la base hasta la punta, siguiendo una de las venas gruesas que le atravesaba el tronco. En la punta ya se había juntado una gota gorda de líquido pre y la recogí con la lengua. Tenía un sabor salado, más suave de lo que me imaginaba. Trataba de hacer lo que había visto en algún video por curiosidad, lo único que tenía como referencia. Me la metía en la boca todo lo que podía, empujaba hasta que sentía la punta rozándome el fondo de la garganta y me daba una arcada chiquita, la sacaba llenándola de saliva, lamía la punta con la lengua plana, bajaba hasta los huevos y me los metía en la boca uno por uno, chupándolos con cuidado mientras seguía masturbándolo con la mano llena de saliva.
Andrés gemía bajito, una especie de quejido contenido, y cuando la punta se le hundía entre mis labios largaba un "puta madre" apretado entre los dientes. Me puso una mano en la nuca, sin apretar, solo apoyada, y empezó a marcarme el ritmo despacito, subiendo y bajándome la cabeza a su compás. Escucharlo a él perder el control de a poquito me calentaba más que cualquier otra cosa. Sentía el coño latiéndome, tan mojada que ya me chorreaba por el muslo, y sin darme cuenta empecé a apretar las piernas contra mi propia mano libre para aliviarme un poco.
Me sorprendió cuánto me gustó hacerlo. El sabor, el peso, sentir cómo le palpitaba en la boca cada vez que llegaba al fondo. Estuve un buen rato así, hasta que él me detuvo, medio agitado, diciendo que si seguía así se iba a correr enseguida. Me levantó por los hombros y me empezó a sacar la ropa con las manos apuradas.
Para ese momento yo ya no tenía nervios. Lo que me quedaba era pura calentura, una urgencia que me hacía moverme distinta, más rápida, menos pensada. Me sacó la remera, el corpiño, la falda y la bombacha, que arrancó hacia abajo casi rasgándola. Quedé desnuda frente a él y, contra todo pronóstico, no me dio vergüenza. Al contrario: abrí un poco las piernas, sin pensarlo, para mostrarle cómo estaba de mojada. Él se quedó mirándome un segundo con la boca entreabierta y después se tiró encima mío.
Me abrió las piernas con las dos manos y me hundió la cara entre los muslos. Fue la primera vez que sentí una lengua ahí y creí que me moría. Empezó lento, lamiéndome de abajo hacia arriba, recogiendo todo lo que yo estaba largando, y después se fijó en el clítoris y no se movió más de ahí. Lo chupaba, lo lamía en círculos, se lo metía entre los labios y lo succionaba flojito. Yo agarré la almohada con las dos manos y me tapé la cara para gritar contra la tela. Las caderas se me movían solas contra su boca. Me metió otra vez los dedos mientras seguía chupándome y yo sentí una tensión rara en el vientre, algo que se acumulaba pero no terminaba de romperse. Me arqueé, jadeé fuerte, y él levantó la cara toda brillante de mi flujo, sonriéndome con los labios hinchados.
***
Me tumbé del todo mientras él abría el preservativo. Tardó un poco en ponérselo, esos movimientos torpes que se hacen con las manos un poco temblorosas. Yo aproveché para tocarme, no por excitación, sino para asegurarme de que estaba lista. Me pasé dos dedos por la raja de arriba a abajo y los saqué chorreando. Estaba empapada. No había forma de que estuviera más lista que eso. Me llevé los dedos a la boca y los chupé mirándolo, y él soltó un "la puta madre" en voz baja mientras se terminaba de calzar el forro.
Andrés se acomodó arriba mío. El corazón me latía tan fuerte que estoy segura de que él lo escuchaba contra su pecho. Me besó otra vez, me volvió a preguntar si estaba segura, le dije que sí, que me la metiera de una vez, y entonces miré hacia abajo y lo vi tomarse la verga con la mano y apoyármela en la entrada del coño. Empezó a empujar despacio, frotándome primero la punta contra el clítoris, mojándose bien en mi flujo, y después buscando la abertura.
Costó al principio. A pesar de que estaba lubricada, sentía cómo me iba abriendo de a poco, una presión rara que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Él me metía la cabeza del glande, la sacaba, volvía a meterla un poco más, y cada vez avanzaba un centímetro más adentro. No me dolió, pero tampoco fue placer en ese primer momento. Era algo más parecido a una incomodidad nueva, una intromisión que mi cuerpo todavía no sabía cómo recibir, un estiramiento raro que me hacía contener la respiración.
Después de algunos intentos, empujó con más decisión y sentí cómo entró completo, cómo las bolas le golpearon contra el culo por primera vez. Se quedó quieto ahí adentro un momento, mirándome, dejándome acostumbrarme. Después empezó a moverse. Los huevos le rebotaban contra mí cada vez que empujaba hasta el fondo, y a esa altura la sensación ya empezaba a transformarse. Sentía cómo su verga me llenaba entera, cómo salía casi hasta la punta y volvía a hundirse toda, y con cada embestida el placer iba ganándole terreno a la molestia. Había placer, sí, pero también algo de incomodidad, todo mezclado. Estuvimos así varios minutos, él arriba, moviéndose despacio, mirándome a la cara como si quisiera asegurarse de que yo estaba bien, con las gotas de sudor cayéndole de la frente sobre mis tetas.
Me agarró las piernas y me las levantó hasta ponérmelas sobre los hombros. En esa posición entró todavía más profundo, tanto que solté un quejido y me clavé las uñas en sus brazos. Empezó a coger más rápido, con embestidas secas, y el ruido de los cuerpos chocando llenaba toda la habitación: piel contra piel, el chapoteo húmedo del coño, la cama crujiendo abajo nuestro. Me miraba las tetas rebotar con cada empuje y se mordía el labio. "Estás re apretada", me dijo con la voz ronca, y yo cerré los ojos porque escucharlo hablar así, tan crudo, me daba una vergüenza deliciosa.
En algún momento me preguntó, agitado, si quería cambiar de posición. Se acostó de espaldas y me dijo que me subiera arriba. Le hice caso. Me senté sobre él a horcajadas, tomé su verga con la mano, todavía caliente y brillante del forro mojado, y me la fui metiendo de a poco. Esta vez entró sin esfuerzo, se deslizó adentro como si el coño ya lo estuviera esperando. Apoyé las manos sobre su pecho y empecé a moverme.
Esta posición me gustó muchísimo más. Tenía el control de todo, podía elegir el ritmo, la profundidad, el ángulo. Iba probando hasta encontrar el lugar exacto donde me daba más placer, y cuando lo encontraba me dejaba salir un gemido más largo que me sorprendía a mí misma. Movía la cintura para adelante y para atrás, hacía pequeños saltos sobre él sintiendo la verga entrar y salir, me apretaba las tetas con mis propias manos porque necesitaba tocarme entera. Me reía sin querer, entre gemido y gemido, porque me sentía libre por primera vez en mi vida. Andrés me miraba desde abajo con la boca abierta, me apretaba las tetas, me pellizcaba los pezones, me daba palmadas flojas en el culo que me hacían saltar. Cada vez que yo bajaba con fuerza y me lo enterraba hasta la base, los dos gemíamos al mismo tiempo.
Andrés cerró los ojos en algún momento. Sentí cómo me apretaba la cintura con las dos manos, tan fuerte que después me quedaron las marcas de sus dedos, y empezó a levantar las caderas para clavarse en mí desde abajo, embistiéndome cada vez más rápido. Escuché un gemido más largo que los anteriores, un "me corro, me corro" apretado entre los dientes, y sentí cómo se le sacudía todo el cuerpo debajo del mío, cómo la verga le palpitaba adentro mientras descargaba dentro del forro. Yo no paré de moverme, quería sacarle hasta la última gota, y él se retorcía debajo mío diciéndome que parara, que no aguantaba más. Me dio una felicidad rara haberlo hecho terminar así, sentir cómo su cuerpo se rendía por completo al mío, una especie de orgullo nuevo del que no tenía nombre.
Me bajé despacio, con cuidado de no lastimarlo, y me acosté a su lado. Vi cómo se sacaba el forro, lleno de semen espeso y blanco, y lo hacía un nudo antes de tirarlo al piso al costado de la cama. Ninguno de los dos dijo nada por un rato largo. Lo único que se escuchaba en la habitación era nuestra respiración acelerada y, lejos, un perro que ladraba en la calle. Yo miraba el techo con los muslos todavía temblando y pensaba que acababa de pasar lo que durante tanto tiempo había estado postergando, y que no había sido perfecto pero sí mucho más lindo, mucho más sucio y mucho más intenso de lo que me había imaginado.
No tuve un orgasmo esa noche. Estuve cerca, muy cerca cuando me chupó el clítoris y cuando me monté encima suyo, pero no llegué del todo. Me costaría algunos meses más aprender exactamente qué tenía que hacer mi cuerpo para llegar hasta ahí. Pero recuerdo perfectamente que esa madrugada, mientras volvía caminando a mi casa con el pelo todavía revuelto y el coño palpitándome entre las piernas, todavía sintiendo el hueco donde había estado su verga, lo único que pensaba era que quería volver a hacerlo. Una y otra vez. Con él, con todos los Andrés que estuvieran por venir, con quien fuera. Algo se había desbloqueado adentro mío esa noche y yo todavía estaba aprendiendo a reconocerlo.