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Relatos Ardientes

Mi vecino me descubrió vestida de mujer una noche

Me presento: para el mundo soy Adrián, pero cuando cierro la puerta de mi piso y abro el último cajón del armario, esa es otra historia. Esa soy yo, Camila. Todo empezó cuando me mudé a Zaragoza, a un edificio de fachada gris en un barrio tranquilo donde nadie conocía a nadie y donde, por primera vez en mi vida, sentí esa libertad deliciosa de ser quien me diera la gana.

La curiosidad me había rondado desde siempre. Un día, deshaciendo cajas, encontré unas braguitas de encaje que mi hermana había dejado por error en una maleta vieja. Solo por morbo, me las puse debajo de los vaqueros y salí a comprar el pan. Recuerdo que en el ascensor no podía dejar de pensar en esa tela suave moviéndose contra mi piel a cada paso. Fue un golpe de placer que no esperaba, una corriente que me recorrió y que no quise apagar.

Al principio era solo eso, ropa interior escondida bajo la mía. Después empecé a rondar los mercadillos de segunda mano de los domingos, buscando cosas que nadie sospecharía: blusas de gasa, faldas que se sentían líquidas al caminar, y unos tacones que compraba siempre una talla más grande para que me entraran. En casa caminaba con ellos torpemente, agarrándome a los muebles, y aun así me sentía alta, distinta, elegante.

Lo más curioso era el efecto que tenía sobre mí. Con la ropa de Adrián no sentía nada especial por nadie. Pero en cuanto me recogía el pelo, me pintaba los labios y me miraba en el espejo convertida en Camila, el deseo por los hombres se encendía como una brasa soplada. Era verme y sentirme así lo que despertaba todo. La polla se me ponía dura debajo de las braguitas, apretada contra el encaje, y me pasaba horas frente al espejo tocándome por encima de la tela, imaginando manos ajenas, bocas, vergas gruesas empujándome contra la pared.

Mi primer gran atrevimiento fue salir a la calle de verdad. Elegí las tres de la mañana de un martes cualquiera. Me puse una falda negra, medias gruesas para disimular y una blusa de manga larga. Me veía bastante discreta, casi normal, pero la sensación era otra cosa. Bajé en el ascensor con el corazón en la garganta, crucé el portal y di una vuelta a la manzana.

Si alguien sale ahora, me muero aquí mismo.

Pero la calle estaba muda. Caminé deprisa, sintiendo por primera vez el aire de la noche en mis piernas desnudas bajo la falda. Fue como un bautismo. Volví a casa agotada y temblando, con una sonrisa de oreja a oreja que no se me borró en toda la noche.

***

Lo que no sabía es que esa madrugada alguien me había visto. Mi vecino, Marcos. Un hombre nada presumido, de los que charlan con el del kiosco y se toman una cerveza los domingos en el portal, siempre amable. Vivía justo enfrente, puerta con puerta.

Al día siguiente nos cruzamos en el ascensor. Me saludó con media sonrisa y soltó:

—¿Todo bien, vecino? Anoche te vi un poco raro, como despistado.

Sentí que el alma se me caía a los pies. Disimulé como pude.

—Ah, sí, es que me había dejado algo en el coche. Las prisas, ya sabes.

Pero Marcos era listo. Muy listo. En lugar de incomodarme, se volvió aún más cercano. Me ofrecía café en el rellano, me ayudaba a subir las bolsas de la compra, siempre con ese tono de «estoy aquí para lo que necesites». Poco a poco bajé la guardia. Hablábamos de todo y yo me sentía libre con él, aunque jamás mencioné a Camila.

Una tarde, apoyado en el quicio de su puerta, me propuso:

—Oye, Adrián, ¿y si nos tomamos algo en tu casa un rato? Me caes muy bien y me apetece charlar. Yo pongo el whisky y las colas.

Mi cabeza empezó a maquinar. ¿Marcos dentro de mi piso? ¿Y si veía algo que no debía? Pero las ganas de tenerlo cerca pudieron más que el miedo. Acepté.

***

Llegó puntual, con un par de cervezas, las colas y una botella de whisky bajo el brazo. Yo llevaba un pantalón de chándal gris, holgado. Y, Dios mío, desde que se sentó en el sofá no pude apartar la vista de su entrepierna. Aquellos vaqueros no dejaban nada a la imaginación, y con cada movimiento que hacía, ese bulto se acomodaba de un lado a otro. Se le marcaba la verga entera contra la costura, gruesa, larga, apretada de mala manera contra la tela. Se me hacía la boca agua solo de mirarla.

Empezamos a beber. Puse música sin orden, saltando del rock a las baladas, y el tiempo fue derritiéndose entre risas. El whisky y la cerveza hicieron lo suyo: la conversación se aflojó, las carcajadas subieron de tono y yo sentía un calorcito agradable repartido por todo el cuerpo. Marcos me miraba de una forma que ya no era la de un simple vecino.

—Espera, voy un momento al baño —dijo, y se levantó.

En ese instante, con el corazón a mil por el alcohol, las ganas de vestirme de mujer me golpearon con una fuerza que no había sentido nunca. Y la voz de Camila me gritó por dentro: es ahora o nunca. Me levanté como un resorte, corrí a la habitación, abrí el armario y saqué todo: las medias de rejilla, una falda de cuadros, una blusa ajustada, la peluca y el neceser del maquillaje.

—¡Dame un par de minutos! —le grité desde el cuarto—. Ponte otra copa mientras tanto.

Hubo un segundo en que estuve a punto de cancelarlo todo y salir vestida de Adrián, como si nada. Pero me sostuve. Mientras la tela suave de las medias y de la falda me acariciaba la piel, sentí que me desbordaban emociones que ni sabía que guardaba. Iba en piloto automático, guiada por el instinto, hasta que oí que Marcos cambiaba la canción en el salón y volví a mí. Tenía cosquillas en el bajo vientre, una tensión que no me dejaba pensar, y la polla se me había endurecido dentro de las braguitas, empapando el encaje.

Me maquillé con lo básico: no soy ninguna experta en sombras ni difuminados, pero me defiendo. Después me calcé mis tacones favoritos, los más cómodos, los que mejor me sentaban con esa combinación de colores. Me puse de pie, respiré hondo y caminé hacia la puerta del salón, que estaba entreabierta. Me temblaban las piernas, y no era por el sujetador apretado.

Me detuve en el umbral. Lo primero que vi fue su mirada, que se clavó en mis ojos y luego bajó despacio por todo mi cuerpo, como si hubiera sabido desde el principio que aquello iba a pasar. No dijo nada. Yo crucé el salón, cogí la copa que me había dejado preparada, la levanté y solté:

—¡Salud! —rogando para mis adentros que no se levantara y se marchara.

Me observó un par de segundos eternos y respondió:

—Salud y amor.

Bebimos a la vez. El whisky me supo a agua, seguro que por los nervios, y casi me lo acabé de un trago. Él se rio.

—Parece que te ha gustado la copa.

Yo no me creía nada de lo que estaba ocurriendo. Lo miré con una ceja levantada y media sonrisa traviesa.

—¿Tú qué crees?

Y nos reímos a carcajadas. A partir de ahí, los nervios empezaron a esfumarse. Crucé las piernas y seguimos hablando de mil cosas, solo que yo, sin darme cuenta, me iba acercando más a él. Había bajado el volumen de la música y me decía cosas al oído. Yo notaba cómo me miraba los labios y, de reojo, cómo recorría mis piernas, que con esas medias de rejilla, la verdad, lucían de maravilla.

—Oye, ¿hace calor o son cosas mías? —dijo de pronto.

—Vas tarde, porque aunque no lo dijeras, yo ya lo estaba pensando.

Se rio.

—¿Y si me quitas la camisa?

Las mejillas me ardieron. Le desabroché la camisa botón a botón y se la saqué; debajo llevaba una camiseta, pero sabía que la cosa solo iba a ir a más. Me miraba sin disimulo. El alcohol me dio el valor y el deseo me tenía ya completamente atrapada. Me acerqué y, con la mano temblorosa, le toqué la rodilla, justo al lado de ese bulto marcado en los vaqueros. Sentí la tela tirante y, debajo, la firmeza de lo que escondía.

Él sonrió, una sonrisa de puro fuego, y sin decir palabra tomó mi mano y la guio con suavidad hasta posarla donde el bulto era más evidente. Noté el latido, el calor, el grosor de la polla dura debajo del vaquero, y de mi garganta escapó un gemido bajo que ni pude contener. Le apreté la verga por encima de la tela, la recorrí de arriba abajo, midiéndola con la palma, y me quedé sin aliento al notar lo que me esperaba ahí abajo.

—Joder, nena, sigue tocándomela así —susurró con la voz ronca—. Me la tienes durísima.

Ahí me convertí en Camila por completo. Cerré los ojos, retiré la mano de su entrepierna, me lancé hacia delante y lo besé. Un beso hambriento, cargado de todo el deseo que llevaba meses guardando. Nos besamos con desesperación, con lengua, con dientes, mordiéndonos los labios. Marcos me sujetó por la cintura y me atrajo hacia él; mi mente se apagó y solo existía su boca. Me levanté apenas para volver a sentarme, esta vez sobre sus piernas, a horcajadas, sin dejar de besarlo, restregando el culo enfundado en las medias contra el bulto brutal que me palpitaba entre las piernas.

No tienes idea de cómo subió la temperatura en aquel salón. Sentía las mejillas en llamas, no sé si por el whisky o por su mirada. Notar la firmeza de sus muslos bajo mi falda fue el detonante. Marcos no perdió un segundo: me pegó más a su cuerpo y empezó a besarme el cuello con una desesperación deliciosa. Sus labios estaban calientes y su barba incipiente me raspaba la piel, haciéndome estremecer de arriba abajo. Bajó las manos hasta mi culo por debajo de la falda, me lo apretó con fuerza, con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne, y yo gemí contra su boca como una perra en celo.

—Qué culo tienes, joder —gruñó—. Todo apretadito, tan bien puesto. Te lo voy a follar, Camila. Te lo voy a follar hasta que no puedas ni caminar.

Escuchar mi nombre en su boca, ese nombre que había sido siempre un secreto, me hizo temblar entera. En ese momento me entregué del todo a mi feminidad. Ya no era Adrián, era Camila rindiéndose ante su hombre. Y justo ahí lo sentí: ese palpitar firme y constante debajo de donde yo estaba apoyada, latiendo contra mí como un disparo de adrenalina. Le restregué el culo de arriba abajo, sintiendo cómo la verga se me clavaba entre las nalgas incluso por encima de la ropa, y él soltó un jadeo grave que me hizo apretar los muslos.

—Quítame los pantalones, nena. Quiero que lo hagas tú —me susurró al oído, con una voz de mando que me puso a temblar.

Me sentí suya, de su propiedad, y te juro que me encantó. Mis dedos, torpes por los nervios y el alcohol, buscaron el botón. Mientras forcejeaba, Marcos deslizó la mano bajo mi falda y, de repente, ¡zas!, me dio un azote firme que me hizo dar un saltito. El escozor punzante se transformó en un placer eléctrico que me subió hasta la coronilla. Qué descarado. Pero solo consiguió acelerarme más. Repitió el azote, más fuerte, y luego coló los dedos por el borde de las braguitas y me acarició la raja del culo despacio, jugando con el ojete, presionando apenas para hacerme entender lo que venía.

—Aquí te voy a meter la polla entera, ¿me oyes? Vas a mamármela primero, bien mamada, y después te voy a abrir de piernas y te voy a follar como a la putita que eres.

—Sí —gemí sin pensarlo—. Sí, lo que tú quieras, hazme lo que quieras.

Por fin pude con el botón y le bajé los vaqueros, primero un poco, luego del todo. Cuando quedaron en el suelo me quedé sin aliento. Vaya carpa traía el vecino; se notaba que el pobre estaba sufriendo ahí encerrado. Me reí bajito, con esa risa traviesa que me sale cuando me siento poderosa.

—Ay, Marcos, tenemos que liberar a este amiguito que tienes aquí tan apretado, ¿no crees?

Me deslicé de sus piernas hasta quedar de rodillas frente a él. Con cuidado, bajé sus calzoncillos y lo vi liberarse, firme, frente a mis ojos. La polla saltó hacia arriba, gruesa, marcada por una vena que le recorría todo el tronco, con la cabeza morada y brillante de tan hinchada que la tenía. Me quedé un instante hipnotizada; nunca imaginé estar en esa posición, vestida así, sintiéndome tan mujer y con eso delante de mí. El olor de su piel, esa mezcla de colonia y hombre y sudor, me atraía como un imán. Se me hizo la boca agua. Tragué saliva y lo agarré por la base con la mano, apretando fuerte, y la verga me palpitó entera contra la palma.

—Qué polla más rica tienes, cabrón —susurré, sin reconocerme.

Me acerqué despacio, recorriéndola con la mirada, saboreando cada detalle. Marcos jugaba conmigo, moviéndose apenas, provocándome. Yo ya no aguantaba, el deseo me quemaba viva. Me incliné y le di un beso cálido en la punta, luego otro más abajo, y otro, dejándome llevar por el instinto. Saqué la lengua y le lamí toda la verga desde la base hasta el glande, despacio, empapándosela de saliva, y luego volví a bajar por el otro lado. Le chupé los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca, mientras seguía masturbándolo con la mano. Marcos gemía y me agarraba la peluca, guiándome, empujándome la cabeza hacia su polla sin mucha delicadeza.

—Métetela entera, guarra. Ábreme esa boquita de puta y trágamela.

Abrí los labios y lo acogí. Primero solo la cabeza, envolviéndola con la lengua, chupando la punta como si fuera un caramelo, saboreando el líquido salado que ya le brotaba. Después bajé más, y más, hasta que la sentí golpear el fondo de mi garganta. Me atraganté un poco, lagrimeé, pero no la solté. Empecé a moverme, subiendo y bajando la cabeza, con la boca cerrada firme alrededor del tronco, sorbiendo, dejando que el chorro de saliva me resbalara por la barbilla y le empapara los huevos. El maquillaje se me estaba corriendo, seguro, pero me daba igual. Sin darme cuenta ya estaba entregada por completo, con las manos recorriendo sus muslos, con la polla del vecino follándome la boca a placer.

—Así, Camila, así, joder, qué bien la mamas, hija de puta —gruñía él—. Se nota que naciste para esto. Naciste para mamar polla, para eso te vestiste esta noche.

Sus palabras me tenían al borde. Mientras le comía la polla con toda la boca, me metí la mano por debajo de la falda, aparté las braguitas y me toqué la mía, chorreando, dura como una piedra. Qué sensación tan divina; sentía que flotaba. Le clavé los ojos desde abajo, con los labios estirados alrededor de su verga, y él me sonrió con esa sonrisa de macho satisfecho que me derritió por dentro.

El tiempo se detuvo en aquel rincón de mi piso. Los minutos se fundieron en una danza de sombras y suspiros donde ya no existía el mundo exterior, solo el ritmo de mi entrega. Aceleré, mamándosela sin descanso, ayudándome con la mano en la base, girando la muñeca, apretando fuerte, mientras la lengua no dejaba de trabajar por debajo del glande. Mientras me perdía en aquello, devota y fascinada, sentí cómo un sabor intenso me invadía los sentidos. De pronto noté que Marcos se tensaba, su cuerpo se volvió acero bajo mis manos, me agarró la cabeza con las dos manos y me la clavó a fondo, hasta la garganta, todo estalló. Sentí el primer chorro caliente reventar contra el paladar, y detrás otro, y otro, cargas espesas de semen que no me dejaban ni respirar. Por un momento sentí que me ahogaba, pero era un ahogo dulce, un éxtasis que me reclamaba como suya. Tragué todo lo que pude, sintiendo cómo me bajaba por la garganta, espeso y salado, y lo que se me escapó de las comisuras lo recogí con los dedos y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlo. En ese instante de plenitud supe, con cada fibra del cuerpo, que ese y no otro era mi lugar: de rodillas, con la boca llena de leche de mi vecino, saboreando cada gota como una devota.

Marcos me levantó de la peluca, tirando fuerte, y me besó en la boca aunque todavía tuviera restos de su corrida en los labios. Me lamió la barbilla, limpiándome, y luego me susurró al oído:

—Ahora vamos a la cama, que todavía no he empezado contigo.

Me arrastró de la mano por el pasillo, con la polla otra vez endureciéndose entre las piernas, y me tumbó boca abajo en la cama, con la falda subida hasta la cintura. Me arrancó las braguitas de un tirón, me abrió las nalgas y me escupió en el ojete antes de embestirme. Yo grité contra la almohada mientras se abría paso, ancho, brutal, empalándome poco a poco, deteniéndose para dejarme respirar y volviendo a empujar más adentro. Cuando lo tuve entero, hasta los huevos apretados contra mis nalgas, empezó a follarme sin piedad, con embestidas largas y profundas que hacían chirriar la cama. Yo gemía como una perra, con la cara aplastada contra las sábanas, la peluca torcida, mordiendo la tela para no despertar a todo el edificio. Me agarraba de las caderas con las dos manos, me apretaba las nalgas, me daba azotes que me hacían gritar más, y yo cada vez le empujaba el culo hacia atrás para recibirle la verga hasta el fondo.

—Dime que eres mía —jadeaba—. Dime que eres mi puta, Camila.

—Soy tuya, soy tu puta, soy tu perra, fóllame, no pares, por favor no pares.

Me dio la vuelta, me abrió las piernas de par en par con esas medias de rejilla que ya se me habían rasgado, se me hundió otra vez de una embestida y me folló de frente, mirándome a los ojos, comiéndome la boca. Yo me toqué la polla mientras él me destrozaba por dentro, y a los dos minutos me corrí como nunca me había corrido, arqueando la espalda, salpicándome el vientre y la blusa, gritando su nombre. Él siguió embistiéndome un rato más, apretándome el cuello con una mano, hasta que se corrió por segunda vez dentro de mí, llenándome, marcándome de verdad.

Fue la llave que cerró para siempre la puerta de mi otra vida, el bautizo que terminó de ungir a Camila bajo la luz de la luna. No recuerdo cómo acabó la noche, ni en qué momento las sábanas nos envolvieron; mi mente solo guarda el principio de aquel incendio y la certeza de que, desde ese sorbo de vida, Adrián se desvaneció para dejar que Camila reinara en la oscuridad.

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Comentarios(8)

TransFan_ba

tremendo relato, no lo pude soltar hasta el final!

FedericoNoc

Por favor continualo, quede con mucho suspenso de como reacciono el vecino despues. Necesito saber que paso!

CuriosoMdz

Me gusto mucho como narraste esa sensacion de ser descubierto, se siente real y muy humano. Felicitaciones.

Ricky_noc

jaja me imagino la cara del vecino... tremendo momento

SolDeNoche_Arg

Me recordo a una situacion parecida que vivi, no tan dramatica pero igual de intensa. Gracias por animarte a compartirlo.

Toni_BsAs

que paso despues? el vecino guardo el secreto o no? quiero saber jaja

NorbertoC_67

Un relato muy bien escrito, con tension y emocion desde el principio. Lo que mas me gusto fue la ambientacion nocturna, muy cinematografica. Espero que sigas escribiendo porque tenes talento para esto, de verdad.

PilotoSinMapa

Que bueno, gracias por compartirlo!

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