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Relatos Ardientes

El lector que me escribía encendió mi fantasía

¡Hola, queridos! Soy Vanesa Cruz, travesti de clóset, y hoy quiero contarles una fantasía que todavía me arde en la piel. La tengo metida en la cabeza y en cada centímetro del cuerpo gracias a un lector de por aquí al que voy a llamar D. Él sabrá que escribo para él en cuanto lea estas líneas, y ustedes, de paso, van a terminar con la mano metida entre las piernas, como corresponde.

Desde que empecé a publicar mis vivencias recibo muchos mensajes. La mayoría son de hombres, los hermosos hombres que me escriben de madrugada cuando creen que nadie los está mirando, con la polla dura en una mano y el teléfono en la otra. Algunos correos llegan ardiendo, contándome cómo se corren pensando en mí; otros agradecen mis relatos con una ternura que no me esperaba; y unos pocos, los menos por suerte, son simplemente desagradables y van directo a la papelera.

Pero D me llamó la atención desde la primera línea. Me pareció un chico interesante a pesar de su edad, porque es bastante joven y yo, debo confesarlo, suelo preferir a los maduros, esos que ya saben dónde meter la lengua sin preguntar. Él, sin embargo, fue la excepción. Algo en su forma de escribir me puso a imaginar, y me mantiene encendida incluso ahora, mientras tecleo esto con las bragas empapadas pensando en él.

No es solo el deseo, es la manera en que lo dice. Hay hombres que escriben como si estuvieran tachando un punto de una lista, apurados, torpes, pidiendo una foto de las tetas antes siquiera de saludar. D, en cambio, construye. Deja frases a medias para que una las complete, suelta un detalle y se calla, te hace trabajar la imaginación hasta que terminás cruzando las piernas debajo de la mesa. Y no hay nada que me encienda más que un hombre que sabe esperar, uno que primero te calienta la cabeza y después te destroza el coño.

«Hola, Vanesa. Hace tiempo que sigo tus relatos y me he tocado riquísimo leyéndote, de verdad me excito demasiado. Me corro pensando en ti más veces de las que debería. Solo quería decirte que soy tu fan. Vivo en el norte de la ciudad y espero algún día cruzarme contigo en el subte.»

Así empezó esta locura. Me pareció excitante que se masturbara leyendo lo que escribo, imaginármelo con la verga en la mano, apretándose el glande mientras repasaba mis frases, me hizo sentir deseada desde el primer mensaje. Tanto, que ahora lo extraño cuando pasa un día sin que me escriba. Es absurdo, lo sé. Una mujer adulta colgada de las palabras de un desconocido. Pero la piel no entiende de lógica, y el coño, mucho menos.

Los mensajes fueron subiendo de tono con una naturalidad que me desarmó. Pocas veces decido mandar fotos mías, lo considero peligroso, una nunca sabe en qué pantalla terminan. Sin embargo, esta vez el chico me dio confianza, y empezamos a intercambiar nuestros cuerpos a través de imágenes, de a poco, como quien se quita la ropa frente a un espejo empañado.

«Hola, lindo. Gracias por leerme, me calienta muchísimo saber que te tocas la polla pensando en mí. Y sí: si algún día nos encontramos en el subte, quedo a tus órdenes, para lo que quieras hacerme. Besos.»

Ese fue mi primer mensaje hacia él. Lo acompañé con una foto que me encanta, en la que se ven mis muslos, mis pantorrillas y mis pies vestidos solo con medias negras. La elegí con cuidado, calculando el ángulo, la luz cayendo en diagonal sobre la tela, y las piernas apenas entreabiertas para insinuar lo que había más arriba. Quería que la mirara durante un buen rato, con la mano ya adentro del pantalón.

Funcionó. Su respuesta llegó casi enseguida.

«Wow, sinceramente no esperaba que me contestaras tan rápido, jaja. Se me puso dura al instante. Cuando quieras puedes ver cómo me toco pensando en ti. Soy bisexual de clóset, pero tengo anécdotas muy ricas que me pasaron en lugares públicos, en el subte, en sitios así. Uno de los lugares a los que me encantaría ir contigo sería un cine de esos viejos, a oscuras, para meterte la mano por debajo de la falda y sacártela toda mojada. Te confieso que me estoy tocando justo ahora, imaginando que vamos juntos, que te chupo las tetas en la butaca, que te hago tragarte mi polla ahí mismo y que después te llevo a un hotel a follarte hasta romperte, a hacerte sentir la mujer más deseada del mundo. Gracias por la foto de tus medias, me vuelven loco ese tipo de fotos, quiero mordértelas hasta rajarlas. Un beso, preciosa.»

Desde ese momento ya era suya, y él ni siquiera lo sabía. Me encanta que me traten como a una princesa y que después me follen como a una puta, y D lo hacía de manera magistral, sin esfuerzo, como si le saliera natural. A partir de ahí no le habría negado nada: ni la boca, ni el coño, ni el culo.

«Mmmm, se oye delicioso eso que dices. Me fascina imaginarte tocándote esa verga por mí, apretándola fuerte, corriéndote pensando en mis tetas. Te dejo algo para que empieces el día con la polla en la mano. Besos, Vanesa.»

Respondí acompañando mis letras con otra foto. En esa estoy acostada boca arriba, con las medias negras y el liguero todavía puestos, las piernas levantadas y los pies apoyados en la cabecera de la cama. Una postura que dice más de lo que muestra: entrepierna abierta, la tela del liguero mordiéndome los muslos, y la promesa de todo lo que hay debajo. Sabía exactamente lo que le iba a provocar.

«No tienes idea de lo rico que fue arrancar el día tocándome con tus fotos. Hacía mucho que una imagen no me ponía así. Me corrí dos veces seguidas, la segunda casi sin descansar. Te mando una mía para que me conozcas un poco. Sigo pensando en ti.»

Y entonces lo vi por primera vez. Bueno, una parte de él, la que más me importaba. Un chico fuerte, de cuerpo bien armado, la piel tirante sobre el abdomen y una polla enorme apretada en la mano, gruesa, venosa, con el glande brillando de líquido preseminal. La foto estaba un poco movida, como tomada con prisa y con una sola mano, pero se notaba todo lo que tenía que notarse: firme, marcada, con esa dureza impaciente que solo da la juventud. Se me hizo agua la boca al imaginármela entrando en mí. Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que debería admitir, ampliando la imagen con dos dedos, buscando cada vena, cada pliegue.

Para entonces yo ya estaba a mil. El corazón golpeándome en el cuello, los pezones duros como piedras rozándome la seda, las bragas hechas un pantano, esa sensación de vértigo en la boca del estómago que precede a hacer una tontería deliciosa. Y la casa, por una vez, estaba vacía.

***

Mi esposa había salido a hacer trámites y no volvería en horas. Cerré la puerta del cuarto igual, por costumbre, por ese pudor absurdo que una arrastra incluso estando sola. Dejé el teléfono apoyado contra la lámpara, con su foto en la pantalla, la polla de D iluminándome la cara como si fuera un altar.

Me acosté sobre las sábanas todavía con las medias puestas. Me bajé la braga hasta las rodillas de un tirón, sin sacarla del todo, quería sentirme atrapada, medio vestida, como si él me hubiera desnudado a las apuradas. Empecé despacio, con las yemas de los dedos sobre el muslo, subiendo apenas, demorándome a propósito hasta rozar el vello del pubis. Que sea él quien me toca, me dije. Que sean sus manos y no las mías, que sea su boca la que me lame. Cerré los ojos y la fantasía se armó sola, sin esfuerzo, como si llevara días esperando este momento.

Nos imaginé en el cine que él había descrito. La sala casi vacía, el zumbido del proyector, esa penumbra rojiza que vuelve invisible cualquier vergüenza. Su mano buscándome la rodilla por debajo del abrigo, subiendo centímetro a centímetro, encontrando el borde de la media, el liguero, la piel desnuda más arriba, y por fin metiéndose entre mis muslos hasta agarrarme la polla ya dura por encima de las bragas. Su respiración contra mi oreja diciéndome guarradas: «puta, mirá cómo la tenés», «te la voy a hacer chupar acá mismo», «después te la meto entera por atrás». Me imaginé arrodillándome en el suelo pegajoso del cine, sacándole la verga del pantalón, metiéndomela entera en la boca hasta la garganta, mientras él me sostenía la nuca con una mano y con la otra se tapaba la boca para no gemir.

Abrí el cajón de la mesa de luz y saqué uno de los juguetes, el más grueso, el que se parece más a lo que había visto en su foto. Lo llevé a mi boca primero, despacio, dibujando con la lengua lo que le haría a él en esa sala oscura. Lo chupé como si fuera de verdad, ensalivándolo entero, dejándolo caer hasta el fondo de la garganta hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Me imaginé su sabor a piel joven, su peso caliente sobre la lengua, la manera en que me sostendría la nuca con una mano mientras la otra me apretaba una teta por encima del vestido. Gemí contra el silicón pensando que era su carne, chupándomelo con ruido, con babas colgando del mentón, y la fantasía se volvió tan nítida que casi podía oler su perfume barato de chico joven mezclado con el sudor de su ingle.

Recorrí mi cuerpo con él, de la cara al cuello, del cuello al pecho, deteniéndome en los pezones, pellizcándomelos con los dedos libres mientras el juguete bajaba mojado por mi vientre. Me lo pasé por la polla también, la mía, empujando el silicón contra mi propia verga hasta que se me escapó un gemido roto, y después lo llevé más abajo, a esa zona donde yo lo necesitaba abierto, empapado, dilatándose de a poco. La punta fría me hizo dar un respingo y arquearme. Lo fui llevando con paciencia, primero solo la puntita, entrando y saliendo, jugando a resistirme, a negarme, con el culo apretándose sobre nada, hasta que ya no pude más y cedí del todo.

Entonces dejé que me penetrara, y el ardor inicial fue exactamente lo que necesitaba. Un dolor justo en el filo de lo soportable, soportable solo porque en mi cabeza era D quien empujaba, era su polla la que se me abría paso. Sentí cada centímetro entrando, el anillo cediendo con un latigazo eléctrico que me recorrió toda la espalda. «Puta de mi imaginación», me decía él al oído en la fantasía, «acá tenés lo que pediste, agarrátela bien», y yo le respondía que sí, que era suya, que me partiera en dos si quería, que me follara como a la puta que él necesitaba. Lo recibí entero, hasta el fondo, hasta sentir el tope, mordiéndome el labio para no gritar en la casa vacía.

Empecé a moverlo a su ritmo imaginario, lento primero, sacándolo casi entero y volviendo a hundirlo despacio, saboreando el arrastre por dentro. Después brutal, como creo que él lo haría, sin pedir permiso pero atento a cada temblor mío, cogiéndome contra el colchón con esa furia joven que no se aguanta. Con la otra mano me agarré la polla y empecé a masturbarme al mismo compás, apretando fuerte desde la base, subiendo hasta el glande, esparciendo el líquido que ya me salía a chorros por toda la punta. Mis pies con las medias negras buscaban un punto de apoyo en la cabecera, igual que en la foto que le había mandado, y pensar que él tenía esa imagen guardada en su teléfono, que se venía viéndola, que la polla que me estaba follando por dentro terminaría escupiéndome adentro, me llevó al borde en segundos.

Aceleré el juguete, entrando y saliendo con obscenidad, escuchando el chapoteo de mis propios jugos, mientras la mano en mi verga se movía cada vez más rápido. Me imaginé a D encima de mí, sudado, jadeándome en la oreja «me corro, puta, me corro adentro», y sentí cómo mi propio orgasmo empezaba a treparme desde los pies. Se me contrajo todo: los muslos, el culo apretándose alrededor del silicón, la mano exprimiéndome la polla.

El orgasmo me llegó en oleadas, primero una contracción seca que me dobló sobre mí misma, y después esa marea larga que no termina nunca y que te deja temblando como si hubieras llorado. Me corrí a chorros sobre mi propio vientre, salpicándome hasta el pecho, con la boca abierta y sin voz. Cada latigazo de semen coincidía con un espasmo por dentro, y yo seguía moviendo el juguete despacio, alargando el placer, escurriendo cada gota de placer que tenía guardada. Me vine pensando en él, con su nombre falso en los labios y su cuerpo borroso impreso detrás de los párpados, imaginando que él también se corría adentro mío al mismo tiempo, llenándome, marcándome. Tardé un rato largo en volver, tirada en la cama, con la respiración rota, el semen tibio secándoseme entre los pechos y el teléfono todavía iluminado a un costado.

Me quedé así un buen rato, con las medias corridas, el pelo pegado a la frente y el juguete todavía adentro, apretado por músculos que no querían soltarlo, repasando cada palabra suya como quien relee una carta. Pensé en lo extraño que es desear tanto a alguien que no tiene cara nítida, que es apenas una voz escrita y una polla a medio enfocar. Y, sin embargo, justamente por eso lo deseaba más: porque podía ser cualquier cosa que yo necesitara que fuera, cualquier polla, cualquier boca, cualquier lengua metiéndose donde yo quisiera.

***

Cuando recuperé el aliento, me limpié el semen del pecho con la mano y me llevé los dedos a la boca, chupándomelos despacio, saboreándome como si fuera él quien me estuviera obligando a tragar. Le escribí una última cosa antes de que el día me devolviera a mi vida de siempre, a la rutina, al disfraz cómodo de la mujer que el resto cree conocer.

«Acabo de tener el mejor despertar de los últimos meses, y fue todo culpa tuya. Me acabo de correr como una puta pensando en tu polla metida hasta el fondo. No sabes lo que provocas, chico. Algún día, ese cine y ese hotel van a dejar de ser una fantasía. Y cuando pase, no voy a tener piedad: te la voy a chupar hasta la última gota y después vas a tener que follarme toda la noche para dejarme conforme. Besos donde tú sabes. Vanesa.»

Apoyé el teléfono en el pecho y me quedé mirando el techo, sonriendo como una tonta, con el coño y el culo todavía palpitando. La fantasía sigue ahí, intacta, esperando. No sé si D y yo nos cruzaremos algún día en el subte, en un cine o en la puerta de un hotel. Tal vez nunca pase. Tal vez es mejor que no pase y se quede así, perfecta, inalcanzable, mía cada vez que cierro los ojos y me abro de piernas.

Pero mientras tanto, queridos, esta es mi confesión: hay un chico al que apenas conozco por unas fotos y unas palabras, y me tiene más encendida que cualquier amante de carne y hueso. La cabeza es el lugar más caliente que existe, y él se mudó a vivir ahí sin pagar alquiler, con la polla dura, listo para follarme cada vez que le abro la puerta.

Continuará… porque historias como esta nunca terminan del todo, y porque todavía me queda mucho semen imaginario por tragar.

Gracias por leerme. Como siempre, los dejo con las ganas, con las bragas mojadas y con la promesa de volver pronto a contarles qué más se me ocurre cuando se hace de noche, la casa queda en silencio y yo me meto la mano entre las piernas pensando en ustedes.

Besos.

Vanesa Cruz.

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Comentarios(8)

TaniaMar

increible!! me enganche completamente, muy bien narrado

LectorMDQ

Muy buen relato, lo lei de corrido. Se agradece que no sea burdo y que tenga algo de tension real.

Pedro_Cba

Me recordó a ciertas conversaciones nocturnas que tuve por chat jaja, esa adrenalina de no saber bien que va a pasar es unica

RominaViajes

¿y hubo segunda parte de esa historia? porque quede con ganas de saber como termino todo jaja

Florencia_Sur

muy bueno!! tiene algo especial, se siente autentico

Marianela_1987

Que bien escrito, transmite perfectamente esa mezcla de nerviosismo y excitacion. No es facil lograr eso. Segui así!!

Viktor_BA

tremendo. corto pero me alcanzo jaja

Lector_tranquilo

por favor la segunda parte, quede con muchas ganas de mas :)

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