La cárcel me convirtió en la trava de la facción
Llegué rendida a mi celda esa noche, todavía con el sabor espeso del semen de mi protector en la boca. Me tiré en el catre boca abajo. El cuerpo me ardía y sentía cómo me chorreaba despacio entre las piernas todo lo que me había dejado adentro. Era un secreto que cuidaba con uñas y dientes: yo, Damián, veinticuatro años, gay y travesti encerrado en el armario más hondo, disfrazado de macho heterosexual para sobrevivir en ese penal de mierda.
De golpe empezaron los gritos por todos lados. En minutos la galería se volvió un caos de fierros, corridas y disparos al aire. La peor noticia llegó rápido: a mi protector y a toda su banda los habían liquidado. «La Jauría» acababa de tomar el control del pabellón.
Al día siguiente nos sacaron a todos al patio. Ahí estaba El Coloso, un monstruo de hombre, más de uno noventa, todo músculo y tatuajes hasta el cuello, con una mirada que te dejaba el cuerpo helado. A su lado, pavoneándose como si fuera la dueña del lugar, estaba Roxana: una trava alta, de tetas enormes, culo operado y una actitud de primera dama bien hija de puta.
Apenas me vio, Roxana me clavó los ojos y le dijo algo al oído a El Coloso. Él me miró y sonrió de costado. Sentí un escalofrío que no supe descifrar si era miedo o algo más.
***
Esa misma tarde dos tipos me sacaron de la fila y me arrastraron hasta su celda. El Coloso estaba sentado con las piernas abiertas, llenando todo el espacio con su sola presencia.
—Mirá vos… —me dijo con esa voz grave que parecía salir del piso—. Me contaron que sos medio marica. Que te gusta chuparla en secreto.
Me quedé mudo. Roxana se acercó, me levantó la cara con dos dedos y sonrió como quien ya ganó la partida.
—Tranquila, putita. Nadie te va a tocar un pelo. El Coloso decidió que vas a ser la nueva nena de la facción. Y yo me voy a encargar de prepararte.
Desde ese día me cambiaron la vida entera. Esa misma noche Roxana me clavó la primera inyección: estrógenos y antiandrógenos fuertes. Pastillas todos los días, sin falta. Me hizo tirar toda la ropa de hombre, hasta la última camiseta. Me puso una tanga rosa y una remera ajustada que me marcaba el cuerpo.
Esto no tiene vuelta atrás, pensé. Y lo más perturbador fue darme cuenta de que una parte de mí no quería volver.
—Ya vas a ver cómo te ponés linda —me dijo, pasándome un dedo por la barbilla.
***
La noche en que sellaron la toma del pabellón armaron una fiesta caribeña, de esas que retumbaban por toda la galería. Roxana entró a mi celda con una bolsa colgando del brazo.
—Esta noche es temática, nena. Te vas a poner esto.
Sacó una malla transparente, tacos de charol rojo, collares, aros enormes, pulseras y un maquillaje cargado: labios rojo brillante, sombra oscura. Cuando me miré en el pedazo de espejo roto, los pezones ya me dolían un poco, más hinchados, y la piel se sentía distinta, más suave. Todavía no se notaba casi nada, pero algo en mi cuerpo había empezado a moverse.
Roxana me sacó caminando por los pasillos. La malla no tapaba nada: se me adivinaban los pechos apenas marcados y la curva del culo. Los presos enloquecieron desde las rejas.
—¡Miren la putita nueva!
—¡Qué culo, preciosa!
—¡Esta noche te vamos a romper, trava!
Llegamos al patio convertido en pista. Me ataron al brazo una pulsera con el número ocho. Un matón me agarró del codo y me empujó por una puerta lateral.
***
Adentro había una cama redonda con un espejo en el techo. Dos hombres altos y musculosos, vestidos de blanco, me esperaban. Uno se acercó sonriendo, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Hola, putita. Soy Emanuel. Hoy vas a aprender a servir como se debe.
Me besó el cuello despacio, me bajó la malla hasta la cintura y empezó a chuparme los pezones sensibles. Yo no podía contener los gemidos. Cada lametón me recorría la espalda como una corriente.
—Ahhh… ay…
Me arrodillé sin que me lo pidieran. Su verga gruesa quedó frente a mi cara. La tomé con las dos manos, la besé desde la base hasta la punta y me la metí en la boca. Chupé con ganas, hundiéndomela cada vez más hondo hasta que me dieron arcadas y los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Así, tragátela entera —gruñó Emanuel, agarrándome del pelo—. Miren cómo mama esta putita.
El otro se ubicó detrás. Me separó las nalgas y apoyó la punta contra mi entrada. Sentí la presión, la cabeza abriéndome de a poco. Dolía, sí, pero el dolor se mezclaba con algo cálido y desconocido. Empujó centímetro a centímetro hasta que entró del todo. Sus caderas chocaron contra las mías y empezó a moverse fuerte, sacándola casi entera y volviendo a meterla de golpe.
—¡Ay!… ¡más fuerte!… ¡me estás partiendo!
Emanuel me cogía la boca al mismo ritmo. Los dos aceleraron juntos hasta vaciarse en mí: uno por detrás, el otro en la garganta. Tragué como pude. El resto me chorreó por la barbilla y los labios pintados de rojo.
***
No me dieron ni un respiro. El matón me levantó y me llevó a otra pieza. Un tipo enorme, tatuado de pies a cabeza, fumaba tirado en un sillón.
—Vení, nena. Arrodillate.
Me la hizo chupar despacio. La tenía gruesa y curva. La lamí entera, le besé el peso de abajo, y después me la tragué hasta el fondo, entre arcadas y saliva. Cuando estuvo satisfecho me levantó, me puso contra la pared y me penetró de una sola embestida.
—¡Ay!… ¡qué grande!… ¡me partís al medio!
Me cogió un rato largo, cambiando el ritmo: a veces lento y profundo, a veces salvaje. Al final me dio vuelta, me levantó las piernas y terminó mirándome a los ojos, llenándome con un chorro caliente que empezó a escurrirse apenas salió.
***
Después me arrastraron a una habitación más grande donde me esperaban otros dos. Me pusieron en cuatro. Uno me llenó la boca mientras el otro me abría por detrás. Luego me hicieron sentar a horcajadas sobre uno de ellos. Bajé despacio, sintiendo cómo me entraba toda, centímetro a centímetro, hasta que quedé empalada por completo. El segundo se acomodó atrás y empezó a meter la suya también. Las dos juntas me estiraron al límite. Dolor y placer se confundían en una sola cosa que me nublaba la cabeza.
—¡Los dos al mismo tiempo!… ¡me rompen!… ¡más fuerte, por favor!
Me tuvieron así un buen rato, sudados y gruñendo, hasta que los dos terminaron a la vez. Cuando salieron me escurría como una fuente. Después me hicieron limpiar las dos vergas con la lengua, lamiendo cada gota.
***
La noche no terminaba. Otro hombre me llevó a una celda más tranquila, me acostó de lado, me levantó una pierna y me penetró hondo, en cucharita. Me cogía lento pero firme, rozándome por dentro con cada movimiento. Mis pechos incipientes se mecían y los pezones me ardían contra la sábana.
—Gemí más fuerte, nena… decime que te gusta que te cojan como a una puta.
—¡Me encanta!… ¡soy tuya!… ¡no pares!
Terminó dentro de mí y me mandó directo a la última habitación, como un paquete que pasa de mano en mano.
***
Ahí me esperaba El Coloso en persona. Me hizo arrodillar y me dio la mamada más larga de toda la noche. Le chupé esa verga enorme con devoción, lamiendo, succionando, hundiéndomela hasta la garganta. Después me tumbó boca arriba, me levantó las piernas casi hasta los hombros y me folló sin clemencia, en misionero. Cada embestida me hacía ver estrellas. Terminó con un chorro que sentí correr caliente por dentro.
Esa noche pasaron seis hombres por mi cuerpo. Quedé tirada en la cama, marcada de semen en la cara, en el pelo, en los pechos y entre las piernas. Y por primera vez en mucho tiempo, en medio del agotamiento, sentí algo parecido a la calma.
***
Pasaron los meses.
Las hormonas empezaron a hacer efecto de a poco. Al principio fue solo la piel más suave y los pezones más sensibles. Con el tiempo, mis pechos crecieron despacio, volviéndose más firmes. La cintura se me afinó, el culo ganó volumen y forma. El vello del cuerpo casi desapareció. La voz se me fue afinando, más aguda, más femenina. La cara también se me suavizó. De a poco me estaba convirtiendo en una mujer de verdad, y cada cambio en el espejo me devolvía a alguien que reconocía más que a la persona que había sido antes.
Roxana me miraba cada vez más satisfecha, como una escultora frente a su obra.
—Mirá cómo te estás poniendo —me decía—. Vas por buen camino, nena.
***
Varios meses después, en otra de esas fiestas, mi cuerpo ya había cambiado por completo. Pechos medianos y firmes, culo grande y respingón, cara femenina, piel tersa. Me vestí con una malla todavía más provocadora y los tacos más altos del armario.
Esa noche también me cogieron varios. Pero ahora yo pedía más. En cuatro, con los pechos colgando, gemía sin una pizca de vergüenza.
—¡Más fuerte!… ¡rompeme!… ¡no te detengas!
Cuando uno me metía la verga hasta el fondo, sentía cómo me abría de a poco, cómo entraba ese tronco caliente estirándome, rozándome por dentro una y otra vez. El placer me ponía los ojos en blanco. Ya no había dolor que no fuera, al mismo tiempo, deseo.
—Tragá todo, preciosa —me decían mientras terminaban en mi boca. Yo abría bien la garganta, sentía los chorros espesos bajar, y tragaba sin perder una gota.
Al final de esa noche quedé tendida en la cama, marcada por todos lados. Me toqué los pechos nuevos, me pasé la mano por la cadera y sonreí al techo.
Ya no era Damián, el chico escondido en el armario.
Ahora era Daniela, la trava oficial de La Jauría. La favorita del penal. Y, contra todo lo que alguna vez creí de mí misma, me encantaba serlo.