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Relatos Ardientes

Para sobrevivir tuvo que convertirse en mujer

Daniel Arteaga tenía treinta y seis años y una vida que, vista desde fuera, parecía el manual de lo correcto. Trabajaba como auditor en una consultora mediana, en un despacho sin ventanas con paredes color crema y un fluorescente que zumbaba a una frecuencia casi imperceptible. Era bueno en lo suyo: no brillante, pero sólido, fiable, el engranaje que nunca falla y que precisamente por eso nadie mira. Esa invisibilidad le convenía. Le permitía existir sin las presiones de la ambición ni las decepciones del fracaso.

Físicamente era lo que las revistas llaman normal cuando quieren ser amables. Un metro setenta y cinco que no destacaba en ninguna multitud, complexión delgada que bordeaba lo escuálido, rasgos suaves que en el colegio le habían valido años de bromas sobre si era de verdad un chico o solo lo fingía bien. El pelo castaño le caía sobre la frente cuando olvidaba cortarlo, que era casi siempre. No era guapo, pero tampoco feo. Simplemente era, ocupaba espacio en el mundo sin dejar huella en él.

Las relaciones habían sido escasas y tibias. Hubo una novia en la universidad, Carla, que duró dos años antes de dejarlo por alguien más presente, más vivo. Después, citas que terminaban en silencios incómodos y mensajes sin respuesta. Daniel no era malo en la intimidad tanto como ausente de ella, más cómodo en la soledad que había cultivado que en la cercanía que le aterraba. A veces, en las noches largas, se preguntaba si había algo roto en él, alguna pieza que faltaba. Pero esos pensamientos eran peligrosos, y había aprendido a enterrarlos bajo capas de rutina.

La noche del siete de noviembre empezó como cualquier otra. Salió tarde, caminó hacia el restaurante donde solía cenar los miércoles, y lo encontró cerrado: un cartel escrito a mano anunciaba fumigación hasta el lunes. Sacó el móvil para buscar otro sitio, pero la pantalla siguió negra. Batería agotada, porque había olvidado cargarlo, porque últimamente olvidaba muchas cosas. Conocía un italiano genérico a unas manzanas, y conocía el atajo: un par de callejones que cortaban en diagonal entre los edificios. Lo había tomado cientos de veces sin incidentes. No había ninguna razón para pensar que esa noche sería distinta.

***

El primer callejón no tenía nada de especial. Paredes manchadas de grafitis que ya nadie leía, contenedores que olían a podredumbre dulzona, el goteo de una tubería rota. Daniel caminó con la indiferencia de la costumbre hasta que escuchó las voces. Al principio no les prestó atención; las ciudades están llenas de fragmentos de conversaciones que se disuelven antes de cobrar sentido. Pero algo en el tono —una tensión que su cuerpo reconoció antes que su mente— le hizo aminorar el paso y pegar la espalda a la pared.

—No tenías que hacerlo así —decía una voz grave—. Había otras maneras.

—Las otras maneras no funcionaron —respondió una segunda, más suave, con la cadencia de alguien acostumbrado a ser obedecido—. Quiroga tuvo su oportunidad. Varias, de hecho. No es culpa mía que eligiera mal.

Daniel debería haberse dado la vuelta. Cada célula de su cuerpo le gritaba que retrocediera, que tomara el camino largo, que aquello no era asunto suyo. Pero algo —curiosidad, parálisis, o la inercia de un hombre que llevaba toda la vida sin tomar decisiones— lo mantuvo pegado a la pared, avanzando centímetro a centímetro hasta la esquina, hasta que pudo ver.

El segundo callejón era más ancho, una especie de patio entre edificios. La luz era escasa, pero suficiente para distinguir las siluetas: tres hombres de pie, uno sosteniendo algo que brillaba con el destello inconfundible del metal, y en el suelo un cuarto que no se movía, que no se movería nunca más. Incluso desde esa distancia, incluso en la penumbra, Daniel vio la mancha oscura que se extendía bajo el cuerpo, la quietud absoluta de la muerte.

El tiempo se detuvo. Lo había leído en novelas y siempre le había parecido una exageración, pero ahora, con el corazón latiéndole tan fuerte que temía que lo oyeran, el tiempo realmente se congeló. Vio el vapor saliendo de las bocas en el aire frío, las sombras jugando en las paredes. Y vio, sobre todo, el rostro del hombre de la voz suave.

Era un rostro que conocía. No en persona —Daniel no se movía en esos círculos—, sino de la televisión, de los periódicos, de las campañas que prometían un futuro mejor para la ciudad. Esteban Larreta. Empresario, filántropo, el hombre cuyo nombre aparecía en hospitales y bibliotecas, el rostro sonriente de la prosperidad. Y ese rostro, que había visto mil veces bajo la luz de los flashes, ahora lo miraba directamente a él. Con ojos que no sonreían. Con ojos que lo reconocían, que lo grababan en la memoria con la precisión de una sentencia.

El momento duró un segundo, quizá menos. Pero algo pasó entre ellos, una comunicación sin palabras que ambos entendieron: Daniel lo había visto todo, y Larreta sabía que lo había visto. Fue Larreta quien rompió el contacto primero, girándose hacia el hombre del arma, y ese gesto liberó a Daniel de su parálisis.

Corrió. Corrió como no lo hacía desde la infancia, desde los días en que los otros niños lo perseguían y él huía, siempre huía, porque era lo único que sabía hacer. No supo si lo seguían, si había pasos a su espalda. Solo supo que cada segundo quieto era un segundo más cerca de terminar como el hombre del suelo. La avenida apareció como una promesa de salvación, con sus luces y su gente que no sabía nada, y Daniel se mezcló entre la multitud, caminando ahora para no llamar la atención, temblándole las manos cuando las sacó de los bolsillos.

Encontró un teléfono público tres manzanas más allá. Tuvo que marcar tres veces el número de emergencias porque los dedos no le obedecían, porque cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Larreta condenándolo. Cuando por fin contestaron, su voz sonó ronca, ajena.

—Policía —dijo, y las palabras le rasparon la garganta—. He presenciado un asesinato.

***

La comisaría olía a café quemado y a desinfectante. Lo interrogó un detective de unos cincuenta años, pelo canoso y mirada cansada, que se presentó solo como Sotelo. Daniel le contó todo: el restaurante cerrado, la batería muerta, el atajo, las voces, el cuerpo, la mancha oscura. Y cuando dijo el nombre que había reconocido en la penumbra, Sotelo dejó caer el bolígrafo y se pasó la mano por la cara con un gesto que no supo interpretar pero que no le gustó nada.

—Esteban Larreta —repitió el detective, y no era una pregunta—. ¿Está seguro? ¿Completamente seguro?

Daniel asintió, aunque bajo aquellas luces, lejos del miedo y la adrenalina, ya no estaba seguro de nada. Pero el rostro seguía grabado en su retina, y cuando cerraba los ojos para comprobarlo, ahí estaba de nuevo, mirándolo, sellando el destino de ambos.

—Estoy seguro —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Sotelo salió a «verificar unas cosas» y lo dejó solo durante un tiempo elástico, pegajoso. Cuando la puerta volvió a abrirse entró acompañado de una mujer de traje oscuro y expresión impenetrable, que se sentó frente a él sin ofrecer ninguna de las cortesías que la civilización inventó para suavizar los encuentros entre extraños.

—Señor Arteaga —dijo ella, con una voz plana, afinada para transmitir información sin revelar emociones—. Soy la agente Lucía Brenner, de la Unidad de Crimen Organizado. ¿Entiende por qué estoy aquí?

Daniel no lo entendía del todo, pero el nombre de la unidad le dijo bastante. No un crimen aislado, entonces, sino algo más grande, más peligroso. Asintió, sintiendo cómo el peso de la situación se asentaba sobre sus hombros con la inevitabilidad de una lápida.

—Larreta lleva años bajo investigación —continuó Brenner—. Blanqueo, tráfico de influencias, conexiones con redes en tres países. Nunca hemos podido tocarlo porque tiene contactos en todos los niveles. Cada testigo que hemos tenido ha terminado muerto, retractándose o desaparecido. Usted acaba de convertirse en el cuarto testigo presencial de un crimen suyo en cinco años.

Hizo una pausa, y Daniel sintió el frío extendiéndose por su cuerpo. Cuarto testigo. No necesitó preguntar qué había pasado con los otros tres; la respuesta estaba en la manera en que ella evitaba mirarlo a los ojos.

—¿Qué significa eso para mí? —preguntó, aunque una parte de él ya lo sabía desde que sus ojos se cruzaron con los de Larreta.

—Significa que está en peligro —dijo Brenner, sin adornos—. Larreta no deja cabos sueltos. Tenemos que esconderlo hasta construir un caso lo bastante sólido como para que su testimonio no sea la única pieza. Hablamos de meses, quizá más.

Daniel pensó en su trabajo, en su apartamento, en la vida mediocre pero suya que había construido con tanto esfuerzo. Todo eso ya había desaparecido, comprendió, en el instante en que giró hacia el callejón en lugar de seguir por la avenida.

***

Las semanas siguientes fueron un borrón de habitaciones anónimas y rostros cambiantes. Lo movían cada pocos días, a veces cada pocas horas, de un piso franco a otro, siempre de noche, siempre en coches con cristales tintados conducidos por agentes que no le decían sus nombres. Los pisos eran idénticos en su anonimato deliberado: muebles sin personalidad, persianas siempre cerradas, ninguna conexión con el mundo exterior. Sin televisores, por miedo a que viera su propia cara en las noticias. Sin teléfonos. Solo las visitas de los agentes y actualizaciones que nunca eran actualizaciones.

El insomnio llegó la segunda semana. Daniel yacía en camas desconocidas mirando techos desconocidos, y cada vez que cerraba los ojos veía el callejón, el cuerpo, el rostro de Larreta emergiendo de la oscuridad. Perdió peso sin proponérselo; simplemente dejó de recordar que comer era algo que los seres humanos hacían para seguir vivos. Una mañana se miró en el espejo del baño y no reconoció al hombre que le devolvió la mirada: ojos hundidos, pómulos demasiado afilados, una palidez de días sin sol.

El miedo era constante, un compañero que no lo abandonaba ni en los momentos de calma. Cada ruido lo sobresaltaba. Desarrolló rituales de comprobación, levantándose varias veces cada noche para verificar puertas y ventanas. Los agentes lo miraban con una mezcla de comprensión y preocupación: habían visto antes esa erosión lenta de quien vive demasiado tiempo en el limbo de la protección.

Fue en ese estado cuando la agente Brenner volvió a verlo. Llegó con un hombre al que no reconoció y una carpeta que dejó sobre la mesa con un gesto que sugería urgencia, algo que rompería la monotonía de las semanas.

—Señor Arteaga —dijo, sentándose con esa postura perfecta que sugería entrenamiento militar—. Tenemos un problema, y una posible solución. Pero no le va a gustar.

Daniel la miró sin expresión y esperó. No le quedaba nada más que esperar.

—Larreta ha intensificado la búsqueda —continuó, abriendo la carpeta para revelar fotografías que él no quiso mirar pero miró de todos modos: su apartamento, su oficina, el restaurante, todos vigilados—. Tiene gente en todas partes, incluso, sospechamos, dentro de nuestros sistemas. Los protocolos habituales de protección no son seguros para usted. Los tres testigos anteriores también estaban en el programa, y ya sabe cómo terminaron.

Hizo una pausa, y Daniel sintió algo moverse en su pecho, algo que podría haber sido miedo si todavía fuera capaz de sentirlo con claridad.

—Necesitamos algo distinto —dijo Brenner, y su voz se había vuelto más suave de un modo que no tranquilizaba en absoluto—. Algo que él no esté buscando, que no pueda anticipar. Y hemos encontrado una opción que, estadísticamente, ofrece las mejores probabilidades de mantenerlo vivo hasta el juicio.

Deslizó la carpeta hacia él. Daniel tardó un momento en entender lo que veía: rostros masculinos junto a rostros femeninos, transformaciones que parecían efectos especiales. Hombres convertidos en mujeres, o que al menos lo parecían, desaparecidos dentro de identidades nuevas tan completas que resultaba imposible conectar las dos imágenes.

—No —dijo, antes de que ella pudiera explicar nada más—. No, esto es ridículo.

Pero mientras lo decía, mientras la negación le burbujeaba en la garganta, sabía que ya no tenía elección. La había perdido en un callejón, semanas atrás, cuando sus ojos se cruzaron con los de un hombre que no dejaba cabos sueltos. Y mirando aquellas fotografías de transformaciones imposibles, entendió que su vida anterior había terminado de verdad, y que lo único que le quedaba era decidir qué forma tomaría lo que viniera después.

Lo que no supo, en ese momento, fue que la mujer en la que estaba a punto de convertirse sería más real que el hombre que había sido. Que una noche, semanas más tarde, frente a otro espejo, una desconocida de labios pintados y mirada nueva le sostendría la vista durante demasiado tiempo, y que en lugar de espanto sentiría algo cálido, casi prohibido, subiéndole por el vientre. No supo nada de eso, sentado en aquella silla. Solo supo que estaba cansado, que tenía miedo, y que haría cualquier cosa por dejar de sentir ambas cosas.

—De acuerdo —dijo al fin, con una voz que no reconoció como suya—. Cuénteme más.

Y Brenner, con esa eficiencia que nunca la abandonaba, empezó a hablar.

Continuará.

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Comentarios (6)

PabloX

increible!! sigue escribiendo asi

LauraM85

Que relato tan diferente, me dejo pensando un buen rato. Espero que haya continuacion porfavor

SantiRol

Se hizo corto!! quiero mas

NocturnaLeerR

Me gusto mucho como esta escrito, el personaje se siente muy real. Sigue asi!

TransFan21

Tremendo giro en la historia, no me lo esperaba para nada. Muy bueno!!

CristinaBA_86

lei de corrido y quede con ganas de mas. muy buena la premisa

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