La noche que un cuerpo ambiguo me enseñó a desearme
Era un compendio extraño de virtudes y defectos, una criatura irrepetible y peculiar, distinta a todo lo que yo había conocido hasta entonces. Para mí encarnaba un sueño oscuro, una fantasía inconfesable que había acariciado durante años y pospuesto otros tantos, esperada y temida a la vez, como se espera y se teme una tormenta que va a cambiarlo todo. Si alguien me preguntara qué me gustaba de Darío, no sabría si responder «todo» o «nada». Ninguna de las dos respuestas habría sido del todo falsa, ni tampoco del todo cierta.
Era una persona, sí, pero había en sus ojos, en su boca, en su forma de moverse, un aire ambiguo y casi feroz, de animal agazapado, de criatura sin clasificar cuya simple existencia parecía retar al orden de las cosas. Su aspecto no era el de un hombre, y tampoco se ajustaba a lo que uno espera de una mujer. Habitaba el punto medio de todo con una naturalidad que desarmaba, ese lugar donde conviven sin pelearse las cosas que se supone que son incompatibles. Tenía pechos pequeños y firmes bajo la ropa, apenas dos promesas que se marcaban cuando se estiraba, y entre las piernas una polla que yo había aprendido a temer y a desear a partes iguales.
Su carácter tenía tanto de dulce como de cruel, tanto de luminoso como de sombrío. Podía reírse con la inocencia de un niño y, un segundo después, mirarte con una frialdad que te erizaba la piel. Todo en su persona ejercía a la vez un rechazo y una fascinación, y si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa palabra sería sin duda «inquietante».
Nos habíamos conocido en una de esas aplicaciones donde nadie da su nombre real al principio. Yo buscaba algo que no sabía nombrar, y él apareció una madrugada de insomnio con una foto a contraluz y una frase corta: «¿Te atreves o solo miras?». Me atreví. Quedamos en un cuarto alquilado por horas, en un edificio viejo del centro, con un conserje que no levantaba la vista de su teléfono.
***
Para cuando llegó aquella tarde de agosto, ya no éramos del todo extraños. Habíamos compartido un par de encuentros sórdidos y excitantes de los que, por mucho que lo intente, no consigo avergonzarme. Hacía un calor pegajoso, de esos que se meten en la ropa, y un ventilador anticuado de aspas revolvía el aire dulzón y cargado de perfumes ásperos del cuarto en penumbra.
Había una cama con una colcha gastada, un espejo manchado en la pared y una mesilla coja donde reposaba una lata de cerveza tibia. En el televisor, con el volumen casi apagado, pasaban imágenes de una orgía irreal de hombres, mujeres y chicas trans, una maraña de cuerpos donde se veía a una rubia con las tetas al aire chupando dos pollas a la vez, a una trans morena montando a un tipo mientras otro se la follaba por atrás, semen chorreando por bocas y culos, una sordera de gemidos que atraía mis ojos sin que yo lo decidiera.
Darío entró sin llamar. Cerró la puerta con el pie y se quedó un momento de pie frente a mí, recortado contra la rendija de luz que dejaban los postigos.
—Llegas tarde —dije, por decir algo.
—Tú llevas media hora mirando esa pantalla en lugar de mirarte a ti —respondió, y la frase me golpeó más de lo que esperaba.
Tenía razón, y eso me molestaba.
Se acercó despacio. Olía a tabaco y a algo dulce, como a vainilla quemada. Pasó un dedo por mi mandíbula, sin prisa, estudiándome como se estudia a una presa que ya está decidido que va a caer. Bajó ese dedo por mi cuello, por el esternón, y se detuvo justo sobre el bulto que ya me tensaba el pantalón. Sonrió al notarlo.
—Duro antes de que te toque —murmuró—. Eres un cerdo, ¿lo sabes?
—Lo sé —contesté, y me sorprendió lo ronca que me salió la voz.
Yo me dejé hacer. Esa era, en el fondo, la única regla entre nosotros: yo me dejaba, y él tomaba.
Llevaba toda la semana pensando en ese momento. Lo había imaginado en la oficina, en el coche, en la cama junto a una vida ordenada y previsible que de pronto me parecía ajena. Me había masturbado dos noches seguidas recordando cómo me había abierto de piernas la última vez, cómo me había metido su polla hasta el fondo mientras yo mordía la almohada. Había repasado cada detalle de los encuentros anteriores hasta gastarlos, como se gasta una fotografía a fuerza de mirarla. Y ahora que lo tenía delante, con su presencia llenando el cuarto entero, sentía esa mezcla de vértigo y alivio del que por fin se rinde a algo que sabe inevitable.
—Has estado nervioso —dijo, leyéndome la cara—. Toda la semana, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Porque yo también —respondió, y por un instante esa coraza suya de fiera se resquebrajó, dejando ver algo casi frágil debajo—. Llevo días con ganas de follarte hasta dejarte hecho una mierda.
—Quítate la camisa —murmuró después—. Quiero verte en el espejo.
Obedecí. Me senté en el borde de la cama y él se colocó detrás, de rodillas, recorriendo mi espalda con la boca, mordiéndome la nuca, arrastrando los dientes por los omóplatos. Sus manos me rodearon el pecho, me pellizcaron los pezones hasta hacerme gemir, y bajaron despacio, muy despacio, hasta desabrocharme el pantalón y sacarme la polla ya dura y goteando.
—Mírala —dijo, cerrando el puño sobre ella—. Mira lo cachondo que estás.
Recuerdo su piel morena y tersa contra mi espalda, sus pupilas dilatadas, brillantes, sus manos a la vez fuertes y delicadas, capaces de sujetarte con violencia o de rozarte como si fueras de cristal. Me masturbó con calma, torturándome, deteniéndose cada vez que sentía que estaba a punto de correrme, apretando la base para hacerme aguantar.
—Mírate —insistió, hablándome al oído—. No apartes la vista. Quiero que veas la cara de puta que se te pone.
***
Lo que vino después lo recuerdo a fogonazos, como una secuencia rota de imágenes que el calor y el deseo desordenaron para siempre. Recuerdo su voz andrógina, ni grave ni aguda, diciéndome al oído cosas que me incendiaban: «vas a tragártela entera», «vas a pedirme más», «esta boca es mía esta tarde». Recuerdo su lengua buscando los rincones más escondidos de mi cuerpo y arrancando de ellos un placer que yo no sabía que estuviera ahí, dormido, esperando a alguien que supiera despertarlo. Me lamió los pezones, me chupó los dedos uno a uno, me abrió las nalgas con las manos y hundió la lengua entre ellas hasta hacerme gritar contra la colcha. Nadie me había comido el culo así, con esa paciencia sucia, con esa saliva caliente entrando y saliendo, ablandándome, preparándome.
Me hizo girar y arrodillarme frente a él. Se bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón y la polla le saltó fuera, morena, gruesa, con la cabeza brillante ya humedecida. Más grande de lo que uno esperaría de un cuerpo tan andrógino. La agarré con la mano y noté el peso, el calor, la vena palpitando bajo el pulgar.
—Ábrela —ordenó, y sin esperar me la empujó en la boca.
Cuando lo tomé en mi boca lo sentí firme, vivo, latiendo contra mi lengua, y descubrí que me gustaba aquella entrega, ese ceder el control que durante años me había prohibido a mí mismo. Sabía a piel limpia y a un dejo salado de semen que ya asomaba por la punta. Empecé despacio, chupando la cabeza, jugando con la lengua alrededor del glande, y él dejó escapar un gemido bajo que me puso todavía más cachondo. Sus dedos se enredaron en mi pelo, marcando el ritmo, y yo lo seguí, dócil, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Fue hundiéndomela cada vez más, sin prisa pero sin piedad, hasta hacerme sentir la punta chocando contra la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas y un hilo de saliva me chorreó por la barbilla hasta el pecho.
—Así —susurraba—. Justo así. Trágala. Toda.
Me la sacó y me la volvió a meter, follándome la boca con embestidas cortas que me hacían atragantarme. Yo apretaba los muslos, con mi propia polla dolorida entre las piernas, y me tocaba mientras él me usaba. Me obligó a mirarlo desde abajo, con la polla clavada entre mis labios, y sonrió al ver mi cara empapada en saliva.
—Mírate cómo mamas —dijo—. Si te viera la gente que te conoce…
Hubo un momento en que se detuvo, me levantó la barbilla y me obligó a mirarlo. En sus ojos no había ternura, pero tampoco crueldad: había una especie de reconocimiento, como si los dos supiéramos algo que el resto del mundo prefería ignorar. Me besó entonces, largo y profundo, saboreando en mi boca su propio sabor, y ese beso fue más íntimo que cualquier otra cosa que hicimos esa tarde.
Me colocó de nuevo de espaldas a él, a cuatro patas sobre la colcha revuelta, con la cara hacia el espejo. Me arrancó los pantalones del todo, me dejó desnudo y ofrecido. Escupió sobre mi culo y con dos dedos extendió la saliva alrededor del agujero, presionando, hundiendo primero uno, luego dos, abriéndome con calma mientras yo empujaba las caderas hacia atrás pidiendo más.
—Qué apretado estás —murmuró—. Voy a rompértelo.
—Hazlo —jadeé—. Métemela ya.
Sentí su mano abierta sobre mi nuca, empujándome con suavidad contra el colchón, y luego la punta de su polla buscando el sitio, embadurnada de saliva y un poco de aceite que sacó de la mesilla. La presión fue lenta al principio, abriéndose paso, y noté cómo la cabeza vencía la resistencia del anillo y entraba. Hubo un instante de dolor puro, una punzada, la vaga sensación de que algo dentro de mí cedía y se reordenaba para hacerle sitio. Apreté los dientes y cerré los puños sobre la colcha.
—Respira —dijo—. No luches contra ti. Déjala entrar.
Respiré. Y él siguió empujando, milímetro a milímetro, hasta que sentí sus muslos pegados a los míos y sus huevos golpeándome el perineo. Estaba entero dentro. Me quedé quieto unos segundos, notándolo latir en mis entrañas, y él me acarició la espalda, esperando a que me abriera del todo. Luego empezó a moverse. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter con lentitud calculada, luego más rápido, con embestidas más largas que me arrancaban un gemido cada vez.
El dolor empezó a transformarse, embestida tras embestida, en otra cosa más confusa y más honda, una marea que me subía por la columna y me nublaba la cabeza. Sus caderas chocaban contra mí en una cadencia que parecía hipnótica, y de mi boca brotaban sonidos que jamás habría reconocido como míos. Sentí sus palmas firmes sobre mis nalgas, el ardor de cada azote midiendo el placer con el límite del dolor. Me pegaba, y con cada palmada mi culo se apretaba en torno a su polla y él gruñía de placer.
—Dilo —jadeó, sujetándome del pelo—. Dime lo que eres.
—Tuyo —conseguí decir entre embestidas—. Soy tuyo. Fóllame más fuerte.
—Puta —susurró—. Mi puta.
Me la clavaba hasta el fondo, sin tregua, con una furia dulce que me hacía perder el hilo de todo. En el espejo manchado veía la escena entera, y verla la volvía aún más irreal: yo a cuatro patas, con la frente perlada de sudor, la boca abierta, un hilo de baba colgando; y él detrás, acoplado a mi cuerpo, la polla entrando y saliendo brillante de mí, moviéndose en una danza obscena y a la vez extrañamente solemne. No reconocía mi propio rostro. Tenía los ojos vidriosos, una expresión de abandono que nunca me había permitido tener delante de nadie.
Me hizo cambiar de postura sin sacarla del todo. Me tumbó de espaldas, me levantó las piernas sobre sus hombros y volvió a hundírmela hasta el fondo. Desde ahí me miraba a la cara mientras me embestía, y yo veía cómo su vientre chocaba una y otra vez contra mis nalgas. Se agachó y me metió la lengua en la boca sin dejar de follarme, y ese doble asalto, la polla dentro y la lengua invadiéndome, me tuvo al borde durante minutos que se sintieron eternos. Me agarró la polla, que me chorreaba pegada al vientre, y empezó a pajearme al mismo ritmo de sus embestidas.
—Córrete para mí —ordenó—. Quiero verte correrte mientras te la meto.
***
El final llegó como un estallido. Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba, los muslos temblándome sin obedecerme ya, el aire saliéndome a tirones. La corrida me subió desde los huevos con una violencia que me arqueó la espalda, y salí a chorros sobre mi propio vientre, sobre su mano, manchándole los dedos de semen espeso. Grité algo que no era una palabra. Y él, al sentir cómo mi culo se apretaba en espasmos alrededor de su polla, aceleró tres, cuatro embestidas brutales y se descargó dentro de mí con un gemido ronco, agarrándome las caderas con las dos manos, clavándome las uñas. Sentí los latigazos calientes de su corrida llenándome por dentro, y me quedé vacío y a la vez extrañamente entero, recostado sobre la colcha húmeda, todavía con él dentro de mí y su mano ahora acariciándome el vientre pringoso con una delicadeza que no encajaba con la fiera que había sido un minuto antes.
Sacó la polla despacio y noté un hilo caliente escurriéndoseme por el muslo. Él lo recogió con dos dedos y me lo llevó a la boca. Se los chupé sin pensarlo.
Me quedé así un rato largo, jadeando, con la cara contra la tela arrugada, escuchando el zumbido monótono del ventilador y el murmullo lejano del televisor que nadie miraba. Tenía la sensación de haber muerto un poco y de estar volviendo a nacer en aquel cuarto sórdido, bajo aquella luz tísica que se colaba por los postigos.
Y entonces, emergiendo de ese mar oscuro de placer en el que me había estado ahogando, levanté la vista hacia el espejo otra vez. Vi mi rostro sudoroso, mis ojos todavía perdidos, el semen secándoseme en el pecho, y comprendí algo que cambió la forma en que me pensaba a mí mismo.
Comprendí que Darío, esa criatura ambigua, inquietante e imposible de clasificar, no era el único ser extraño que había sobre aquella cama. Yo también lo era. Durante años me había contado que solo «miraba», que aquello no me definía, que era una curiosidad pasajera. Pero la persona que me devolvía la mirada desde el cristal manchado no era un mirón. Era alguien que deseaba, que se entregaba, que había encontrado en lo prohibido un pedazo de verdad sobre sí mismo.
—¿En qué piensas? —preguntó él, todavía pegado a mi espalda, con la voz suave.
—En que no sé qué soy —admití, y por primera vez no me dolió decirlo.
Se rió bajito, un sonido cálido y sin burla, y apoyó la frente entre mis hombros.
—Bienvenido al punto medio —dijo—. Aquí cabemos los dos.
Nos quedamos en silencio mientras el ventilador seguía revolviendo el aire espeso. Afuera, la ciudad ardía bajo el sol de agosto, indiferente a la pequeña revolución que acababa de ocurrir en un cuarto alquilado por horas. Yo cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo de lo que era. Solo una calma extraña, la de quien por fin ha dejado de huir de su propio reflejo.
Cuando me marché, ya de noche, el conserje seguía sin levantar la vista de su teléfono. Bajé las escaleras despacio, con el culo dolorido y una sonrisa que no sabía explicar. Sabía que volvería. No por Darío, o no solo por él. Volvería por ese otro yo que había descubierto frente al espejo, el que llevaba años esperándome, agazapado, igual de inquietante y de irrepetible que la criatura que me lo había enseñado.
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