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Relatos Ardientes

Me convertí en la mujer sumisa que mi esposa engañaba

Llevo mucho tiempo dándole vueltas a esto, y fue una amiga la que al final me empujó a escribirlo. Necesito sacar de dentro lo que he cargado a solas durante años, ese peso que nadie te enseña a llevar porque nadie te educa para aceptarlo. Voy a contarlo lo más fiel que pueda. Los nombres no son los reales y algún detalle lo he cambiado para proteger a las personas de las que hablo, pero todo lo que importa de verdad ocurrió tal como lo cuento.

Me llamo Marc y estoy a punto de cumplir cuarenta y siete. Llevo catorce años casado con Núria, que tiene cuarenta y uno, y tenemos dos hijas. Siempre hemos vivido en el mismo pueblo de la Costa Brava, cerca de Palamós. Ella es responsable de seguros en una oficina bancaria y yo llevo mi propia gestoría de contabilidad. Como cualquier matrimonio, hemos tenido buenos y malos momentos, pero no me cabe duda de que hubo mucho amor, y de alguna manera todavía lo hay.

Núria es guapa y se cuida muchísimo. Elegante, de aspecto siempre perfecto, con un carácter que los años fueron volviendo seguro y abierto. Es morena, delgada, hace yoga y senderismo, y al desnudo se la ve estupenda. Le gusta el nudismo en sitios discretos desde mucho antes de conocerme. Yo, en cambio, siempre fui el tímido de los dos. Educado, demasiado confiado, incapaz de imponerme. Mido casi un metro ochenta y dos, intento comer sano, y desde hace años me gusta depilarme entero, aunque a ella eso no le hace gracia.

Porque hace tiempo que siento cosas difíciles de explicar. De adolescente ya andaba confundido. En los vestuarios del fútbol me duchaba con el bañador puesto o me escondía en las duchas individuales, mientras veía cómo a los demás se les iba poniendo el cuerpo más fuerte, más velludo, más de hombre. En mí ese cambio no llegaba, o yo no lo sentía mío. Dejé escapar a tres o cuatro chicas que me gustaban de verdad solo por no atreverme a intimar. No supe ponerle nombre hasta muchos años después.

Perdí la virginidad tardísimo, a los veinte, con Patricia, una chica que pasaba los veranos en el pueblo y se quedó a vivir cuando sus padres se separaron. Estudiaba enfermería y era alegre, divertida, mucho más experimentada que yo. La primera vez fue en casa de una amiga suya, con una manta, una película de fondo y ella guiándome paso a paso. Recuerdo correrme demasiado rápido y su «¿ya?» dicho con cariño. La quería con locura, pero esa vieja curiosidad volvió a invadirme sin avisar.

Cuando iba a esperarla a su piso de la ciudad, me daba por abrir los cajones de su ropa interior. Y los de su compañera. Algunas prendas eran preciosas, y notaba cómo el cuerpo se me encendía solo de sostenerlas. Acababa probándomelas a solas, en su baño, con erecciones inmediatas, vigilando no mancharlas, sintiendo que volaba. Después me obligaba a dejarlo, muerto de vergüenza. Lo dejé del todo cuando un amigo me contó que Patricia me engañaba con un compañero de la facultad. Ella lo reconoció. Me destrozó y me marché a estudiar a Barcelona.

***

Aquellos años solo en Barcelona me cambiaron sin que yo lo entendiera. Echaba de menos el cariño de una mujer, o eso me decía. Un día, no sé bien cómo, empecé a comprar cosas. Pendientes, un vestido, ropa interior. Lo presencial lo compraba como si fuera un regalo para otra; el maquillaje, las pelucas y algún juguete me llegaban por mensajería. La primera vez que me vi de verdad en el espejo sentí algo que jamás había sentido: bien y mal a la vez, pero incapaz de dejar de ser ella. Lo guardaba todo en una caja de cartón en lo alto del armario y, muy de vez en cuando, dejaba que aquella mujer saliera y respirara un rato.

Entonces conocí a Lorena en una cena de empresa. Era de la zona, venía de una relación complicada, y conectamos enseguida. Yo tenía veintiséis y ella veintidós. Encontró en mí el apoyo que buscaba y yo encontré, una vez más, una excusa para tapar lo otro. Nos fuimos a vivir juntos, alquilamos un piso, y durante un par de años pareció que todo iba bien. Hasta que me sorprendí de nuevo revolviendo sus cajones, eligiendo su lencería más bonita con un escalofrío recorriéndome la espalda, guardando en la cabeza el momento en que ella saliera de casa y yo pudiera ponérmela.

Antes de ser padres ya había cosas que no funcionaban. En la cama, Lorena apenas mostraba si le gustaba algo. Le preguntaba y me respondía que «así» no sentía nada, y cambiábamos de postura hasta renunciar a la mitad de ellas. Tuvimos a las niñas pronto, y eso nos centró en ser buenos padres mientras el deseo entre nosotros se enfriaba. Yo seguía cogiéndole la ropa interior a escondidas. Alguna vez me preguntó por qué encontraba sus cajones desordenados. «No, claro que no he tocado nada», mentía, ardiendo de vergüenza.

El sexo se volvió escaso y frustrante. A ella se le escapaba mi erección, decía que no sentía nada, y yo notaba que me costaba mantenerme, como si su impaciencia me intimidara. Con los años se volvió la parte activa: antes la buscaba yo, ahora me buscaba ella, y yo hacía lo que podía porque la quería. Hasta que un día, con todo el cariño del mundo, me dijo que a punto de cumplir los treinta y cinco yo no llegaba a satisfacerla.

***

Decidimos comprar juguetes juntos. Llegó uno grande, con ventosa, de unos veinte centímetros. Una noche de verano, antes de un viaje que haríamos sin las niñas, me susurró en la cama que ya lo había probado en la ducha y que le encantaba. Fue a buscarlo, me pidió que me sentara recto y se sentó encima de él, delante de mí, mirándome a la cara, moviéndose sin parar hasta correrse. Luego me terminó con la boca. Me resultó raro y a la vez me gustó muchísimo. Era mejor que cualquier cosa que hiciéramos nosotros, y me dije que estaba bien.

Lo que pasó es que aquello dejó de ser una excepción para volverse la norma. El juguete estaba siempre entre los dos. Empecé, a sabiendas de que no estaba bien, a fingir que no se me ponía dura para que ella lo cogiera. Verla entregada, usándolo de pie, en el sofá, en el suelo, mientras yo me tocaba mirándola, se convirtió en nuestra manera de tener sexo. Cuando me pedía «ahora tú, cielo», me la metía sintiendo que le quedaba pequeña, que se reía con cariño, y yo, lejos de molestarme, volaba. Esa misma noche volví a coger sus bragas a escondidas, a tocarme pensando en ella y en cualquier otro.

Aquel verano, en una cala nudista, empecé a fantasear con que algún hombre nos mirara. Verla a ella bellísima, femenina, y a mí a su lado, deseando que otro la deseara y que ella quisiera a otro. Imaginarme reducido, ridiculizado, el marido del que ambos se reían. Aquello hizo un clic en mi cabeza y en mi cuerpo del que ya no volví. Mis erecciones matinales desaparecieron y en su lugar quedó un calor punzante, una urgencia distinta. En mis viajes «de trabajo» empecé a planificar mis depilaciones, a comprar ropa, a perderme entera.

Un fin de semana que Núria se fue con las niñas, cogí su juguete. Lo limpié, busqué cómo hacerlo bien, me preparé. En el suelo del baño, despacio, lo pegué a la pared como sabía que hacía ella. Me veía de frente en el espejo, depilada, encendida, y vino a mi mente un viejo amigo del gimnasio, de los de buena planta y mujer guapa. Lo imaginé follándose a mi mujer y teniéndome a mí ahí, en el suelo, suya. Empujé hacia atrás, despacio primero, más rápido después, viendo cómo mi cuerpo respondía sin que me tocara, hasta tener un orgasmo de pie contra esa pared. Algo con lo que llevaba soñando media vida. Nunca volví a ser el mismo.

***

Durante unos tres años viví así, a escondidas. Tenía mi propia ropa, mi propio juguete. Nos queríamos y nos respetábamos, pero apenas había sexo entre nosotros. Yo ya no pensaba en otra cosa que en ella con otro hombre, y en ese hombre teniéndome también a mí. Más de una vez, llena de rabia y de miedo, lo tiré todo a la basura. «No está bien», me repetía. «No, esto no.» Y a las pocas semanas volvían los deseos y volvía a comprarlo todo, a buscar el momento de ser yo misma. Ya dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea.

Una madrugada, Núria dejó el móvil cargando en el comedor. Sé que estuvo mal mirarlo, pero lo hice. Y así descubrí que llevaba ocho meses con otro. Raúl, un cliente del banco, divorciado, mayor que yo, alguien del pueblo que siempre me había caído fatal por la fama que arrastraba. Leí noche tras noche los mensajes, vi las fotos, los audios diarios contándose lo que hacían, hablando de mí entre líneas. Lloré. No sabía qué hacer. Guardé capturas que todavía conservo, incapaz de creer que me lo hubiera ocultado en lugar de sincerarse, en lugar de decirme «me gustaría probar con otro».

A los pocos días me notó raro, distante, y me lo preguntó. Se lo solté todo. «Lo siento, perdóname, no es lo que piensas, solo era sexo, te quiero.» Discutimos a gritos, quise irme de casa y no me dejó. Estuvimos meses durmiendo separados, sin hablarnos apenas. Y mientras tanto, ellos seguían escribiéndose cada día. Ella le había contado que se sentía insatisfecha conmigo, que él la dominaba de un modo que yo nunca supe. Lo leí todo. Vi que estaba prendada de él, que se veían los jueves, que reservaban hotel cuando yo me iba «de viaje» y me convertía en mujer.

Lo más difícil de admitir es lo que descubrí de mí en aquel pozo. Lo pasé fatal, sí, ella insistía en arreglarlo y a mí me parecía imposible. Pero por debajo del dolor había otra cosa que no me atrevía a mirar de frente: me gustaba. Adoraba sentirme así. Una mujer sumisa y cornuda que quiere a su esposa y que, al mismo tiempo, desea entregarse. Esa contradicción soy yo, y tardé años en poder nombrarla sin odiarme.

Dicen que el tiempo lo cura casi todo. Volvimos a hablarnos, intentamos intimar como antes, e incluso funcionó durante una temporada porque ella pone empeño. Pero yo llevo todo aquello demasiado clavado dentro. Hoy lo cuento por primera vez y me siento un poco más ligera. Tanto, que en unos días he quedado, en privado, con una mujer maravillosa que conocí. Será mi primer encuentro real siendo de verdad quien soy, y confío en no estar demasiado nerviosa. Quiero a mi esposa, la adoro, y voy a luchar por seguir a su lado. Pero ya no pienso volver a esconder a la mujer que siempre fui. Un beso, amigas.

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Comentarios(4)

Luisina_rosario

que relato tan hermoso... me llegó al alma de verdad.

DiegoNK_lector

Pocas veces algo de esta categoria me genera tanto. Lo leí de corrido y cuando terminé me quedé ahí parado un momento, sin poder cerrar la pestaña.

RomiP_lec

espero la continuacion!! me dejaste con muchas ganas de saber mas de ella

MartinaCorr

Increible como transmitis esas emociones. Se siente muy real y muy intimo, casi da pudor leerlo jaja pero en el buen sentido.

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