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Relatos Ardientes

Mi tía me transformó en la sobrina que nunca tuvo

Adrián llegó a la casa de sus tíos con una maleta barata y la certeza de que la universidad sería su pasaporte a la independencia. Tenía la edad justa para creerse adulto y la inexperiencia justa para equivocarse. Renata, hermana mayor de su madre, le había ofrecido alojamiento años atrás: la casa quedaba cerca de la facultad y, según dijo entonces por teléfono, «así no tirás el dinero en un alquiler de mala muerte». A cambio del techo y la comida, él se comprometía a ayudar con las tareas del hogar, mantener su cuarto en orden y, sobre todo, obedecer a su tía en todo momento.

Esa última condición sonaba inofensiva la primera noche. Dejó de serlo muy pronto.

Renata lo recibió en la puerta con un vestido negro que marcaba cada curva de su cuerpo maduro, medias con costura trasera y tacones de aguja que sonaban como pequeños martillos sobre el mármol. Los labios pintados de rojo, los ojos recorriéndolo de arriba abajo como si ya estuviera midiendo cuánto material había para moldear.

—Pasá, sobrino —dijo, con una voz grave y melosa que no pedía permiso—. Acá vas a estar muy bien. Siempre y cuando aprendas rápido quién manda.

Esa misma noche, en el sillón de cuero, con Hugo observándolo en silencio desde el otro extremo del salón, su tía le expuso las reglas con la naturalidad de quien dicta una sentencia.

—Casa impecable. Tu cuarto como un quirófano. Te comportás como una persona decente delante de las visitas. Y me obedecés a mí en absolutamente todo. Sin peros, sin caras, sin retrasos.

Hizo una pausa. Cruzó las piernas y dejó que el nylon crujiera.

—Hay una quinta regla que no te dije por teléfono porque quería verte la cara cuando la escucharas. A partir de mañana empieza tu educación de verdad.

***

El cuarto que le asignaron era amplio, luminoso y perturbadoramente femenino. Un armario de cuatro puertas espejadas ocupaba toda una pared. Cuando lo abrió, sintió que le faltaba el aire. A la izquierda colgaban tres camisas, dos pantalones y unas zapatillas viejas. El resto del espacio era otra cosa: corsés de satén, lencería de encaje, ligueros, medias de costura, faldas plisadas escandalosamente cortas, vestidos, tacones de todas las alturas, pelucas de todos los tonos, prótesis de silicona de distintos tamaños.

Renata apareció detrás de él en el reflejo del espejo, con una afeitadora eléctrica en una mano y un frasco de crema depilatoria en la otra.

—Primera lección —dijo, poniéndole ambas cosas en las manos—. De ahora en adelante tu piel va a estar tan suave como la de cualquiera. Brazos, pecho, piernas, todo. Tenés hasta las ocho de la noche. Si queda un solo pelo, te lo saco yo misma con cera caliente y sin compasión.

Esa tarde Adrián se encerró en el baño y obedeció. Cuando terminó, el cuerpo entero le ardía y le temblaban las manos. Se sintió ridículamente expuesto, lampiño, ajeno a sí mismo.

Lo peor llegó dos días después. Su tía lo hizo desnudarse frente al espejo y le agarró la polla flácida con dos dedos, como quien sostiene algo que no le pertenece del todo. Se la sacudió apenas, con desprecio, hasta que él, humillado, empezó a endurecerse contra su voluntad. Entonces sonrió, la sumergió unos segundos en un cuenco con hielo hasta que volvió a bajarle, y le colocó ella misma un dispositivo de castidad: una jaula de policarbonato transparente con un candado diminuto y numerado, que le apretaba la base de los huevos y le comprimía la verga en un tubo curvado hacia abajo. Mientras lo cerraba, sus uñas largas le rozaban la piel del glande a propósito.

—Esto es para que no te toques nunca más sin permiso —susurró junto a su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Esa pijita ya no es tuya para jugar. Es mía. Y la voy a usar cuando, como y con quien yo decida. Cuando quiera que te corras, te vas a correr. Cuando no, te vas a aguantar aunque se te caigan los huevos.

El clic del candado le resonó en la cabeza como un disparo.

***

A partir de ahí, el ritual fue creciendo poco a poco, como una ceremonia de demolición lenta. Una semana se sumó la ropa interior femenina. A la siguiente, las medias de nylon. Después, los tacones, primero bajos y luego cada vez más altos. Cada lunes encontraba sobre el escritorio una hoja con instrucciones escritas a mano: la ropa, los accesorios, el peinado que debía llevar esa semana.

Cada tarde, al volver de la facultad, repetía los mismos pasos. Guardaba la ropa de hombre en el cajón de abajo del armario, como quien esconde pruebas de un delito. Se ajustaba un corsé de ballenas de acero que le robaba centímetros de cintura y lo obligaba a respirar en jadeos cortos. Se calzaba las medias, sujetas con ligas que tironeaban a cada paso. Se ponía las prótesis y un sostén que las volvía imposibles de ignorar. Una falda corta, tacones de aguja que lo obligaban a caminar con pasos breves y un balanceo involuntario. La bombacha de encaje se le metía entre las nalgas y presionaba la jaula contra el perineo, un recordatorio permanente de que abajo, entre las piernas, ya no tenía voz ni voto.

Después venía el tocador. Base para borrar cualquier rastro de masculinidad, sombras pastel, delineador, pestañas postizas, los labios rellenos de un rosa intenso, uñas postizas del mismo color. Por último, la peluca rubia, larga, dividida en dos trenzas o recogida en una coleta alta que parecía pedir que la usaran de rienda.

Cuando terminaba y se plantaba frente a los espejos de cuerpo entero, Adrián ya no estaba. En su lugar había una chica de mirada sumisa que respondía a otro nombre.

—Bajá, Camila —llamaba Renata desde abajo, con ese tono mitad miel, mitad látigo—. Vení a mostrarle a tu tía lo bien que aprendiste a caminar.

Y Camila bajaba. Con las trenzas oscilando. Con la jaula apretando. Con el corazón en la garganta. A los seis meses, Adrián era apenas un recuerdo borroso. Camila, en cambio, crecía cada día más adentro, y cada día más hambrienta.

***

Aquella tarde, sin embargo, Camila cometió un error. Su tía había salido y la casa estaba en silencio. Sola frente al espejo, con el ritual recién terminado, no pudo contenerse. Sacó del cajón de Renata dos juguetes que sabía prohibidos —un consolador rosa de silicona, grueso, con venas marcadas, y un vibrador con forma de bala— y se recostó en la cama con las piernas abiertas y las rodillas al aire.

Se lubricó el culo con saliva y con el aceite que su tía usaba para las masajes. Primero se metió un dedo, después dos, jadeando cada vez que los abría en tijera para acostumbrar el ojete apretado. Cuando sintió que aflojaba, apoyó la punta del consolador rosa contra la entrada y empujó con las caderas hacia arriba. El plástico se abrió paso centímetro a centímetro, arrancándole un gemido agudo que amortiguó mordiéndose el labio pintado. La jaula le apretaba la verga hinchada de sangre, imposibilitada de crecer, y cada vez que la punta del consolador le rozaba la próstata, un chorrito claro de líquido preseminal se escurría por el tubo transparente hasta manchar la bombacha de encaje.

Con la otra mano prendió el vibrador y se lo apoyó sobre la jaula, en la base, donde los huevos apretados le temblaban. La descarga eléctrica la hizo arquearse. Empezó a follarse el culo con embestidas cortas, el consolador entrando y saliendo con un sonido húmedo, el vibrador zumbando contra su carne prisionera. Estaba tan absorta —los ojos entrecerrados, la lengua asomando entre los labios rojos, un hilo de saliva bajándole por el mentón— que no oyó la puerta de calle, ni los tacones acercándose por el pasillo. Cuando levantó la vista, su tía estaba parada en el umbral, con los brazos cruzados y una ceja levantada.

—¿Y esto qué es? —preguntó, con una calma peor que cualquier grito.

—Perdón, tía. No pude contenerme.

—Sabés perfectamente que tenés prohibido jugar cuando estás sola.

—Lo siento mucho. Por favor, perdóneme.

—Ni perdón ni nada. Sacate esa porquería del culo. Despacio. Quiero verlo salir.

Camila obedeció, se estiró hacia abajo y tiró del consolador con las mejillas ardiendo. Salió con un ruido obsceno, húmedo, y su ojete quedó abierto un instante, palpitando, antes de cerrarse.

—Es hora de una lección. Ya sabés lo que tenés que hacer.

Camila se acercó sin decir palabra y se recostó sobre las piernas de su tía. Renata se sentó en la silla del tocador, le levantó la falda y le bajó la bombacha empapada hasta las rodillas, dejando las nalgas al descubierto y la jaula colgando entre los muslos.

—¿Pensaste que no me iba a dar cuenta?

—Creí que llegaría más tarde, señora.

—Así que cuando no estoy te creés con derecho a hacer lo que quieras, a meterte cosas en el culo como una puta cualquiera.

Por toda respuesta, empezó a darle nalgadas, cada vez más fuertes, marcándole el ritmo con la voz. La palma abierta caía sobre la carne rosada y dejaba la huella marcada. A cada golpe, Camila se sacudía sobre las piernas enfundadas en nylon y sentía el roce contra la jaula, contra la verga aprisionada que se hinchaba hasta el límite del plástico.

—Que sea la última vez. ¿Qué tenés que decir?

—Gracias por educarme, señora.

—Más fuerte, putita.

—¡Gracias por educarme, señora! ¡Gracias por castigarme!

No se sabe si fue la humillación, la cadencia de los golpes o el roce de su verga enjaulada contra el nylon de las piernas de su tía. De pronto, sin tocarse, sin permiso, Camila se corrió a través de la jaula de castidad. La corrida escapó por los agujeros del policarbonato en chorros espesos, blancos, que salpicaron las medias oscuras y los zapatos de charol de Renata. El cuerpo entero le temblaba mientras seguía cayendo semen, gota a gota, del tubo transparente.

—Pero qué desastre —dijo su tía, sin alterarse, contemplando los hilos blancos que le colgaban del tacón—. Te corrés como una puerca mientras te estoy castigando. No me pienso cambiar, así que vas a limpiar lo que hiciste con la lengua. Empezá por los zapatos.

Camila se dejó caer al piso, se puso a cuatro patas y tomó uno de los pies de su tía. Sacó la lengua y lamió el charol despacio, recogiendo cada gota de su propia corrida, sintiendo el sabor salado y amargo mezclado con el cuero y el betún. Pasó al otro zapato, chupó la punta, el empeine, el taco. Después subió por las medias, arrastrando la lengua por el nylon, siguiendo el rastro blanco hasta la pantorrilla, hasta la rodilla, hasta el borde donde el liguero se enganchaba al muslo. Cuando llegó ahí, Renata cerró las piernas con fuerza y le atrapó la cabeza un segundo, riéndose por lo bajo.

—Buena perra —susurró—. Aprendés rápido cuando tenés hambre.

—Gracias, señora —jadeó Camila, con los labios pintados corridos y una hebra de semen colgándole del mentón.

—Esto no termina acá —dijo Renata, levantándose—. Veo que todavía te falta mucho por aprender.

***

La tomó de una oreja y la arrastró por el pasillo hasta la cocina, donde abrió una puerta que Camila conocía y temía: la del sótano.

—El sótano no, por favor.

—El sótano sí.

Bajaron la escalera. Al encenderse la luz apareció una sala acondicionada para el castigo: una cruz de aspa en un rincón, un potro en el centro, una pared entera cubierta de correas, esposas, mordazas, arneses. En un costado, una silla de la que emergía un consolador de látex de dimensiones imposibles, grueso como una muñeca, largo hasta casi tocar el asiento superior.

—La silla no, se lo ruego.

—La silla sí. Es por tu bien.

La obligó a subirse a horcajadas y a empalarse despacio, presionándole los hombros hasta que el juguete se abrió paso por su culo todavía dilatado del jugueteo previo. El monstruo de látex entró centímetro a centímetro, arrancándole gemidos ahogados a cada avance, hasta que las nalgas de Camila tocaron el asiento y sintió la base del consolador apretándole el perineo por debajo de la jaula. Los ojos se le llenaron de lágrimas que arrastraron el rímel en dos surcos negros. La verga aprisionada volvió a hincharse, castigada por el interior, escupiendo hilos de líquido preseminal que le mojaban los muslos.

Renata le esposó las muñecas detrás del respaldo y le aseguró los tobillos a las patas traseras en una postura incómoda, con las piernas abiertas de par en par. Cada vez que Camila intentaba levantarse para aliviar la presión, la gravedad la hacía volver a caer sobre el consolador, más adentro que antes. Por último, le colocó unos auriculares, le ajustó una mordaza de bola roja en la nuca que la obligaba a mantener la boca abierta, y activó un reproductor.

—Así evitamos tus lamentos —dijo—. Quiero una tarde tranquila. Cuando llegue tu tío veremos qué hacemos con vos.

Apagó la luz y cerró la puerta. Camila quedó en la oscuridad total, oyendo en bucle la misma letanía grabada: soy obediente, mi lugar es servir, mis tíos me guían, los castigos son para educarme, mi culo es de ellos, mi boca es de ellos, mi corrida les pertenece. Sin noción del tiempo, con la saliva escurriéndole por la barbilla hasta la blusa, con el consolador clavado hasta la garganta de sus entrañas, recordó todo el camino que la había traído hasta esa silla.

***

No supo cuántas horas pasaron antes de que la puerta volviera a abrirse con un chirrido. No oyó los pasos pesados en la escalera; primero sintió el cambio en el aire, un olor a cigarrillo y a hombre que invadió el sótano antes que la voz.

—Renata, ¿qué tenés acá abajo? —La voz de Hugo era ronca, sin apuro.

—Se portó mal, amor. Jugó sola, se metió cosas en el culo sin permiso. La dejé un rato en la silla para que reflexione.

Hugo se acercó. Camila sintió el calor de su aliento en la nuca y luego el roce áspero de una mano bajando por su espalda sudada hasta hundirse entre sus nalgas, palpando cómo el consolador la ensanchaba.

—Bien empalada la tenés —murmuró él, satisfecho—. Sacala de ahí. Quiero verla bien.

Renata le soltó los tobillos y las muñecas y la ayudó a incorporarse. El consolador salió con un sonido húmedo, largo, obsceno, que la hizo gemir contra la mordaza y le dejó el ojete abierto y palpitante, incapaz de cerrarse del todo. Un hilito claro le corrió por el interior del muslo. La levantaron del pelo —las dos trenzas a la vez, tironeadas al mismo tiempo por marido y mujer— y la empujaron contra el potro, boca abajo, la falda recogida hasta la cintura, las nalgas rojas y marcadas al aire.

Renata le arrancó la mordaza de un tirón. Camila boqueó, con la lengua fuera, y apenas tuvo tiempo de tomar aire antes de que su tía le hundiera dos dedos en la boca hasta la garganta.

—Chupá bien, putita. Preparate para lo que viene.

Hugo se bajó el cierre del pantalón y sacó una verga gruesa, oscura, de venas marcadas, que ya goteaba en la punta. Se la apoyó primero en las nalgas, la deslizó entre los cachetes calientes, y se rió al ver cómo el ojete de Camila, todavía abierto por el consolador, palpitaba pidiendo más.

—Mirá cómo quedó —murmuró Hugo—. Depilada, enjaulada, pintada de pies a cabeza, con el culo listo. Un trabajo perfecto, mujer.

—Es mi obra maestra —respondió Renata, encendiendo un cigarrillo y sentándose en el borde del potro, cruzando las piernas—. Y todavía le falta. Mostrale para qué la entrenamos.

Hugo escupió sobre el ojete abierto, se agarró la polla por la base y la clavó de una sola embestida hasta los huevos. Camila gritó contra el cuero del potro, un aullido agudo que se rompió a la mitad cuando su tío empezó a follarla con embestidas largas, brutales, hundiéndose entero y sacándola casi por completo cada vez. Los huevos del hombre golpeaban contra la jaula de castidad con un chasquido rítmico, el aro de plástico se le clavaba en la piel del perineo, y su verga aprisionada rebotaba dentro del tubo con cada envión.

—Qué culo apretado tenés, sobrina —gruñó Hugo, agarrándole las trenzas y tirando hacia atrás como si fueran riendas—. Después de meses te sigue apretando la pija como el primer día.

—Es que la entreno todos los días —dijo Renata, exhalando humo—. Pero el culo se le abre solo para vos.

La tía se levantó, rodeó el potro y se subió al mueble frente a la cara de Camila. Se recogió la falda, se corrió la bombacha a un lado y le estampó el coño húmedo, oloroso, contra la boca pintada.

—Chupá. Sacame la lengua para adentro. Y no pares hasta que me corra.

Camila obedeció con desesperación. Sacó la lengua y la hundió entre los labios mojados de su tía, buscándole el clítoris hinchado, chupándolo, mordisqueándolo con los dientes cubiertos por el labial rojo. Renata la agarró del pelo y empezó a restregarse la concha contra su cara, mientras Hugo la seguía embistiendo por atrás. Camila estaba clavada entre dos cuerpos, la boca llena del sabor ácido de su tía, el culo destrozado por la verga de su tío, la jaula chorreando por debajo.

—Miralo cómo la coge —jadeó Renata, agarrándose las tetas por encima del vestido—. Y ella se corre, la muy puta. Se corre sin que nadie le toque la pijita.

Y era cierto. El orgasmo le llegó otra vez sin permiso, provocado por la próstata que su tío le machacaba a cada envión. Un chorro caliente y espeso escapó de la jaula, cayendo a hilos entre sus muslos, formando un charco sobre el cuero del potro. El cuerpo entero le tembló, el culo se le cerró con espasmos alrededor de la verga de Hugo, y la garganta se le llenó de un grito ahogado por el coño de Renata.

—Ahí voy, putita, tragate todo —rugió Hugo, hundiéndose hasta el fondo. Camila sintió los chorros calientes de semen inundándole las entrañas, uno tras otro, mientras los huevos del hombre latían contra su piel. Casi al mismo tiempo, Renata se corrió sobre su cara, apretándole la cabeza entre los muslos hasta ahogarla, empapándola de flujo desde el mentón hasta la frente.

Cuando Hugo se retiró, la corrida empezó a escurrirse del culo abierto de Camila, deslizándose por el interior de sus muslos y goteando sobre el potro. Renata bajó, se acuclilló detrás de ella, y le abrió las nalgas con las dos manos para mirar el reguero blanco.

—Qué obra de arte —murmuró. Después, sin previo aviso, apoyó la boca contra el ojete dilatado y chupó, absorbiendo la corrida de su marido. Se irguió, agarró a Camila del pelo, le giró la cabeza, y le escupió toda la mezcla en la boca abierta—. Tragá. Y agradecé.

—Gracias, señora —balbuceó Camila, sintiendo el semen espeso resbalarle garganta abajo—. Gracias, señor.

Cuando terminaron, Camila quedó tirada sobre el potro, jadeando, con el maquillaje corrido en surcos negros, el pelo pegado a la frente y una mezcla de semen y saliva escurriéndole por las comisuras. El olor del sótano era denso: sudor, cuero caliente, perfume caro, sexo. Le costaba distinguir dónde terminaba el castigo y dónde empezaba el placer, porque hacía meses que habían dejado de ser dos cosas distintas.

Renata se agachó, le apartó un mechón rubio de la cara y le habló casi con ternura.

—Bienvenida a la familia de verdad, sobrina.

Camila cerró los ojos. Una parte remota de ella, la que alguna vez había llegado con una maleta barata y un sueño de independencia, intentó recordar su propio nombre. No lo encontró. Y lo más perturbador no fue el olvido, sino la calma con que lo aceptó. Afuera apenas anochecía. La noche, supo, recién empezaba.

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Comentarios(8)

FedeLector

Que relato tan hermoso. Me llego al alma de verdad. Gracias por compartirlo.

MartinaPlaya22

Por favor que haya segunda parte! Se corto justo cuando mas me habia metido en la historia, eso no se hace jaja

LectorTrans_ok

Me identifico con esta historia mas de lo que quisiera admitir. Esta muy bien escrita, con sensibilidad, sin vulgaridades innecesarias. De lo mejor que lei en mucho tiempo.

rodorico

El excerpt me engancho de entrada y el relato no decepcionó para nada. Muy bueno! Seguí escribiendo.

NadiaQBA

Es autobiografico? Se siente demasiado real para ser ficcion pura...

Marcos_77

increible como lo narraste!! me tuvo pegado hasta el final

ValentinaR22

El detalle de bajar la escalera con tacones me pareció tremendo, muy cinematografico. Se nota que sabés escribir.

Dani_lector

La tia siempre aparece en el momento justo jajaja. Pero en serio, muy buen relato, se nota que hay emocion genuina detras de cada parrafo.

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