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Relatos Ardientes

El desierto me transformó en diosa hermafrodita

Hay pueblos donde el deseo se trata como una enfermedad, y aquel era uno de ellos. Un puñado de casas de adobe varadas en mitad de la nada, rodeadas de arena y de gente con el corazón cerrado a cal y canto. Allí el placer era un pecado que se pagaba con miradas torcidas, con sermones interminables y, en los tiempos viejos que las ancianas todavía recordaban con nostalgia, con algo peor. Y allí vivía Renata, de veintiséis años, con un secreto que le pesaba más que el calor.

Tenía los ojos verdes y el pelo rubio, encrespado por las noches sin aire en las que el sudor se le pegaba a la nuca. De día agachaba la cabeza, lavaba, cosía y cumplía con lo que el pueblo esperaba de una mujer soltera. Aprendió temprano a no levantar la vista, a no reír demasiado fuerte, a no dejar que nadie le adivinara lo que llevaba dentro.

De noche, en cambio, su cuerpo le exigía otra cosa.

Bajo las sábanas gastadas que olían a polvo, sus dedos se atrevían a recorrer la humedad ardiente entre sus piernas. El calor subía desde lo más hondo y le arrancaba gemidos que tragaba en seco, con un nudo apretado en la garganta para que nadie la oyera al otro lado de la pared fina. Y cuando el placer por fin la alcanzaba, llegaban también las lágrimas: una culpa vieja, heredada, que le cortaba la respiración y le dejaba la cara mojada en la oscuridad.

—Pecadora —murmuraban las ancianas a su paso, con los labios secos como ciruelas olvidadas al sol.

Los hombres no decían nada. Solo la seguían con la mirada desde las esquinas, devorándola con una lujuria que jamás se atreverían a confesar en voz alta. Esa hipocresía era lo que más la asfixiaba: todos deseaban, todos fingían no desear, todos castigaban en ella lo que escondían en sí mismos.

Una noche sin luna, Renata no pudo más. Salió de casa descalza, cruzó la última calle del pueblo y echó a andar hacia el desierto, hacia esa oscuridad enorme donde nadie la juzgaría. No tenía un plan. Solo el cuerpo cansado de pedir perdón.

***

Caminó durante horas. La arena todavía guardaba el calor del día y le quemaba las plantas de los pies. Los labios se le agrietaron y un hilo de sangre le bajó por la barbilla. Su respiración se volvió un jadeo ronco, el único sonido en aquel silencio inmenso, tan grande que parecía tener peso.

Cuando ya no le quedaban fuerzas, cayó de rodillas frente a algo imposible: un templo de piedra negra, pulida como un espejo, brotando de la arena como si llevara allí desde el principio del mundo.

Los muros estaban cubiertos de figuras grabadas. Cuerpos entrelazados, bocas abiertas, manos buscándose. Escenas que en el pueblo le habrían valido la condena y que allí, en cambio, parecían sagradas, talladas con un cuidado reverente. El aire olía a tormenta, a sándalo y a tierra mojada, aunque no había una sola nube en el cielo. Un trueno retumbó a lo lejos, grave, como el latido de algo muy antiguo, y a Renata se le aceleró el pulso sin que supiera por qué.

De entre las sombras del umbral surgió una figura.

Era una mujer y, al mismo tiempo, no lo era. Su piel tenía el color de la medianoche y una melena negra le caía hasta las caderas como una cascada de seda. Tenía pechos firmes y, más abajo, su cuerpo reunía lo que el pueblo de Renata habría llamado dos naturalezas opuestas: un sexo de hombre y un sexo de mujer, coexistiendo sin pudor, hermosos los dos. No era un monstruo. Era una promesa.

—¿Qué darías por dejar de tener miedo? —preguntó la figura. Su voz era grave y vibraba en los huesos de Renata como una cuerda tensada hasta el límite.

Renata sintió el calor entre las piernas antes de poder pensar una respuesta. Se humedeció sin quererlo, los pezones tensándose bajo el vestido raído, el corazón golpeándole las costillas con una mezcla de temor antiguo y de ganas que ya no podía seguir negando.

—Todo lo que tengo —contestó, con la voz hecha un hilo—. Todo.

***

La figura sonrió y le tendió la mano. Sus dedos eran largos y fríos, y al tocarlos Renata sintió que una corriente le subía por el brazo. La diosa la guió al interior, hasta un altar de mármol negro en el centro de la sala. La piedra estaba helada contra su espalda cuando la recostó sobre ella, y ese frío contra su piel febril la hizo arquearse y soltar el aire de golpe.

Le quitó el vestido con una lentitud deliberada, como quien desenvuelve algo que llevaba mucho tiempo esperando. La tela cayó al suelo sin ruido. Por primera vez en su vida, Renata se mostró entera sin sentir vergüenza, solo una expectación que le temblaba en el vientre.

—No tiembles de culpa —dijo la diosa, recorriéndole el cuello con los labios—. Tiembla de ganas. Aquí no hay nada que perdonar.

La besó despacio, bajando por el cuello, por el pecho, deteniéndose en cada pezón hasta que Renata dejó de contener los sonidos que tanto le habían enseñado a callar. La lengua de la diosa trazó un camino lento por su vientre y se detuvo entre sus muslos. Renata sintió un primer roce, tímido, y luego una presión constante y caliente que la hizo aferrarse al borde del altar con las dos manos.

Cuando la diosa se incorporó y la abrió con cuidado, Renata supo lo que venía. La penetró despacio, atenta a cada gesto de su cara, dándole tiempo a acostumbrarse. La primera vez ardía, pero el ardor se mezclaba con algo más grande que la empujaba a buscar en lugar de huir. Cada embestida lenta borraba una de las voces que durante años le habían repetido que aquello estaba mal.

—Eso es —murmuró la diosa contra su oído—. Esto eras tú todo el tiempo.

Después se irguió, se movió sobre el cuerpo de Renata y se sentó a horcajadas sobre su rostro. Renata la recibió con la boca abierta, aprendiendo sobre la marcha, guiada por las manos que le sujetaban la cabeza con firmeza suave. El sabor era denso, salado y dulce a la vez, y el olor la mareaba de una forma que ya no la asustaba. Lamió, buscó, tragó, y cada gemido de la diosa le confirmaba que lo estaba haciendo bien, que su cuerpo servía para dar placer y no solo para esconderlo.

***

Entonces el templo cambió. De las paredes, de las sombras, de los grabados mismos, empezaron a desprenderse figuras. Hombres, mujeres y cuerpos que no eran ni una cosa ni la otra, todos hechos de una luz tenue y temblorosa. La rodearon sin prisa y sin amenaza, como una congregación que llevaba siglos esperándola.

Manos etéreas la recorrieron entera. Unas le acariciaban los pechos, otras los muslos, otras se hundían despacio entre sus piernas. No había violencia en aquello, solo una abundancia que en el pueblo habría sido impensable. Renata, que había crecido creyendo que su cuerpo era un problema que cargar, se descubrió ofreciéndolo, pidiendo más con la cadera, riéndose entre gemidos de pura incredulidad.

Una figura se deslizó detrás de ella y la ocupó por detrás mientras otra seguía moviéndose por delante. El doble calor la partió en dos sensaciones que no sabía que podían convivir, dos olas que se cruzaban en el centro de su cuerpo. Otra le acercó un pecho luminoso a la boca y de él brotó algo cálido, dulce como la miel tibia, que ella bebió sin preguntar. Perdió la cuenta de las manos, de las bocas, del tiempo. El templo entero parecía respirar al ritmo de su jadeo.

Y en mitad de aquel oleaje, algo en su propio cuerpo empezó a cambiar.

Lo notó primero como un calor distinto, concentrado entre las piernas, donde su clítoris latía con una vida nueva. Bajó la mano, incrédula, y sintió que crecía bajo sus dedos, firme y caliente, hasta convertirse en un sexo de hombre que ahora también era suyo. Más abajo, su sexo de mujer seguía allí, más sensible que nunca, abierto y palpitante. Dos placeres a la vez, dos formas de desear, en un solo cuerpo que por fin sentía completo.

No sintió miedo. Sintió, por primera vez, que nada le sobraba ni le faltaba.

Se tocó con torpeza de principiante, descubriendo cómo respondía cada parte nueva, cómo un placer encendía al otro hasta volverse imposible distinguir dónde terminaba uno y empezaba el siguiente. Un orgasmo la atravesó de arriba abajo, tan largo que la dejó temblando sobre el mármol, con los muslos cerrándose solos y el pecho subiendo y bajando a toda prisa. Gritó, y el grito rebotó en las paredes del templo como un himno. No era un grito de vergüenza. Era el primero de su vida que no pedía perdón por existir.

***

La diosa la observaba desde los pies del altar, con una sonrisa de aprobación tranquila, como quien reconoce algo que siempre estuvo ahí.

—Ya no eres la que entró —dijo—. Te has transformado. Eres un faro de deseo en mitad de la noche, y ningún pueblo volverá a apagarte.

Renata se incorporó despacio. Le caían lágrimas por la cara, pero eran otras lágrimas, las primeras que no nacían de la culpa. Se miró el cuerpo nuevo, los dos sexos, la piel que brillaba con un fulgor tenue bajo la luz de las antorchas, y entendió de golpe que nada de lo que le habían enseñado sobre sí misma había sido verdad. Le habían dado miedo de una cosa que, mirada de cerca, solo era libertad.

—Soy libre —dijo en voz alta, y la palabra sonó enorme en aquel lugar.

Los espíritus se desvanecieron poco a poco, regresando a las paredes de las que habían salido, dejando tras de sí un olor a sándalo y a tierra mojada. El templo tembló una última vez, como despidiéndose. Cuando Renata salió de nuevo al desierto, el cielo empezaba a clarear y caían las primeras gotas de una lluvia imposible sobre la arena, redondas y tibias, mojándole la cara vuelta hacia arriba.

No volvió al pueblo. No le hizo falta. Llevaba dentro todo lo que había ido a buscar aquella noche sin luna, y mucho más de lo que se habría atrevido a pedir. Caminó hacia el horizonte que empezaba a encenderse, sin agachar la cabeza, sin tragarse ningún sonido, dueña por fin de cada centímetro de su piel.

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Comentarios(6)

LectorFiel22

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Fernanda_BA

Por favor que haya una segunda parte, me quede con un monton de ganas de saber que pasa despues

Rodo_viajero

Que historia mas original, nunca habia leido algo asi con el desierto como escenario. Me atrapo desde el principio y no pude parar.

TigreDunas

buenisimo!! espero mas relatos tuyos

NicoLect_cba

La construccion del ambiente es lo que mas me gusto, uno se siente ahi dentro del desierto, en ese templo misterioso. Un relato distinto a los de siempre, con algo de fantasia mezclado con lo erotico. Felicitaciones de verdad.

SolMoroni

Me recordo a un sueño que tuve una vez en un viaje largo jajaja, aunque nada tan intenso como esto

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