Mi transformación comenzó camino a Dubái
El amanecer me encontró en silencio, todavía envuelta en el eco lejano de la música y en el brillo frío de los flashes de la noche anterior. La casa de la señora Vasari olía a jazmín y a madera limpia. Todo parecía dispuesto para borrar cualquier rastro de la velada, como si el esplendor de la presentación hubiera sido apenas una ilusión diseñada para reafirmar mi condición.
Ella me esperaba en la galería, de pie junto a una mesa baja cubierta de carpetas, dispositivos y una bandeja de fruta fresca. Su elegancia seguía siendo impecable, medida en cada gesto, sin un solo pliegue fuera de lugar. No levantó la vista cuando me acerqué a saludarla.
Yo, en cambio, recién despierta, llevaba el cabello apenas peinado con los dedos y vestía aún mi camisón largo de seda color rubí, cubierto por la bata que uso cada mañana para protegerme del frío. En los pies, las zapatillas de tacón de doce centímetros estilizaban mi cuerpo y delataban mi andar dentro de la casa. A ella le encantaba escucharme caminar así: ligera, con ese paso corto y grácil que convertía cada desplazamiento en un pequeño ritual.
No pronunció mi nombre. No hacía falta. Habló con esa voz suya, serena y precisa, que ya no necesitaba tono de orden para que yo obedeciera.
—Tu actuación de anoche fue excelente —dijo al fin, sin apartar la mirada de los documentos—. Un puntaje superior a nueve y medio sobre diez. La marca más alta registrada desde que existe el programa.
Sus dedos, largos y perfectos, pasaban las páginas de una carpeta mientras hablaba.
—El comité quedó fascinado. Ginebra será solo el comienzo. Después de la presentación internacional vendrán las invitaciones de Asia. Los nombres que recibí esta madrugada son más que prometedores.
Me quedé inmóvil, sin saber si debía agradecer o callar. Ella se acercó y posó una mano sobre mi hombro con un gesto tan calculado que parecía parte de un protocolo.
—Has demostrado que la obediencia y la transformación pueden alcanzar niveles que antes eran solo teoría. Estoy muy satisfecha contigo.
El contacto fue breve, pero suficiente para recordarme que su reconocimiento no era cariño: era aprobación. Y la aprobación, en su mundo, valía más que cualquier ternura.
***
La terraza estaba bañada por la luz cálida del mediodía. Desde allí se divisaban los jardines de la casa y, más allá, la ciudad despertando entre sombras alargadas y destellos de vidrio. El viento me acariciaba el rostro, fresco, como recordándome que todo aquel esplendor estaba fuera de mi alcance y que yo solo podía contemplarlo.
La señora Vasari permanecía junto a la baranda, con la mirada fija en el horizonte. Su vestido gris perla se movía con el viento, discreto y ostentoso a la vez en su simplicidad.
—Dame un cigarrillo y presta atención —dijo sin volverse.
Encendió el tabaco y señaló la ciudad con un gesto perezoso.
—Mira, veintitrés ciento dieciocho. Lo que hemos logrado no es un simple experimento. Cada presentación, cada evaluación, todo tiene un propósito. Dubái, Ginebra y los simposios que vendrán no son viajes por placer. Son pasos estratégicos.
Yo escuchaba en silencio, observando las figuras que el humo dibujaba en el aire.
—En Ginebra mostrarás el rigor de tu educación y la eficacia de tu tratamiento. Allí los académicos y los comités verificarán resultados: puntuaciones, protocolos, biotecnología aplicada. Tu desempeño deberá superar incluso lo de anoche. Eso no es un número caprichoso, es la legitimidad de todo el esfuerzo y el dinero invertidos.
Levanté apenas la mano, pidiendo permiso para hablar.
—Pregunta. Te lo has ganado.
—¿Y qué busca usted realmente en esos lugares? —dije con cautela, sabiendo que cada palabra debía ser medida.
Ella sonrió sin volverse. Una voluta de humo ascendió en espiral antes de que respondiera.
—Busco lo mismo que todos los imperios: legitimidad y expansión. Ginebra es ciencia, pero Dubái es influencia. Allí no se discuten teorías, se compran voluntades. Las familias que controlan los recursos del planeta necesitan símbolos nuevos para sostener su poder, y yo pienso vendérselos.
Se giró entonces hacia mí, apoyando la cadera en la baranda con una elegancia casi cruel.
—Ellas creen que compran fertilidad, belleza, obediencia. Pero lo que adquieren es dependencia. Cada caso como tú las ata un poco más a nuestro sistema. Y cuando todas las rutas de legitimación pasen por nuestras manos, ya no habrá marcha atrás.
Dejó el cigarrillo en el cenicero de mármol y me miró fijamente.
—Tu cuerpo es el argumento más poderoso que existe. La demostración viviente de que la creación puede administrarse, medirse, dirigirse. Y quien domina eso, lo domina todo.
Sentí una mezcla de orgullo y vértigo. Ella percibió mi respiración contenida.
—No te inquietes. No eres una víctima, eres un emblema. Gracias a ti puedo abrir puertas que jamás se abrieron antes para una mujer sin apellido ni linaje. Y cuando lleguemos a Dubái, entenderás la magnitud de lo que representas.
Tomó su copa de agua, dio un sorbo pausado y volvió la vista al horizonte.
—Mañana viajaremos. Los baúles llegarán por la tarde, y quiero que los revises con cuidado. Cada prenda tiene un propósito, y tú deberás encarnarlo con tu gracia y tu sensualidad natural. Tus gestos son lo que cautiva; esas prendas serán tus armas. No hay detalle sin intención.
Su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro que el viento arrastró.
—Allí, en Dubái, el silencio será tu mayor virtud. Y tu ocultamiento, nuestra victoria. En Oriente no buscan pruebas científicas: buscan estatus y control social. Cada demostración que hagamos refuerza que el poder pertenece a quienes deciden crear, no a quienes creen gobernar.
Suspiró, como evaluando si había dicho demasiado, pero no apartó la mirada.
—A lo largo del vuelo, la señora Marlowe te enseñará los protocolos para cautivar a esas mujeres multimillonarias que pensaban tenerlo todo, hasta que apareces tú y rompes su equilibrio. Serás exhibida en los lugares más exclusivos del mundo árabe, donde tu valor se reconoce.
Se acercó y rozó mi mejilla con un dedo.
—Dubái no es un destino, querida. Es una tierra de oportunidades. Ahora ve a descansar. Aún nos queda mucho por preparar.
***
Me quedé sola en la galería, con el sol entrando a través de los vitrales. La casa respiraba una calma artificial, como si los muros esperaran algo. Fui hacia mi habitación con cierta angustia y comencé a separar lo importante para mí: fotos, cartas de antiguas compañeras, pequeñas cosas sin valor para nadie más, pero que para mí eran tesoros invaluables. Luego elegí mis prendas favoritas y las dejé sobre la cama como cuerpos sin alma, para que ella las viera y me autorizara a llevarlas.
Las doblé una a una, siguiendo el protocolo que me había enseñado, mientras en mi vientre, bajo la seda, una vida diminuta se movía como si también escuchara la orden silenciosa de partir.
¿Qué habrá allí? ¿Cómo será la gente? ¿El desierto será cálido y solitario, o estará lleno de bullicio? Tanto se habla de los harenes: ¿serán de verdad así de lujosos, o solo un mito?
La mañana transcurrió envuelta en un silencio expectante. Fuera del dormitorio, los nuevos criados iban y venían sin hablar, como si supieran que algo sagrado, o prohibido, estaba por suceder. Acababa de ordenar mis cosas cuando el sonido de un motor interrumpió la calma del jardín.
Desde la ventana vi descender a una mujer de uniforme negro y guantes blancos. Detrás de ella, dos asistentes bajaban grandes baúles lacados en marfil y oro. Me llevé la mano a la boca, pasmada: nada se parecía tanto a un cuento de las mil y una noches. Cada baúl iba marcado con el emblema de la señora Marlowe, una media luna abrazando una rosa.
***
Los baúles llegaron a mi habitación al caer la tarde, colocados uno junto al otro como promesas selladas. La luz dorada del atardecer hacía brillar sus herrajes de bronce.
Me arrodillé frente al primero, el más grande, y levanté la tapa lateral para descubrir un pequeño vestidor oculto, iluminado con tenues luces que aumentaron mi fascinación. Un soplo de aire impregnado de cedro, lino nuevo y especias suaves escapó del interior. Dentro descansaban túnicas de lino liviano, caftanes en tonos arena y marfil, sandalias tejidas a mano, cinturones de plata labrada. El roce de la tela contra mis dedos era frío y puro, casi penitencial. Todo en esas prendas hablaba de discreción y de obediencia, y me recordaba que debía asumir mi papel como un ser casto, útil y servil.
El segundo baúl era otro universo. Su fragancia, más intensa, mezclaba ámbar, rosas y almizcle, y me envolvió apenas deslicé la cubierta. Sentí el rubor subir desde el cuello hasta las mejillas. En su interior, las telas no ocultaban nada: revelaban. Había decenas de velos traslúcidos que parecían tejidos de aire, corsés delicadamente bordados, caderines de seda con monedas doradas que tintineaban al moverlos, cinturones de perlas que en lugar de cubrir acentuaban la forma del cuerpo. Faldas de gasa finísima, tobilleras con campanillas que prometían un sonido en cada paso. Aquel baúl no contenía ropa: contenía el llamado de un harén reinventado, donde el poder lo ejercía la mujer y yo encarnaba la entrega.
El tercero era una sinfonía de detalles. Zapatos de todos los estilos, sandalias con hilos de oro, babuchas de terciopelo bordado, tacones de nácar, cada uno con su aroma a cuero suave y esencia floral. Entre ellos, bolsos y carteras minuciosamente tallados, accesorios pensados para las distintas versiones que yo debía protagonizar: la sombra obediente, el adorno perfecto, el trofeo silencioso.
El último baúl, más pequeño, parecía insignificante hasta que lo abrí. Dentro se desplegó un tocador portátil tan refinado que era una joya en sí mismo. Brochas de mango de marfil, frascos de cristal tallado con perfumes de nombres casi olvidados: jazmín negro, ámbar blanco, sándalo, mirra. Cremas, polvos y aceites dispuestos con una precisión ceremonial. El aire se volvió espeso y embriagador. Todo en aquel cofre había sido pensado para crear un ambiente de erotismo contenido, un santuario donde el cuerpo se prepara para convertirse en signo, en símbolo de belleza, en propiedad.
Cerré los baúles despacio, consciente de que nada de lo que contenían me pertenecía y, sin embargo, todo deseaba adherirse a mi destino como si ya formara parte de mi piel. Eran ropas de harén reinterpretadas no para concubinas, sino para los hombres sometidos: diseñadas para exhibir la fragilidad, la dependencia, la belleza dócil del varón ornamental.
Mi señora observaba sin decir palabra. Finalmente habló.
—La señora Marlowe ha sido generosa. Querrá verte así. En su mundo, los hombres solo existen si adornan.
Me ordenó probar algunas piezas. Antes de dejarme tocar la primera tela, sin embargo, tiró del nudo de mi bata como quien desanuda un paquete, y la seda rubí del camisón se descolgó tras un par de tirones precisos hasta amontonarse a mis pies. Quedé desnuda sobre los tacones, con los brazos flojos a los costados, esperando la próxima orden.
—Manos en la nuca. Piernas abiertas.
Obedecí. Sabía que no era una revisión cariñosa: era una auditoría del material. Rodeó mi cuerpo despacio, con las manos cruzadas a la espalda, y me hizo girar lento sobre mí misma como un maniquí. Los tacones tintineaban contra el mármol; el vientre, todavía plano pero ya tibio con la vida que crecía dentro, se elevaba y bajaba con mi respiración contenida.
—Las tetas están más llenas —comentó, y sus dedos me atraparon un pezón entre el índice y el pulgar. Lo apretó hasta que se me escapó un gemido corto—. El embarazo te está poniendo sensible. Aprovecharemos eso.
Bajó la mano por el vientre, deslizó el filo de la uña por el pliegue de la ingle y encontró mi coño ya húmedo. Dos dedos entraron sin aviso, hasta el nudillo, y arqueé la espalda con un jadeo largo.
—Mírate —susurró, sin sacar la mano—. Basta que te huela y ya me estás mojando la muñeca. Eso está muy bien, veintitrés ciento dieciocho. Muy bien y muy peligroso. En Ginebra necesito que aguantes.
Sacó los dedos con lentitud, los examinó a contraluz brillando de mi humedad, y me los pasó por los labios sin darme la orden de abrir. Los abrí sola. Chupé de mi propio coño lo que ella había recogido, obediente, mientras me clavaba los ojos.
—Traga.
Tragué.
—Bien. Ahora vístete. Una prenda a la vez. Empezamos por el caftán de arena. Después vamos a lo otro.
Me alcanzó primero la túnica interior de lino, transparente contra la luz. La deslicé por la cabeza. La tela rozó los pezones ya duros y me arrancó un escalofrío. Encima me hizo pasar el caftán color arena, ajustado en los hombros y suelto en las caderas. Se acercó a atarme el cinturón de plata labrada por atrás, con los brazos rodeándome, y aprovechó ese abrazo para meter una mano bajo la tela y tantearme el coño otra vez.
—Sigues mojándome la palma —dijo pegada a mi oreja—. Esto es lo que Marlowe quiere ver. Una que se derrite con el aire.
Me apretó el clítoris entre dos dedos, un pellizco corto que me hizo temblar sobre los tacones. Contuve el jadeo por costumbre; ella nunca toleraba escándalo antes de haberlo autorizado.
—Todavía no te vas a correr —advirtió—. Te voy a dejar al borde toda la mañana. Cuando llegue el momento, te correrás cuando yo te lo ordene y no antes.
Retiró la mano. La tela volvió a caer sobre mí como si nada hubiera pasado. Me miró de arriba abajo y asintió: el atuendo casto ya cumplía su función. Anotó algo en la carpeta.
—Quítate eso. Ahora lo del segundo baúl.
Me desnudé sola, plegando las prendas como me habían enseñado. Del segundo baúl fue eligiendo pieza por pieza: primero un corsé de seda color marfil que me obligó a apretar hasta que las tetas quedaron alzadas y ofrecidas, con los pezones asomando apenas por encima del bordado. Después una faldilla de gasa translúcida sujeta con un caderín de monedas doradas que tintineaban a cada movimiento. Los pies quedaron descalzos, con tobilleras de campanillas que denunciaban cualquier paso. Nada me cubría el sexo: la gasa era un rumor, no una prenda.
Cuando terminé de ajustármelo, mi señora chasqueó los dedos.
—Ven aquí. Camina.
Caminé hasta ella con el paso corto que me habían impuesto. Cada campanilla contaba mi obediencia. El caderín de monedas se agitaba sobre el pubis y me golpeaba el clítoris a cada zancada, un latigazo dulce y humillante. Al llegar frente a ella yo ya no estaba mojada: estaba goteando por dentro de los muslos.
—De rodillas.
Bajé. La seda de sus zapatos quedó a la altura de mis ojos.
—Abre la boca.
La abrí. Se levantó la falda del vestido gris perla, apartó a un lado la ropa interior con dos dedos y me acercó su coño depilado a la cara sin más ceremonia.
—Chupa. Como te enseñé. Sin dientes, sin apuro y sin cortarme el aire. Y no cierres los ojos: quiero que me mires mientras me lames.
Le hundí la lengua sin dudar. La conocía de memoria: sabía cuánto le gustaba que le rodeara el clítoris despacio antes de subir el ritmo, sabía cuándo apretar los labios contra los suyos y cuándo aflojar. Le pasé la lengua plana desde la entrada hasta el capullo y volví a bajar. Ella me agarró del pelo con una mano firme y me pegó más la boca contra su carne.
—Más adentro. Busca lo que sabes.
Metí la lengua hasta donde llegaba. La sentí abrirse contra mi cara, salada y densa. Pasé al clítoris de nuevo, ahora chupando fuerte, y me quedé ahí trabajándolo con la punta de la lengua en círculos apretados. Mi señora empezó a respirar más rápido pero no soltó ni un gemido; se los tragaba todos, como siempre. Solo cerraba más el puño en mi pelo cuando quería que insistiera en un punto.
—Los dedos —ordenó.
Levanté la mano y le metí dos dedos hasta el nudillo mientras seguía chupándole el clítoris. Se movió apenas contra mí, sin perder la postura, y me guio con la muñeca cuán rápido, cuán profundo. Cuando notó que estaba cerca del final me apartó de un tirón del pelo.
—Basta. No te lo mereces todavía.
Me arrastró un paso hacia atrás y me dejó de rodillas, con la boca brillante y la respiración entrecortada. Ella se ajustó la ropa como si acabara de firmar un documento.
—Levántate.
Obedecí. Los tacones temblaron un poco. El caderín de monedas volvió a golpearme el pubis.
—Recuéstate en la otomana. Boca arriba. Piernas abiertas y arriba.
La otomana estaba al lado de la ventana. Me recosté como me había ordenado; la faldilla de gasa se subió sola con el movimiento y me dejó el coño enteramente expuesto contra la luz de la tarde. Ella se acercó, evaluó el ángulo con la calma de una fotógrafa y sacó de un cajón lateral un pequeño estuche que yo conocía demasiado bien.
—La cápsula de calibración —anunció, mostrándome el objeto de silicona oscura, del grosor justo—. Es el mismo modelo que usaste anoche, veintitrés ciento dieciocho. Vamos a ver si mantienes la marca.
Sin más advertencia me la deslizó dentro. Estaba tibia, resbalosa, y me llenó despacio hasta que se me escapó un jadeo hondo. Cuando la tuvo entera adentro, activó el vibrador de la base contra mi clítoris.
—Aguantas diez minutos sin correrte. Igual que en la evaluación. Si te vienes antes, el puntaje de Ginebra no llega ni a ocho. Y sabes lo que eso significa.
Sabía. Significaba castigo. Significaba que otra tomaría mi lugar. Cerré los puños contra la seda de la otomana y clavé los talones. La cápsula vibraba en un pulso regular contra el punto exacto que ella me había enseñado a reconocer; la carne cedía, se apretaba alrededor del silicón, chupaba sin querer. Sentía la corrida acumularse como una tormenta muy dentro, todavía sin poder subir, presa en un aro que la propia disciplina había construido.
—Respira por la nariz. Cinco segundos adentro, siete afuera. No cierres los ojos. Mírame.
La miré. Estaba de pie a mi lado, con las manos juntas sobre el vientre, la mirada fría, cronómetro en la muñeca. No se apiadaba nunca. Nunca lo había hecho. Y sin embargo, era ese frío el que me sostenía: sin ella yo hacía tiempo que me habría desarmado.
Los minutos pasaron con una lentitud imposible. Las tetas se me habían endurecido tanto que rozaban el corsé y cada roce era otra tortura. El coño chorreaba contra la seda. Cada tanto ella me pellizcaba un pezón para verificar la reacción, o me pasaba un dedo por los labios abiertos y yo se lo chupaba sin pensar. En algún punto me murmuró:
—Ocho minutos. Bien. Estás muy bien.
Fue la única concesión. Cuando el cronómetro llegó al décimo minuto, apagó el vibrador y me sacó la cápsula despacio, oyéndome jadear con la mandíbula tensa.
—Ahora sí. Córrete para mí. Rápido y limpio.
Me metió dos dedos y con la palma me apretó el clítoris. Empezó a bombearme con esa precisión de manual que solo ella tenía. Se me arqueó todo el cuerpo. La corrida subió desde muy adentro, me sacudió la panza, me subió por el pecho y me estalló en la garganta como un grito seco. Grité solo lo justo, y ella me tapó la boca con la palma libre.
—No en la casa. Callada. Así.
Me acabé contra su mano, un chorro tibio que me manchó el interior de los muslos y le mojó la muñeca. El coño me pulsaba alrededor de sus dedos. Ella no los retiró: los dejó adentro hasta que las contracciones cedieron, y solo entonces salió despacio, con esa misma calma con que había entrado.
Se lamió los dedos ella misma esta vez. Me miró.
—Ocho minutos limpios y una corrida controlada. Nueve y medio otra vez. Ginebra está lista para ti.
Me quedé un momento tirada en la otomana, con el pecho subiendo y bajando, la gasa arrugada contra el vientre, las tobilleras aún tintineando por el temblor de las piernas. Me ordenó levantarme. Me levanté. Me hizo probar todavía el resto: el velo opalescente, las babuchas bordadas, el manto ceremonial. En cada capa que me iba poniendo encima me apagaba un poco más. Al final, cuando ya solo se me veían los ojos, retrocedió dos pasos y volvió a evaluarme con el ojo del comprador.
—Sí. Exactamente así deberás presentarte ante ella y cumplir todas sus órdenes. ¿Te queda claro, veintitrés ciento dieciocho?
Asentí, bajando la mirada como me habían enseñado.
***
La noche llegó sin ruido. Dormí poco, quizá nada. Soñé con arenas blancas, espejos infinitos y danzas envueltas en sedas multicolores. El amanecer filtró una luz plana sobre la habitación. En el centro de la cama, las prendas aguardaban como una secuencia de desapariciones.
Primero, la túnica interior, negra y sin peso, para borrar el contorno de mi piel. Luego el manto exterior, más espeso, que convirtió mi silueta en sombra. Medias y guantes negros ocultaron el resto. Una capucha de licra sometió mi cabello, y el pañuelo enmarcó mi rostro con alfileres invisibles. Al final, el velo cerró el rostro por completo y me transformó en cuestión de segundos en un ser anónimo y secreto, sin dejar al mundo más que una rendija de aire y penumbra. Nadie podría ver mis ojos. Nada de mi cuerpo seguía en contacto con el exterior.
Cada capa no era solo tela: era una renuncia. Al rostro, al nombre, a la mirada del otro. El espejo me devolvía una forma indistinta, sin huellas ni voz, como si el cuerpo se hubiera vuelto reliquia.
La señora Vasari me observó en silencio. No hubo aprobación ni ternura, solo el reconocimiento de que la metamorfosis estaba completa. Extendió la mano hacia la puerta.
—Ya puedes salir.
El trayecto hasta el vehículo fue un túnel de murmullos apagados y pasos medidos. No veía rostros, solo fragmentos de cielo y asfalto. Cada movimiento me alejaba un poco más de lo que había sido.
***
Un convoy nos condujo hasta el aeródromo privado. El sol se filtraba entre nubes anaranjadas cuando vi el jet blanco de la señora Marlowe, reluciente como una daga en reposo. Al pie de la escalerilla, ella nos esperaba con porte altivo, luciendo un conjunto claro ceñido y una chaquetilla de piel de zorro blanco. Tras ella, la silueta de su marido, velado en tonos claros, las manos unidas al frente, inmóvil como una sombra obediente. La tripulación aguardaba en hilera, las azafatas con guantes de satén y moños de terciopelo rojo al cuello, sonriendo apenas mientras nos acercábamos.
Me situaron junto al marido de la señora Marlowe. Nuestro silencio lo decía todo: él ya había asumido el rol que yo apenas empezaba a aprender. La señora avanzó un paso y su mirada me atravesó desde detrás del velo.
—Bienvenida, veintitrés ciento dieciocho —su voz era templada, musical y firme como un mandato—. A partir de hoy, tus gestos me pertenecen, y solo quien yo decida podrá verte tal como eres.
Me incliné, siguiendo el protocolo. Ella asintió, satisfecha.
—Suban primero. Mis azafatas los llevarán al salón reservado. Les deseo un buen despegue. Nos espera el cielo, y en el cielo, Dubái.
***
El interior del jet era un templo de penumbra dorada. Al fondo, tras unas cortinas pesadas, se abría un mundo distinto: colores intensos, alfombras gruesas, un aroma envolvente a incienso y flor de azahar. En el centro, cojines y divanes formaban un círculo lujurioso, el llamado «harén del aire». El aire tenía la densidad del ritual; allí los cuerpos cubiertos no eran individuos, sino presencias.
Éramos varios hombres velados, alineados en silencio frente a los divanes. Nadie hablaba; solo se oía el roce de las telas y el zumbido de la ventilación. Entonces las cortinas se abrieron y la señora Marlowe entró sola. Su presencia cambió el aire y nos obligó a ponernos de pie. Su perfume de ámbar y oud llenó el espacio como una firma invisible.
—A partir de ahora —dijo con una calma que contenía autoridad absoluta— pueden retirarse el velo y ponerse cómodos. Nadie entrará aquí más que yo. Solo volverán a cubrirse para descender en Dubái.
Su tono no era amable ni distante: era el de quien concede un permiso sabiendo que el gesto, más que liberar, reafirma el control. El sonido de los velos al deslizarse llenó el salón, un suave oleaje de tela cayendo sobre los divanes, voces de alivio, miradas prudentes que se cruzaban intentando reconocer rostros tras tanto anonimato.
—Bienvenidos a mi harén del aire —añadió—. En este avión no hay pasajeros, solo representantes de un nuevo orden. Cada uno de ustedes es la prueba viva de lo que ese orden puede lograr. Descansen, conversen, aprendan los protocolos. El viaje es largo.
Giró con la elegancia de quien está acostumbrada a ser seguida y salió dejando tras de sí una estela de perfume cálido y un silencio reverente.
Poco a poco empezamos a respirar con más libertad. Por primera vez en horas sentí el aire fresco rozar mi rostro desnudo, una sensación extraña, mezcla de alivio y de pérdida. Los motores rugieron, la nave se deslizó por la pista y ascendió. Entre nosotros, todos hombres, hubo cierta complicidad: aprendimos del marido de la señora Marlowe las normas estrictas que nos esperaban.
***
Al otro lado del avión, en la zona abierta, las mujeres conversaban entre el lujo silencioso de las maderas lacadas y las luces ámbar. La señora Vasari había elegido un atuendo sobrio de lino gris perla, con un velo fino que caía sobre su rostro como un gesto de respeto hacia la cultura del destino. Su estilo hablaba de autoridad intelectual, no de sumisión.
—Tu programa avanza más rápido de lo que imaginábamos —dijo la señora Marlowe, sirviéndose un whisky sin levantar la vista—. Los informes sobre veintitrés ciento dieciocho son extraordinarios.
—No esperaba menos —respondió la señora Vasari con voz baja y firme—. Lo que empezó como un experimento se ha convertido en un símbolo. Y los símbolos viajan mejor que los datos.
La señora Marlowe dejó el vaso sobre la mesa con un sonido seco.
—Los símbolos también se desgastan, querida. Por eso quiero verla antes de presentarla en el Golfo. Quiero asegurarme de que sigue siendo útil.
—Útil —repitió la señora Vasari sin mirarla— es una palabra que define tanto a los objetos como a las personas. Pero este caso representa algo más: la fertilidad como patrimonio y poder de las mujeres. No te confundas.
La señora Marlowe sonrió.
—Veremos si el mundo está preparado para tanto poder concentrado en nuestras manos.
Ambas levantaron sus copas, un gesto silencioso que selló el acuerdo. Fuera, el cielo se tornaba color cobre mientras el jet seguía ascendiendo.
Yo observaba desde mi rincón, con las manos apoyadas en el vientre, como mimando a la vida que crecía dentro de mí, mientras las risas de mis compañeras de viaje se fundían con el rumor de los motores.
¿Llegará a nacer mi hijo, o solo es una muestra que sirve para exhibir mi capacidad? Todas sabemos que somos trofeos vivientes, y que algunas no regresaremos jamás a casa.
El avión avanzaba sobre el mar y, más allá, sobre el desierto, como un templo suspendido. La obediencia era el pasaje. El destino, una incógnita dorada que me esperaba más allá de la última cortina de seda.