La mujer trans que un desconocido eligió como presa
Era una librería diminuta, de pasillos tan apretados que respiras hondo o acabas tragando polvo. De esas en las que te sientes incómoda y muy intelectual a la vez, porque cualquier movimiento brusco amenaza con derribar una estantería entera. Yo paseaba entre los anaqueles solitarios con la cesta colgada del brazo, sin prisa, dejándome llevar por los lomos gastados.
Dentro de la cesta llevaba el bolso, un libro de cocina italiana, otro de historia antigua del Mediterráneo y la biografía escandalosa de una cantante que le tiraba mierda a su madre, a la prensa y a los distintos padres de sus hijos. Ojeaba algo de cine, viejos ensayos y un par de guiones de aquellas películas llenas de premios que había visto de niña, cuando noté una mirada. Un gesto que no me pasó desapercibido.
Si eres una mujer trans que ronda el metro noventa, te das cuenta de muchas cosas, aunque después tengan el atrevimiento de hacerte quedar de loca. No era una mirada curiosa, ni de odio, que es lo que más suele preocuparme. Era la mirada de un depredador buscando su próxima presa.
Él tendría mi misma estatura. Un hombre delgado, fibrado, fuerte sin ser uno de esos cuerpos inflados a base de pollo y arroz blanco en el gimnasio. Piel clara, pelo corto, barba negra perfectamente recortada, digna del anuncio de una barbería cara. Me miraba y me esquivaba. Me esquivaba y volvía a mirarme.
Llevaba un cárdigan sobrio sobre una camiseta cualquiera, pantalón neutro y unas gafas finas tras las que asomaba algo afilado. Lo pillé mordiéndose el labio inferior como un adolescente indeciso, hambriento y temeroso de las consecuencias de sus propias decisiones. Quise sonreír y no me salió: confieso que me dio miedo. Las criaturas peligrosas se disfrazan de inofensivas, y él parecía tan buen chico que seguro escondía al cabrón más grande del reino. Olía a peligro a varios pasillos de distancia.
Se acercó un poco y empecé a temblar. Mi inocencia era legendaria. Retrocedí unos pasos sin darle importancia, convenciéndome de que eran fantasías de una trans con el passing justito. Tiré del bajo de mi vestido hasta dejarlo como ese jersey que metes en la lavadora equivocada y sale dado de sí.
Nunca le había tenido miedo a la ropa blanca, pero empezaba a temerle a los vestidos cortos, ligeros, esos de entretiempo en los que parece que puede ocurrir cualquier cosa. El mío era rojo con lunares blancos, incapaz de ocultar la erección que me había provocado saberme deseada. Las hormonas eran una cosa rara: me ahorraban la dureza de cada mañana al despertar y, sin embargo, no contenían el efecto de una sola mirada como aquella.
No quise hacerme ilusiones y enfilé hacia la caja.
***
La esperanza es lo último que se pierde, y con cada paso me hice más y más ilusiones. Me contoneé como si no hubiera mañana, cruzando las piernas al andar como una actriz interpretando a un ama de casa en una vieja película en blanco y negro. Erótica pero sencilla. Sensual de andar por casa.
Estaba cachonda y deseaba que el desconocido lo estuviera y me buscase. Mi dureza dirigía el balanceo de mis nalgas mientras yo intentaba disimular justo eso, que tenía algo que disimular. No quería problemas.
Quería algo problemático.
Soñaba con ser más elegante de lo que era. Quería que aquel hombre fuese lo bastante atrevido como para lanzarse sobre mí. Soñar y desear: el resumen de la vida de una mujer trans.
Crucé un pasillo y él apareció de frente.
—Perdón —alcancé a decir con un hilo de voz casi inaudible, levantando los brazos para que la cesta no chocara contra él.
No pude evitar, en cambio, que nuestras durezas se rozaran de frente en un instante que se me hizo eterno.
—Yo soy de los que no perdonan… —dijo, justo cuando la bragueta de su pantalón se frotó contra la tela barata de mi vestido.
Respiré. Intenté creer que me lo había imaginado todo. Seguramente sí.
Me puse en la cola y esperé mi turno. El papel de regalo lo hacía todo más bonito, hasta la espera. Pero entonces me preocupé por mis propios adornos y descubrí que era demasiado simple: lo que se veía era lo que había, nada más. Me sentí mal por mí misma, por el poco maquillaje, por la falta de elaboración en mi pelo largo, por unas zapatillas de lo más normales. Me puse triste. A lo mejor había confundido miradas lascivas con reproches o, peor todavía, con lástima.
Pero de la necesidad hacía yo una virtud, o algo parecido. Me moría por ser deseada y aceptada.
Nunca había sido una dama elegante. Vulgar, muy vulgar en el mejor de los casos. Bastante puta, aunque jamás tanto como para ser cortejada y conquistada a plena luz del día en un lugar público. Intenté mantener la distancia conforme avanzaba la fila, sin molestar ni destacar más de lo estrictamente necesario. Había aprendido que lo mejor era pasar invisible. En eso estaba cuando sentí un empujón atropellado y, después, el tacto de una mano que bajó despacio por mi espalda hasta mi culo.
Giré la cara y lo vi, tan suave e inocente, presionando decidido, palpando mis nalgas con un ansia que no encajaba con su cara de profesor de matemáticas. No dijimos nada. Miré al frente y le dejé hacer.
Un escalofrío me recorrió cuando sus dedos se colaron bajo el vestido. Había miedo y había morbo. Se acercó más, usaba las yemas, me recorría entera, y sus dedos me parecían larguísimos, deseosos de más. Yo apretaba la entrepierna para esconder la erección y, sin querer, terminaba exponiendo más el culo. No lo pretendía, lo juro, todo el mundo debería creerme. Ponía las nalgas en pompa por pura casualidad, por circunstancias ajenas a mi voluntad.
Movió mi ropa interior, o quizá solo sus dedos, que sentí húmedos. ¿Se los había chupado? Yo no, me habría enterado y lo habría disfrutado. Buscaron mi entrada, pegó su cuerpo al mío, me sujetó y me penetró. Cuando quise darme cuenta tenía un par de dedos dentro, su pecho contra mi espalda y un brazo bajo mis pechos sosteniéndome para que no me cayera. El cabrón me había inmovilizado del todo, y era tan sutil que ni se notaba a la vista de la tienda. Los clientes que tenía delante me tapaban; pensé que nadie repararía en nosotros. O a saber: quizá estábamos montando una escena y nadie decía nada porque la disfrutaban casi tanto como yo.
Suspiré, apreté los ojos y me lamí los labios. Era presa del deseo, deseada de verdad y en público. Sobre la cesta alcancé a ver el libro que él había venido a comprar: Manual práctico del clavicémbalo, edición revisada. Casi se me escapa la risa.
Sus dedos se retorcieron dentro de mí y por poco me hacen gemir. La otra mano subió hasta apretarme los pechos, y mis pezones casi perforan la tapa dura del libro. Me mantuve alerta; cerrar los ojos me parecía un peligro. Despacharon a otro cliente y avancé dos pasos. Sus dedos seguían un ritmo acompasado, acompañados por todo su cuerpo posándose sobre mí. Me envolvía, me apretaba, me recorría con más temeridad a cada segundo. Yo apretaba y disfrutaba, mi dureza apenas cabía bajo el vestido sin armar un escándalo.
Me habría gustado sorprenderme de la facilidad con que me conquistaba. Me habría gustado, pero no podía. Lo deseaba tanto que me avergonzaba.
—Sabía que te gustaría —dijo, con una voz grave y seca.
—Sí… —respondí, con la voz más huidiza y entrecortada que me salió.
Sus dedos se aceleraron y me pillaron a contrapié justo cuando llegó mi turno. Retiró el brazo de mis pechos pero se mantuvo pegado, abriendo más los dedos en mi interior, mientras yo, con una sonrisa, ponía la cesta sobre el mostrador y sacaba el bolso. Me cobraron mientras mi culo recibía aún más.
La dependienta me devolvió la sonrisa. Todo fue muy rápido. Me dio la cuenta y, mientras yo buscaba el dinero, él sacó los dedos y me dejó vacía, triste. Pero al instante noté su paquete restregándose contra mí, mucho más grande que cuando nos chocamos por primera vez. Mi propia erección golpeó el borde del mostrador y la dejé ahí, contenida un momento, mientras pensaba con pánico cómo iba a marcharme sin que se notara demasiado.
***
Me alejé haciendo malabares entre el bolso, la bolsa de los libros y un intento patético de estirar el vestido para taparme. Caminé temblorosa, desconcertada, como recién salida de un local de madrugada. ¿Había sido un momento anónimo o algo más?
Deseaba que fuera mucho más. Quería el paquete completo, no solo un par de dedos y un restregón.
Seguí con mi contoneo, inquieta, ansiosa, espiándolo de lejos con el disimulo justo. Él puso su libro sobre el mostrador, pagó con prisa y se giró directo hacia mí. No anduvo con rodeos: me agarró del brazo como un marido que cree que su mujer ha bebido de más en una fiesta y me empujó suave hasta sacarme de la librería. En la puerta me plantó un beso que me dejó muerta. Nuestras bolsas chocaron, me apretó el culo y volvimos a rozarnos. Sentirlo duro y en toda su extensión me endureció todavía más, si es que eso era posible.
Fue la intensidad y la sorpresa más que ninguna otra cosa. En su beso había deseo, y en mi deseo, desesperación. Tiró de mí del codo, bajó hasta mi mano y echamos a andar agarrados, él como desatado, sin contemplaciones ni miedo. Me llenó de euforia frente a mi disforia; me hizo sentir bien caminando con la erección sin disimular.
En mitad de una plaza dudó. Se le notó que perdía el rumbo, que no sabía a dónde ir, y yo no podía consentirlo. Apreté su mano y lo arrastré yo a él. No supe si era una duda, un miedo, si por el calentón no decidía entre llevarme a un hotel o a casa, si temía a una novia, a un amigo o a un vecino del barrio. Me dio todo igual. No estaba dispuesta a perder la oportunidad. Me aferré a su mano como si no existiera nada más y lo guié hasta mi pequeño apartamento.
De mil trabajos de mierda había sacado mi escaso patrimonio y el alquiler de cada mes. Quedaba a un rato a pie, por callejuelas de adoquines. Lo conduje feroz, restregando mi mano contra su paquete, endureciéndolo. Me detuve en seco, lo besé apretándole el cuello, noté que le gustaba y aceleré. A escasos cien metros del portal me atreví a bajarle la cremallera. Él se alarmó, miró a todos lados, pero se dejó hacer. Sin sacársela del bóxer se la agarré dura por encima de la tela y lo llevé así, como un buen chico salido, hasta que pude notarlo empapado.
Me sentí halagada. Me gustó que se prestara a jugar en público, sin censura. Llegamos al portal y fui a por las llaves. Se colocó detrás de mí, encima de mí, noté toda su dureza encajada en mi raja, volvió a apartar mi ropa interior y respiró en mi oreja. Me costó abrir la puerta, y cuando lo logré me empujó dentro con tal fuerza que sentí la tela de su bóxer presionarme.
Desde fuera debíamos de parecer una pareja borracha bailando pegada. Las bolsas y el bolso giraban a nuestro alrededor golpeándolo todo, nos besábamos, trastabillábamos, y no sé ni cómo llegamos al ascensor. Volví a buscarle el bulto, le bajé el bóxer, y al entrar la tenía desnuda en mi mano, húmeda y dura. Él no se quedó atrás: me la sacó de las bragas —ojalá hubiera llevado unas más bonitas—, y mientras nos besábamos nuestras durezas se rozaron. Le gustaba eso, lo buscaba. Di gracias a que ningún vecino despistado nos cruzara en el trayecto, que se hizo cortísimo.
***
Salimos más desnudos que vestidos. Tomó mis llaves y abrió la puerta arrastrándome a mi propia casa. Cerró de un portazo atronador, se agachó, me bajó las bragas, se metió bajo el vestido y, a las pocas lamidas, hizo que me corriera en su boca y sobre su barba. Gemí, dejé caer todo lo que sostenía, no pude controlarme: llevaba demasiado tiempo cachonda y dura. Se levantó y me besó. Saboreé los restos de mi propia corrida y me arrodillé como antes lo había hecho él.
La tenía cabezona, encajaba perfecta en mi mano. La había ido masturbando por el camino y estaba dura como una piedra. Besé la punta y me la tragué entera, sin delicadeza, con hambre. Iba a lo bestia, me atragantaba y la devoraba. Todavía llevaba los pantalones puestos y ya lo estaba haciendo estremecer. Gemía, joder si gemía. La sacaba del todo, me golpeaba la cara con ella, lo miraba siempre a los ojos y volvía a tragármela. Me agarró la cabeza, sus gemidos se intensificaron, me sostuvo con toda la longitud dentro. Mis arcadas lo excitaban; no hubo piedad por ninguna parte.
Empezó a correrse, y no fue una corrida normal. Me llenó la garganta y la boca, descarga tras descarga, hasta desbordarse por la comisura de mis labios y caer al suelo. Me salpicó la cara y hasta el pelo. Yo me golpeaba con su dureza mientras saboreaba todo, con los ojos cerrados, buscando más.
—Perdona, no suelo gritar tanto —me dijo tembloroso, casi inquieto.
—Me encantan los hombres ruidosos. El sexo debe ser sucio —respondí, sosteniéndolo y apretando, siempre apretando, exprimiendo cada gota sobre mi cara.
Se revolvió, se sacó de mi mano —confieso que me asustó—, se quitó los pantalones, la ropa interior y los zapatos, y entonces me besó. Fue el beso más intenso de toda mi puta vida. Hubo lengua, muchísima lengua. Me agarró del cuello, deslizó las manos por mi mandíbula y siguió besándome. Me enamoré, lo confieso. Sacó la lengua y me lamió la cara entera, arrastró su propia corrida hasta mi boca y me puso dura a niveles que jamás había experimentado. Se quitó el cárdigan, la camiseta, y desnudo me condujo hasta el dormitorio de mi propio apartamento sin saber la dirección, completamente perdido. Avanzábamos por el pasillo como por una ciudad ajena; tuve que tomar yo el control un momento. Él lo aprovechó para desvestirme: di gracias por llevar un vestido, porque cualquier otra cosa me la habría arrancado.
Me tiró sobre la cama y me deslizó lo poco que quedaba de mis bragas. Con el culo en pompa y la erección durísima, volvió a arrodillarse, esta vez para comérmelo.
Quédate siempre con quien te coma el culo.
Fue una bestialidad. Me fui entregando al colchón hasta adorarlo, inclinándome tanto que habría querido tener una estampita a mano para cumplir diez mil promesas. Su lengua cumplía su palabra y no perdonaba; sus dientes marcaban, me masajeaba, me abría. Entraron dos dedos, después un tercero, y estuvo así un buen rato, hasta que sin decir nada me penetró por completo.
El hijo de puta resultó un empotrador. La metía entera y la sacaba toda para volver a meterla. Sentía cada centímetro de carne ardiente reventándome. Se apoderó de mi culo, lo azotó, subió sobre mi espalda, me apretó los pezones y me hizo gemir sin cortar el ritmo. Notaba su aliento sobre la nuca. Con toda la longitud fuera, se escupió encima y me la clavó de golpe, tan de golpe que me sobresalté.
No usé las manos para tocarme; no habría podido. Las usaba para sostenerme y aguantar sus embestidas. Mi dureza estaba al límite, aprovechaba cada ocasión para frotarme contra el colchón, aunque no lo necesitaba: iba a correrme sin tocarme, y no conocía placer igual. Sentir las paredes de mi culo llenas, apretando todo lo que podían… Se tomó en serio mis palabras y gemía sin parar, llenándome el culo y el oído, pero era su aliento caliente lo que más me marcaba, salvo por su dureza haciéndome pedazos.
Explotó. Gimió. Sentí cada descarga dentro, cada movimiento, temblando él y temblando yo. Me amasó los pechos a gritos, bufando, en lo más parecido a follar con un minotauro que he vivido jamás. Cayó sobre mí y se puso a lamerme la oreja, me giró la cabeza y me besó. Aproveché para morderle la lengua. Hubo demasiada saliva.
***
Me la sacó de golpe. Me levantó, con un ímpetu que destacaba sobre todo su cuerpo, y me llevó al baño. Me metió en la ducha con un beso, me pidió que me arrodillara y desató su lluvia dorada.
No lo dudé ni un instante. Abrí la boca y disfruté de aquel chorro caliente y potente. Él se creció regándome, estiró todo el cuerpo y volvió a gemir como un loco. Me meó entera, me limpió la corrida del pelo y me llenó la boca hasta desbordarse. Queriendo o sin querer, algo tragué, y cuando terminó se abalanzó a besarme. Se metió conmigo bajo el agua, me besó mirándome a los ojos, me clavó un dedo en el culo y me suplicó:
—Hazlo tú también…
Tardé un momento, lengua con lengua, sus ojos en los míos, los labios de los dos llenos de algo más que saliva. Mi erección seguía dura. Conseguí mearme y nos empapé a los dos.