La travesti del yate que conoció a un hombre distinto
Habían pasado cuatro meses desde aquella fiesta en el barrio cerrado de Las Lomas. Ya no era la Bianca tímida que bajaba al departamento de Lorena con las piernas temblando. Era Bianca, la travesti escort más cotizada de la ciudad. Mi perfil en los portales VIP estaba siempre arriba de todo, y no por azar: cobraba caro y elegía con quién. Había aprendido que el deseo ajeno era una moneda, y yo sabía gastarla.
Por eso, cuando Sebastián me escribió a las once de la mañana, leí el mensaje dos veces antes de contestar.
—Yate privado —decía—. Despedida de soltero. Salimos del puerto nuevo mañana a las seis de la tarde y llegamos a la costa en tres días. Diez tipos con mucha plata. Te quieren a vos como estrella. Pagan una fortuna por el viaje completo. Lorena también confirmó.
No lo pensé demasiado. Acepté.
Tres días en el agua. Qué podía salir mal.
Al día siguiente subí a bordo con Lorena del brazo. El barco era enorme, blanco, de tres cubiertas, con un jacuzzi instalado en la proa que brillaba bajo el sol de la tarde. Los diez hombres ya estaban arriba, todos entre los treinta y cinco y los cincuenta, de camisa abierta y copa en la mano. El novio se llamaba Rodrigo, un tipo rubio de mirada hambrienta que no me sacó los ojos de encima desde el primer segundo.
—Ella es Bianca —anunció Sebastián con una sonrisa de vendedor—. La que les prometí. Disfrútenla.
***
La fiesta arrancó apenas soltamos amarras. El sol caía sobre el río ancho mientras el yate ponía rumbo al este, y la luz anaranjada entraba por los ventanales del salón principal como si todo estuviera pensado para una postal.
Lorena y yo nos besamos primero. Lento, sucio, calculado, para encenderlos. Sabíamos hacerlo: las manos en la cintura, la lengua justa, los ojos entrecerrados mirándolos de reojo. Le metí la mano por debajo del vestido y le apreté una teta con fuerza, arrancándole un gemido teatral que hizo que los diez tipos se acomodaran en los sillones. Ella me devolvió la jugada mordiéndome el labio de abajo y bajando la mano hasta agarrarme la polla por encima de la tela. La tenía ya dura, marcada bajo el vestido corto que había elegido justamente para eso.
—Miren cómo la tiene —dijo Lorena en voz alta, sacándomela para que la vieran—. Toda para ustedes.
Funcionó enseguida. A los pocos segundos ya escuchaba el roce de los cinturones aflojándose alrededor, cierres bajando, la respiración pesada de diez tipos calientes. Uno se levantó primero, se abrió el pantalón y me acercó la verga a la cara sin decir palabra. Se la agarré con la mano y la miré de arriba abajo: gruesa, venosa, ya babeando. Le pasé la lengua por toda la extensión, desde los huevos hasta la punta, y después me la metí entera en la boca hasta la garganta. Escupí sobre ella, la volví a chupar con ruido, dejando que el hilo de saliva me cayera por la pera.
—Mirá cómo mama esta puta —gruñó el tipo, agarrándome del pelo—. Mirá cómo se la come.
Me llevaron al centro de la alfombra. No hubo preámbulos largos. Me arrancaron el vestido de dos tirones y quedé en cuatro sobre la alfombra persa, con el culo levantado, mi propia polla dura colgando entre las piernas. Uno se arrodilló frente a mí y me ofreció la boca; le metí la verga hasta el fondo, sintiendo cómo se atragantaba y cómo la baba se le desbordaba por las comisuras. Otro se acomodó detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y me escupió en el culo antes de meterme la lengua ahí, chupándome el ojete con desesperación mientras yo temblaba de gusto.
—Metémela ya —le pedí sin sacarme la otra polla de la boca—. Rompeme.
Sentí la punta apoyarse, gruesa, y después el empujón seco que me abrió entera. Grité con la boca llena, y el tipo de adelante me sostuvo la cabeza para seguir cogiéndome la garganta al ritmo del de atrás. Iba y venía sobre las dos vergas, sintiendo cómo se me llenaba el coño del culo y la boca al mismo tiempo, mientras trabajaba con las dos manos otras dos pijas más que me habían acercado a los costados. Cuatro tipos a la vez, y yo puteando de placer con la voz quebrada.
—Más fuerte —me dijo Lorena al oído, arrodillada a mi lado, mamándole a otro con los ojos clavados en mí—. Que te escuchen todos. Mostrales para qué servís.
Le hice caso. Gemí sin contención, dejé que la voz se me quebrara en gritos guarros, y eso los volvió locos. Era un trabajo, sí, pero un trabajo que sabía hacer mejor que nadie. La diferencia entre una escort cara y una barata no es el cuerpo: es saber leer lo que el otro necesita escuchar. Y estos necesitaban una puta que les gritara que la partieran.
—¡Así, putita! ¡Movéme ese culo! —gruñó el que me cogía por atrás, apretándome las caderas con los dedos clavados, y el resto festejó con risas y palmadas en mis nalgas que sonaban como aplausos.
Me tomaron por turnos durante horas. En el salón primero, sobre la alfombra, sobre la mesa baja de vidrio, con las rodillas resbalando entre semen ajeno. Uno se corrió en mi cara y otro me metió la verga en la boca sin darme tiempo a limpiarme, para que le chupara mezclando la corrida del otro con la saliva. Otro me hizo abrir las piernas en el respaldo del sillón y me la clavó de frente, mirándome a los ojos mientras me apretaba las tetas y me llenaba el culo de embestidas secas que me hacían saltar el cuerpo entero.
Después me sacaron a la cubierta, contra la baranda, mientras el viento del río me azotaba el pelo y la espuma me salpicaba la espalda. Dos me agarraron los brazos abiertos como una cruz y un tercero me la puso por detrás, cogiéndome de parado, con las tetas rebotando al ritmo del yate cortando el agua. Cuando terminó, se corrió afuera y me marcó la espalda entera con chorros calientes que otro se apuró a esparcirme con la palma abierta.
—Quedate así, no te limpies —me ordenó Rodrigo desde una reposera, mirando el show con la mano en la verga.
Más tarde, en el jacuzzi, con el agua caliente burbujeando y las luces del barco reflejadas en el cielo sin estrellas todavía, me pusieron a cabalgar a uno mientras otro se sentaba en el borde y me obligaba a mamarle. El agua se me metía por todos lados, mezclada con la corrida que ya me chorreaba por los muslos. Lorena me chupaba las tetas desde un costado, y sentí sus dedos abriéndome el culo para que un tercero pudiera meterme la verga también ahí, doble penetración dentro del agua, con la boca todavía ocupada. Tres pijas a la vez, y yo llorando de puro placer, sin poder gemir por culpa de la que tenía en la garganta.
En un momento perdí la cuenta de cuántas manos había sobre mí. Tres a la vez, después dos, después otra ronda. Me corrieron encima, me marcaron la cara, las tetas, el pelo, la espalda, el culo. Un tipo me abrió la boca con dos dedos para escupirme adentro su propia corrida, y yo tragué sin dudar mirándolo a los ojos. Me dejaron temblando contra el cristal empañado del salón, con las piernas abiertas y los agujeros vacíos por primera vez en horas. Yo gritaba lo que querían escuchar y, debo admitirlo, en algún punto dejé de actuar del todo. Me vine dos veces sin que nadie me tocara la polla, apretando el culo alrededor de las vergas que me seguían cogiendo.
—¡Lléname! ¡Metémela toda! ¡Rompeme el culo, dale! —pedí, y no estaba mintiendo.
Rodrigo, el novio, se reservó para el final. Me tomó en la proa, ya entrada la madrugada, bajo las primeras estrellas que asomaban sobre el agua negra. Me hizo apoyarme sobre la baranda de metal, doblada por la cintura, y me abrió las nalgas con los pulgares antes de escupirme encima. Me la metió de una, hasta los huevos, y me sostenía de las caderas con las dos manos mientras el yate cortaba las olas. El sonido de nuestros cuerpos chocando competía con el motor, un chapoteo grueso y obsceno de piel contra piel mojada de sudor y semen ajeno.
—Qué culo tenés, puta —me dijo entre dientes—. Con razón cobrás lo que cobrás.
Me la sacó y me hizo darme vuelta. Me arrodillé frente a él sobre la cubierta y le chupé la verga entera, saboreando lo que traía de mi propio culo, mirándolo desde abajo con la boca abierta y la lengua afuera. Después me volvió a levantar, me sentó sobre él a horcajadas y me hizo cabalgarlo mirando el mar, con las manos en mis tetas, mordiéndome el cuello.
—Rodrigo… me vas a partir —jadeé, medio en serio medio en personaje, saltando sobre su verga con las piernas ya sin fuerza.
Se vino con un gruñido ronco, todo el cuerpo tensándose contra el mío, vaciándose en el fondo de mi culo en chorros calientes que sentí uno por uno. Yo me dejé ir por última vez esa noche, corriéndome sobre su pecho con la polla apretada entre los dos, temblando, agotada, con el cuerpo entero pidiendo dormir. Me quedé sentada sobre él un rato largo, sintiendo cómo la verga se le iba ablandando dentro mío y cómo el semen empezaba a chorrear por afuera.
***
Al tercer día anclamos en la bahía. El sol caía a plomo sobre el agua quieta, y la costa se veía a lo lejos como una franja blanca de hoteles y médanos. La mayoría de los tipos estaban borrachos y satisfechos, desparramados por las cubiertas como náufragos felices. Yo bajé con Lorena a la playa privada en el bote auxiliar, para tomar aire. Tenía el cuerpo molido, marcado, oliendo a sal, a sexo y a perfume gastado. Las piernas me pesaban y los oídos todavía me zumbaban con los gritos de las últimas noches. El culo me ardía y sentía el coño del ojete todavía abierto, con los muslos pegajosos por dentro. Necesitaba el silencio del mar y nada más.
Y entonces lo vi.
Estaba solo, sentado en una reposera, mirando el horizonte con una copa que ni siquiera tocaba. Se llamaba Tomás. Cerca de los cuarenta, morocho, alto, con un traje de lino claro que el viaje no le había arrugado. Era amigo del novio, pero no había participado en nada de lo de las últimas noches. Lo había notado, aunque no le había dado importancia.
Me miró cuando pasé, y sonrió de una manera que no reconocí. No era hambre. Era curiosidad. Había deseo, claro, pero también algo más, algo que no estaba acostumbrada a recibir.
Se levantó y se acercó.
—Bianca, ¿verdad? —su voz era grave y tranquila—. Te vi estos días. Sos impresionante.
Me sonrojé. Yo, que no me sonrojaba desde hacía meses, sentí el calor subiéndome a la cara como una adolescente.
—Gracias —respondí, todavía con la voz ronca.
—¿Caminás conmigo? —preguntó, y señaló la orilla con la cabeza—. Solo caminar.
Solo caminar. Hacía tanto que nadie me proponía algo que no terminara en una cama.
Caminamos por la arena mojada, descalzos, con el agua lamiéndonos los tobillos. Llevaba los zapatos en la mano y la corbata aflojada, y caminaba sin apuro, como si tuviéramos toda la tarde por delante. Y hablamos. De verdad. Me contó que tenía una cadena de hoteles, que viajaba casi todo el año, que estaba cansado de despertarse en ciudades cuyo nombre olvidaba antes del mediodía. No me preguntó tarifas ni horarios. No me trató como a algo que se alquila por noche. Me preguntó cómo había llegado hasta acá, y esperó la respuesta como si le importara de verdad.
—¿No te aburre? —le pregunté—. Hoteles, aviones, ciudades iguales.
—Me aburre estar solo en todos lados —contestó, y por un instante dejó de mirar el mar para mirarme a mí—. Hace mucho que no me siento curioso por alguien. Vos me das curiosidad.
No supe qué responder. En mi mundo todo tenía precio y todo tenía guion, y de repente había un hombre que no quería comprar nada. Caminé un rato en silencio, sintiendo la arena tibia entre los dedos, dejando que esa sensación rara me ablandara.
Y se lo conté. Desde el departamento prestado en Almagro hasta convertirme en la escort más cara de los portales. Sin adornos y sin pena. Él me escuchó mirándome a los ojos, sin la mueca de los que escuchan para después juzgar.
—No te avergüenza nada de lo que contás —dijo, y no era un reproche—. Me gusta eso.
—Aprendí a no avergonzarme —contesté—. Es lo único que tengo de propio.
***
Esa misma noche, mientras los demás seguían festejando en el yate, Tomás me invitó a su suite en el hotel más exclusivo de la costa. Acepté, y por primera vez en mucho tiempo no calculé cuánto valía mi sí.
No fue lo que esperaba. No fue salvaje. Fue algo que casi había olvidado que existía.
Me desnudó despacio, prenda por prenda, como si el tiempo no fuera un recurso que se cobra. Besó cada marca que los otros me habían dejado en el cuerpo, una por una, sin asco y sin morbo, como quien repara algo que importa. Me recorrió las clavículas con los labios hasta que se me escapó un suspiro que no había planeado. Bajó por el esternón, se demoró en cada teta, chupándome los pezones con una paciencia que no conocía, tirando de ellos con los labios hasta ponerlos duros y sensibles.
—Ahí… —murmuré—. Así.
Me recostó en la cama enorme y me abrió las piernas con cuidado. Me miró la polla dura contra el vientre y sonrió antes de agacharse. Me la agarró con una mano, suave, y empezó a chupármela despacio, envolviéndomela con la lengua, subiendo y bajando sin apuro, como si le gustara de verdad tenerla en la boca. Nadie me la mamaba a mí, nunca. Los clientes venían a que yo se las mamara. Y este tipo me la chupaba mirándome a los ojos, atento a cada temblor.
—Dios… —gemí, agarrada a las sábanas—. Nadie me…
—Shh —me cortó, y volvió a metérsela entera.
Después bajó más, con la lengua lenta y paciente, sin prisa por llegar a ningún lado. Me lamió los huevos, me abrió las piernas más y me chupó el culo con la punta de la lengua, círculos suaves que me hicieron arquear la espalda entera de la cama. Yo temblaba, sorprendida de lo distinto que se sentía que alguien lo hiciera para mí y no para él.
—Qué bien sabés —dijo contra mi piel, casi para sí mismo.
Cuando por fin subió y se acomodó entre mis piernas, se puso la punta contra mi entrada y esperó. La tenía dura, gruesa, apoyada ahí sin empujar, mirándome a los ojos. Cuando por fin entró, lo hizo despacio, centímetro a centímetro, atento a cada gesto de mi cara. No buscaba terminar rápido ni demostrar nada. Buscaba estar ahí, conmigo, y eso me desarmó más que cualquier embestida.
—Despacio… así… —pedí, y la voz me salió más femenina y más mía que en toda la fiesta.
Se movió rozando ese punto exacto que me hacía perder el control, sin apuro, sintiendo cómo mi cuerpo se le abría alrededor de la verga. Cada embestida era larga, hasta el fondo, y después se quedaba adentro moviendo apenas las caderas, haciéndome sentir todo el largo. Me besó la boca mientras me cogía, la lengua adentro, y yo le pasé las piernas por la cintura para tenerlo más cerca todavía. El sudor de los dos se mezclaba, y el olor ya no era a sexo de salón sino a algo íntimo, tibio, que no sabía nombrar.
—Sos hermosa —me susurró al oído mientras aceleraba apenas—. Y no lo digo por el cuerpo.
Me la sacó un segundo, me hizo darme vuelta con delicadeza y me acomodó de costado, pegándose a mi espalda. Me volvió a entrar así, cucharita, con una mano agarrándome una teta y la otra bajando a la polla para hacerme una paja al ritmo de sus embestidas. Nadie me tocaba nunca la polla mientras me cogía. Nadie se ocupaba de que yo también me viniera. Se me llenaron los ojos de lágrimas sin darme cuenta.
—Vení conmigo —me pidió al oído, moviéndose despacio dentro mío, cerrando el puño sobre mi verga—. Vení cuando yo venga.
Me vine mirándolo por encima del hombro, temblando entera, con un gemido ahogado que no tuvo nada de actuado, chorreando entre sus dedos sobre las sábanas blancas. Él terminó después, hundiéndose en mí una última vez, vaciándose adentro con un gemido largo, diciendo mi nombre bajito como si fuera un secreto que recién aprendía. Se quedó dentro mío mucho rato, abrazándome desde atrás, besándome la nuca.
Después nos quedamos abrazados, en silencio, escuchando el mar por la ventana abierta. Me acarició el pelo durante un rato largo. Y entonces dijo algo que nadie me había dicho nunca.
—Quiero conocerte —murmuró—. No solo esto. Quiero que vengas conmigo a Europa el mes que viene. Sin clientes, sin fiestas. Solo vos y yo.
Lo miré buscando la trampa, el doble fondo, la cuenta que tarde o temprano llegaba. No la encontré. Solo estaba él, esperando una respuesta como si de verdad le importara.
Por primera vez en años, no sentí culpa ni vergüenza. Sentí miedo, que es lo que se siente cuando algo importa.
—Quiero intentarlo —respondí.
Tomás sonrió y me besó, despacio, sin prisa, como había hecho todo esa noche.
El yate volvería al puerto sin mí. La escort más cara de la ciudad se bajaba del juego en la mejor racha de su carrera, y por una vez no me importó el dinero que dejaba atrás. La vida de Bianca, la mujer, recién empezaba.